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Wednesday, September 21, 2011

Una travesura, una separación.

- Chalamanda, Undime, Chilfo… Chalamanda, Undime, Chilfo…

El caminar de los niños, luego de haber salvado el Puente del Hiato, era amenizado cada cierto tiempo por el canturrear de Nica, quien se sentía muy orgullosa de haber fortificado a sus espíritus al pronunciar mejor sus nombres. Ahora se dirigían hacia el Castillo del Arbol, en medio del gran Parque Berrinche.

- Si proseguimos derecho, en unos días llegaremos al territorio en donde mora nuestro tan temido enemigo, el Crecido; mis pequeños. Pero aún es pronto para aventurarnos allá. Lamentablemente vuestra anterior batalla demostró que os queda mucho para poneros a su nivel. Hemos primero de agotar todos los métodos que estén a mi alcance para que superéis vuestra fuerza. Así que doblemos a nuestra izquierda. Llegaremos prestos a Parque Berrinche, en cuya mitad se alza Castillo del Arbol, alto y majestuoso. Ahí mora un venerable sabio a quien tuve el honor de servir un tiempo. Estoy seguro que os ayudará.

Así pues, tras recibir las instrucciones del Sr. Puño, los tres niños tomaron el camino de la izquierda. Sus nuevas habilidades se pusieron a prueba con huestes del Crecido más poderosas. Tras casi ser golpeados en la cabeza por enormes globos de agua, miraron al cielo y vieron niñas montando caballos de palo. Por su atuendo, parecido al que portaba Nica, se dieron cuenta que eran brujitas al servicio del Crecido. El ataque de las nuevas enemigas no paraba ahí. Luego de mojar con los globos de agua, las brujitas invocaban un viento helado que resfriaba severamente a todo intruso y los obligaba a abandonar el lugar. Pero tales ataques no lograron frenar a los niños. Sólo con el aullido de Ursus, la nueva forma de Moogle, Rachel tumbó de sus caballos a las brujas. Y para evitar que llamaran algún refuerzo no deseado, Nico las golpeó con Batafónico, sellando sus bocas. Llorando en silencio, las brujitas echaron a correr.

Parque Berrinche consistía en un bello jardín repleto de árboles de sombra y descanso bajo los cuales había toboganes, piscinas de aguas transparentes y frescas, columpios altos, animales de madera para montar y sinnúmero de juegos. Precisamente a eso debía su nombre, a que casi todos los que paraban en ese lugar armaban un berrinche cuando llegaba la hora de irse. Por alguna razón, era uno de los pocos lugares donde el temor hacia el Crecido no llegaba.

Tal diversión no pasó desapercibida para nuestros héroes. Tras recibir la venia de Sr. Puño, cada uno se precipitó al juego más cercano. Nico se quitó los zapatos, la armadura y la camisa y se lanzó a la piscina más grande haciendo un enorme chapuzón. Pronto lo estuvo gozando de lo lindo cuando descubrió los toboganes gigantes, las columnas de agua danzantes que lo elevaban de aquí allá y los remolinos que lo agitaban sin cesar.
Entretanto Rachel se metió a girar una y otra vez en los montones de tiovivos y carruseles que tenían como eje los troncos de los árboles. No sólo caballos, sino también cisnes, carruajes y otros seres se agitaban rítmicamente entre melodías febriles.
Y Nica simplemente se zambulló entre los montones de estantes que exhibían dulces de inverosímil forma y sabor. Le faltaba boquita para llenársela con algodón dulce multicolor, grageas que sabían a todas las frutas conocidas y ni hablar de los chocolates, galletas y flanes que ondeaban de aquí allá.

Sr. Puño decidió dejarlos estar un buen rato. Ya el sol de la tarde se terminaba de arropar en el azulado horizonte cuando fue recogiendo uno por uno a los niños quienes se resistieron unos momentos a dejar su frenética diversión. Nica fue la que le costó más trabajo, pues se encontraba en un alocado subidón provocado por la tremenda cantidad de dulce ingerida.

Un elevador los fue izando hasta la sala de espera donde los recibiría el citado sabio. En dicha sala, cuya pared principal era el mismo tronco del enorme árbol de base, había montones de estantes donde refulgían joyas en forma de juguetes. Patitos de hule de zafiros, pelotas de cobalto, muñecas de cabellos de seda y ojos de esmeralda, rompecabezas de jade y obsidiana, cuadernos de colorear con páginas de bordes de oro… tesoros de valor incalculable. Los niños recorrían los ojos entre tanta hermosura mientras Sr. Puño se colocaba reverencialmente ante el tronco.

- ¡Oh, sabio y piadoso Ig-Drasil! Ante vuestra presencia se halla el que alguna vez fue vuestro leal sirviente! Suplico os mostréis y compartáis vuestra sabiduría con estos pequeños valientes!
- ¿Quién es Ig-Drasil? – preguntó Rachel a Puño. Este permaneció quieto. Nico, cansado de tanto nadar y brincotear estaba sentado en el piso con Batafónico en sus piernas. Entretanto Nica no paraba de tocar, manosear y juguetear con cada cosa que atraía su atención.

De repente la parte central del tronco se fue abriendo y dentro de esa fosa surgió un anciano rostro con finas ramas como barba y bigote. Su piel de corteza resquebrajada se desprendía en finas astillas con cada movimiento facial. Era Ig-Drasil, el árbol de la sabiduría y el regente de Parque Berrinche. Había estado en esta tierra desde tiempos inmemoriales. Lentamente abrió la boca y empezó a hablar…
- Oh… pero si eres mi viejo y entrañable amigo. Maese Puño. – Del tronco surgió una rasposa carcajada. Querido mío, ¿cuántas veces se volvieron abetos las bellotas desde que me visitaste? La reverencia no es necesaria, sabes que siempre eres bienvenido.
- ¡Hola! – Gritaron simultáneamente Nico y Rachel, situados a cada lado del Sr. Puño. El árbol los observó largamente. Sr. Puño se apresuró en explicar.
- Sapiente Ig-Drasil, los que veis aquí son pequeños del linaje escogido, a quienes traje a que den frente al malvado Crecido, quien ha ya invadido gran parte de esta tierra. Suplico ante vuestra magnificencia que toméis a estos niños y se hagan más poderosos, pues aún flaquean mucho frente al principal adversario…
- Veamos… - El rostro arrugado se dirigió primero a Nico – Dime tu nombre, pequeño guerrero. – Este se presentó y a su vez lo hizo Rachel. – Ah sí. Batespada. Moogle. Armas de gran potencial les has dado. Pero aún falta que el fruto madure, verdad es… Es necesaria mi ayuda, entonces. Por cierto, maese Puño: ¿también es parte de tu grupo la revoltosita de más allá?

Los tres se volvieron simultáneamente y se horrorizaron al ver que Nica, quien aún no había salido de su frenesí de azúcar, se había montado en un majestuoso trono de cristal y gemas diversas, pero hacía malabares en el borde, haciendo oscilar de un lado a otro. Nico y Sr. Puño volaron hacia la niña y Rachel le gritó desesperada que se bajase.

Casi lograron atraparla a tiempo.

Lo que lamentablemente no consiguieron fue evitar que el trono se cayese al piso, partiéndose estrepitosamente en miles de pedacitos brillantes. El impacto de la destrucción sacó a Nica de su euforia y lentamente se fue volviendo hacia el tronco del árbol, a quien previamente no había prestado mayor atención. La furia en la mirada de Ig-Drasil petrificó a todos, Sr. Puño incluido.

- ¡¿QUÉ HAN HECHO?!

La anterior amable voz del árbol se convirtió en un vendaval de hojarasca que estremeció a todos los presentes, incluyendo los mismos juguetes.
- ¡Mi trono de cristal! ¡Mi hermoso trono de cristal! ¡Vuelto añicos!

Nica, de lo aterrada que estaba, ni siquiera sintió el coscorrón dado por su hermano, en un intento del niño por apaciguar al enfurecido árbol. La pequeña traviesa se apretujaba las manos al darse cuenta de lo sucedido, mientras unas lágrimas enormes ya se asomaban por sus ojos. Rachel movía su mirada del desastre a los niños y al molesto sabio sin saber qué hacer. Así que Sr. Puño tuvo que dar la palma por ellos. Se plantó entre ellos y su antiguo amo y suplicó.

- Gran señor, os pido con toda mi alma infinitas disculpas. Fue mi culpa al permitir que la pequeña Nica, también parte de este grupo de escogidos, se dejara llevar por la curiosidad sin advertirla previamente. ¡Asumo la responsabilidad de…
- ¡No, maese! ¡No solapes la acción de esta revoltosa! – rugió Ig-Drasil mandando a volar la mano. Aspiró profundo y ya más tranquilo pero sin perder su ceño el enorme rostro ordenó: - Niños, quiero que vengan aquí. Los tres. AHORA.
Nico, Nica (quien era incapaz de levantar los ojos del piso) y Rachel obedecieron al instante. Se colocaron frente al rostro de madera y se prepararon para recibir su reprimenda.

- Aunque la más pequeña de ustedes ha cometido semejante malcriadez, ustedes dos también tendrán que asumir la responsabilidad. Primero, tienen que saber que el trono roto era mi juguete más preciado, un bien creado con los mejores ingredientes. Si tan sólo hubieran jugado con él, habría pasado. Pero observen. Sólo fragmentos. Destrozado. Por completo. ¿Qué tienen que decir al respecto?
- Pedón… pedón… fue sin queré… - sollozaba Nica sin poder aún alzar la mirada.
- Yo no fui, pero quisiera ayudar para tener una solución… - susurró Rachel.
- Por favor, no te desquites completamente con ella, Ig-Drasil – prosiguió Nico. – si hay alguna manera de reparar el trono, me ofrezco a hacerlo.

- ¿Reparar el trono? – Suspiró el anciano árbol – Este tesoro fue creado con elementos muy difíciles de hallar y la manufactura asimismo es muy difícil. ¿Están dispuestos a intentar, aún así, resarcirme el daño hecho?
Los tres niños asintieron solemnenmente. Por primera vez en un buen rato, el arrugado rostro dibujó una sonrisa, aliviando la tensión del ambiente. Ig-Drasil sopló un torbellino de hojas secas, y en el vórtice superior empezaron a aparecer unas imágenes.

- Estas son los componentes que deben buscarse para crear un nuevo trono. - En el girar continuo del remolino, apareció un cazo metálico. – Este cazo contiene Plastiluna. Una arcilla preciosa que cuando se la cuece origina cristal de máxima pureza y brillo. Mi trono fue formado a partir de plastiluna. Nico, en tus manos queda la tarea de ir a buscarla. Bajo mis raíces encontrarás un portal. Sigue y desciende hasta que encuentres el cazo. Pero ten cuidado, porque los hermanos Tremor y Sismo están custodiando el cazo y no te lo darán a la primera. ¿Has comprendido tu misión, Nico?
- Bueno… - dijo de mala gana el niño.
- Ahora, nada hermoso ni con forma saldrá de esta arcilla si antes no se la mezcla con el jugo de quince Nísperos Punta de Flecha, quienes le darán la necesaria ligereza y facilidad para moldearla. Rachel, te encomiendo la tarea de recolectar los quince nísperos. Los árboles están situados a lo largo de todo el Parque Berrinche. Pero debes aproximarte con cuidado. Los frutos maduros sólo están en las copas más altas, y son frutos muy esquivos, pues cuando sienten que alguien se aproxima a recogerlos, se yerguen y salen disparados al cielo, para aterrizar a muy grandes distancias. Deberás usar inteligencia para evitar que los frutos se te escapen. ¿Has entendido, Rachel?
- Sí. Entiendo.
- Maese Puño, acompaña a estos pequeños y vela por su seguridad. Pero sólo podrás acompañar a uno, el otro deberá arreglárselas por sí solo.
- Vuestra orden será cumplida sin chistar. Ahora bien… - Sr. Puño apuntó a los niños - ¿Con quién me he de quedar? – Finalmente se posó al lado de Rachel. – Pequeño y valiente Nico, comprenderéis que vuestra prima es una niña y más frágil. Debo quedarme a su lado y cuidar de que no caiga o se lastime. Ya sois fuerte y confío en vos. Confío en el éxito de vuestra misión. Lo que más puedo hacer es proveeros de tres Besos de Mamá que os reanimarán en caso necesario. Mis mejores deseos os acompañarán!

- …¿y yo? – resonó tímidamente la vocecita de Nica. Nadie la había tomado en cuenta todo este tiempo.
- Tú, como autora material de todo este desastre, recibirás la enmienda respectiva por mi parte. Vas a quedarte aquí conmigo y te atendrás a mis órdenes. Debes aprender que todo acto imprudente tiene su consecuencia.
- Pero yo quiero acompañar a… - la niña intentó protestar pero la severa mirada de Ig-Drasil bastó para callarla.
- Bien pues, las misiones han sido impartidas. Partan!! – Impuso solemnemente el antiguo árbol.

Todos cabizbajos fueron saliendo de Castillo de Arbol. Por un lado Nico se dirigió a las raíces de Ig-Drasil, en donde encontró un alto portón de enredaderas enmarañadas. Pero apenas se fue acercando las viñas y bejucos se apartaron mostrándole un sendero que descendía más y más. El niño aferró a Batafónico y con el corazón encogido empezó a bajar. Mientras tanto, Rachel acompañada de Sr. Puño y su peluche Moogle había llegado al primer árbol y se dispuso a escalar. Sentía miedo a las alturas y el ver lo elevado de la copa la hizo temblar. Sr. Puño la intentó animar, con poco éxito. Y Nica se encontraba frente al rostro serio de Ig-Drasil. Este empezó a susurrar quedamente, y Nica iba contestando a su vez. Cada uno de los niños tenía un largo y difícil camino por delante.

