El caminar de los niños, luego de haber salvado el Puente del Hiato, era amenizado cada cierto tiempo por el canturrear de Nica, quien se sentía muy orgullosa de haber fortificado a sus espíritus al pronunciar mejor sus nombres. Ahora se dirigían hacia el Castillo del Arbol, en medio del gran Parque Berrinche.
- Si proseguimos derecho, en unos días llegaremos al territorio en donde mora nuestro tan temido enemigo, el Crecido; mis pequeños. Pero aún es pronto para aventurarnos allá. Lamentablemente vuestra anterior batalla demostró que os queda mucho para poneros a su nivel. Hemos primero de agotar todos los métodos que estén a mi alcance para que superéis vuestra fuerza. Así que doblemos a nuestra izquierda. Llegaremos prestos a Parque Berrinche, en cuya mitad se alza Castillo del Arbol, alto y majestuoso. Ahí mora un venerable sabio a quien tuve el honor de servir un tiempo. Estoy seguro que os ayudará.
Así pues, tras recibir las instrucciones del Sr. Puño, los tres niños tomaron el camino de la izquierda. Sus nuevas habilidades se pusieron a prueba con huestes del Crecido más poderosas. Tras casi ser golpeados en la cabeza por enormes globos de agua, miraron al cielo y vieron niñas montando caballos de palo. Por su atuendo, parecido al que portaba Nica, se dieron cuenta que eran brujitas al servicio del Crecido. El ataque de las nuevas enemigas no paraba ahí. Luego de mojar con los globos de agua, las brujitas invocaban un viento helado que resfriaba severamente a todo intruso y los obligaba a abandonar el lugar. Pero tales ataques no lograron frenar a los niños. Sólo con el aullido de Ursus, la nueva forma de Moogle, Rachel tumbó de sus caballos a las brujas. Y para evitar que llamaran algún refuerzo no deseado, Nico las golpeó con Batafónico, sellando sus bocas. Llorando en silencio, las brujitas echaron a correr.
Parque Berrinche consistía en un bello jardín repleto de árboles de sombra y descanso bajo los cuales había toboganes, piscinas de aguas transparentes y frescas, columpios altos, animales de madera para montar y sinnúmero de juegos. Precisamente a eso debía su nombre, a que casi todos los que paraban en ese lugar armaban un berrinche cuando llegaba la hora de irse. Por alguna razón, era uno de los pocos lugares donde el temor hacia el Crecido no llegaba.
Tal diversión no pasó desapercibida para nuestros héroes. Tras recibir la venia de Sr. Puño, cada uno se precipitó al juego más cercano. Nico se quitó los zapatos, la armadura y la camisa y se lanzó a la piscina más grande haciendo un enorme chapuzón. Pronto lo estuvo gozando de lo lindo cuando descubrió los toboganes gigantes, las columnas de agua danzantes que lo elevaban de aquí allá y los remolinos que lo agitaban sin cesar. Entretanto Rachel se metió a girar una y otra vez en los montones de tiovivos y carruseles que tenían como eje los troncos de los árboles. No sólo caballos, sino también cisnes, carruajes y otros seres se agitaban rítmicamente entre melodías febriles. Y Nica simplemente se zambulló entre los montones de estantes que exhibían dulces de inverosímil forma y sabor. Le faltaba boquita para llenársela con algodón dulce multicolor, grageas que sabían a todas las frutas conocidas y ni hablar de los chocolates, galletas y flanes que ondeaban de aquí allá.
Sr. Puño decidió dejarlos estar un buen rato. Ya el sol de la tarde se terminaba de arropar en el azulado horizonte cuando fue recogiendo uno por uno a los niños quienes se resistieron unos momentos a dejar su frenética diversión. Nica fue la que le costó más trabajo, pues se encontraba en un alocado subidón provocado por la tremenda cantidad de dulce ingerida.
Un elevador los fue izando hasta la sala de espera donde los recibiría el citado sabio. En dicha sala, cuya pared principal era el mismo tronco del enorme árbol de base, había montones de estantes donde refulgían joyas en forma de juguetes. Patitos de hule de zafiros, pelotas de cobalto, muñecas de cabellos de seda y ojos de esmeralda, rompecabezas de jade y obsidiana, cuadernos de colorear con páginas de bordes de oro… tesoros de valor incalculable. Los niños recorrían los ojos entre tanta hermosura mientras Sr. Puño se colocaba reverencialmente ante el tronco.
- ¡Oh, sabio y piadoso Ig-Drasil! Ante vuestra presencia se halla el que alguna vez fue vuestro leal sirviente! Suplico os mostréis y compartáis vuestra sabiduría con estos pequeños valientes! - ¿Quién es Ig-Drasil? – preguntó Rachel a Puño. Este permaneció quieto. Nico, cansado de tanto nadar y brincotear estaba sentado en el piso con Batafónico en sus piernas. Entretanto Nica no paraba de tocar, manosear y juguetear con cada cosa que atraía su atención.
De repente la parte central del tronco se fue abriendo y dentro de esa fosa surgió un anciano rostro con finas ramas como barba y bigote. Su piel de corteza resquebrajada se desprendía en finas astillas con cada movimiento facial. Era Ig-Drasil, el árbol de la sabiduría y el regente de Parque Berrinche. Había estado en esta tierra desde tiempos inmemoriales. Lentamente abrió la boca y empezó a hablar… - Oh… pero si eres mi viejo y entrañable amigo. Maese Puño. – Del tronco surgió una rasposa carcajada. Querido mío, ¿cuántas veces se volvieron abetos las bellotas desde que me visitaste? La reverencia no es necesaria, sabes que siempre eres bienvenido. - ¡Hola! – Gritaron simultáneamente Nico y Rachel, situados a cada lado del Sr. Puño. El árbol los observó largamente. Sr. Puño se apresuró en explicar. - Sapiente Ig-Drasil, los que veis aquí son pequeños del linaje escogido, a quienes traje a que den frente al malvado Crecido, quien ha ya invadido gran parte de esta tierra. Suplico ante vuestra magnificencia que toméis a estos niños y se hagan más poderosos, pues aún flaquean mucho frente al principal adversario… - Veamos… - El rostro arrugado se dirigió primero a Nico – Dime tu nombre, pequeño guerrero. – Este se presentó y a su vez lo hizo Rachel. – Ah sí. Batespada. Moogle. Armas de gran potencial les has dado. Pero aún falta que el fruto madure, verdad es… Es necesaria mi ayuda, entonces. Por cierto, maese Puño: ¿también es parte de tu grupo la revoltosita de más allá?
Los tres se volvieron simultáneamente y se horrorizaron al ver que Nica, quien aún no había salido de su frenesí de azúcar, se había montado en un majestuoso trono de cristal y gemas diversas, pero hacía malabares en el borde, haciendo oscilar de un lado a otro. Nico y Sr. Puño volaron hacia la niña y Rachel le gritó desesperada que se bajase.
Casi lograron atraparla a tiempo.
Lo que lamentablemente no consiguieron fue evitar que el trono se cayese al piso, partiéndose estrepitosamente en miles de pedacitos brillantes. El impacto de la destrucción sacó a Nica de su euforia y lentamente se fue volviendo hacia el tronco del árbol, a quien previamente no había prestado mayor atención. La furia en la mirada de Ig-Drasil petrificó a todos, Sr. Puño incluido.
- ¡¿QUÉ HAN HECHO?!
La anterior amable voz del árbol se convirtió en un vendaval de hojarasca que estremeció a todos los presentes, incluyendo los mismos juguetes. - ¡Mi trono de cristal! ¡Mi hermoso trono de cristal! ¡Vuelto añicos!
Nica, de lo aterrada que estaba, ni siquiera sintió el coscorrón dado por su hermano, en un intento del niño por apaciguar al enfurecido árbol. La pequeña traviesa se apretujaba las manos al darse cuenta de lo sucedido, mientras unas lágrimas enormes ya se asomaban por sus ojos. Rachel movía su mirada del desastre a los niños y al molesto sabio sin saber qué hacer. Así que Sr. Puño tuvo que dar la palma por ellos. Se plantó entre ellos y su antiguo amo y suplicó.
- Gran señor, os pido con toda mi alma infinitas disculpas. Fue mi culpa al permitir que la pequeña Nica, también parte de este grupo de escogidos, se dejara llevar por la curiosidad sin advertirla previamente. ¡Asumo la responsabilidad de… - ¡No, maese! ¡No solapes la acción de esta revoltosa! – rugió Ig-Drasil mandando a volar la mano. Aspiró profundo y ya más tranquilo pero sin perder su ceño el enorme rostro ordenó: - Niños, quiero que vengan aquí. Los tres. AHORA. Nico, Nica (quien era incapaz de levantar los ojos del piso) y Rachel obedecieron al instante. Se colocaron frente al rostro de madera y se prepararon para recibir su reprimenda.
- Aunque la más pequeña de ustedes ha cometido semejante malcriadez, ustedes dos también tendrán que asumir la responsabilidad. Primero, tienen que saber que el trono roto era mi juguete más preciado, un bien creado con los mejores ingredientes. Si tan sólo hubieran jugado con él, habría pasado. Pero observen. Sólo fragmentos. Destrozado. Por completo. ¿Qué tienen que decir al respecto? - Pedón… pedón… fue sin queré… - sollozaba Nica sin poder aún alzar la mirada. - Yo no fui, pero quisiera ayudar para tener una solución… - susurró Rachel. - Por favor, no te desquites completamente con ella, Ig-Drasil – prosiguió Nico. – si hay alguna manera de reparar el trono, me ofrezco a hacerlo.
- ¿Reparar el trono? – Suspiró el anciano árbol – Este tesoro fue creado con elementos muy difíciles de hallar y la manufactura asimismo es muy difícil. ¿Están dispuestos a intentar, aún así, resarcirme el daño hecho? Los tres niños asintieron solemnenmente. Por primera vez en un buen rato, el arrugado rostro dibujó una sonrisa, aliviando la tensión del ambiente. Ig-Drasil sopló un torbellino de hojas secas, y en el vórtice superior empezaron a aparecer unas imágenes.
- Estas son los componentes que deben buscarse para crear un nuevo trono. - En el girar continuo del remolino, apareció un cazo metálico. – Este cazo contiene Plastiluna. Una arcilla preciosa que cuando se la cuece origina cristal de máxima pureza y brillo. Mi trono fue formado a partir de plastiluna. Nico, en tus manos queda la tarea de ir a buscarla. Bajo mis raíces encontrarás un portal. Sigue y desciende hasta que encuentres el cazo. Pero ten cuidado, porque los hermanos Tremor y Sismo están custodiando el cazo y no te lo darán a la primera. ¿Has comprendido tu misión, Nico? - Bueno… - dijo de mala gana el niño. - Ahora, nada hermoso ni con forma saldrá de esta arcilla si antes no se la mezcla con el jugo de quince Nísperos Punta de Flecha, quienes le darán la necesaria ligereza y facilidad para moldearla. Rachel, te encomiendo la tarea de recolectar los quince nísperos. Los árboles están situados a lo largo de todo el Parque Berrinche. Pero debes aproximarte con cuidado. Los frutos maduros sólo están en las copas más altas, y son frutos muy esquivos, pues cuando sienten que alguien se aproxima a recogerlos, se yerguen y salen disparados al cielo, para aterrizar a muy grandes distancias. Deberás usar inteligencia para evitar que los frutos se te escapen. ¿Has entendido, Rachel? - Sí. Entiendo. - Maese Puño, acompaña a estos pequeños y vela por su seguridad. Pero sólo podrás acompañar a uno, el otro deberá arreglárselas por sí solo. - Vuestra orden será cumplida sin chistar. Ahora bien… - Sr. Puño apuntó a los niños - ¿Con quién me he de quedar? – Finalmente se posó al lado de Rachel. – Pequeño y valiente Nico, comprenderéis que vuestra prima es una niña y más frágil. Debo quedarme a su lado y cuidar de que no caiga o se lastime. Ya sois fuerte y confío en vos. Confío en el éxito de vuestra misión. Lo que más puedo hacer es proveeros de tres Besos de Mamá que os reanimarán en caso necesario. Mis mejores deseos os acompañarán!
- …¿y yo? – resonó tímidamente la vocecita de Nica. Nadie la había tomado en cuenta todo este tiempo. - Tú, como autora material de todo este desastre, recibirás la enmienda respectiva por mi parte. Vas a quedarte aquí conmigo y te atendrás a mis órdenes. Debes aprender que todo acto imprudente tiene su consecuencia. - Pero yo quiero acompañar a… - la niña intentó protestar pero la severa mirada de Ig-Drasil bastó para callarla. - Bien pues, las misiones han sido impartidas. Partan!! – Impuso solemnemente el antiguo árbol.
Todos cabizbajos fueron saliendo de Castillo de Arbol. Por un lado Nico se dirigió a las raíces de Ig-Drasil, en donde encontró un alto portón de enredaderas enmarañadas. Pero apenas se fue acercando las viñas y bejucos se apartaron mostrándole un sendero que descendía más y más. El niño aferró a Batafónico y con el corazón encogido empezó a bajar. Mientras tanto, Rachel acompañada de Sr. Puño y su peluche Moogle había llegado al primer árbol y se dispuso a escalar. Sentía miedo a las alturas y el ver lo elevado de la copa la hizo temblar. Sr. Puño la intentó animar, con poco éxito. Y Nica se encontraba frente al rostro serio de Ig-Drasil. Este empezó a susurrar quedamente, y Nica iba contestando a su vez. Cada uno de los niños tenía un largo y difícil camino por delante.
- Pequeños míos, no cejéis. En poco tiempo llegaremos a un lugar de descanso. Apenas crucemos el Puente del Hiato, que es pasando este cerro. Habían estado ya cuatro días caminando continuamente el grupo de los dos hermanos y la prima, todos ya adecuadamente armados y listos para el combate. Varias hordas menores del Crecido, el enemigo, habían caído ante los fulgurantes batazos de Nico, los ataques elementales de Nica y los papirotazos de Rachel, quien rápidamente se había adaptado al estilo de los hermanos usando su peluche Moogle como maza. Entre los diversos enemigos habían desfilado muchos combatientes menores, envueltos en pieles y empuñando palos pequeños, pasando por cachorros de lobo y potrillos amaestrados, los cuales intentaban morder o golpear con sus pezuñas a los pequeños. Hasta el momento ningún enemigo había logrado vencer a alguno de los niños, y la experiencia dada por las batallas iba incrementando las capacidades adquiridas. - Ya mismo voy a poderle dar duro al Crecido – se ufanaba Nico, quien iba ondeando de lado a lado su arma. - Lo voyaché llorá – continuaba Nica. - Pues no creo que aún podamos, de pronto él es fuertísimo – razonaba más calmada Rachel. Sr Puño, quien flotaba siempre a su lado, asintió. - Efectivamente mi pequeña princesa; os aconsejo que seáis cautos, mis pequeños, pues el Crecido no es para ser tomado a la ligera. Si con mis poderes bastase, ni me habría molestado en traeros desde vuestra casa. Es por eso que debéis seguir superándoos hasta que seáis dignos oponentes de este feroz enemigo. Así que no sucumbáis ante la soberbia. – Sermoneó muy formal. Los hermanitos un poco avergonzados, callaron un tiempo.
Así fue hasta que llegaron finalmente hasta un enorme puente que unía los bordes de un gigantesco abismo, tan profundo que apenas el fondo se podía ver. El puente mismo era majestuoso, pues tenía el equivalente a cincuenta pasos de ancho y estaba reforzado con murallas de piedra y cobertores de madera, para proteger a los viajeros cuando lloviese. Los niños ya cansados suspiraron de alivio al ver que habían llegado al final de una etapa de su viaje. Por su parte Rachel venía tarareando una canción que su papá le había enseñado hacía algún tiempo. Se sabía una parte, pero no lograba recordar el resto. Cuando estaba casi logrando acordarse del resto, oyó la exclamación tanto de los hermanos como de Sr. Puño. Vio lo que tenía al frente y quedó boquiabierta.
Frente a los niños y a su guardián, en pleno inicio del puente, se alzaba un enorme portal que cubría totalmente la entrada. Era como un gran marco de piedra azul que calzaba en la entrada justa del puente, y aunque no tenía obstáculos ni cerrojos, en el espacio del marco a veces ondeaba algo sutil, neblinoso. Apenas perceptible. Nico avanzó dispuesto a cruzar pero chocó contra algo elástico que lo lanzó para atrás. El niño molesto alzó a Batespada y lanzó un fuerte golpe. Fue como golpear una piscina de gelatina, pues el aire se espesó, se coloreó de gris metálico y rechazó el golpe. Nico contraatacó sin resultado pues no lograba ni hacer pasar la punta de su arma a través del portal y todo ataque era repelido. Rachel se unió con Moggle pero no lograron nada. Sr. Puño meditaba hasta que tuvo una idea. - Pequeños, este portal es algo nuevo para mí, y me parece que fue colocado por el Crecido para justamente impedir el paso de personas de una región a otra. Los ataques físicos no funcionan contra este tipo de barrera, pero creo que los poderes de Nica nos serán útiles. Mi preciosa, os ruego que invoquéis a vuestros espíritus. Así hizo la pequeña, trazando tres veces su pentagrama en el aire y pronunciando los nombres tergiversados de sus tres espíritus protectores. ¡Chamanda, Dime, Chifo! El ente del fuego Salamandra, el ente del hielo Undyne y el ente del viento y el rayo, Silpho; emergieron de entre sus pentagramas respectivos. Ante la orden de su ama, los espíritus se situaron frente al ondeante espectro del portal y lanzaron sus ataques. Salamandra lanzó chispas ardientes, Undyne aleteó agujas de hielo y Silpho envió su corriente de aire electrificado. Pero el muro mágico no caía. Enrojecía un poco con el fuego, se volvía azulado con el hielo o se hacía amarillo brillante con el viento eléctrico, pero al final ningún elemento terminaba de colorear por completo el espectro. Nica una y otra vez ordenó a sus espíritus hasta que terminaron agotándose. Cada uno de ellos se disolvió en un poco de su elemento primario y volvieron hasta Trivarita. Se escuchó un furibundo chillido: - ¡¡¿¿POQUÉ NO FUNCHONA??!! Nica, en pleno berrinche, tiró al suelo a Trivarita y empezó a patear el piso mientras lloraba de coraje. Tanto Nico como Rachel intentaron consolarla pero la niña seguía en plena rabieta. Nico fue ante Sr. Puño para pedirle un beso de mamá para consolarla, pero éste respondió: - Mi pequeño, un beso de mamá no es la medicina adecuada para este caso. El motivo del llanto de vuestra hermana no es la añoranza ni la debilidad, sino el enojo y la frustación. Tengo lo indicado ante esta situación. Tomad este ítem y pegadlo en su frente. Aprisa!
Así lo hizo Nico. Y tan pronto colocó esa como boca sonriente en la frente de su hermanita, salieron un montón de burbujas rosadas, que al estallar una por una, dejaban escapar una aguda carcajada. Todo el coro de risas envolvió a Nica quien terminó por disolver su pataleta en una gran sonrisa. Se enjugó las últimas lágrimas y preguntó qué era. - Cuando un niño lo rebosa el coraje, el resentimiento o la frustación, llora también por eso. Lo que di a vuestro hermano se llama Risolin, un extracto de bayas Jajaja, el remedio óptimo para olvidar el enojo. Cuando necesitéis uno, os proporcionaré lo necesario. - Pero ahora estamos trancados aquí. Ni la magia de Nica ni mis ataques funcionaron contra esa puerta. – Dijo Rachel preocupada. Sr. Puño se dirigió hacia ella. - En verdad los ataques físicos son infructuosos, pero me he dado cuenta del motivo del fracaso asimismo de vuestra compañera. Al haber invocado los nombres de una forma altisonante e imprecisa, los espíritus emergieron en su forma más básica. Nica por tanto, ha de mejorar su dicción para fortalecer las capacidades de sus espíritus. - Entonces Nica, tienes que hablar mejor. A ver, repite conmigo: Sa-la-man-dra. – Empezó Nico sujetando de los hombros a la niña, quien se encogió un poco asustada. Sr. Puño se interpuso negando con el índice. - No, mi pequeño. De esta manera perderemos mucho tiempo, que es lo que menos tenemos. Es menester acelerar el proceso de dicción de vuestra hermanita y sólo conozco un método. Tendremos que hallar la Pera Silábica. Esta mítica fruta concede la aceleración de la capacidad de hablar, aparte de mejorar mucho el estado general de quien la come. Ahora bien, que yo sepa, sólo unos cuantos árboles de esta fruta tan especial crecen reunidos en esta zona y en un solo sitio. La Villa Declamadora, habitada por los Discursos, es ese lugar. Son seres amistosos y amables aunque suelen abrumar un poco a sus invitados con su inacabable retórica. Ellos de buena gana nos ayudarán.