Monday, August 22, 2011

Se jodió Spiderman

Un poco de humor para incrementar mis entradas...


Wednesday, June 29, 2011

Por el amor de Catherina

Anhelo que me estreches. Que me apretujes. Y que hagas de mis labios un pozo de llamas vivas. Alucino con hundirme en tus abrazos. Muero por sentir tus manos tocando toda mi superficie, volviéndome brasa de carne, vapor de gemidos. Ahhh, ahhh, ahhh…

Otro sueño húmedo.

Me empiezo paulatinamente a fastidiar de encontrar esa pegajosa humedad en mi pijama, justo en la entrepierna, y que suele también manchar mi sábana. Mi propia lavandera me mira entre consternada y suspicaz cada vez que le entrego esos cobertores con placas ya endurecidas de olor dulzón.
Fuera de ese detalle, lo que me come es el por qué de esos extraños sueños. Entre neblinas oscuras, algo de intención femenina me seduce, me calienta y excita. Tan real su voz, incluso perdura su aroma más allá de mi propia nariz, en el área cerebral de la memoria. Sutil perfume ninguna vez percibido antes, pero que cada vez se me hace más y más familiar. Familiar con esa mujer onírica.

- Estimados radioescuchas, tenemos una nueva llamada al aire. Hola, buenas tardes, ¿qué desea compartir?
- Hola, cómo le va, primero que nada, saludarle por su excelente programa radial, es uno de los más oídos en el país…
- Muchas gracias, señora; ahora bien, su tiempo al aire es corto. ¿Alguna experiencia que desee compartir?
- Bueno, quisiera decirle que últimamente ando viendo algo muy extraño. No es algo lógico, sonaría hasta ridículo si se lo contase…
- Señora, nuestro programa justamente es para la investigación de este tipo de casos. Así que nada es realmente ilógico o ridículo. Tendrá siempre cabida en nuestro espacio.
- Gracias, muchas gracias. La verdad, no es una ilusión ni nada, pero le juro que en estos días he estado viendo de cada lado del horizonte, algo como negro que se va alzando. Como si se estuviera corriendo un gran velo de manera gradual sobre nuestra ciudad. Lo extraño es que sólo yo logro verlo.
- Entendido. Una visión sobre un creciente velo o cortina que surge de los horizontes. Tendremos en cuenta este caso y haremos las investigaciones respectivas. Tenemos otra llamada al aire antes de nuestro bloque musical…

Las alucinaciones. Ya había recibido otras llamadas en el espacio que conduzco. Una emisión radial destinada a casos paranormales. Siempre he sido un apasionado de todo lo inusual e insólito. Mis cursos sobre parapsicología y ocultismo sólo añadían teoría tras teoría y aplastaban mi vocación. Tenía que estar donde las papas quemasen. Quería sacar a la luz los misterios. Ofrecer explicaciones, tal vez no con sustento científico, pero explicaciones al fin y al cabo. Trabajo arduo muchas veces. Cuántas ocasiones he tenido que perder tiempo y recursos en bromas, suposiciones tontas, y malas jugadas de los sentidos. Lo mismo que frentear a fanáticos religiosos que en más de una ocasión me tildaron de hereje, aliado de Satán y enemigo de Dios y la iglesia. La iglesia. Miserable institución que sólo sirve para estorbo y atraso de la sociedad. Muy pocas satisfacciones profesionales y un cúmulo de sinsabores es el resultado hasta ahora. Pero había algo que me impedía cejar. Un retorcimiento interno. Esa vaga premonición de que estaba a las puertas de algo enorme.

Ah, ese aroma que exhalas me enloquece. Me deja transida de placer cada vez que posas tus manos en mi cuerpo y lo vas recorriendo incansablemente. Tus manos, tu boca, tus ojos, soy capaz de sentir cada uno de ellos pulsando en mí, inspirando ondas más y más intensas. Querido mío, me estoy volviendo adicta a ti… mmmmhhhh….
Esa voz suave y voluptuosa no se termina de ir de mis oídos. Ya no son sólo la voz ni el aroma, lentamente voy notando que en mi piel van quedando percepciones demasiado tangibles como para haberlas únicamente soñado. Igual, la principal evidencia es el semen que empapa las telas que me cubren. Gozo como un animal. Termino deseando esa presencia, noto cómo van agolpándose en mi mente de forma paulatina más y más los recuerdos de la que me complace cuando abandono mi campo consciente. Debo estar volviéndome loco. Enamorándome de un simple sueño erótico recurrente.


- Concluyendo, señores, existen tantos secretos que muchos grupos encumbrados decidieron mantener alejada del conocimiento común. Ellos temían, y siguen temiendo de hecho, el progreso espiritual del ser humano a niveles que van más allá del simple hecho de aferrar poder y dinero. La mera ostentación material que ha sido el sustento de este tipo de personajes oscuros y maliciosos. Pues al ver que las consecuencias de tales talentos contribuiría a la formación de sociedades sumamente adelantadas, donde los factores anteriormente mencionados serían poco menos que inútiles; ellos prefirieron mantener al hombre sumiso, al hombre borrego, atado a edictos religiosos que encadenaron su alma hasta el día actual. Muchos aún toman como verdades absolutas lo que profieren tales esclavizadores de almas. Sí, tenemos otra llamada al aire…
- ¡Señor, señor! Tiene que escucharme, por favor, tiene que…
- A ver caballero, tranquilo, por favor. Estamos ante un programa donde todas las opiniones y anécdotas son bienvenidas. Exponga lo que desea, le escuchamos.
- Es que… es algo tan espantoso, tan aterrorizante, ¡estoy seguro que me estoy volviendo loco!
- Muchos de los grandes genios fueron considerados locos en su tiempo. Pero mi señor, le ruego mantener la calma; si no consigue exponer su hecho coherentemente tendré lastimosamente que cerrar su llamada. ¿Estamos?
- Entiendo… mil disculpas, era mi estupefacción la responsable. En fin, le diré a grosso modo lo que estoy en este momento viendo: ¡Algo como una enorme coraza oscura que sale de cada lado del horizonte va cubriendo más y más el lugar donde vivo! ¡Nadie parece darse cuenta salvo yo! Mi esposa casi me echa de la casa al considerarme demente o que he estado bebiendo demasiado. Por eso acudí a su programa, por lo menos para desahogar con alguien que sepa comprender este horror…! – La voz del hombre se quebró en estruendosos sollozos. Sabía que hablaba en serio, así que hice mi mejor esfuerzo por consolarlo.
- Mi señor, todos tenemos miedo a lo que desconocemos. Por eso estoy aquí. Para convertir el miedo en conocimiento, y el conocimiento en hecho público. Comprendo muy bien sus temores, pero déjeme tranquilizarlo con este hecho: No es usted el primero ni el único que me ha expuesto este fenómeno. Gracias por su aporte.
- Infinitas gracias. Mil gracias en verdad, ahora me siento mucho mejor… disculpe…

Un domo negro que empieza a cerrarse sobre el cielo que le cubre a uno… ya son varias las llamadas de este tipo. ¿Alucinaciones colectivas? ¿Histeria general? ¿Algún tipo de químico que produzca este tipo de visiones? ¿O algo más etéreo, más sutil, algo que no se pueda mostrar en bandeja? Tras salir de mi programa, elevo la vista al cénit. Azul límpido con unas cuantas manchas blancas. Como ha sido desde que tengo uso de memoria. De mi persona, mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo y de sus ancestros. El cielo azul celeste que sólo muta al ocaso o al amanecer.

Puedo sentir tu deseo…
Puedo sentir tu pasión…
Puedo sentir tu amor…
Cuánto me alegra… cuánto me llena ese dulce sentimiento que brota de tus entrañas hacia mí, es algo de lo que no puedo cansarme nunca, mi hermoso hombre… Tómame, poséeme, aférrame, no me dejes ir, sométeme, hazme tuya ahora, luego, después, a cada segundo, no te alejes de mí un momento… mmmmm…. Mmmm…


Extraños seres son avistados en diversos lugares de la capital.

Tal encabezado en el principal periódico, reconocido por su seriedad y objetividad me hace fruncir el ceño. ¿Será desesperación para obtener más lectores, un recurso barato propio de pasquines amarillistas; o es que realmente algo inusual está aconteciendo en este mundo?

Eran descritos como humanoides, seres bípedos, aunque algunos se movilizaban a cuatro patas o más bien, reptaban por el piso y a veces por las paredes. Casi todos desnudos pero cubiertos a su vez por una piel rugosa, gruesa, casi verrucosa o aflorada de venas. Deambulaban sin rumbo fijo, como si estuvieran reconociendo un nuevo terreno para instalarse. La mayor parte de los testigos huían presa del pavor ni bien los veían, siendo lugares solitarios y oscuros los principales. Aunque un caso destacaba. Uno de ellos fue visto en la terraza de un concurrido centro comercial en la noche, provocando histeria general. Descrito como “una especie de espectro pálido, con rostro desfigurado, o más bien, casi sin rostro, con un espeluznante meneo rápido de su cabeza conforme caminaba de un lado a otro”. Cuando el personal de seguridad logró llegar hasta donde estaba, ya había desaparecido.

Un posible recurso mental para satisfacer sus morbos internos a través del sueño, señor, me explica pacientemente el psiquiatra al cual acudí en busca de respuestas sólidas de base. Bueno, era verdad que mi vida social era poco menos que nula, al pasar tanto tiempo de mi vida entre libros y buscando lo no demostrable. ¿Pero que sea tan sensorial que pueda recordar al detalle todo lo ocurrido en el sueño? Este ansiolítico lo hará dormir mucho más profundamente y esas alucinaciones sexuales pasarán a ser un mal recuerdo. Vana es mi explicación de que ahora los sentimientos estaban involucrándose. Que me había enamorado de un ser onírico y que ansiaba meterme a la cama para volverla a sentir. Sólo una sonrisa irónica y escéptica (maldita sea) y la recomendación de volver en quince días si la medicación no surtía efecto.

Salgo del consultorio y arrojo las píldoras al primer tacho que veo. No iba a permitir que este amansalocos me arrebatase a ese ya querido ser que me llenaba de placer y amor cuando me desconectaba de lo material.

Nuestro amor es perfecto. Sin lugar a terceros, máculas ni dudas.
Disfruto el estar contigo. No me aburres, no me molestas, no me atosigas. Eres mi complemento ideal, con el que siempre deseé compartir mi ser, mi mundo, mi universo. Me alimento de tu deseo, de tu ansia de mi cuerpo; calmo mi sed con tus sobajeos ardorosos, tus dientes penetrando mis carnes, esa intensa mezcla de ardor, placer y algo de dolor para enriquecerlo. Soy de ti, mi amor. Te pertenezco completamente, y sé que tú también me perteneces ahora.
Algo que nunca me has dicho es tu nombre… - logré susurrar entre la miríada de sentimientos que me inspiraba esta persona.
Me llamo… Catherina.


Sucedió un día diáfano y claro, poco después de terminar mi almuerzo. Notaba que cada vez comía menos. Como un adicto a drogas que deja de lado el comer y otras necesidades por estar con su blanca, su ácido, su hongo, lo que sea. Sabía que mi centro cerebral del placer estaba desbocado. Tenía que ponerlo bajo control pero el ardor volcánico burbujeando en mi interior desvanecía todo intento de restricción. De súbito me llevo las manos a la cabeza, presa de una violenta explosión en el centro de mi cerebro. Me tengo que acuclillar y permanecer así varios minutos hasta que el dolor brutal comienza a aflojar. Abro nuevamente los ojos, viendo al principio una cascada de chispas multicolores. Aspiro profundo, elevo mi mirada y quedo paralizado.

El cielo azul celeste. Como siempre ha sido visto y percibido. Ahora menos del cincuenta por ciento está tapado por completo de lado y lado por una negrura entre la cual cabalgaban incontables penumbras. Como si hubieran roto la baldosa azul a martillazos y lo que quedaba de cúpula celeste se deshiciera lentamente a esquirlas. Necesito toda mi resolución para no chillar del pánico espantoso. Al ver jadeante alrededor, otros muchos rostros bajos, con las barbillas en un fino temblor. Con terror de mirar al cielo. Vieron lo mismo que yo. Y lo peor, avanzaba. Lo que fuera que oscurecía y acababa con el cielo diurno, estaba avanzando.

Luego de subir tropezadamente la escalera hasta mi estación, vuelvo a recibir iguales llamadas. Pero esta vez yo les replico con una pregunta clave: ¿Había sufrido de un dolor intenso de cabeza antes de empezar la visión? Nadie niega el síntoma. No era una ilusión colectiva. No eran locuras temporales y aisladas. Algo estaba invadiendo nuestro lugar natal. Algo que quería quedarse.

Me decido, impulsivamente, a intentar llegar al límite del domo. Parece que surgía del mismo horizonte. Aparentemente no mediría más de unas decenas de kilómetros, y si así fuera podría atravesarlo y estudiar por fuera tal fenómeno. Salto en mi moto y conduzco de manera desenfrenada, provocando frenazos, pitazos e insultos rabiosos que no logran alcanzar mi tremenda carrera.