Los niños dieron entonces media vuelta y siguieron a Sr. Puño en busca de la susodicha villa. Tras dos días de avanzar al sureste, llegaron a una planicie cubierta de curiosas florecillas en forma de boca, y cada una emitía una tenue vocal. Aaaah, decían unas, oooh otras, iiiih otras, todas turnándose para hablar a su vez. Al final de la planicie observaron un pueblecito. Villa Declamadora. Echaron a correr entre las vocales emitidas hasta llegar a la puerta. Esperaban encontrar a seres parlanchines y amigables para que les dieran la bienvenida pero el panorama era otro.
De varios sitios del pueblo fueron surgiendo pigmeos de diversos atavíos, de piel rojiza y reluciente, cuya característica más notable eran sus enormes y carnosas bocas, sin duda desarrolladas así por las mencionadas frutas. Pero en vez de empezar a hablar fluida y torrencialmente, como les había anunciado Sr. Puño, silenciosamente se aproximaron hacia los niños y empezaron a empujarlos hacia las afueras. Los niños protestaron por tan extraño accionar hasta que intervino Sr. Puño. - Algo siniestro ha ocurrido a estos buenos seres, para que se comporten de una manera tan huraña. Y la causa de su silencio es evidente. Mirad! Sr. Puño señaló las grandes bocas de los Discursos y vieron que cada una de ellas estaba sellada con una gran X color negro. Cada vez que intentaban abrir la boca, este curioso sello se aferraba a sus labios impidiéndoselos. Ahora quedaba saber ¿quién había hecho tal travesura?
Luego de un poco de negociación y haciéndose malamente entender con señas, los Discursos señalaron hacia la plaza, el lugar donde crecían las Peras Silábicas. Era evidente que el causante de todo este entuerto se encontraba ahí. Los niños fueron avanzando hacia la plaza, empedrada toda de varias letras. En el centro justo habían tres frondosos árboles de los cuales colgaban unas lozanas frutas. Las peras silábicas. A punto ya de llegar, saltó una sombra de entre las ramas y golpeó el piso donde antes estaban los niños reunidos, quienes lograron con las justas esquivar el ataque. Frente a ellos estaba un niño con ropa impecable, quien sujetaba en cada mano un gran pincel. - Hola, soy Juglar y vine a controlar esta fuente de peras silábicas. Me encanta recitar y cantar, y no permito que nadie intente superarme. Al que se atreve, le sello la boca con mi pincel y no hablará más. Me he enterado que ustedes están buscando al Crecido, no? Pues necesitan de esta fruta para poder pasar el portal del puente. Y yo no les daré ni una. Porque el Crecido es mi amigo y jefe y no voy a permitir por nada del mundo que nadie… - ¡Calla, ochocho! – chilló Nica ya aburrida de tanto parloteo de Juglar. Se lanzó contra su adversario empezando a invocar sus espíritus mágicos y así vencerlo. Pero Juglar, con una velocidad pasmosa, hizo dos pinceladas y en la boquita de Nica se formó una X pegajosa que la selló por completo. Nica trataba de arrancarse ese sello sin remedio. El adversario reía triunfante. - Nadie que tenga ese sello en la boca podrá emitir un solo sonido, así que a este paso sólo mi melodiosa voz podrá ser oída por todos! – fanfarroneaba el muchacho. Rachel empuñó a Moggle y se dispuso a dar batalla, pero el batespada la detuvo. Un muy ceñudo Nico se puso entre Juglar y su prima. No pensaba perdonarle lo que había hecho. - Ahora si vas a ver.
Ambos se lanzaron y pelearon usando toda su fuerza. Juglar intentaba sellar una y otra vez los labios de Nico con sus pinceles pero éste contraatacaba con la misma velocidad. De repente Juglar intenta enmudecer a Nico y al éste poner guardia, voltea los pinceles y traza una cruz en una de las manos de su adversario. Nico está horrorizado al notar que no puede mover bien su mano. - Mis sellos no sólo enmudecen al que los recibe, sino que cualquier parte del cuerpo que es sellada será también mermada de su movimiento. ¡No me podrás ganar! – gritó al tiempo que sellaba el pie izquierdo de Nico. Ahora medio inmóvil ve angustiado a su enemigo colocar sus pinceles en cruz, hacer varios trazos frenéticos y salir de las cerdas un montón de X voladoras. Su ataque final.
Y justo antes de que los trazos llenen el cuerpo de Nico, éste lanza un tremendo batazo y las devuelve hacia su creador. Tomado por sorpresa Juglar no es capaz de esquivarlas y sólo logra cubrirse la boca, quedando el resto de su cara y cuerpo cubierto por un montón de crucecitas negras. Quedó completamente inmóvil y soltó los pinceles, con lo cual quedó sin efecto los sellos anteriores. Nico ahora completamente libre da un salto y de un solo batazo hace rodar a Juglar por el suelo, quien queda llorando lastimeramente. Su hermana y su prima fueron a felicitar al niño por su combate. Finalmente habían ganado el poder obtener la codiciada pera silábica. Así que empezaron a trepar el árbol cuando se escuchó un alarido furioso. - Pero voy a acusarlos con mi amigo! El los va a hacer llorar a todos! Voy a llamar AL CRECIDO!! - ¡No! ¡Detenedlo pequeños, Juglar va a decir en voz alta el nombre del Crecido! No permitáis que lo pronuncie! – Todos dieron un salto hacia el derrotado muchacho para callarlo con sus propios pinceles, pero no llegaron a tiempo. - ¡¡Me están molestando, HUÑAC HUILLI!! ¡¡HUÑAC HUILLIIII!! Fue como si el mismo tiempo se espesara mientras el niño terminaba de pronunciar el nombre prohibido. Durante un rato no pasó nada, y los niños pensaron que lo de decir el nombre en voz alta era una exageración, cuando de súbito se formó un remolino negro a unos pasos de los niños. Liberados ya de sus sellos, los Discursos corrían de un lado a otro presa del pánico parloteando incesantes lamentos y declaraciones de desastre por la llegada del Crecido.
El torbellino se fue calmando y de sus brumas danzantes fue emergiendo un niño de sobrecogedora apariencia. Estaba vestido con un único traje de tela lanosa y negra como la noche. Una capa gris que más recordaba a una toalla amarrada en el cuello completaba su atuendo, pues iba descalzo. Su rostro era pálido y su apariencia derramaba seriedad y temor. Los ojos amarillentos y ojerosos terminaban de darle su aire demoníaco. Era el Crecido. El Huñac Huilli. - ¿Asi te llamas? ¿Huñac Huilli? – Dijo Nico, quien a pesar del temor respirable en el aire permanecía tranquilo frente al que había conquistado con miedo y fuerza esta tierra. - Todo el que se atreve a pronunciar mi nombre a la ligera y sin respeto sufre las consecuencias – Atronó con voz grave y retumbante el Crecido. - ¿Y ustedes se hacen llamar los guerreros elegidos? No me hagan reír. Si sólo son un atado de sabandijas sin ningún talento, a quienes podría acabar con un soplo. - ¡A ver si puedes contra los tres juntos! – Lo retó desafiante Nico. A cierta distancia, Sr. Puño observaba todo con espanto. Había ocurrido lo que menos deseaba. Que el mismísimo Crecido viniera a darles la cara a los niños y con sus talentos aún por desarrollar por completo. No sólo saldrían llorando de esta batalla, sino que algo mucho peor podía ocurrirles. ¿Qué haría ahora? Ni sus propios poderes eran rival para los del Crecido, quien ahora recibía los ataques combinados de los niños. Nico atacó con una andanada de batazos, Nica lanzó simultáneamente a sus tres espíritus a que enviaran sus proyectiles contra el adversario y Rachel, montada sobre Moggle convertido en el tigre Byakko, cargó sobre su adversario. Pero todo el esfuerzo fue como intentar tumbar una casa con un petardo. Todos los batazos cayeron sobre un escudo invisible que protegía al Crecido en casi medio metro a la redonda. Las oleadas elementales fueron literalmente engullidas por la boca del niño sobrenatural. Y el zarpazo de Byakko sólo cortó el aire, pues el Crecido se desvaneció y reapareció al lado de la niña montada en el peluche. - ¡DÉBILES! – Rugió el Crecido tres veces. La primera, agarrando de la cola a Byakko y de un jalón lo lanzó al suelo, con Rachel incluida. La segunda desvaneciendo de un soplido a los tres espíritus y barriendo a la asombrada Nica. Y la tercera, dando un golpe de dedo a Nico, quien lo recibió como si lo hubiera golpeado un tronco de árbol. Si no fuera porque puso guardia con Batespada, hubiera quedado con varios huesos rotos. De todos modos, su arma quedó doblada e inservible. Los tres niños yacían aturdidos en el suelo, y su enemigo, quien sólo había mostrado una fracción de su terrible poder, se aprestaba a efectuar un brutal remate. Abrió desmesuradamente la boca, sacando a relucir una hilera de dientes agudos y curvos, y con esa horrenda pinta, pronunció su hechizo: - ¡¡DIENTES TENGO, Y LOS VOY A DESINTEGRAR!! De esa boca enorme se formó una como esfera negra, la cual apuntó a los niños y se las escupió. Sr. Puño no podía permitir que tal desgracia se diera y se lanzó presto. Se vio desde lo lejos una enorme explosión negra, y de la cual fue saliendo una figura envuelta en un torbellino. El Crecido, el Huñac Huilli, se alejaba con la victoria de su parte.