No es hasta que mi moto expira entre toses y siseos por la falta de gasolina cuando me doy cuenta. Nunca terminaba de alcanzar el comienzo del domo. Ni siquiera lograba divisar en qué parte surgía del suelo. El domo no estaba en nuestro espacio. Era visible para pocos, sí, pero su presencia estaba más allá de las tres dimensiones de nuestra corporeidad. Mientras arrastro mi vehículo hasta la estación de gasolina más cercana, algo que me iba a tomar horas posiblemente, veo por doquier, donde la luz no llega, cabezas titilantes. Sea en lugares a campo abierto, en casas abandonadas, en poblados o donde sea, de las sombras surgen seres que caminan a paso errático y vacilante, pero que invariablemente voltean a donde yo estoy. Como si saludaran o reconocieran a un soberano.

Me duelen tus dudas, mi amor.
¿Quieres saber de dónde vengo? ¿Quién realmente soy? No te sometas a tus prejuicios. Sólo concéntrate en nuestro sentimiento, nuestro lazo que hemos creado, tan sólido y poderoso. ¿Qué importa si los otros lo pasan mal? ¿Qué importa si tu mundo empieza a fundirse con el mío, y comulgan la existencia los de mi clase con los de la tuya? ¡Somos tú y yo pioneros! ¡Nos hemos unido sin importar nuestras diferencias, amándonos como si todo fuera a ser destruido mañana! ¿Es que eso no te parece importante? ¿Es que no te pone feliz que toda esta pasión, este cariño, esta unión profunda ha dado finalmente un fruto que nos hará felices a ambos? Míralo, mi amor, ¿no es hermoso?… ya viene a saludarte…
…y de entre las sombras fue surgiendo algo gateante. Lo acompañaban gorjeos y voces guturales. Algo como un bebé. Sus manos y pies, arrugadas y escamosas, dejando entrever tejidos enrojecidos y palpitantes. Su cuerpo igual de enrojecido, casi transparentando venas y músculos. Y su enorme cabeza, a momentos meneándose de un lado a otro a velocidad tremenda, como si se fuera a desprender del cuerpo. Las facciones totalmente borradas por cientos de fideos de carne. Sólo un agujero en donde debía estar la boca, del cual salían todos esos sonidos que en condiciones normales calificaría como adorables. Y finalmente, en su coronilla, abriéndose todos esos pequeños gusanos de carne como los pétalos de una flor, fue emergiendo un enorme ojo. Un ojo de iris amarillento y escleras de bordes negros que penetraban casi hasta la pupila como raíces de árbol. Ese ojo, ese enorme y brillante ojo, posado completamente en mí…


Despierto en medio de un alarido. Mis sábanas empapadas, esta vez de sudor frío.
La histeria y el pavor se han apoderado de más de la mitad de la población. El caos impera entre las personas y todos ellos imploran a un dios que nunca vendrá a salvarlos y llevarlos al paraíso eterno. Llevo varias noches manteniéndome despierto con extractos de cafeína y anfetaminas, mientras voy inexorablemente destilando las conclusiones. El domo está casi completamente cerrado, pues sólo un resquicio azul logra despuntar lo que antes era todo brillo. Las criaturas simplemente entraron a ocupar los aposentos antes habitados por los de mi clase. Estos huyeron. Ahora son nómadas sin rumbo fijo. Siempre temiendo. Siempre llorando, gimiendo. El cambio fue demasiado brusco.

Estoy seguro que mi amada Catherina hará la propuesta formal de unirme a ella, su mundo al mío, para vivir todos en la armonía que ella describe como incomparable. Un nuevo mundo en que podremos criar a nuestro retoño, y que de él saldrán muchos otros. Un cambio tan necesario como importante para nuestro existir.
Finalmente, y casi obliterado por el obligado insomnio, me arrastro a la cama. Sin importarme ya los chillidos, los gruñidos y los siseos que se volvieron parte de esta noche continua, infinita. Sólo me desnudo, me cubro con las sábanas y colchas, y dejo que mis párpados se cierren pesadamente, igual que hizo el domo negro que cubrió nuestro mundo.

Voy a tomar la desición ahora.

Thursday, March 24, 2011

Spirits Dreams Inside

Son las ocho con cuarenta y cinco y Priotr observó azorado una persona exacta a él lanzársele encima. Apenas logró distinguir los ojos de un carmesí intenso y la piel ceniza, que marcaban las únicas diferencias, antes de que su doble terminó de obliterar su respiración apretando con furia salvaje su tráquea. Los retorcimientos de agonía le impidieron escuchar al ruso los diversos alaridos y chillidos de todas las personas aledañas. Cuando Priotr expiró, su doble se levantó, exhaló un largo suspiro y se fue pudriendo y desmoronando hasta que sólo quedó un rastro de polvo negro.

Seung miraba horrorizada la cuna de su hijo de dos meses. Se había colado otro bebé quien a pesar de su corta edad estaba sobre el pequeño, intentando asfixiarlo con su cuerpo. El pequeño Chou berreaba contra el peso de su doble oscuro quien pretendía robarle el aire que respiraba colocándosele encima. Seung, con el instinto de madre furiosa, agarró a la criatura salida de quién sabe dónde y la lanzó contra el suelo. Saltaron los goznes y se abrió la puerta que había logrado cerrar, luego que una persona exacta a ella, acompañada de un igual a su marido, pero con la piel y los ojos totalmente opuestos en color; salieron literalmente de las sombras y procedieron a atacarlos. Seung había logrado quitarse a su atacante y subió a buscar a su primogénito, aunque para Kim, su esposo, no hubo tanta suerte. La copia de ella la miraba centelleando sus ojos enrojecidos. Seung se interpuso entre su hijo y la copia armada con lo único que pudo hallar. Un soporte de lámpara de metal. No sabía qué o porqué, pero protegería a su hijo hasta la muerte. Miles de gritos vecinos le advertían que el mismo horror se producía en todos lados.

Un cetro ensangrentado sobresalía del pecho del Papa, en el Vaticano, luego que un sombrío atacante, exacto en rostro y cuerpo al pontífice se abalanzara sobre éste y usase su propio cetro papal para ensartarlo. Luego que el corazón se detuvo, el espectro soltó un largo suspiro y se convirtió en podredumbre ante los ojos espantados de la guardia suiza, quienes mantenían una lucha a muerte contra versiones exactas de ellos. Completamente carentes de piedad u honor, en más de uno introdujeron repetidamente sus versiones de espadas negras hasta arrebatarles la vida. Y frente a los cadáveres fueron suspirando y corrompiendose en segundos.

Adelaida, Juana y Carmela eran las únicas sobrevivientes de una masacre producida en su pueblito cerca de Veracruz. Corrían entre hipos y llantos, tras ver a sus padres, maridos y cercanos ser yugulados sin piedad por unos seres igualitos a ellos pero con ojos de diablo. Todos creyeron que se trataba de una manifestación del demonio, fue por eso que casi nadie pudo ofrecer resistencia. Machetes, trinces y hoces lucían clavados en varias partes de los cuerpos de los campesinos. De los atacantes, ni el polvo ya. Las mujeres lograron llegar a un galpón abandonado y se ocultaron bajo montañas de paja seca, esperando que los relinchos de los caballos disimularan sus llantos y rezos fervientes. Pero se dieron cuenta que sus propias copias se acercaban directamente hacia ellas, como si las pudieran oler sin importar la oscuridad. Cada una enarbolando una herramienta filosa, se acercaron a toda velocidad sin conmoverse por los pedidos de piedad de las mujeres y cortaron, cercenaron y picaron hasta que no hubo más resistencia.

Stephen y Kevin, ambos boinas verdes del ejército estadounidense, acostumbrados ya al combate cuerpo a cuerpo, decidieron dar cara y pelear por sus vidas, dado que con estas criaturas no se podía razonar. Sus copias atacaron con sus mismas réplicas de cuchillos, encontrando un sólido contraataque. Las fuerzas estaban perfectamente parejas. Todas sus ventajas y desventajas estaban presentes. Kevin recordó que su rodilla izquierda estaba en tratamiento por una lesión en un ejercicio, por lo que hizo una finta y pateó la rodilla izquierda de su adversario. Este se inmovilizó por el dolor, cosa que aprovechó Kevin para inmovilizarlo y degollarlo con su cuchillo. Salió un líquido negro y untuoso y la copia cayó finalmente muerta. Animado por la victoria de su compañero, Stephen arremetió contra su rival quien había clavado el puñal en su costado pero aún no lograba extraerlo. Con algo de intestino asomando a través de la herida, el hombre clavó con toda su fuerza los pulgares en los ojos de su espectro reventándolos. Y en el tiempo en que la copia se llevó las manos a sus ojos con un aullido de agonía, Stephen en dos movimientos rápidos partió la tráquea y empujó el vómer nasal hacia el cerebro dando fin a su atacante. Los camaradas miraron con ojos como platos cómo los cadáveres en vez de pudrirse y desvanecerse se volvían como un vapor oscuro que se fundía con sus cuerpos. La tremenda herida de Stephen sanó de inmediato y ambos sintieron que sus fuerzas, reflejos y capacidades se redoblaban.

El mismo descubrimiento lo realizó Hiro, en Japón, tras casi por accidente derrotar al oscuro ser que pretendía asesinarlo. Cuando sintió sus fuerzas incrementadas en gran manera, buscó al resto de su familia y saltó sobre las copias de ellos para acabarlos. Con cada uno de ellos derrotado, sintió que se volvía más y más fuerte. Tras dejar a su familia a salvo, Hiro fue a buscar otros sobrevivientes.

Ajani, Jabarl y Elangeni se criaron juntos y crecieron cazando, corriendo y fortaleciéndose hasta llegar a ser los guerreros más fuertes de su tribu. Los anciano de la tribu los honraban comparando su velocidad como la de una gacela, su fuerza como la de un leopardo y su agilidad como la de los babuinos. Nunca habían tenido problemas realmente graves, hasta esa noche fatídica, donde salieron de la tierra al parecer, montones de majini que se llevaron la vida de más de uno de sus amigos y familiares. Lograron la mayoría salir corriendo de sus chozas y aglomerarse todos frente a la gran fogata central. Los tres guerreros, tras sacudirse de encima a sus propios majini alcanzaron sus lanzas y escudos y se pusieron por delante de cosanguíneos y amigos. Su máxima prueba había llegado. Tras una feroz lucha sus oponentes cayeron atravesados por sus lanzas. Supieron que realmente eran majini tras ver cómo los cadáveres se volatilizaban y eran absorbidos por los cuerpos de los guerreros. Al ver que los guerreros ahora ostentaban las habilidades de los animales comparados, y que incluso las superaban, los ancianos leyeron los hechos como una prueba de los dioses.

Patricio, en Ecuador fue otro de los que derrotó a los dobles asesinos. Sabiendo que lo mismo estaba pasando en todo el mundo, mandó un escueto pero intenso mensaje en su cuenta de Twitter: "¡¡PELEEN!! ¡¡PELEEN POR SU VIDA!! ¡¡NO SE DEJEN DERROTAR!!"
El mismo se fue difundiendo en todos los medios de comunicación posibles. Si aún estaban vivos, tenían la única opción de pelear o morir. No había razón o diálogo posible. Era su vida o la de esos extraños dopplergangers salidos de las sombras, enviados a atacar y matar únicamente a sus originales, por el modo que fuese.

De entre todas las ciudades, fueron saliendo algunos a ver el nuevo día. Más fuertes y capaces, pero muchos con lágrimas por perder a seres queridos. Fe y creencias quebradas por completo. Miles de preguntas sin respuestas ni lógicas ni consoladoras. En montones de lugares, el leve hedor de los cientos de miles de cuerpos entrando en descomposición fue el único saludo de los sobrevivientes.
Era el amanecer del 13 de Diciembre del 2012.

Friday, March 04, 2011

Viene el Crecido...

- Pequeños míos, no cejéis. En poco tiempo llegaremos a un lugar de descanso. Apenas crucemos el Puente del Hiato, que es pasando este cerro.
Habían estado ya cuatro días caminando continuamente el grupo de los dos hermanos y la prima, todos ya adecuadamente armados y listos para el combate. Varias hordas menores del Crecido, el enemigo, habían caído ante los fulgurantes batazos de Nico, los ataques elementales de Nica y los papirotazos de Rachel, quien rápidamente se había adaptado al estilo de los hermanos usando su peluche Moogle como maza. Entre los diversos enemigos habían desfilado muchos combatientes menores, envueltos en pieles y empuñando palos pequeños, pasando por cachorros de lobo y potrillos amaestrados, los cuales intentaban morder o golpear con sus pezuñas a los pequeños. Hasta el momento ningún enemigo había logrado vencer a alguno de los niños, y la experiencia dada por las batallas iba incrementando las capacidades adquiridas.
- Ya mismo voy a poderle dar duro al Crecido – se ufanaba Nico, quien iba ondeando de lado a lado su arma.
- Lo voyaché llorá – continuaba Nica.
- Pues no creo que aún podamos, de pronto él es fuertísimo – razonaba más calmada Rachel. Sr Puño, quien flotaba siempre a su lado, asintió.
- Efectivamente mi pequeña princesa; os aconsejo que seáis cautos, mis pequeños, pues el Crecido no es para ser tomado a la ligera. Si con mis poderes bastase, ni me habría molestado en traeros desde vuestra casa. Es por eso que debéis seguir superándoos hasta que seáis dignos oponentes de este feroz enemigo. Así que no sucumbáis ante la soberbia. – Sermoneó muy formal. Los hermanitos un poco avergonzados, callaron un tiempo.

Así fue hasta que llegaron finalmente hasta un enorme puente que unía los bordes de un gigantesco abismo, tan profundo que apenas el fondo se podía ver. El puente mismo era majestuoso, pues tenía el equivalente a cincuenta pasos de ancho y estaba reforzado con murallas de piedra y cobertores de madera, para proteger a los viajeros cuando lloviese. Los niños ya cansados suspiraron de alivio al ver que habían llegado al final de una etapa de su viaje. Por su parte Rachel venía tarareando una canción que su papá le había enseñado hacía algún tiempo. Se sabía una parte, pero no lograba recordar el resto. Cuando estaba casi logrando acordarse del resto, oyó la exclamación tanto de los hermanos como de Sr. Puño. Vio lo que tenía al frente y quedó boquiabierta.

Frente a los niños y a su guardián, en pleno inicio del puente, se alzaba un enorme portal que cubría totalmente la entrada. Era como un gran marco de piedra azul que calzaba en la entrada justa del puente, y aunque no tenía obstáculos ni cerrojos, en el espacio del marco a veces ondeaba algo sutil, neblinoso. Apenas perceptible. Nico avanzó dispuesto a cruzar pero chocó contra algo elástico que lo lanzó para atrás. El niño molesto alzó a Batespada y lanzó un fuerte golpe. Fue como golpear una piscina de gelatina, pues el aire se espesó, se coloreó de gris metálico y rechazó el golpe. Nico contraatacó sin resultado pues no lograba ni hacer pasar la punta de su arma a través del portal y todo ataque era repelido. Rachel se unió con Moggle pero no lograron nada. Sr. Puño meditaba hasta que tuvo una idea.
- Pequeños, este portal es algo nuevo para mí, y me parece que fue colocado por el Crecido para justamente impedir el paso de personas de una región a otra. Los ataques físicos no funcionan contra este tipo de barrera, pero creo que los poderes de Nica nos serán útiles. Mi preciosa, os ruego que invoquéis a vuestros espíritus.
Así hizo la pequeña, trazando tres veces su pentagrama en el aire y pronunciando los nombres tergiversados de sus tres espíritus protectores. ¡Chamanda, Dime, Chifo! El ente del fuego Salamandra, el ente del hielo Undyne y el ente del viento y el rayo, Silpho; emergieron de entre sus pentagramas respectivos. Ante la orden de su ama, los espíritus se situaron frente al ondeante espectro del portal y lanzaron sus ataques. Salamandra lanzó chispas ardientes, Undyne aleteó agujas de hielo y Silpho envió su corriente de aire electrificado. Pero el muro mágico no caía. Enrojecía un poco con el fuego, se volvía azulado con el hielo o se hacía amarillo brillante con el viento eléctrico, pero al final ningún elemento terminaba de colorear por completo el espectro. Nica una y otra vez ordenó a sus espíritus hasta que terminaron agotándose. Cada uno de ellos se disolvió en un poco de su elemento primario y volvieron hasta Trivarita. Se escuchó un furibundo chillido:
- ¡¡¿¿POQUÉ NO FUNCHONA??!!
Nica, en pleno berrinche, tiró al suelo a Trivarita y empezó a patear el piso mientras lloraba de coraje. Tanto Nico como Rachel intentaron consolarla pero la niña seguía en plena rabieta. Nico fue ante Sr. Puño para pedirle un beso de mamá para consolarla, pero éste respondió:
- Mi pequeño, un beso de mamá no es la medicina adecuada para este caso. El motivo del llanto de vuestra hermana no es la añoranza ni la debilidad, sino el enojo y la frustación. Tengo lo indicado ante esta situación. Tomad este ítem y pegadlo en su frente. Aprisa!

Así lo hizo Nico. Y tan pronto colocó esa como boca sonriente en la frente de su hermanita, salieron un montón de burbujas rosadas, que al estallar una por una, dejaban escapar una aguda carcajada. Todo el coro de risas envolvió a Nica quien terminó por disolver su pataleta en una gran sonrisa. Se enjugó las últimas lágrimas y preguntó qué era.
- Cuando un niño lo rebosa el coraje, el resentimiento o la frustación, llora también por eso. Lo que di a vuestro hermano se llama Risolin, un extracto de bayas Jajaja, el remedio óptimo para olvidar el enojo. Cuando necesitéis uno, os proporcionaré lo necesario.
- Pero ahora estamos trancados aquí. Ni la magia de Nica ni mis ataques funcionaron contra esa puerta. – Dijo Rachel preocupada. Sr. Puño se dirigió hacia ella.
- En verdad los ataques físicos son infructuosos, pero me he dado cuenta del motivo del fracaso asimismo de vuestra compañera. Al haber invocado los nombres de una forma altisonante e imprecisa, los espíritus emergieron en su forma más básica. Nica por tanto, ha de mejorar su dicción para fortalecer las capacidades de sus espíritus.
- Entonces Nica, tienes que hablar mejor. A ver, repite conmigo: Sa-la-man-dra. – Empezó Nico sujetando de los hombros a la niña, quien se encogió un poco asustada. Sr. Puño se interpuso negando con el índice.
- No, mi pequeño. De esta manera perderemos mucho tiempo, que es lo que menos tenemos. Es menester acelerar el proceso de dicción de vuestra hermanita y sólo conozco un método. Tendremos que hallar la Pera Silábica. Esta mítica fruta concede la aceleración de la capacidad de hablar, aparte de mejorar mucho el estado general de quien la come. Ahora bien, que yo sepa, sólo unos cuantos árboles de esta fruta tan especial crecen reunidos en esta zona y en un solo sitio. La Villa Declamadora, habitada por los Discursos, es ese lugar. Son seres amistosos y amables aunque suelen abrumar un poco a sus invitados con su inacabable retórica. Ellos de buena gana nos ayudarán.

Los niños dieron entonces media vuelta y siguieron a Sr. Puño en busca de la susodicha villa. Tras dos días de avanzar al sureste, llegaron a una planicie cubierta de curiosas florecillas en forma de boca, y cada una emitía una tenue vocal. Aaaah, decían unas, oooh otras, iiiih otras, todas turnándose para hablar a su vez. Al final de la planicie observaron un pueblecito. Villa Declamadora. Echaron a correr entre las vocales emitidas hasta llegar a la puerta. Esperaban encontrar a seres parlanchines y amigables para que les dieran la bienvenida pero el panorama era otro.

De varios sitios del pueblo fueron surgiendo pigmeos de diversos atavíos, de piel rojiza y reluciente, cuya característica más notable eran sus enormes y carnosas bocas, sin duda desarrolladas así por las mencionadas frutas. Pero en vez de empezar a hablar fluida y torrencialmente, como les había anunciado Sr. Puño, silenciosamente se aproximaron hacia los niños y empezaron a empujarlos hacia las afueras. Los niños protestaron por tan extraño accionar hasta que intervino Sr. Puño.
- Algo siniestro ha ocurrido a estos buenos seres, para que se comporten de una manera tan huraña. Y la causa de su silencio es evidente. Mirad!
Sr. Puño señaló las grandes bocas de los Discursos y vieron que cada una de ellas estaba sellada con una gran X color negro. Cada vez que intentaban abrir la boca, este curioso sello se aferraba a sus labios impidiéndoselos. Ahora quedaba saber ¿quién había hecho tal travesura?

Luego de un poco de negociación y haciéndose malamente entender con señas, los Discursos señalaron hacia la plaza, el lugar donde crecían las Peras Silábicas. Era evidente que el causante de todo este entuerto se encontraba ahí. Los niños fueron avanzando hacia la plaza, empedrada toda de varias letras. En el centro justo habían tres frondosos árboles de los cuales colgaban unas lozanas frutas. Las peras silábicas. A punto ya de llegar, saltó una sombra de entre las ramas y golpeó el piso donde antes estaban los niños reunidos, quienes lograron con las justas esquivar el ataque. Frente a ellos estaba un niño con ropa impecable, quien sujetaba en cada mano un gran pincel.
- Hola, soy Juglar y vine a controlar esta fuente de peras silábicas. Me encanta recitar y cantar, y no permito que nadie intente superarme. Al que se atreve, le sello la boca con mi pincel y no hablará más. Me he enterado que ustedes están buscando al Crecido, no? Pues necesitan de esta fruta para poder pasar el portal del puente. Y yo no les daré ni una. Porque el Crecido es mi amigo y jefe y no voy a permitir por nada del mundo que nadie…
- ¡Calla, ochocho! – chilló Nica ya aburrida de tanto parloteo de Juglar. Se lanzó contra su adversario empezando a invocar sus espíritus mágicos y así vencerlo. Pero Juglar, con una velocidad pasmosa, hizo dos pinceladas y en la boquita de Nica se formó una X pegajosa que la selló por completo. Nica trataba de arrancarse ese sello sin remedio. El adversario reía triunfante.
- Nadie que tenga ese sello en la boca podrá emitir un solo sonido, así que a este paso sólo mi melodiosa voz podrá ser oída por todos! – fanfarroneaba el muchacho. Rachel empuñó a Moggle y se dispuso a dar batalla, pero el batespada la detuvo. Un muy ceñudo Nico se puso entre Juglar y su prima. No pensaba perdonarle lo que había hecho.
- Ahora si vas a ver.

Ambos se lanzaron y pelearon usando toda su fuerza. Juglar intentaba sellar una y otra vez los labios de Nico con sus pinceles pero éste contraatacaba con la misma velocidad. De repente Juglar intenta enmudecer a Nico y al éste poner guardia, voltea los pinceles y traza una cruz en una de las manos de su adversario. Nico está horrorizado al notar que no puede mover bien su mano.
- Mis sellos no sólo enmudecen al que los recibe, sino que cualquier parte del cuerpo que es sellada será también mermada de su movimiento. ¡No me podrás ganar! – gritó al tiempo que sellaba el pie izquierdo de Nico. Ahora medio inmóvil ve angustiado a su enemigo colocar sus pinceles en cruz, hacer varios trazos frenéticos y salir de las cerdas un montón de X voladoras. Su ataque final.

Y justo antes de que los trazos llenen el cuerpo de Nico, éste lanza un tremendo batazo y las devuelve hacia su creador. Tomado por sorpresa Juglar no es capaz de esquivarlas y sólo logra cubrirse la boca, quedando el resto de su cara y cuerpo cubierto por un montón de crucecitas negras. Quedó completamente inmóvil y soltó los pinceles, con lo cual quedó sin efecto los sellos anteriores. Nico ahora completamente libre da un salto y de un solo batazo hace rodar a Juglar por el suelo, quien queda llorando lastimeramente. Su hermana y su prima fueron a felicitar al niño por su combate. Finalmente habían ganado el poder obtener la codiciada pera silábica. Así que empezaron a trepar el árbol cuando se escuchó un alarido furioso.
- Pero voy a acusarlos con mi amigo! El los va a hacer llorar a todos! Voy a llamar AL CRECIDO!!
- ¡No! ¡Detenedlo pequeños, Juglar va a decir en voz alta el nombre del Crecido! No permitáis que lo pronuncie! – Todos dieron un salto hacia el derrotado muchacho para callarlo con sus propios pinceles, pero no llegaron a tiempo.
- ¡¡Me están molestando, HUÑAC HUILLI!! ¡¡HUÑAC HUILLIIII!!
Fue como si el mismo tiempo se espesara mientras el niño terminaba de pronunciar el nombre prohibido. Durante un rato no pasó nada, y los niños pensaron que lo de decir el nombre en voz alta era una exageración, cuando de súbito se formó un remolino negro a unos pasos de los niños. Liberados ya de sus sellos, los Discursos corrían de un lado a otro presa del pánico parloteando incesantes lamentos y declaraciones de desastre por la llegada del Crecido.

El torbellino se fue calmando y de sus brumas danzantes fue emergiendo un niño de sobrecogedora apariencia. Estaba vestido con un único traje de tela lanosa y negra como la noche. Una capa gris que más recordaba a una toalla amarrada en el cuello completaba su atuendo, pues iba descalzo. Su rostro era pálido y su apariencia derramaba seriedad y temor. Los ojos amarillentos y ojerosos terminaban de darle su aire demoníaco.