El humo negro se fue disipando, divisando los restos de la villa Declamadora. De entre las ruinas fueron saliendo varios Discursos, mudos nuevamente, pero de terror esta vez. Todas las miradas fueron apuntando al centro de la plaza, donde aún estaba un núcleo negro, que era en donde habían recibido los niños el ataque. Finalmente el aire se aclara y todos quedan asombrados.
Nico, Nica y Rachel están sin sentido en el suelo, y cubriéndolos completamente un muy malherido Sr. Puño. Ha perdido su sombrero y su lazo. Incluso su forma, pues ahora es sólo una mano gigante cubriendo a los pequeños. Rachel es la primera en recuperar el sentido e incorporarse. Emite un chillido al ver a su guía y amigo tan maltrecho e intenta reanimarlo. Los hermanos se levantan y miran angustiados a su protector. Los tres pares de manitos mueven desesperados la exánime mano. Muy trabajosamente, se escucha un susurro: - Pe…queños… os pido encare…cidamente perdón por mi…yerro. No logré prevenir… este cataclismo. Pero… al menos… vosotros estáis a salvo. En el último momento… logré salvaros…
Señor Puño quedó quieto.
Los pequeños sintieron una mezcla de soledad, terror, tristeza y rabia en su interior. Todos ellos empezaron a soltar lágrimas por su amigo caído. Nico sacudía a su amigo sin poderlo revivir y Nica sollozaba abrazada a un dedo. En ese momento, casi involuntariamente y apoyada sobre la muñeca de su amigo, Rachel volvió a tararear la canción que siempre le cantaban cuando se lastimaba: - ¡Sana sana, colita de rana! – Rachel, entre su llanto desesperado, trataba de recordar la última parte de la letra pero sólo lograba la primera parte. - ¡Sana sana, colita de rana! ¡Sana sana, colita de rana! – El recuerdo no lograba llegar y los gemidos de sus primos se hacían más y más doloridos. - ¡Sana sana, colita de rana! - ¡Ella sabia que la parte final era la más importante, la parte que lograba que dejara de doler! Y de repente, en un chispazo, la parte que faltaba finalmente se manifestó en la boca de la niña. Alzando la voz como nunca lo hizo, cantó con toda su fuerza: - ¡¡SANA SANA, COLITA DE RANA!! ¡¡QUE SANES HOY Y NO ESPERES A MAÑANA!!! En ese momento, de las manos de Rachel se desprendieron miles de lucecitas verdes brillantes que fueron cubriendo la gran mano que era Sr. Puño. Y no sólo a su amigo, sino que las chispitas verdes fueron envolviendo a los niños curando todas sus heridas, inclusive reconstruyendo las casas de los Discursos destruidas por el ataque del Crecido. Finalmente Sr. Puño volvió a flotar en el aire, estirando sus dedos y de un chasquido volvió a recuperar su anterior guisa. Se volvió hacia Rachel. - Mi pequeña princesa. Veo con infinito orgullo que habéis conseguido un nuevo poder que ni yo mismo imaginaba que guardabais. Habéis despertado el poder de curar, el cual me ha devuelto mis fuerzas, cosa que nunca os podré agradecer lo suficiente. Estoy tan complacido por vos… - terminó posando su palma sobre la cabeza de Rachel. Tanto Nica como Nico y la primita se abrazaron con su guía, felices por haber salido con bien de semejante aventura.
Luego se acercaron los Discursos y en una palabrería que demoró casi una hora, expresaron su agradecimiento a los niños por haberlos librado de Juglar, y que aunque los perales se habían perdido, ellos siempre guardaban una reserva en una bodega subterránea y que volverían a sembrar los árboles. Fue así que hicieron entrega de una Pera Silábica a cada niño, acompañado de su interminable monólogo. Los niños por un momento desearon volver a usar las X silenciadoras de Juglar.
En el momento que Nica comió toda la fruta, sintió que un montón de letras recorrían todo su cuerpo y que se aglomeraban en su lengua a punto de salir. Sr. Puño se puso ante ella y le pidió que volviera a invocar a cada uno de sus tres espíritus. Nica sacó a Trivarita, la agitó, formó tres pentagramas y empezó a recitar: - ¡Chalamanda! ¡Undime! ¡Chilfo! Esta vez, Salamandra adquirió la forma de un gran lagarto carmesí con la espalda erizada de flamas ardientes. Undyne tomó la forma de una larga morena azulada, con dos rosarios de hielo protegiéndola. Sylpho adquirió la apariencia de un águila metálica de cuyas alas se desprendían corrientes luminosas. Aún no era por completo correcta la dicción de la niña, pero los Discursos aclararon (requiriendo otra hora de palabrería) que en poco tiempo, y cuando ella adquiera la capacidad necesaria, podrá conjurar correctamente y con la mejor dicción a sus entes, y manifestarían todo su poder. Los efectos en Nico fueron un gran incremento en todas sus habilidades, pero éste se quejaba que su Batespada estaba inservible. Sr. Puño se acercó. - Es verdad mi pequeño, que tan preciada arma ahora está lesionada, pero ha llegado el momento de revelaros un secreto de vuestra arma. Tiene la capacidad de fusionarse con otras obteniendo sus características y mejorando su eficacia. Y si mal no recuerdo, han de haber cercanas unas armas abandonadas, recordáis? Efectivamente, los pinceles selladores de Juglar estaban tirados, al huir éste cuando vio el horrible rostro del Crecido. Nico los tomó y los apretó fuerte contra la retorcida Batespada. Las armas brillaron y se aglutinaron hasta formar un nuevo y sólido bate. Al blandirlo, Nico notó que a veces, se desprendían algunas X selladoras. Al ver esto, los Discursos prefirieron cerrarse ellos mismos sus bocotas.
- Vuestra arma ha cobrado nueva forma y bríos, mi pequeño Nico – anunció ufano Sr. Puño. – Ahora se llamará BATAFÓNICO, el bate silenciador! Os será muy útil en batallas futuras, pues algunos enemigos podrán usar asimismo algo de magia. Finalmente, se voltearon hacia Rachel, quien decidió darle a Moogle la pera. Al engullirla, se transformó en un fornido oso marrón de gigantescas fauces, quien al emitir un rugido, parecía que todo se estremecía, dada la intensidad de su voz. URSUS, la nueva forma de Moogle, asimismo era más poderoso que su anterior encarnación.
Luego de descansar largamente, los niños se encaminaron hacia el Puente del Hiato. Esta vez, Nica solamente invocó a Salamandra, quien con un grueso chorro de fuego enrojeció por completo la pantalla y la desvaneció. Los niños gritaron de alegría.
- Mis pequeños – dijo Sr. Puño – habéis incrementado grandemente vuestros poderes, pero me temo que aún nos espera un largo camino para consideraros rivales dignos del Crecido, cuyo poder tan vasto habéis apreciado. Sin embargo, confío más que nunca que saldréis victoriosos al final. Así pues, seguidme, nos encaminaremos a esta nueva zona en busca de nuevas aventuras.
Los tres niños y Sr. Puño echaron a andar el puente que separaba las dos áreas. Nuevos desafíos los aguardaban.
Luego de una larga tarde de lluvia, que mantuvo dentro de casa a los hermanitos Nico y Nica, los negros y húmedos nubarrones fueron diluyéndose en el cielo ambarino hasta que se instaló la profunda negrura sólo iluminada con titilantes estrellas. Los pequeños habían pasado una semana entera revisando cada hueco y rincón de la cisterna para encontrar por dónde estaba la dichosa puerta al mundo fantasioso y lleno de aventuras hasta que Mamá los llamaba a comer o les reñía por estar jugando cerca de un lugar peligroso, sobre todo cuando intentaban abrir la losa de cemento; labor imposible dado lo pesado de la tapa.
- Cheño Puño no vene… - se lamentaba Nica, recordando la promesa del insolito personaje en forma de mano cerrada que fue tanto guía como mentor. - Y el dijo que nos iba a hacer volver adentro de la cisterna… pero no aparece. Yo no sé donde estará. – Alternaba Nico, tan decepcionado como su hermana. - ¡Cheño Puño e ochocho! – concluyó la niña molesta por la indolencia del extraño pero amable y solicito amigo.
Unos toques a la puerta apartaron a los niños de la ventana y de sus cavilaciones, y acompañaron a Mamá a preguntar quién era. La puerta se abrió y apareció la Tía, que había viajado de la otra ciudad, la que estaba cerca de la playa, y no venía sola. Volteando un poco hacia atrás hizo una petición a una figurita que estaba detrás de ella: - A ver Rachel, di buenas noches. - Buenas noches…
El tímido saludo fue dicho por la prima Rachel. Prima paterna de Nico y Nica, vivía con sus papás en la ciudad cercana a la playa, pero solía visitar cada una o dos semanas a los abuelos y de paso, a los primos. Cuando todos estaban reunidos, la algarabía que se alzaba era ingobernable. Rachel era una niña de cuatro años, de cabello largo y negro, al igual que sus ojos. Generalmente mostraba una expresión seria y tranquila, aunque su carácter era alegre y amable. Proporcionalmente hablando, era la más alta de los tres, y con la mayor fuerza física, aunque no tan ágil como Nico o Nica. A sus cuatro años parecía una niña de siete. De todos modos su característica más sobresaliente era su gran inteligencia, pues ya sabía leer y dibujar muy correctamente. Era hija única y no tenía hermanos, aunque deseaba mucho tenerlos.