Era el Crecido. El Huñac Huilli.
- ¿Asi te llamas? ¿Huñac Huilli? – Dijo Nico, quien a pesar del temor respirable en el aire permanecía tranquilo frente al que había conquistado con miedo y fuerza esta tierra.
- Todo el que se atreve a pronunciar mi nombre a la ligera y sin respeto sufre las consecuencias – Atronó con voz grave y retumbante el Crecido. - ¿Y ustedes se hacen llamar los guerreros elegidos? No me hagan reír. Si sólo son un atado de sabandijas sin ningún talento, a quienes podría acabar con un soplo.
- ¡A ver si puedes contra los tres juntos! – Lo retó desafiante Nico. A cierta distancia, Sr. Puño observaba todo con espanto. Había ocurrido lo que menos deseaba. Que el mismísimo Crecido viniera a darles la cara a los niños y con sus talentos aún por desarrollar por completo. No sólo saldrían llorando de esta batalla, sino que algo mucho peor podía ocurrirles. ¿Qué haría ahora? Ni sus propios poderes eran rival para los del Crecido, quien ahora recibía los ataques combinados de los niños.
Nico atacó con una andanada de batazos, Nica lanzó simultáneamente a sus tres espíritus a que enviaran sus proyectiles contra el adversario y Rachel, montada sobre Moggle convertido en el tigre Byakko, cargó sobre su adversario. Pero todo el esfuerzo fue como intentar tumbar una casa con un petardo. Todos los batazos cayeron sobre un escudo invisible que protegía al Crecido en casi medio metro a la redonda. Las oleadas elementales fueron literalmente engullidas por la boca del niño sobrenatural. Y el zarpazo de Byakko sólo cortó el aire, pues el Crecido se desvaneció y reapareció al lado de la niña montada en el peluche.
- ¡DÉBILES! – Rugió el Crecido tres veces.
La primera, agarrando de la cola a Byakko y de un jalón lo lanzó al suelo, con Rachel incluida. La segunda desvaneciendo de un soplido a los tres espíritus y barriendo a la asombrada Nica. Y la tercera, dando un golpe de dedo a Nico, quien lo recibió como si lo hubiera golpeado un tronco de árbol. Si no fuera porque puso guardia con Batespada, hubiera quedado con varios huesos rotos. De todos modos, su arma quedó doblada e inservible. Los tres niños yacían aturdidos en el suelo, y su enemigo, quien sólo había mostrado una fracción de su terrible poder, se aprestaba a efectuar un brutal remate. Abrió desmesuradamente la boca, sacando a relucir una hilera de dientes agudos y curvos, y con esa horrenda pinta, pronunció su hechizo:
- ¡¡DIENTES TENGO, Y LOS VOY A DESINTEGRAR!!
De esa boca enorme se formó una como esfera negra, la cual apuntó a los niños y se las escupió. Sr. Puño no podía permitir que tal desgracia se diera y se lanzó presto. Se vio desde lo lejos una enorme explosión negra, y de la cual fue saliendo una figura envuelta en un torbellino. El Crecido, el Huñac Huilli, se alejaba con la victoria de su parte.

El humo negro se fue disipando, divisando los restos de la villa Declamadora. De entre las ruinas fueron saliendo varios Discursos, mudos nuevamente, pero de terror esta vez. Todas las miradas fueron apuntando al centro de la plaza, donde aún estaba un núcleo negro, que era en donde habían recibido los niños el ataque. Finalmente el aire se aclara y todos quedan asombrados.

Nico, Nica y Rachel están sin sentido en el suelo, y cubriéndolos completamente un muy malherido Sr. Puño. Ha perdido su sombrero y su lazo. Incluso su forma, pues ahora es sólo una mano gigante cubriendo a los pequeños. Rachel es la primera en recuperar el sentido e incorporarse. Emite un chillido al ver a su guía y amigo tan maltrecho e intenta reanimarlo. Los hermanos se levantan y miran angustiados a su protector. Los tres pares de manitos mueven desesperados la exánime mano. Muy trabajosamente, se escucha un susurro:
- Pe…queños… os pido encare…cidamente perdón por mi…yerro. No logré prevenir… este cataclismo. Pero… al menos… vosotros estáis a salvo. En el último momento… logré salvaros…

Señor Puño quedó quieto.

Los pequeños sintieron una mezcla de soledad, terror, tristeza y rabia en su interior. Todos ellos empezaron a soltar lágrimas por su amigo caído. Nico sacudía a su amigo sin poderlo revivir y Nica sollozaba abrazada a un dedo. En ese momento, casi involuntariamente y apoyada sobre la muñeca de su amigo, Rachel volvió a tararear la canción que siempre le cantaban cuando se lastimaba:
- ¡Sana sana, colita de rana! – Rachel, entre su llanto desesperado, trataba de recordar la última parte de la letra pero sólo lograba la primera parte.
- ¡Sana sana, colita de rana! ¡Sana sana, colita de rana! – El recuerdo no lograba llegar y los gemidos de sus primos se hacían más y más doloridos.
- ¡Sana sana, colita de rana! - ¡Ella sabia que la parte final era la más importante, la parte que lograba que dejara de doler! Y de repente, en un chispazo, la parte que faltaba finalmente se manifestó en la boca de la niña. Alzando la voz como nunca lo hizo, cantó con toda su fuerza:
- ¡¡SANA SANA, COLITA DE RANA!! ¡¡QUE SANES HOY Y NO ESPERES A MAÑANA!!!
En ese momento, de las manos de Rachel se desprendieron miles de lucecitas verdes brillantes que fueron cubriendo la gran mano que era Sr. Puño. Y no sólo a su amigo, sino que las chispitas verdes fueron envolviendo a los niños curando todas sus heridas, inclusive reconstruyendo las casas de los Discursos destruidas por el ataque del Crecido. Finalmente Sr. Puño volvió a flotar en el aire, estirando sus dedos y de un chasquido volvió a recuperar su anterior guisa. Se volvió hacia Rachel.
- Mi pequeña princesa. Veo con infinito orgullo que habéis conseguido un nuevo poder que ni yo mismo imaginaba que guardabais. Habéis despertado el poder de curar, el cual me ha devuelto mis fuerzas, cosa que nunca os podré agradecer lo suficiente. Estoy tan complacido por vos… - terminó posando su palma sobre la cabeza de Rachel. Tanto Nica como Nico y la primita se abrazaron con su guía, felices por haber salido con bien de semejante aventura.

Luego se acercaron los Discursos y en una palabrería que demoró casi una hora, expresaron su agradecimiento a los niños por haberlos librado de Juglar, y que aunque los perales se habían perdido, ellos siempre guardaban una reserva en una bodega subterránea y que volverían a sembrar los árboles. Fue así que hicieron entrega de una Pera Silábica a cada niño, acompañado de su interminable monólogo. Los niños por un momento desearon volver a usar las X silenciadoras de Juglar.

En el momento que Nica comió toda la fruta, sintió que un montón de letras recorrían todo su cuerpo y que se aglomeraban en su lengua a punto de salir. Sr. Puño se puso ante ella y le pidió que volviera a invocar a cada uno de sus tres espíritus. Nica sacó a Trivarita, la agitó, formó tres pentagramas y empezó a recitar:
- ¡Chalamanda! ¡Undime! ¡Chilfo!
Esta vez, Salamandra adquirió la forma de un gran lagarto carmesí con la espalda erizada de flamas ardientes. Undyne tomó la forma de una larga morena azulada, con dos rosarios de hielo protegiéndola. Sylpho adquirió la apariencia de un águila metálica de cuyas alas se desprendían corrientes luminosas. Aún no era por completo correcta la dicción de la niña, pero los Discursos aclararon (requiriendo otra hora de palabrería) que en poco tiempo, y cuando ella adquiera la capacidad necesaria, podrá conjurar correctamente y con la mejor dicción a sus entes, y manifestarían todo su poder. Los efectos en Nico fueron un gran incremento en todas sus habilidades, pero éste se quejaba que su Batespada estaba inservible. Sr. Puño se acercó.
- Es verdad mi pequeño, que tan preciada arma ahora está lesionada, pero ha llegado el momento de revelaros un secreto de vuestra arma. Tiene la capacidad de fusionarse con otras obteniendo sus características y mejorando su eficacia. Y si mal no recuerdo, han de haber cercanas unas armas abandonadas, recordáis?
Efectivamente, los pinceles selladores de Juglar estaban tirados, al huir éste cuando vio el horrible rostro del Crecido. Nico los tomó y los apretó fuerte contra la retorcida Batespada. Las armas brillaron y se aglutinaron hasta formar un nuevo y sólido bate. Al blandirlo, Nico notó que a veces, se desprendían algunas X selladoras. Al ver esto, los Discursos prefirieron cerrarse ellos mismos sus bocotas.

- Vuestra arma ha cobrado nueva forma y bríos, mi pequeño Nico – anunció ufano Sr. Puño. – Ahora se llamará BATAFÓNICO, el bate silenciador! Os será muy útil en batallas futuras, pues algunos enemigos podrán usar asimismo algo de magia.
Finalmente, se voltearon hacia Rachel, quien decidió darle a Moogle la pera. Al engullirla, se transformó en un fornido oso marrón de gigantescas fauces, quien al emitir un rugido, parecía que todo se estremecía, dada la intensidad de su voz. URSUS, la nueva forma de Moogle, asimismo era más poderoso que su anterior encarnación.

Luego de descansar largamente, los niños se encaminaron hacia el Puente del Hiato. Esta vez, Nica solamente invocó a Salamandra, quien con un grueso chorro de fuego enrojeció por completo la pantalla y la desvaneció. Los niños gritaron de alegría.

- Mis pequeños – dijo Sr. Puño – habéis incrementado grandemente vuestros poderes, pero me temo que aún nos espera un largo camino para consideraros rivales dignos del Crecido, cuyo poder tan vasto habéis apreciado. Sin embargo, confío más que nunca que saldréis victoriosos al final. Así pues, seguidme, nos encaminaremos a esta nueva zona en busca de nuevas aventuras.

Los tres niños y Sr. Puño echaron a andar el puente que separaba las dos áreas. Nuevos desafíos los aguardaban.

Tuesday, January 18, 2011

LA BEMBA CAÍDA

Mi persona postrada en este lecho de yerba y lodo tibio, deseando no recibir este placer violento. Mi mirada desvariada, contornea una nalga tuca, una piel negrísima y una sonrisa blanca como nube que a paso chueco se me acerca más y más. Un sabor a encocao de minchilla sigue haciendo presencia en mi boca, en donde fue embutido con poca resistencia de mi parte la presa tan rica y repugnante al tiempo.

Maldigo silencioso una y otra vez, entre tanto escucho la voz rasposa de esta diabla, tan suculenta tu presa, mi negro, no la voy a dejar ir para ná… Maldigo el momento que se me ocurrió soltar esa frase de borracho, solo para quedar como arrecho con los yuntas en plena traguiza de fin de semana. Y vuelvo a maldecir el que ella moleste mi guevo con mano rasposa logrando que se ponga duro otra vez y proceda a tragárselo con esa boca chorreante que tiene en medio de las piernas…

Me llamo Pumper, hijo de Janner Corozo Medina, propietario de cuatro lanchas que alquila diario para llevar la gente río arriba abajo, aparte de las jabas de cerveza, racimo de verde, tanque gas, y lo que la gente necesita para el diario. Con eso se sacaba para darnos vida decente a la familia. Yo mismo conduzco una de las lanchas cosa que me da la oportunidad para buscar hembra rica y calentarle la oreja, es que aparte de ser bueno para la lancha, era mejor para sacarle la piedra a la mujer.

Es que nací bendecido según me cuenta mi papá, que mi santa madre tuvo que echar un pujo para botarme a mí, y otro pujo para terminar de botar a mi amigo, tremenda pieza me había tocao por gracia de Dios. Cosa que uno va brotando barba y ya le había hecho marchar a un par de primas que habían venido a visitar de allá arriba donde el río se hace estero y namás alcanza el canalete. Ay-ay-ay-ay Pumper tremendo toro has salío me decían entre gozando y sufriendo por el bejuco que les abría los fondos.

Cadenas de humo azul me tienen atado sin poderme mover ni pa cagar; esta maldita sólo me cocina, me da de comer y luego de eso me goza a su antojo. De cuando en cuando la oigo cantar mientras revuelve su caldero allá al fondo. Ahora va diciendo en canto “maní sancochao en raspadura pa`l caballero flojo, maní sancochao en raspadura pa que los ánimos vuelvan… maní sancochao en raspadura pa ese señor mal llevao, que mis cariños no quiere aceptar…”. Ese aroma justo va llenando la covacha y ya tengo un plato que me quema el pecho. Sale una cuchara grande, me la sopla hasta entibiarla y la mete de una en mi boca. Trato de escupir pero me aprieta la boca con la cuchara mientras me susurra “Toito se me come Pumper, que lo quiero bien durito pa más luego me jingue como se debe”. No puedo si siquiera meterle su recogida a esta mala señora, que solo me tiene para que le haga de marido postizo. No se como ni porque pero el dulce me tiene nuevamente parao cosa que apenas lo nota se vuelve a sentarme encima.

Y fue justo después de celebrar las fiestas del lugar, cuando les fui dando su tiriza a la mujer de un hacendado manaba viejo de más abajo, que según me contó, la había dentrado en su casa para que le cocinara el tapao de tatabra que sus mozos le iban a cazar cada semana. Porque lo que era labor de hombre, ni hablar, casi ochenta tenía el viejo, y solo era boca las hazañas y las mujeres que nos vacilaba cuando iba a comprarnos el chocolate maduro para irlo a vender a la ciudad. Pilo de niñas el viejo había hecho su mujer, contaba, para luego irlas a devolver con un par de gallinas o un chancho en pie donde los padres, para que no se de la discusión. Entre risa y biela la ñora me había dicho que en verdad una sola mujer aparte de ella había tenido el hablador, y que diez años antes de morirse ella de aburrimiento y necesidad al parecer, al don le había dejado de funcionar el amigo. Habia probao toda medicina y hechizo habido y por haber sin resultado, y era por eso, que esperaba que el servidor le viniera a poner al día. No se diga más.

Ya la doña de regreso con don saco de cachos, me había bebido mi dos buenas fronteras, asi que me envalentone y empece a alardear de mi insuperable hombría, que a ninguna hembra la dejaría mal sacada, y asi se me presente la misma Tunda, a ella misma la haría temblar.