Tan pronto las Mamás se fueron a conversar, los niños aprovecharon para escabullirse al patio y le contaron a Rachel la aventura que habían tenido dentro de la cisterna. La niña al principio, se resistía a creerles. - Yo no creo que hay un bosque dentro de la cisterna. Ustedes están diciendo mentiras. - E cherto. Allá ta Cheño Puño – insistía Nica. - Y el nos dijo que iba a volver en cualquier momento, así que estamos esperando eso. – Refutaba Nico. Pero su prima seguía sin dejarse convencer. - A los niños que dicen mentiras viene el cuco y les pinta la boca de negro. Ustedes terminarán con la boca negra. Mejor voy con mi mami a decirle que ustedes sólo están - POR FIN… - Se dejó escuchar una voz muy familiar. Rachel se quedó sin habla, pues era una voz como si sonara sobre sus cabezas, pero al mismo tiempo, sin tener un origen claro. Movió la cabeza de un lado a otro buscando una explicación y quedó extrañada al ver los rostros iluminados de sus primos. - ¡Ya volvió! ¡Regresó el Señor Puño! – Exclamó alegremente Nico. - ¡Quí tá Cheño Puño! – Repitió Nica, igual de feliz. Los dos niños salieron corriendo del patio hacia donde estaba la cisterna. Ven Rachel, ven,fue lo único que logró decirle Nico a su primita antes de encarrerarse hacia donde había sido el principio de sus aventuras. Cuando llegaron, vieron que la tapa de la cisterna nuevamente había sido corrida. Sabiendo ya lo que les aguardaba, treparon por ella y estando a punto de asomarse al hueco, invitaron a su prima a hacer lo mismo. Esta se negó rotunda.
- No quiero. Ahí hay mucha agua y me voy a mojar la ropa. Y mi mami me va a retar. - No Rachel, ahora no hay agua, lo que hay es una resbaladera que nos va a llevar a ese bosque donde está esperando Sr. Puño – explicó Nico. - Eso es mentira. Ustedes quieren que yo me moje para que mi mami me rete…- dijo molesta la niña. - Ven Raquel, e bonito. – Le pidió la pequeña. Pero la prima seguía negando con la cabeza. – Te peto mi bebé – dijo señalando a su muñeca. Pero nada.
Los niños estaban decididos, ante la continua negativa de su prima, meterse solos al mundo fantástico que visitaron hace una semana. Pero cuando se asomaron al agujero, sólo vieron agua. Un solo cuerpo oscuro de agua, que despedía brillos ante la luna pálida que había asomado su rostro entre las montañas. ¡Qué raro! Cuando fue destapada por primera vez, mostraba un enorme tobogán multicolor, que se perdía en las profundidades y que fue su vehículo para transportarse a donde moraba su amigo y donde estaba muchas otras aventuras esperando. ¿Entonces en verdad todo fue una mentira? ¿Todo fue acaso un sueño sin sentido? Con un amargo sabor de tristeza, los hermanos bajaron lentamente de la cisterna al suelo a reunirse con su prima, y pensando en entrar a casa. Qué triste que todo haya sido…
- ¿Os preocupáis por mojaros la ropa, mi preciosa Rachel? Si os asusta estar entre agua, puedo arreglar la situación. – Susurró nuevamente la voz familiar. La sonrisa se restauró en las caritas de Nico y Nica, mientras que nuevamente su prima quedaba estupefacta. Y este sentimiento se contagió a los tres, cuando vieron que la luna incrementaba su brillo y de súbito lanzó un rayo plateado que fue a dar directo al hueco de la cisterna. El rayo brilló por unos momentos y luego se extinguió. Cuando los niños quisieron acercarse a ver qué efecto había provocado el rayo de luna en el agua, surgió de un remolino de agua una góndola plateada, del cual se desprendió una escalerita. La escalera refulgía, como si invitase a los niños a subir. A Rachel se le había escapado un chillido, por lo cual oyó desde dentro de la casa: - Raquel, no grites por gusto…
Los hermanos, ya acostumbrados a los inusuales hechos, empezaron a subir la escalera, llevando de la mano a Raquel, quien temblaba de miedo y curiosidad. Era algo nunca visto por ella, peor observar ese barco en forma de cisne coronado con una tiara llena de gemas, cuyas alas y cola formaban el cuerpo del barco y que en la espalda estaba un espacio redondeado forrado por varios cojines de diversos colores. Nica dejó puesto a su bebé en el aféizar de la ventana para que el perro no lo lastime luego. Se despidió de su juguete con un beso en la cabeza. - Pótate ben.
Así, los tres niños, los hermanos y la prima, abordaron la góndola plateada, quien izó la escalera, abrió las alas y las fue batiendo lenta y rítmicamente. Con cada aleteo, ascendía más y más al cielo, hasta que llegó a una nube. Los pequeños veían su casa alejarse hasta que sólo se vio un punto luminoso en medio de tantas otras casas en la ciudad. Advirtieron que se metían a una nube particularmente grande y su campo de visión se redujo por el vapor frío. Paulatinamente, mucho más arriba, veían un brillo tembleque, ondeando sin parar, como si estuvieran viendo la superficie del agua, pero por debajo. El reflejo se fue agrandando hasta que llegaron a tocarlo, y con un último aleteo, surgieron en medio de un gran lago de forma triangular, rodeado por los mismos árboles de hojas globosas que ya habían visto con anterioridad. Habían vuelto.
- ¿Dónde estamos? – Preguntó muy intrigada Rachel, para quien sus ojos eran completamente novatos ante este mundo ajeno a su realidad. - Aquí es donde vive Sr. Puño. Pronto lo encontraremos y nos seguirá guiando para pelear con El Crecido. – respondió Nico, recordando las palabras dichas por su amigo. La barca se dirigía hasta una isla situada en el centro mismo del lago donde ya podían vislumbrar la estatua de la mano apuntando al cielo. Desembarcaron y el cisne extendió sus alas y se fue. Llevando a su prima casi a empujones, pues aún seguía impactada por todo lo vivido, los hermanos se dirigieron a tocar la piedra, e invocar a su amigo. Pero al tocarla no pasó nada. Extrañados los hermanos volvieron a intentarlo, pero no aparecía el punto brillante en descenso que del cual saltaría el Sr. Puño. Se volvieron preocupados hacia Rachel. - Ya debía venir… pero no aparece. Tal vez está enfermo. – Pensó Nico en voz alta. - Tá con guipe. – Sugirió Nica.
Entonces la propia Rachel decidió tocar la roca. Tal cual había pasado con anterioridad, la halló cálida y disipadora de dudas. Y en ella se reveló el motivo de la demora del anfitrión. - Es que tenemos que hacerlo los tres juntos. – Y así Nico, Nica y Rachel posaron sus manitas en la roca. Y se dio el efecto deseado. El globo de luz que bajó del cielo explotó dando cabida a la llegada del Sr. Puño. - ¡Oh, los días de alegría han vuelto! Os doy la bienvenida de vuelta, mis pequeños. Y veo – dijo, dirigiéndose a Rachel – que no vinisteis solos. Y bien está, pues ante vosotros yace vuestra nueva compañera que os acompañará en la lucha sin cuartel contra el malvado Crecido. ¿Cuál es vuestra merced, si me permitís saberlo? - Yo me llamo Rachel. Y tú eres Sr. Puño? – adivinó la pequeña. El aludido dio dos vueltas sobre sí antes de responder. - En lo correcto estáis, mi pequeña princesa. De hinojos se encuentra Sr. Puño para serviros y guiaros en una futura lucha contra alguien que ha ocupado esta tierra con miedo y llanto. El Crecido. - ¿Y quién es el Crecido? – quiso saber Rachel. Sr. Puño quedó dubitativo un momento antes de responder. - Eso, pequeña mía, ni yo puedo contestarlo verazmente. Sólo sabemos que un día invadió esta alegre tierra proclamándose señor de todo, usando sus poderes para poner niños a su favor, habiéndolos previamente arrebatado de sus familias. Y así continuó sin que nadie pudiera hacer nada por detenerlo. Todos le tememos, sobre todo al mencionar su verdadero nombre. - ¿Y cómo se llama el Crecido? – dijo curiosa la niña. - Aún no puedo revelaros tal secreto, puesto que decirlo causará la inmediata invocación de este malvado. Y vosotros, aunque tenéis gran potencial, no estáis aún a la altura de veros las caras. Es por eso que tenéis que fortaleceros en vuestras técnicas. - ¡Oye Sr. Puño! ¿Por qué aún no me devuelves a Batespada? – Cortó Nico ya molesto con tanta charla. Nica asimismo extendió las manos esperando a su Trivarita. Sr. Puño exhaló un suspiro.
- En verdad deseaba, mis pequeños, armaros al mismo tiempo a los tres. Pero como veréis, una de vosotros aún carece de armamento digno. – Puso forma de mano apuntadora y señaló a la recién llegada. – Aunque dada vuestra impaciencia, aquí os daré vuestro equipo. – Chasqueó los dedos y de la palma abierta saltaron dos cintas luminosas que envolvieron una a cada niño. Nico recuperó sus protectores y coraza que obtuvo tras la lucha con el Dragón Panza arriba. Nica por su parte, volvió a vestir la capa gruesa con el sombrero cónico. Finalmente, ambas cintas se condensaron en las manos, volviéndose en Batespada para Nico y Trivarita para Nica. Ya con los niños pertrechados, Sr. Puño le habló a Rachel. – Pequeña princesa, para poderos ofrecer un arma y ropaje dignos de vos, habréis de demostrarme que sois la indicada para tales dones. Claro está, sois del mismo linaje, y por tanto tenéis potencial. Pero sin embargo, quiero estar seguro que podré confiar plenamente en vuestras habilidades. Pequeños, seguidme al bosque. Ahí os guiaré hasta donde aguarda la prueba para Rachel. – Terminando de hablar, Sr. Puño flotó raudo por sobre el agua, hasta alcanzar la orilla del lago. Los niños intentaron seguirlo, pero se dieron cuenta que no podrían nadar y lo peor, el cisne había volado ya.
- ¿Y ahora qué hacemos? – Rezongó Nico. Aunque más ágil y fuerte por volver a poseer a Batespada, se dio cuenta que ni con su mejor salto podría alcanzar la orilla del lago. Y tampoco sabía nadar bien, ni qué decir de los otros. Entonces vio a su hermana agachada en el borde de la isla, sujetando a Trivarita. Nica tenía una idea y tenía que saber si daría resultado. - ¡DIME! – Invocó con fuerza trazando un pentagrama en el aire. Del pentagrama en forma de portal, emergió el espíritu del agua y del hielo, Undyne. Ante un gesto de la niña, el espíritu obedeció. Fue saltando en la superficie del agua hacia la orilla, congelando lo que tocaba y creando un hielo tan duro, que terminó formando un suelo que podía soportar el peso de los niños. Entonces, tomados todos de la mano, cruzaron el lago sin problemas. Sr. Puño los recibió con alegría.
- Felicidades, pequeña Nica, por resolver exitosamente la pequeña prueba que os dejé. Me demostráis que vuestro potencial sigue siendo enorme. Ahora pequeños, acompañadme hasta la Loma Opípara, que es donde Raquel tendrá su prueba. Así fueron los tres niños acompañando al Sr. Puño. Ocasionalmente se topaban con una que otra tropa del Crecido, pero no eran rivales para los hermanos. Además, trataban siempre de proteger a su prima, quien permanecía agachada para que no la lastimen. Así fueron escalando un cerro, en cuya cima había una gran mesa de piedra con muchas piedras redondas a su alrededor, a modo de sillas. Sr. Puño se ubicó en el centro y anunció:
- Preciosa Rachel, este es el lugar de vuestro reto. Debo advertiros, mis pequeños, que si osáis ayudar a vuestra prima, ella perderá y tendrá que ser devuelta a vuestro mundo real. Así que evitadle tal disgusto, os lo ruego. En primer lugar, voy a armaros con el ítem indicado para vos. Observad! – Sr. Puño dio dos vueltas sobre sí antes de chasquear sus dedos. Surgió una bola luminosa que fue a parar delante de la niña, y cuando ella la aferró, se mostró un animal de peluche. Este animal era un poco extraño, pues tenía la forma de cómo un gato rechoncho y blanco, de ojos cerrados y una gran nariz roja. De su cabeza salía un pompón escarlata y un par de alas pequeñas y negras adornaban su espalda. – Rachel, he aquí que os presento al que será vuestra arma para luchar contra el Crecido. ¡El peluche mutador, MOOGLE! Ahora, para demostrar que sois la elegida para ser su dueña, habréis de pasar esta prueba. Decidme, mi preciosa, ¿qué platillo es de vuestra predilección? - A mí me gusta el pescado apanado… - Sonrió Rachel, pues no había merendado en casa y en su barriguita ya se escuchaban quejidos de hambre. - ¡Ea pues! Pescado apanado será lo que se os servirá. – Sr. Puño pasó la mano extendida sobre la gran mesa de piedra tres veces, y tras una explosión de humo, la superficie estaba a reventar de deditos crujientes de pescado apanado. – Tal es vuestra prueba, mi princesa. No debe quedar la más pequeña brizna de alimento en esta mesa, para considerar vuestra prueba superada. ¡Comenzad ahora!
De esta manera, la niña se sentó en una de las sillas, puso a su nuevo peluche al lado y se dispuso a comer. Era un muy rico pescado, de carne blanca brillante y muy jugosa, cubierto por una crujiente masa frita de pan rallado y huevo. Rachel anduvo comiendo con buen apetito, pero pronto se dio cuenta que su apetito estaba a punto de terminarse y no había terminado ni con un cuarto de todas las piezas de pescado. ¡Ni siquiera había logrado despejar de comida el borde de la mesa! A pesar de lo sabroso de la comida, la niña empezó a asustarse. Ya estaba llena y aún veía montañas enteras de pescado apanado por comer. Pensó en pedir ayuda a sus primos pero Sr. Puño había hablado muy claro. Si les pedía ayuda, perdería la prueba. Sr. Puño flotaba a su alrededor, como ejerciendo presión. ¿Qué haría? ¿Qué haría?
Entonces miró a su peluche. Recordaba que en su casa, siempre que hacía comiditas de mentiras, iba y servía un gran plato y les daba de comer a todos sus peluches, sean grandes o chicos, un bocado en sus bocas. Y así de esta manera nadie se quedaba con hambre. Pero esto era comida real, que la estaba ya empachando. La desesperación de verse sin opciones la hizo colocar a Moogle sobre sus rodillas, tomar un dedito de pescado y colocarlo en la boca del peluche. - Toma Moogle, comete el rico pescado.
Y para sorpresa de Rachel, Moogle efectivamente abrió la boca y engulló la comida. En ese momento el peluche empezó a transformarse y crecer hasta volverse un enorme tigre blanco. El animal saltó sobre la mesa y empezó a zampar glotonamente todo el pescado, hasta terminar lamiendo la mesa para chupar hasta la última gotita de aceite. Recuperó su forma y fue a posarse en el regazo de la niña. Sr. Puño lanzó una sonora carcajada. - ¡Enhorabuena, mi querida Rachel! ¡Lo habéis conseguido! Despertasteis el poder especial de Moogle, el cual es alimentarlo con cualquier cosa del ambiente, con lo cual cambiará su forma para tomar una apariencia acorde al entorno y facilitaros la lucha. ¡En verdad sois digna de portar tan preciada arma! - ¡Bravo Rachel, bravo! – Gritaba jubiloso Nico. - ¡Mala! No dejate pecado! – Le recriminó Nica, pues ella también tenía hambre y quería aunque sea un poquito de tan rica comida. De súbito, del centro de la mesa salió un cofre café que Sr. Puño se apresuró en abrir. - Rachel, este cofre contiene vuestros ropajes. Ahora mismo os vestiré, pues habréis de protegeros ante los eventuales peligros. – Dicho y hecho, la niña ahora portaba un conjunto de blusa y pantalón blanco contorneados de negro y con vuelos en las mangas y las pantorrillas. Botitas albas complementaban el atuendo. - Finalmente, mis pequeños. Finalmente. Los tres elegidos se han reunido para librar la batalla contra el malvado Crecido. Será una batalla larga y ardua, por lo cual tendréis que incrementar mucho vuestro poder. Así que , acompañadme, mis niños. Yo os iré guiando en esta mágica tierra e iremos descubriendo de qué sois capaces de hacer…
Bajo un sol radiante, que a veces producía un leve escozor en la piel, dos niños jugaban en el jardín de su casa. Mamá hacía la comida, Papá estaba trabajando, y sólo un enorme perro mestizo vigilaba las piruetas de los pequeños.
Nico, el mayor. Cinco años. Curioso y aventurero, un poco más que otros niños de su edad, aunque con sus propios temores internos, sean innatos, sean adquiridos. Adora el fútbol, correr e imitar a espadachines y piratas. Nica, de tres años. Diminuta y frágil, pero con una personalidad que a nadie permite réplica. Aún no habla muy bien, pero no necesita la lengua para hacerse entender. Una sola expresión de su carita suplía un discurso. Su juguete favorito, su muñeca de trapo y cabeza de plástico. Su bebé que siempre lo tenía al lado, para protegerlo de todo mal. El sol poderoso, iluminador y caliente, sigue en ascenso haciendo perlar las pieles infantiles. Entran un momento a casa, mamá les provee de dulce jugo de guayaba, y siguen fuera en sus correteos.
Un gemido ventoso levanta hojas secas y aletea ropas. Los pequeños se cubren los ojos y al abrirlos ven con asombro que la pesada tapa de concreto de la cisterna del agua, situada como una gran caja gris, yace a un lado dejando abierto el hueco. Nica y Nico se miran dudosos. Papá les tiene prohibido acercarse cuando la tapa está abierta. Los niños se caen al hueco y no salen más, tenían entendido. Nica no entiende porqué está abierta, pero obedece la orden paterna. - Mamá – dice, en la necesidad de advertirle del suceso. - No, espera aquí que yo voy a ver. – Responde el hermano. El hermano quiere ir a descubrir. Saber qué abrió. Nica mueve su cara horizontalmente. - No. Mamá. Nico ignora la negativa. Siempre le ha gustado contradecir a su hermanita, así termine ella berreando luego. Así que trepa, llega al hueco, mira y se asombra. - ¡Ven Nica, ven a ver! – grita Nico. Nica vuelve a negar con la cabeza. Finalmente cede ante la insistencia de su hermano. Agarra bien a su bebé, toma la mano de Nico para subirse y también observa lo que debía ser un gran cuerpo de agua oscura, de húmedo olor, que abastecía las necesidades de agua de toda la familia. Nico, curioso por naturaleza, sabía que tal acción podría terminar con un soberano regañó no sólo de Mamá, sino de Papá. Pero lo que estaban viendo los hermanos impide que la obediencia aflorase.
Una gruesa cinta como una resbaladera, con muchos colores mezclados, como cuando Nico en el kínder mezclaba las acuarelas con los dedos para estamparlos en el papel periódico, se mostraba ante ellos. Sólo cinco gradas de escalinata separan la cúspide del tobogán del inicio del hueco. Los pequeños no logran alcanzar a ver el final de la cinta, pues serpenteaba y se perdía entre lo que parecían ser nubarrones blancuzcos pero que a ratos soltaban uno que otro relámpago azulino. Un paisaje que nunca hubieran creído dentro de un pozo encementado. Es ahí cuando ambos oyen un tenue susurro.
- Vengan, mis pequeños, vengan…
La mente inocente y limpia de prejuicios de Nica se deja seducir por esa invitación, pero ahora era Nico quien empieza a dudar. Ahora sí sería necesario que viniera Mamá a ver tal prodigio. Se voltea a llamarla cuando advierte por el rabillo del ojo que la niña estaba ya con medio cuerpo adentro de la escalinata y resbala de pronto. Presuroso se lanza a salvarla y ve que Nica está agarrada sólo con su manita de la última grada. Si se soltase se iría de largo por ese misterioso tobogán.