Luego que se levanta y se va a dormir un rato la diabla, pido desesperado a todos los santos y los patrones que vengan en mi rescate. Cununo, toca fuerte y avisa a mis amigos que sigo cautivo; marimba de caña y guayacán, lanza tu canto al viento y diles a todos que Pumper está prisionero de esta insaciable. Ayyyy merecumbé, une al cununo, la marimba y la maraca, y llamen a mi diosito lindo y que con su mano santa me arranque de este infierno con olor a chiguile y a minchilla, la misma minchilla que tanta veces se ha metido por abajo aun moviéndose y la ha sacado cocinada, rosadita para parar en mi boca hambrienta a la fuerza.

No pasaron ni tres días cuando fui a revisar un potrero por la noche, cuando de entre la maleza voy oyendo una voz suavita suavita Pumper, vente mi Pumper; cometo el error de responderle, vente pues mujer que aquí tengo de sobra, y sale una hembra guapa completa, pero cuando le veo las piernas la una la tenía linda y gorda, pero la otra era como el palo del molinillo para sacar el jugo del chocolate. Es que alzo la cabeza y se me va encima de mí y despierto en esta cueva, oyendo a la Tunda cocinar. Ahí yo viringo, esperando simplemente que esta maldecida me use para sacarse la piedra, una y otra y otra vez.

Entonces se me levanta de encima, me baja las cejas y me dice en reclamo “ya estás afeado, negro, te me vas de aquí”; siento que vuelo un poco y estoy en el camino de regreso a mi pueblo. Viringo y todo salgo corriendo como loco hasta llegar a mi casa, meterme al baño y lavarme lo que más pude el olor de esta diabla.

Pero me dejó de yapa una maldición, señores.

Ahora el amigo, fiel y hacendoso lo que era antes, ahora peor que estorbo está. Ni para dar tolete sirve. Como bejuco fresco. Lo comprobé cuando llegó nuevamente la ñora del manaba y por más que me sobó me bailó y me lengueteo, nada de ná. Y así quedé pal resto de mi vida. Y todo el pueblo ahora me llaman con el nombre odioso que la ñora terminó gritándome tras salir frustrada.

- Ah, Bemba caída! Ah, Bemba caída!

Wednesday, September 22, 2010

Sólo reflejos


Mi mano aprieta los dedos que hasta hace un momento, sujetaba delicadamente disfrutando de su sedosidad y tibieza. Fue el paño de franela roja que decidió resbalarse, desnudando el pulido espejo enmarcado en roble que transportaban dos jornaleros; el culpable que una verdad saltase a la luz, turbase mi mente, y arrancase un gemido dolorido por mi violento cimbrón.

Mentiría si dijera que hubo alguna premeditación o deseo previo al momento de conocerla. Tan súbita como un relámpago, violenta como un balazo, punzante como el gusto del tabasco. Casi luminosa, en contraste extremo con el gris cotidiano de los rostros en que el día a día les va secando la sonrisa, en el que los apuros cercenan la ternura y la desidia por el prójimo abren abismos entre cuerpos que se rozan. Sentí mi esencia sobrecogida por un río tibio que fue lamiendo cualquier cochambre sobre amores fermentados y que dejaron su regusto amargo. Cual Anquises ante Venus, la sentí inalcanzable, intangible, con la suposición miedosa de que si mis dedos la aferrasen, se desvanecería en bruma y volvería a su natal dimensión.

Sus ojos acertaron con un destello de asombro en mi rostro embelesado, y noté la sonrisa que me atrapó por completo. Se acercó a mí y me preguntó qué miras, señor? Veo un ángel frente a mis ojos, fue todo lo que logré barbotar en medio de mi trance. Rió con el sonido del arroyo virgen del deshielo. Antes que me diera cuenta había desaparecido.

En mis cabales nuevamente, traté de hallar razones lógicas a este hallazgo. Nada calzaba, ninguna idea lograba hacer girar engranajes en mi mente o movilizar juicios. Todo se estaba disolviendo en un estanque cuyas ondas dibujaban permanentemente su rostro. Tenía que hallarla nuevamente.

Hice casi un ritual de dar cinco vueltas a la manzana en donde la vi por vez primera, con la esperanza quemante bullendo en mi cabeza. Nada. Los mismos rostros silentes y ceñudos, que desde antes de aproximarme a preguntar, colocaban muros invisibles. Necio, iluso, me recriminaba; fue sólo una visión, una quimera del calor de esta ciudad, una materialización de tus deseos más profundos. La realidad volvía a solidificarse en mis sentidos, y con resignación que pugnaba con dolor y rabia, apreté el paso rumbo a mi casa para chocar prácticamente con ella.

De la forma tartamuda en que intenté disculparme por el impacto, provocó en ella otra risa que silenció hasta los trompetazos de las busetas y furgorrutas junto a las puteadas de los choferes y los agudos silbatos de los gallinazos que buscaban su merienda a costa del primer incauto que ingnorase su arbitrario cambio de dirección en la bocacalle. Sigues mirando igual? Preguntó con el ánimo de por fin saliera alguna respuesta coherente de mi boca. Logré juntar algunas letras y conseguí inquirir su nombre. Eso sólo lo sabrás si vienes a mi casa; añadió junto a una dirección que repetí mentalmente. Olvidar el dato sería imperdonable. Al momento de haberla grabado ya, se había ido nuevamente.

De haber sido otra la situación, ni de loco habría osado comprometerme en tal viaje. El asfalto se había negado a continuar hacía rato ya, provocando que mis zapatos se fueran cubriendo de polvo cambiando su negro lustroso a un gris opaco, como las vidas de este lugar. Ni siquiera los oe primo, presta un billo, vociferados por varios jovenzuelos dedicados a la vida fácil me apartaba de mi búsqueda. Notaba cómo el cemento cambiaba a ladrillo deslucido y éste a caña; los medidores mutaban a cables montados en el principal, y basura apilada a parterres y vías. Olía el peligro en el aire, pero de peticiones vulgares no pasaban. Como si no les interesara mi presencia, incluso a pesar de tener la apariencia de ser alguien que ganaba lo suficiente como para volverme un punto más en las estadísticas de la inseguridad.


Atravesaba los callejones trazados sin orden alguno, sólo rompiendo la monotonía de las estructuras una camisa roja a cuadros que ondeaba a la brisa pegado a una de las míseras paredes. El muchacho envuelto en la camisa colaba su mirada por una rendija luminosa, de donde salía una voz que decía qué miras ojito, qué miras miramelindo; con un tono menos que coqueto y más maternal y arrullador. Algo cruje bajo mis pies y la cabeza voltea. Un ojo me mira aterrado mientras que el otro equivoca completamente su objetivo y se va hacia una comisura, como resistiéndose a abandonar la visión que le ofrecía el agujerito. El rapaz inmóvil me obliga a retroceder, más por lástima que por otra cosa, mientras oigo pasos frenéticos dentro de la covacha y una respiración ronca. El muchachito vuelve a acomodar su ojo torcido en busca, posiblemente, de algo que le dé material con qué excitarse en la noche, mas un estridente estás curado miramelindo objeta mis divagaciones. Alejándome un poco mi mirada llega al lugar que me había dicho ella, coincidiendo con un destemplado nooo, un batir de puerta y el trote salvaje que se fue perdiendo en la negrura de la noche.

Toqué tres veces como me lo había pedido y la puerta se abrió con voluntad propia. En una única habitación, rodeada por cacharros y ropas amontonadas, se encontraba descansando la mujer que me había enloquecido desde verla. Miraba mi rostro con una dulce expresión y susurró que a pesar de todo, había venido. ¿Cómo puedes vivir en un muladar así? Fue mi primera pregunta bien realizada. Es lo que todos dirían, pero yo prescindo de lo material. Me extrañó su respuesta. Pero de algo has de vivir, añadí; ella sólo movió la cabeza mientras decía que obtenía lo que necesitaba en el momento que lo deseara. Lo mundano y lo actual le eran estorbosos. Y tú, me dijo, tienes la capacidad de ver lo que los otros no pueden. Así que en ti haré el receptor de mis conocimientos.

Si me interesaba o no sus conocimientos era una cuestión que flotaba a kilómetros de mi mente. El sentimiento que estaba enraizándose en mi pecho engendraba fortísimo tronco que lanzaba a su vez ramas frondosas y cargadas de flores hasta el cielo. Sólo tomé su mano y más que caminar o correr, flotamos y volamos hasta llegar al centro de la ciudad, en donde henchido de amor danzaba junto a ella por vitrinas y escaparates, sin prestar atención a luces y ofertas, a transeúntes y vigilantes, al muchacho de camisa roja a cuadros, estampado contra el pavimento por un auto rata, en medio de un intento de linchamiento a tres jóvenes triqueados y un anónimo sollozo que se elevaba en medio de una carcajada cruel.

Fue ahí que me topé con el paño rojo que liberó sin aviso previo al gran espejo plateado haciéndome ver mi imagen que entrelazaba la mano a una enana pordiosera, sucia, fea y deforme, entre los cientos de muecas de asco y reprobación de los decentes ciudadanos que pasaban a mi lado. El gemido de dolor que había provocado mi apretón atrajo mi mirada, que fue aliviada ante la imagen original que había sucumbido mi ser. ¿Te das cuenta? Me volvió a susurrar con dulzura. Los ojos de tantos que van velados por ideas y errores, les impiden ver lo que realmente es, y lo que realmente importa. No eres parte de ellos, querido mío. Prescindamos entonces de ellos, quienes ya están con las horas contadas.

Es acabar ella de hablar y yo tomar sus labios por asalto, y comenzar a amarla con cada molécula de mi persona.

Tuesday, August 31, 2010

El reto de Rachel

Luego de una larga tarde de lluvia, que mantuvo dentro de casa a los hermanitos Nico y Nica, los negros y húmedos nubarrones fueron diluyéndose en el cielo ambarino hasta que se instaló la profunda negrura sólo iluminada con titilantes estrellas.
Los pequeños habían pasado una semana entera revisando cada hueco y rincón de la cisterna para encontrar por dónde estaba la dichosa puerta al mundo fantasioso y lleno de aventuras hasta que Mamá los llamaba a comer o les reñía por estar jugando cerca de un lugar peligroso, sobre todo cuando intentaban abrir la losa de cemento; labor imposible dado lo pesado de la tapa.

- Cheño Puño no vene… - se lamentaba Nica, recordando la promesa del insolito personaje en forma de mano cerrada que fue tanto guía como mentor.
- Y el dijo que nos iba a hacer volver adentro de la cisterna… pero no aparece. Yo no sé donde estará. – Alternaba Nico, tan decepcionado como su hermana.
- ¡Cheño Puño e ochocho! – concluyó la niña molesta por la indolencia del extraño pero amable y solicito amigo.

Unos toques a la puerta apartaron a los niños de la ventana y de sus cavilaciones, y acompañaron a Mamá a preguntar quién era. La puerta se abrió y apareció la Tía, que había viajado de la otra ciudad, la que estaba cerca de la playa, y no venía sola. Volteando un poco hacia atrás hizo una petición a una figurita que estaba detrás de ella:
- A ver Rachel, di buenas noches.
- Buenas noches…

El tímido saludo fue dicho por la prima Rachel. Prima paterna de Nico y Nica, vivía con sus papás en la ciudad cercana a la playa, pero solía visitar cada una o dos semanas a los abuelos y de paso, a los primos. Cuando todos estaban reunidos, la algarabía que se alzaba era ingobernable. Rachel era una niña de cuatro años, de cabello largo y negro, al igual que sus ojos. Generalmente mostraba una expresión seria y tranquila, aunque su carácter era alegre y amable. Proporcionalmente hablando, era la más alta de los tres, y con la mayor fuerza física, aunque no tan ágil como Nico o Nica. A sus cuatro años parecía una niña de siete. De todos modos su característica más sobresaliente era su gran inteligencia, pues ya sabía leer y dibujar muy correctamente. Era hija única y no tenía hermanos, aunque deseaba mucho tenerlos.

Tan pronto las Mamás se fueron a conversar, los niños aprovecharon para escabullirse al patio y le contaron a Rachel la aventura que habían tenido dentro de la cisterna. La niña al principio, se resistía a creerles.
- Yo no creo que hay un bosque dentro de la cisterna. Ustedes están diciendo mentiras.
- E cherto. Allá ta Cheño Puño – insistía Nica.
- Y el nos dijo que iba a volver en cualquier momento, así que estamos esperando eso. – Refutaba Nico. Pero su prima seguía sin dejarse convencer.
- A los niños que dicen mentiras viene el cuco y les pinta la boca de negro. Ustedes terminarán con la boca negra. Mejor voy con mi mami a decirle que ustedes sólo están
- POR FIN… - Se dejó escuchar una voz muy familiar. Rachel se quedó sin habla, pues era una voz como si sonara sobre sus cabezas, pero al mismo tiempo, sin tener un origen claro. Movió la cabeza de un lado a otro buscando una explicación y quedó extrañada al ver los rostros iluminados de sus primos.
- ¡Ya volvió! ¡Regresó el Señor Puño! – Exclamó alegremente Nico.
- ¡Quí tá Cheño Puño! – Repitió Nica, igual de feliz.
Los dos niños salieron corriendo del patio hacia donde estaba la cisterna. Ven Rachel, ven,fue lo único que logró decirle Nico a su primita antes de encarrerarse hacia donde había sido el principio de sus aventuras. Cuando llegaron, vieron que la tapa de la cisterna nuevamente había sido corrida. Sabiendo ya lo que les aguardaba, treparon por ella y estando a punto de asomarse al hueco, invitaron a su prima a hacer lo mismo. Esta se negó rotunda.