- ¡Dame la mano Nica! – Dice agarrado de la primera escalinata, pero Nica no quiere. No quiere soltar a su bebé. Nico se enoja por la tozudez de la hermana y empuña el brazo libre. Pero Nica al intentar subir sus piececitos se deslizan, cae sobre su barriga, y con el jalón Nico pierde pie. Ambos se empiezan a deslizar por el tobogán multicolor, muy muy hacia abajo, pasando las nubes chispeantes. Allá arriba, en la casa de los niños, sin manos ni palancas, la losa silenciosamente va recuperando su postura original. Sella nuevamente la boca de la cisterna y nada ha pasado. Todo tal cual estaba antes, salvando la ausencia de los dos hermanitos.
Nico y Nica van deslizándose a cada vez más velocidad. Los gritos de terror de ambos, por el súbito descenso a lo desconocido, se van apagando hasta que sólo se oye el silbido del viento. Nica, abrazada con su bracito libre a su hermano y con la otra aferrando a su bebé. Nico, abrazando a su hermana fuertemente. Van viendo muchas cosas extrañas que no dejan de tener su atractivo. De entre las nubes que van atravesando, muchas huelen a chicle. Otras, a menta. Una que otra, a naranja. Se introducen en un banco nuboso oscuro, con aroma a hierbaluisa y pasan un buen rato sin ver más que vapor marrón fragante. Se despeja la neblina y los hermanos admiran un gigantesco bosque, de altísimos árboles y lagos límpidos, unos triangulares, otros estrellados, otros como racimos de uvas. Y a lo lejos, muy a lo lejos, distinguen una brillante construcción, pero que por sus puntas se enredan unas nubes negruzcas, como de aspecto siniestro.
Poco tiempo tienen para vislumbrar el paisaje pues entran en el espesor del bosque y la velocidad de los troncos al pasar asusta nuevamente a los niños, haciéndolos gritar de miedo. Dos lomas del tobogán que no provocan golpes frenan suavemente los cuerpecitos hasta que finalmente llegan sanos y salvos al otro extremo de la colorida cinta. En un claro del bosque. Nico y Nica se incorporan y miran a su alrededor. Enormes troncos aquí y allá, de los cuales se desprenden ramificaciones que engendran amplias hojas acorazonadas, circulares, globulosas y en todos los tonos de verde que se puedan imaginar. Algunas rocas de venas cristalinas, por entre cuyos cristales van corriendo glóbulos de luz. Ahora sí está asustada Nica, que permanece abrazada a su hermano el cual trata de hallar algo o alguien que le sepa explicar dónde están y porqué llegaron a ese extraño lugar.
En el centro del claro se alza una forma muy singular. Una gran mano, en postura de señalar hacia el cielo, hecha únicamente de piedra. Nico duda si esa mano puede ofrecerle alguna aclaración, pero su espíritu curioso lo va dirigiendo hacia ella. Nica, bien resguardada tras la espalda de Nico, apretando fuertemente a su muñeca. La mano es mucho más grande ahora que están frente a ella. Como si tres Papás estuvieran montados uno sobre otro. No ven letras, no ven avisos, nada. De pronto, el susurro se hace escuchar de nuevo…
- No teman, mis niños. No teman…
Nica decide tomar la iniciativa y posa su mano en la roca. La nota cálida, y va sintiendo que su temor y su preocupación son como borradas de su cabecita. Ahora sonriente nuevamente, mira a Nico. Este capta el mensaje. La roca es segura y te ayudará. Así que también posa la mano sobre la piedra. La misma aliviante sensación recorre al niño. Y con ambas manos posadas, del índice apuntador se desprende un rayo de luz. Ya no hay miedo en los hermanos mientras miran el recorrido luminoso. De donde toca al máximo va descendiendo un punto luminoso, que se agranda y se agranda hasta cuando llega a nivel de la mano, es del tamaño del carro de la casa.
De pronto la burbuja estalla y de entre las miles de chispitas surge otra mano, pero de una forma muy peculiar. Siempre está situada de forma horizontal, y la muñeca está ceñída con un beige alzacuellos, la parte superior de un terno y un lazo de corbata rojo chillón. Sobre el canto de la mano, un largo y pomposo sombrero de copa. La mano está hecha un puño, menos el dedo medio, parcialmente flexionado para recordar una nariz. Y el pulgar, en movimiento para semejar una mandíbula. Sobre el índice, crecía un poblado mostacho. Lo único que faltaba en ese peculiar personaje eran los ojos. Pero al parecer no le hacía falta, pues levita directo en frente de los hermanos, el sombrero se alza solo como un saludo y al moverse el pulgar, brotaron estas alegres palabras.
- ¡Nico, Nica, bienvenidos! ¡Estoy exultante ante vuestra presencia! - ¿Quién eres? – Le pregunta Nico, ya que sin miedo que los reprima, podían dirigirse a esa aparición como a un adulto cualquiera. - Oh, mil disculpas por mi rudeza. Soy el guardián de esta tierra hermosa, y el que os ha traído hacia aquí. Pequeños míos, ante todos soy conocido y por tanto podréis llamarme: Señor Puño. - ¿Qué ten-no? – Pregunta Nica a su vez. - ¿Qué estoy haciendo, decís? – responde Sr. Puño, pues podía entender cualquier hablar infantil, por indescifrable que se oyera – Os he traído a este lugar porque sólo de vuestra ayuda me podré servir para poner en cintura a un adversario artero y bribón, ante cuyas mañas soy impotente. Pero vosotros, - dice revoloteando alrededor de ellos – podréis vencerle si realmente os lo proponéis. - ¿Y quién es el malo? – Quiso saber Nico. - Ahhh, tal nombre no debería ser dicho en voz alta. Pues sólo escucharle provoca el más helado y paralizante pavor, niño mío. Así que en estas parcelas es conocido como El Crecido. - ¿Y nosotros vamos a pelear con El Crecido? – se inquieta un poco Nico. - Pequeños, de vosotros únicamente depende la victoria sobre susodicho villano. - ¿Poqué? – Pincha Nica. - Porque vosotros solamente tenéis el poder necesario. - ¿Poqué? – insiste. - Porque en vosotros reside la fuerza que derrotará al Crecido. - ¿POOQUÉ? – chilla ya molesta. - ¿Mamá? ¿Onetá Mamá? – añade, empezando a resoplar. Nica estaba irritada y lo más importante, se había acordado de su casa y su mamita. La empezaba a extrañar. Y el extrañar a la mamá significaba que tarde o temprano empezaría a llorar. Nico se acerca preocupado, pues cuando su hermanita se ponía así, sólo la presencia de Mamá podía calmarla. Pero tan alejados, ¿cómo podría hacerlo?
- Veo que añoráis a vuestra progenitora, mi pequeña, y lamentablemente no puedo devolveros de momento con ella. Mas, ¡observad! – Sr. Puño hace girar su “cara” tres veces sobre la muñeca, la mano se abre y chasquea sus dedos. Dos burbujas doradas saltan y van a posarse sobre las manos abiertas de Nico. Toman forma de un par de corazoncitos alados, el corazón de oro y las alas de plata. – Nico, colocad uno de aquéllos sobre la frente de vuestra hermanita. Luego, pegad el segundo sobre vuestra frente.
Nico obedece. Se aproxima a su hermanita, quien ya empezaba a nublar sus ojos almendrados con gruesas lágrimas, señal inminente de un gran llanto. Toma el corazoncito y lo pone sobre la frente de la niña. Instantáneamente miles de puntitos de luz saltan de las alas y envuelven a la pequeña. Nica siente que un gran alivio calma su molestia y su deseo de llorar. Era como si Mamá en persona la cargara, la abrazara y le depositase un dulce beso en la frente. Todo el cansancio que sentía se desvanece en un parpadeo. Cuando las luces se desvanecieron, la niña luce nuevamente feliz y deseosa de más aventura.
- ¿Quéchecho? - Pequeña Nica, vuestro hermano os ha favorecido con un ítem que calmará cualquier padecimiento. Es el Beso de Mamá. Os daré otro para cuando os sintáis fatigada y añorante nuevamente. Nico, es vuestro chance. - Aún no. No estoy cansado. – responde el niño guardándose su beso en el bolsillo. - Que así sea, pues. Ahora oídme, pequeños. Ante El Crecido no podréis con vuestras manos únicamente. Así que poned las manos en alto. – Los niños obedecen, y luego de Sr. Puño diera tres vueltas sobre su eje, anuncia: - Pequeños, os armaré debidamente para que asumáis y superéis todo reto que os aguarda en estas tierras. ¡Recibid vuestro armamento! La mano entera se abre y de la palma brota un manantial plateado, que hizo surgir a su vez dos instrumentos. Estos danzan, giran en el aire y se colocan mansamente, uno para cada hermano. Frente a Nico se halla un bate de baseball, pero con empuñadura y cruceta. Ante Nica gira un pequeño báculo, engarzado de gemas y cuya punta está rematada por una estrella dorada que encierra un corazón de color rojo.
Ambos empuñan sus armas, sintiendo ahora que cada instrumento se volvía algo como parte de su cuerpo, rápidamente comprendiendo sus secretos. Sr. Puño recupera su forma original y les instruye: - Nico, en tus manos tenéis a BATESPADA, poderosa y contudente. Magnifica vuestra fuerza y agilidad y bloquea casi todo intento de agrediros. Blandidla con valentía y no habrá oponente que pueda con vos. El niño decide probar su batespada. La balancea un par de veces para probar su peso, descubriendo que pesaba menos que un globo inflado. Pero cuando lanza un mandoble, el aire mismo se divide y muchas hojas vuelan en un remolino súbito. Al intentar hacer presa en un tronco de árbol cercano, se da cuenta que en sólo dos pasos ya estaba frente al tronco. Da un batazo y el árbol se estremece hasta la última copa. Exclama un guaauuu con su nueva arma.
Mientras el niño admira su nueva posesión, Sr. Puño se dirige a Nica. - Nica, mi pequeña. Ante vos yace TRIVARITA, el caduceo de los tres espíritus. Tienes ahora el poder para invocarlos y comandarlos a vuestro arbitrio. Sólo habréis de trazar una estrella, y convocar el nombre del espíritu que deseéis. Probad entonces. Así lo hace Nica. Igual que las estrellas de navidad que tanto le gustaban, va trazando con su trivarita el mismo patrón. Y maravillada ve que la punta deja un rastro vibrante, que al finalizar la estrella, se expande y gira rauda. Pero ¿qué espíritu podría invocar? Torna a ver con mirada interrogativa a Sr. Puño. Este da un sobresalto. - Oh ¡mil perdones, mi niña! He olvidado por completo informaros los nombres de los espíritus a invocar. El portal está abierto y esperando así que raudo os enseño los nombres. El primero, el espíritu del fuego. Decid en alto su nombre: ¡La crujiente llama, SALAMANDRA! - ¡CHAMANDA! – Chilla Nica. - …. - ¡Chamanda! - Repite la niña. Al parecer, el espíritu no entendía el nombre tergiversado. Era necesario que la niña… De repente, del portal de cinco puntas, sale una bola de fuego, que girando girando, toma la forma de un rojo lagarto crestado y de vivos ojos escarlata. Al reptar sobre el piso, va dejando un rastro de llamas. Sr. Puño oculta su sorpresa al ver que aunque mal conjurado, la llamada resultó exitosa. - Aquí tenéis a vuestra nueva ama, Salamandra. Obedecedla y protegedla con vuestras cálidas flamas. – Sentencia Sr. Puño. – Salamandra asiente y luego de volver a ver a Nica, quien mira con ojos maravillados semejante criatura; se introduce de nuevo al portal. – Ahora, os presento al segundo espíritu. ¡Nombradlo con fuerza, al siseante y gélido vapor: UNDINE! - ¡DIME! – Y a pesar de la mala dicción, del portal sale salpicando gélida agua, que se congelaba apenas tocaba alguna superficie, un salmón de aletas tan grandes como alas. Un rosario de perlas de hielo están flotando continuamente a su alrededor. Tras contemplar a su nueva dueña, desaparece asimismo Undine en el portal. - Finalmente, mi pequeña, he aquí al último espíritu que os ofrecerá vuestra ayuda. ¡Llamad a las alas de tormenta, SILPHO! - ¡CHIFO! – y al igual que los otros, del pentagrama emerge una nube rodeada de finos relámpagos y vientos danzantes que lo rodeaban. El viento deshace las nubes liberando a un colibrí verde metálico que se mueve a gran velocidad. Tras zumbar alrededor de Nica, aireando sus vestidos, se introduce de vuelta en el portal.
Los niños ya pertrechados se plantan frente a Sr. Puño, quien los observa con regocijo. - Oh pequeños príncipes, cómo me deleita veros en vuestras nuevas armas. En verdad, sois quienes las antiguas canciones describieron. - ¿Y ahora peleamos con El Crecido? – pregunta Nico, envanecido de su poder. - De ninguna manera, pequeños – niega rotundamente Sr. Puño. – Aún os falta la debida experiencia para poder haceros con tan terrible oponente. Pero si os esforzáis, el éxito se pondrá de vuestra parte. Primero que nada, una prueba os tengo guardada. Así que seguidme, por favor. Y echando acción al verbo, Sr. Puño va volando seguido de los hermanitos. A medio camino en el bosque, justo rodeando un lago romboide, oyen un agudo silbido. Y de entre los árboles aparecen otros niños un poco mayores que Nico y Nica. Llevan ropas como pieles de animales y palos en sus manos. Ceñudos observan a la pareja. Sr. Puño da dos vueltas sobre sí antes de anunciar: - Pequeños míos, estamos ante huestes del Crecido. Recluta niños de otras partes y aliena sus mentes para que luchen contra lo que no conocen. Y vosotros, justamente, estáis ante su mira. Defendeos pues, Nico y Nica. ¡Que conozcan a qué se están enfrentando! No hizo falta repetir la orden, pues los niños del Crecido se precipitan sobre los dos hermanos dispuestos a lastimarlos y hacerlos llorar. Pero uno a uno van cayendo con los batazos sólidos que Nico les acomoda. Y Nica, invoca a Salamandra, que calcina las pieles dejando a los enemigos desnudos por completo. Doloridos y avergonzados, emprenden la retirada llorando. Y así van avanzando, con algunos otras escaramuzas, hasta que terminan de cruzar el bosque.
Ahora están en una gran pradera, de donde brotan miles de flores. Tanto a Nico como a Nica se les hace agua la boca, pues en cada corola de flor, aparecen bocaditos de flan, torta, chocolate y pan dulce. - Quero ñam – pide la niña a Sr. Puño. Su hermano asiente ansioso. Ha pasado ya algún tiempo y el hambre va apretando la tripita. - Permitidme agasajaros, pequeños míos. Ahora mismo os proporciono comida y descanso. – Sr. Puño vuelve a chasquear sus dedos, con lo que aparece una cabañita en medio del prado. Los niños se precipitan dentro y encuentran una mesa con varias fuentes, cada una con un tipo diferente de dulce. Así que empiezan a comer cada uno a su ritmo. Ya dados por satisfechos, ante ellos asciende un gran colchón de plumas. Las batallas anteriores los ha cansado, así que se acurrucan, se arropan y duermen la siesta. Fuera, Sr. Puño monta guardia.
Dos horas más tarde los niños despiertan y salen de la cabaña, bien descansados. Sr. Puño chasquea y la casita se esfuma. Avanzan un poco más hasta cuando llegan a una hondonada. Sr Puño se adelanta y explica: - Niños, os advierto que aquí está la prueba que antes os anuncié. En el fondo de esta hondonada, yace el desgraciado Dragón Panza Arriba. Antes señorial y poderoso, ha caído en este agujero, y un espeso lodo impide que se libere. Así está ya aburrido y malgenio, y ataca a quien se le aproxima. Buscad entonces la forma de liberarle, aunque tengáis que hacer uso de la fuerza. Tal es la prueba, pequeños. Os deseo victoria! Los dos empiezan a bajar cuando los paraliza un bramido tremendo. Era el Dragón Panza Arriba que ha notado intrusos y el coraje retenido lo hace desear atacarlos. Al verlo ya en el fondo, efectivamente se dan cuenta que es un enorme dragón de escamas color cobre, que yace sobre su espalda en una especie de pegote. Las alas están tan adheridas y pegajosas, que los violentos movimientos del dragón no logran zafarlo. El dragón abre el hocico y lanza un chorro de humo apestoso que los niños apenas logran esquivar, pero Nica no es tan ágil y el humo le hace toser y picar los ojos. Confundido por su rabia, la bestia va a rechazar todo intento de ayuda. Nico salta y con su batespada golpea las zarpas del animal para intentarlo liberar. Inefectivo, y el dragón contraataca con violentos manoteos, que Nico bloquea como mejor puede. Pero el adversario va ganando en fuerza y el niño se empieza a debilitar. Está a punto de quitarle de un zarpazo el batespada cuando se oye un agudo CHIFO!.
Nica logra invocar a Silpho quien va lanzando chispas eléctricas sobre la cabeza del dragón. Este contraataca con su humo apestoso pero es inútil contra la corriente de aire del espíritu. Pasa a descargar viento eléctrico sobre la panza cuando una ruidosa carcajada llama la atención de la niña. Lo ocasionó Silpho cuando pasó por el gordo y abultado ombligo del animal, provocándole cosquillas. Nica sabe que es su punto débil y envía a Silpho a revolotear sobre el ombligo. ¡El dragón se retuerce de risa más y más, hasta que involuntariamente se despega las alas del fango y nuevamente queda con los pies sobre la tierra!
Los hermanos saltan de júbilo, pues consiguieron liberar al dragón, quien ahora se sacude el lodo, salpicando involuntariamente a los niños embarrándolos por completo. Nico y Nica se quejan ante la bestia mal agradecida, pero ésta baja la cabeza y dice: - Niños, estoy en eterna deuda con ustedes. Hacía tiempo, por engaño del Crecido, me precipité en esta hondonada y este fango inmovilizó mis alas. Tal fue mi frustración y coraje que simplemente atacaba a todo el que se me acerque. Pero fueron ustedes los que consiguieron darme la libertad. No renieguen, de este lodo. Mi esencia se ha fundido en él y le ha brindado parte de mis poderes. Así que el fango que impregna sus ropas, va a transformarlas en nuevas y más resistentes prendas. Es su regalo por haberme ayudado. Ahora volveré a mi tierra y mi familia. Han de añorarme mucho. El Dragón que ya no estaría más panza arriba, extiende las enormes alas y vuela al cielo hasta que se pierde.
Nico y Nica advierten que el lodo brilla junto a sus ropas, solidificándose y formando en Nico protectores para los brazos, el pecho y las piernas. El vestido de Nica cambia volviéndose una manta gruesa y protectora y un sombrerito cónico para cubrir su cabeza. Los niños están muy cansados y a punto de llorar, pues extrañan a su madre nuevamente. Por suerte, Nico extrae los besos de Mamá de su bolsillo y ayuda a su hermana antes de curarse él. Ascienden la hondonada y Nico informa la victoria a Sr. Puño. - Lo habéis hecho espléndidamente, mis pequeños. La prueba ha sido superada. Pero no podréis avanzar más, de momento. Así que tomaré de vuelta vuestras armas y estas nuevas armaduras con que el dragón os ha obsequiado. – Chasquea y los niños quedan como vinieron antes. – Ahora debéis volver con vuestra madre, antes que ella se preocupe. Os prometo que a su debido tiempo, regresaréis a esta tierra, para luchar contra el malvado Crecido. Nos encontraremos después, mis pequeños…
Sr. Puño pierde su forma nuevamente y la mano envuelve a los niños quienes sólo atinan a cerrar los ojos. Sopla un viento intenso, los hermanitos abren los ojos y se encuentran en el jardín de su casa. La cisterna, tan cerrada como en un principio; y Mamá llama a sus hijos a tomar la merienda. Es tarde y luego de una tarde de juegos y correteos, deben ir a la cama. Los niños intentarán explicar a sus padres lo ocurrido, pero ellos muy difícilmente creerán.
Ya todos dormidos, de las profundidades de la cisterna, se oye una suave voz: - Sólo necesitamos a la tercera, que sea del mismo linaje, para asegurar la victoria…