- No quiero. Ahí hay mucha agua y me voy a mojar la ropa. Y mi mami me va a retar.
- No Rachel, ahora no hay agua, lo que hay es una resbaladera que nos va a llevar a ese bosque donde está esperando Sr. Puño – explicó Nico.
- Eso es mentira. Ustedes quieren que yo me moje para que mi mami me rete…- dijo molesta la niña.
- Ven Raquel, e bonito. – Le pidió la pequeña. Pero la prima seguía negando con la cabeza. – Te peto mi bebé – dijo señalando a su muñeca. Pero nada.

Los niños estaban decididos, ante la continua negativa de su prima, meterse solos al mundo fantástico que visitaron hace una semana. Pero cuando se asomaron al agujero, sólo vieron agua. Un solo cuerpo oscuro de agua, que despedía brillos ante la luna pálida que había asomado su rostro entre las montañas. ¡Qué raro! Cuando fue destapada por primera vez, mostraba un enorme tobogán multicolor, que se perdía en las profundidades y que fue su vehículo para transportarse a donde moraba su amigo y donde estaba muchas otras aventuras esperando. ¿Entonces en verdad todo fue una mentira? ¿Todo fue acaso un sueño sin sentido? Con un amargo sabor de tristeza, los hermanos bajaron lentamente de la cisterna al suelo a reunirse con su prima, y pensando en entrar a casa. Qué triste que todo haya sido…

- ¿Os preocupáis por mojaros la ropa, mi preciosa Rachel? Si os asusta estar entre agua, puedo arreglar la situación. – Susurró nuevamente la voz familiar. La sonrisa se restauró en las caritas de Nico y Nica, mientras que nuevamente su prima quedaba estupefacta. Y este sentimiento se contagió a los tres, cuando vieron que la luna incrementaba su brillo y de súbito lanzó un rayo plateado que fue a dar directo al hueco de la cisterna. El rayo brilló por unos momentos y luego se extinguió. Cuando los niños quisieron acercarse a ver qué efecto había provocado el rayo de luna en el agua, surgió de un remolino de agua una góndola plateada, del cual se desprendió una escalerita. La escalera refulgía, como si invitase a los niños a subir. A Rachel se le había escapado un chillido, por lo cual oyó desde dentro de la casa:
- Raquel, no grites por gusto…

Los hermanos, ya acostumbrados a los inusuales hechos, empezaron a subir la escalera, llevando de la mano a Raquel, quien temblaba de miedo y curiosidad. Era algo nunca visto por ella, peor observar ese barco en forma de cisne coronado con una tiara llena de gemas, cuyas alas y cola formaban el cuerpo del barco y que en la espalda estaba un espacio redondeado forrado por varios cojines de diversos colores. Nica dejó puesto a su bebé en el aféizar de la ventana para que el perro no lo lastime luego. Se despidió de su juguete con un beso en la cabeza.
- Pótate ben.

Así, los tres niños, los hermanos y la prima, abordaron la góndola plateada, quien izó la escalera, abrió las alas y las fue batiendo lenta y rítmicamente. Con cada aleteo, ascendía más y más al cielo, hasta que llegó a una nube. Los pequeños veían su casa alejarse hasta que sólo se vio un punto luminoso en medio de tantas otras casas en la ciudad. Advirtieron que se metían a una nube particularmente grande y su campo de visión se redujo por el vapor frío. Paulatinamente, mucho más arriba, veían un brillo tembleque, ondeando sin parar, como si estuvieran viendo la superficie del agua, pero por debajo. El reflejo se fue agrandando hasta que llegaron a tocarlo, y con un último aleteo, surgieron en medio de un gran lago de forma triangular, rodeado por los mismos árboles de hojas globosas que ya habían visto con anterioridad. Habían vuelto.

- ¿Dónde estamos? – Preguntó muy intrigada Rachel, para quien sus ojos eran completamente novatos ante este mundo ajeno a su realidad.
- Aquí es donde vive Sr. Puño. Pronto lo encontraremos y nos seguirá guiando para pelear con El Crecido. – respondió Nico, recordando las palabras dichas por su amigo. La barca se dirigía hasta una isla situada en el centro mismo del lago donde ya podían vislumbrar la estatua de la mano apuntando al cielo. Desembarcaron y el cisne extendió sus alas y se fue. Llevando a su prima casi a empujones, pues aún seguía impactada por todo lo vivido, los hermanos se dirigieron a tocar la piedra, e invocar a su amigo. Pero al tocarla no pasó nada. Extrañados los hermanos volvieron a intentarlo, pero no aparecía el punto brillante en descenso que del cual saltaría el Sr. Puño. Se volvieron preocupados hacia Rachel.
- Ya debía venir… pero no aparece. Tal vez está enfermo. – Pensó Nico en voz alta.
- Tá con guipe. – Sugirió Nica.

Entonces la propia Rachel decidió tocar la roca. Tal cual había pasado con anterioridad, la halló cálida y disipadora de dudas. Y en ella se reveló el motivo de la demora del anfitrión.
- Es que tenemos que hacerlo los tres juntos. – Y así Nico, Nica y Rachel posaron sus manitas en la roca. Y se dio el efecto deseado. El globo de luz que bajó del cielo explotó dando cabida a la llegada del Sr. Puño.
- ¡Oh, los días de alegría han vuelto! Os doy la bienvenida de vuelta, mis pequeños. Y veo – dijo, dirigiéndose a Rachel – que no vinisteis solos. Y bien está, pues ante vosotros yace vuestra nueva compañera que os acompañará en la lucha sin cuartel contra el malvado Crecido. ¿Cuál es vuestra merced, si me permitís saberlo?
- Yo me llamo Rachel. Y tú eres Sr. Puño? – adivinó la pequeña. El aludido dio dos vueltas sobre sí antes de responder.
- En lo correcto estáis, mi pequeña princesa. De hinojos se encuentra Sr. Puño para serviros y guiaros en una futura lucha contra alguien que ha ocupado esta tierra con miedo y llanto. El Crecido.
- ¿Y quién es el Crecido? – quiso saber Rachel. Sr. Puño quedó dubitativo un momento antes de responder.
- Eso, pequeña mía, ni yo puedo contestarlo verazmente. Sólo sabemos que un día invadió esta alegre tierra proclamándose señor de todo, usando sus poderes para poner niños a su favor, habiéndolos previamente arrebatado de sus familias. Y así continuó sin que nadie pudiera hacer nada por detenerlo. Todos le tememos, sobre todo al mencionar su verdadero nombre.
- ¿Y cómo se llama el Crecido? – dijo curiosa la niña.
- Aún no puedo revelaros tal secreto, puesto que decirlo causará la inmediata invocación de este malvado. Y vosotros, aunque tenéis gran potencial, no estáis aún a la altura de veros las caras. Es por eso que tenéis que fortaleceros en vuestras técnicas.
- ¡Oye Sr. Puño! ¿Por qué aún no me devuelves a Batespada? – Cortó Nico ya molesto con tanta charla. Nica asimismo extendió las manos esperando a su Trivarita. Sr. Puño exhaló un suspiro.

- En verdad deseaba, mis pequeños, armaros al mismo tiempo a los tres. Pero como veréis, una de vosotros aún carece de armamento digno. – Puso forma de mano apuntadora y señaló a la recién llegada. – Aunque dada vuestra impaciencia, aquí os daré vuestro equipo. – Chasqueó los dedos y de la palma abierta saltaron dos cintas luminosas que envolvieron una a cada niño. Nico recuperó sus protectores y coraza que obtuvo tras la lucha con el Dragón Panza arriba. Nica por su parte, volvió a vestir la capa gruesa con el sombrero cónico. Finalmente, ambas cintas se condensaron en las manos, volviéndose en Batespada para Nico y Trivarita para Nica. Ya con los niños pertrechados, Sr. Puño le habló a Rachel. – Pequeña princesa, para poderos ofrecer un arma y ropaje dignos de vos, habréis de demostrarme que sois la indicada para tales dones. Claro está, sois del mismo linaje, y por tanto tenéis potencial. Pero sin embargo, quiero estar seguro que podré confiar plenamente en vuestras habilidades. Pequeños, seguidme al bosque. Ahí os guiaré hasta donde aguarda la prueba para Rachel. – Terminando de hablar, Sr. Puño flotó raudo por sobre el agua, hasta alcanzar la orilla del lago. Los niños intentaron seguirlo, pero se dieron cuenta que no podrían nadar y lo peor, el cisne había volado ya.

- ¿Y ahora qué hacemos? – Rezongó Nico. Aunque más ágil y fuerte por volver a poseer a Batespada, se dio cuenta que ni con su mejor salto podría alcanzar la orilla del lago. Y tampoco sabía nadar bien, ni qué decir de los otros. Entonces vio a su hermana agachada en el borde de la isla, sujetando a Trivarita. Nica tenía una idea y tenía que saber si daría resultado.
- ¡DIME! – Invocó con fuerza trazando un pentagrama en el aire. Del pentagrama en forma de portal, emergió el espíritu del agua y del hielo, Undyne. Ante un gesto de la niña, el espíritu obedeció. Fue saltando en la superficie del agua hacia la orilla, congelando lo que tocaba y creando un hielo tan duro, que terminó formando un suelo que podía soportar el peso de los niños. Entonces, tomados todos de la mano, cruzaron el lago sin problemas. Sr. Puño los recibió con alegría.

- Felicidades, pequeña Nica, por resolver exitosamente la pequeña prueba que os dejé. Me demostráis que vuestro potencial sigue siendo enorme. Ahora pequeños, acompañadme hasta la Loma Opípara, que es donde Raquel tendrá su prueba.
Así fueron los tres niños acompañando al Sr. Puño. Ocasionalmente se topaban con una que otra tropa del Crecido, pero no eran rivales para los hermanos. Además, trataban siempre de proteger a su prima, quien permanecía agachada para que no la lastimen. Así fueron escalando un cerro, en cuya cima había una gran mesa de piedra con muchas piedras redondas a su alrededor, a modo de sillas. Sr. Puño se ubicó en el centro y anunció:

- Preciosa Rachel, este es el lugar de vuestro reto. Debo advertiros, mis pequeños, que si osáis ayudar a vuestra prima, ella perderá y tendrá que ser devuelta a vuestro mundo real. Así que evitadle tal disgusto, os lo ruego. En primer lugar, voy a armaros con el ítem indicado para vos. Observad! – Sr. Puño dio dos vueltas sobre sí antes de chasquear sus dedos. Surgió una bola luminosa que fue a parar delante de la niña, y cuando ella la aferró, se mostró un animal de peluche. Este animal era un poco extraño, pues tenía la forma de cómo un gato rechoncho y blanco, de ojos cerrados y una gran nariz roja. De su cabeza salía un pompón escarlata y un par de alas pequeñas y negras adornaban su espalda. – Rachel, he aquí que os presento al que será vuestra arma para luchar contra el Crecido. ¡El peluche mutador, MOOGLE! Ahora, para demostrar que sois la elegida para ser su dueña, habréis de pasar esta prueba. Decidme, mi preciosa, ¿qué platillo es de vuestra predilección?
- A mí me gusta el pescado apanado… - Sonrió Rachel, pues no había merendado en casa y en su barriguita ya se escuchaban quejidos de hambre.
- ¡Ea pues! Pescado apanado será lo que se os servirá. – Sr. Puño pasó la mano extendida sobre la gran mesa de piedra tres veces, y tras una explosión de humo, la superficie estaba a reventar de deditos crujientes de pescado apanado. – Tal es vuestra prueba, mi princesa. No debe quedar la más pequeña brizna de alimento en esta mesa, para considerar vuestra prueba superada. ¡Comenzad ahora!

De esta manera, la niña se sentó en una de las sillas, puso a su nuevo peluche al lado y se dispuso a comer. Era un muy rico pescado, de carne blanca brillante y muy jugosa, cubierto por una crujiente masa frita de pan rallado y huevo. Rachel anduvo comiendo con buen apetito, pero pronto se dio cuenta que su apetito estaba a punto de terminarse y no había terminado ni con un cuarto de todas las piezas de pescado. ¡Ni siquiera había logrado despejar de comida el borde de la mesa! A pesar de lo sabroso de la comida, la niña empezó a asustarse. Ya estaba llena y aún veía montañas enteras de pescado apanado por comer. Pensó en pedir ayuda a sus primos pero Sr. Puño había hablado muy claro. Si les pedía ayuda, perdería la prueba. Sr. Puño flotaba a su alrededor, como ejerciendo presión. ¿Qué haría? ¿Qué haría?

Entonces miró a su peluche. Recordaba que en su casa, siempre que hacía comiditas de mentiras, iba y servía un gran plato y les daba de comer a todos sus peluches, sean grandes o chicos, un bocado en sus bocas. Y así de esta manera nadie se quedaba con hambre. Pero esto era comida real, que la estaba ya empachando. La desesperación de verse sin opciones la hizo colocar a Moogle sobre sus rodillas, tomar un dedito de pescado y colocarlo en la boca del peluche.
- Toma Moogle, comete el rico pescado.

Y para sorpresa de Rachel, Moogle efectivamente abrió la boca y engulló la comida. En ese momento el peluche empezó a transformarse y crecer hasta volverse un enorme tigre blanco. El animal saltó sobre la mesa y empezó a zampar glotonamente todo el pescado, hasta terminar lamiendo la mesa para chupar hasta la última gotita de aceite. Recuperó su forma y fue a posarse en el regazo de la niña. Sr. Puño lanzó una sonora carcajada.
- ¡Enhorabuena, mi querida Rachel! ¡Lo habéis conseguido! Despertasteis el poder especial de Moogle, el cual es alimentarlo con cualquier cosa del ambiente, con lo cual cambiará su forma para tomar una apariencia acorde al entorno y facilitaros la lucha. ¡En verdad sois digna de portar tan preciada arma!
- ¡Bravo Rachel, bravo! – Gritaba jubiloso Nico.
- ¡Mala! No dejate pecado! – Le recriminó Nica, pues ella también tenía hambre y quería aunque sea un poquito de tan rica comida.
De súbito, del centro de la mesa salió un cofre café que Sr. Puño se apresuró en abrir.
- Rachel, este cofre contiene vuestros ropajes. Ahora mismo os vestiré, pues habréis de protegeros ante los eventuales peligros. – Dicho y hecho, la niña ahora portaba un conjunto de blusa y pantalón blanco contorneados de negro y con vuelos en las mangas y las pantorrillas. Botitas albas complementaban el atuendo.
- Finalmente, mis pequeños. Finalmente. Los tres elegidos se han reunido para librar la batalla contra el malvado Crecido. Será una batalla larga y ardua, por lo cual tendréis que incrementar mucho vuestro poder. Así que , acompañadme, mis niños. Yo os iré guiando en esta mágica tierra e iremos descubriendo de qué sois capaces de hacer…

Monday, August 02, 2010

TAMESHIGIRI

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Frente a este jueperra, no veo por dónde disculparlo. Lo tengo a tiro, no se me escapa, soy el dueño de su vida y su muerte. Pero el desgraciado no me muestra nada de miedo. Está ahí, tan tranquilo, tan sereno, como el estero en verano. Y los ojos suyos. Clavados en los míos. Pero yo llevo las de ganar aquí. Aquí te jodes, chuchetumae, resoplo apuntando a su pecho. La sonrisa burlona me termina de dar el motivo para apretar el gatillo y lanzarlo a dos metros.

Yo siempre me había considerado el más bacán del pueblo donde vivía. Veintitrés años de levantarme a las hembras que pasaran por mi lado, tirarme a las que pudiera y si salía niño de por medio, pues me hago el desentendío. Que no me jodieran, yo era el hijo mayor del hacendado y naidien me iba ver las guevas. El que bailaba primero y con la mejor pierna. El que chupaba mejor y aguantaba más tiempo jumo. El de la mejor puntería con la escopeta pa´ cazar un venao. El éxito estaba de mi parte.

Un día llegó una familia que se veía eran diotra parte. El don tenía una pinta de gringo, aunque la ñora era sí propia de estos lares. Que venían a alzar un restaurancito y pasar sus días. Los dos hijos mayores andaban en sus universidades quemando pestaña duro y feo, pero se trajeron a la última, de dieciséis, para que les ayude y termine aquí el colegio.

Nomás fue verla y ya la quería para mi mujer. Más que linda, más que rica, tenía que aprender otra palabra nueva para describirla. No quería ser candidata a reina del pueblo porque decía era recién venida y no era correcto eso. Así que el restaurante del gringo (que según daba a entender, venía de Suecia en verdad) se convirtió en mi lugar de siempre pegarme el pescado sudado o mi caldito de costilla con habichuelas que tan bien sabía hacer la suegra. Y de paso, le metía su palabreadita para calentar oreja a la moza. Ella se reía y me daba la vuelta. Ah, hecha la apretada. Quesque una déstas la veo sola y le hago mujer mía quera o no quera.

Pero un maldito día se instaló a hacer no se qué cosa, creo que a hacer sanación, un tipo medio raro. Les veía a los enfermos y no sé cómo le hacía pero siempre salían bien parados y mejor que sanos. Yo un día que me torcí el pies por montar mal mi caballo, me quisieron llevar al curador, pero no quise. Algún mal me ha de hacer el bandido ése, mejó me llevan con el dotó Cedeño, que viejo y todo desde tierno me ha sabido componer. Y lógico me caía mal el tipo, pues no soportaba que Hilda, que así se llamaba la muchacha de mis amores, le quede viendo con ojo dulce cada vez que venía a servirse el almuerzo. Así que un día lo fui a advertir. Verá señor esto sólo se lo digo una vez. Mejor se abre de Hilda o yo no respondo, es mujer mía y de naidie más. Eso le dije bien clarito para que se agueve y no se ponga a vacilar con mujer ajena. Pero su respuesta me dejó foco: ¿Tienes acaso título de propiedad sobre ella, para que la reclames como tuya? Ahí fue donde me cabrié y le fui dejando preciso que donde se atreva a molestarla se las vería conmigo y yo no miando con pendejadas si es de poner planazo se trata. No dijo nada así que me fui creyendo que ya tenía el asunto ganao.

Me equivoqué. Mierda, es que en plena fiesta del santo patrón fui y le vi hablándole quedito mientras echaban baile. Así que esperé a que el maldejido se regrese a su casa y me le presenté con machete en mano. Yo hablo serio carajo, le dije antes de cerrarlo a planazo. Por lo menos la cara le abría, pues no tenía fierro ni pistola, sólo un palo largo que siempre andaba con él aunque nunca cojeara. Pero es que mi machete le iba a tocar el cuerpo y le vi alzar el palo, una chispa y se partió mi fierro. Sólo miré el mango y un pedazo de metal y delante mío, mi rival muy sereno, mirándome como con burla. Ni siquiera atacó de vuelta. Cabrerísimo como nunca, me volví a mi sitio.

Estaba desesperao pues a pesar de toditos mis intentos, clarito estaba que Hilda le estaba dando la bola al sanador maldecío. No sabía cuándo bien agarrarlo, pues con los bienes que le hacia a la gente, le habían cogido enorme cariño todos. Me las jugué completas y le quise cuadrar a Hilda y si había chance, hacerla mía de una vez. Pero me trancó mi bofetada y vino el viejo y medio me amenazó que no volviera al restaurante. Esa mesma noche, la vi luego de cerrar, se dirigió atrás de la casa y el desgraciao la empezó a besar. Ahora sí que no lo iba a perdonar. Así que fui a buscar la recortáa de mi viejo, le cargué con dos cartuchos gordos y lo fui a buscar.

Ahora que toy mirando el cuerpo de mi odiado enemigo, el pecho hecho hueco del cartuchazo, su mano aferrando igual su palo largo; sonrío con la victoria de mi lado y volteo. Ya no habrá chance de llevarse a mi Hilda, ahora va a ser sólo de mi…

- Yo no he muerto… - dice una voz a mi espalda. Me hiela el espinazo, pues estaba segurísimo de haberle apuntado en la mitad del pecho. Hasta vi cómo le mojaba la sangre la tierra y ya no resollaba. Volteo de vuelta y horrorizado diviso cómo se empieza a querer levantar. Ya no tenía cartucho, así que me le lanzo encima, y le empiezo a dar con la cacha. Ahora sí te mueres chucha, le decía bajito tras cinco cachazos que lo volvieron a dejar quieto. Pero no, vuelve a decirme lo mismo y es ya con el cañón de la cartuchera que voy partiéndole la cabeza hasta que queda como caimito aplastao. Ahora bien seguro que no volvería a joder, me alejo del sitio.

Me hice el loco un par de semanas, a pesar que hubo sospechas conmigo, pero mi apá se puso tieso a decirles a los policías que todo el rato anduvo conmigo. El sanador no tenía familia, pero casi todo el pueblo le lloró cuando le pusieron bajo tierra. Una alegría morbosa me dio verla a Hilda tumbada sobre el sepulcro hasta que la llevaron los papás. Tranquila mija, yo te quitaré todo este dolor, me dije para mí. Dicho y hecho, empecé nuevamente a meterle palabra y esta vez sí me dio bola, cosa que en menos de seis meses, ya estábamos arreglando lo del casamiento, a pesar que el viejo andaba medio trompúo por el asunto. Linda como la virgencita, la veía a mi Hilda poniéndose a mi lado y escuchando al cura ponernos el título de marido y mujer. Aunque una frase que dijo el cura me dejó un poco extrañado. Al despedir la misa, nos dijo a todos: Podéis ir en paz, pero recuerden hermanos míos. El no ha muerto.

Al rato me olvidé del asunto mientras instalaba a mi mujer al lao de la casa de mi pai para empezar nuestra feliz vida juntos. Pero fueron pasando los meses y me enteré de un asunto feísimo con mi pai. El viejo le ha sabido deber a un par de chulqueros como no se cuántos miles y hacía rato que no veían la plata de vuelta. Entonces vinieron con un abogao a plantearle mi pai que de no pagarles pronto, toíta la hacienda se apropiaban. Por un tiempo anduvo desesperao buscando el billete y prestando a cualquier compadre que le apoyara, pero naidie puso. Así que lo que hizo fue vender la mitad de sus vaquitas, para medio alivianar el asunto. Y mal hizo pues al ir llevando sus cabezas para entregarlas y recibir el dinero, lo agarraron unos cuatreros y le trancaron un balazo. Yo sólo llegué para ver a mi padre malherío y sangrante. Las vacas el puesto nomás.

Por suerte el dotor Cedeño logró sacarlo a mi pai, pero quedó muy malo y no podía caminar bien y nada de montar caballo. Así que llegaron los chulqueros y pese a todos los ruegos y disculpas nuestras, se alzaron nomás con la hacienda y la pusieron en remate para pagar nuestra deuda. Y cuando se fueron llevando las escrituras y todo eso, creí oir a uno de los chulqueros decir como para sí: El no ha muerto…

Por eso me lo llevé a vivir a mi pai conmigo ya que por suerte yo también criaba mis chanchos y de vender y vender, algo de platita pude obtener para hacerme una casita con unas tierras para seguir sembrando y criando. Hilda estaba esperando a mi primer hijo cosa que este trago amargo pronto se iba a superar. Así fueron pasando meses hasta que nació mi hijo. Grandote y bello como la madre. Y mi pai ahí mas que sea en alguna cosa colaboraba para que no le tengan como carga.

Un día que me fui a revisar los chanchos, dejé a mi ñora al cuidado de mi niño, que ya andaba para dos años. Al llegar me asustó ver que toítos los chanchos boqueaban feo y echaban una espuma como verde por la nariz. Salí corriendo a buscar al veterinario, y nos pusimos a revisar los animales. El dotor no estaba claro qué mismo era que les pasaba a los chanchos, pero a todos les puso una inyección y me dijo que alguna cosa avise de vuelta. Les puse comida y agua fresca y me volví a casa. Al amanecer siguiente, ni un chancho vivo. La trompa cubierta de esa espuma verde. Los veinte chanchos que estaban ya para ser vendidos. Me llevé las manos a la cabeza y grité de rabia. ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Y fue gritar y oír a mi mujer llamarme durísimo. Aún lelo por el dolor de perder mis animalitos, emprendí vuelta a casa. El peor escenario me esperaba. Mi querido niño, jugando en la casa vecina, se puso a dar vueltas cerca de un pozo viejo, se resbaló y cayó. Y no salía para nada. Loco de horror me tiré al pozo lleno de lodo a buscar a mi hijito. Mi mujer lloraba abrazada por sus vecinas. Dos amigos se lanzaron también a buscar a mi niño. Metía y metía mano, hasta que topé un mechón de pelo. Hale duro y el cuerpo blanquito con los ojos muy abiertos de mi amado hijo salió a la luz. No hubo forma. Le sacudimos boca abajo para que bote ese lodo maldito que le llenaba la boca, pero no respondía. Lo llamaba por su nombre y lo abrazaba duro, pero no respondía. Mi niñito, mi hijito, muerto estaba a mis pies. Sólo atinaba a menear la cabeza mientras Hilda gritaba abrazando el cadáver. Justo ahí llega rengueando mi pai. No soportó ver a su único nieto fallecido y antes de llorar o algo, se llevó las manos al pecho y se fue al piso. Me lancé sobre él y le rogaba tú no pai, tú no por favor… Mi pai me agarró los hombros y me miró fijo mientras también se le escapaba la vida. Hijo, hijo, me decía como pidiéndome que no permita que la huesuda también lo lleve.

Su último suspiro fue también un fierro que traspasó el pecho.

Mirándome con los ojos hecho pepa y apretándome durísimo los hombros, me habló con voz rotunda y fuerte: EL NO HA MUERTO. Y deuna viró los ojos, aflojó las manos y quedó quieto.

El velorio y las novenas que siguieron fueron un infierno. Se me fue casi toda la platita en los gastos de cementerio para las dos tumbas. Mal agüero, te han hecho un mal por algún lado, me decían algunos panas. Con Hilda no había cómo hablar, pues quedó como loca por ver a su hijo con la boca llena de lodo y luego siendo velado y enterrado. Pero la idea del daño sí me surcaba la cabeza. ¿Quién, quién habrá sido el hijueputa que me ha mandado el mal de esa manera? El único enemigo serio que tuve fue ese sanador hijueputa que bien mandé a la otra de un cartuchazo. Y me aseguré de que nunca volviera a levantarse, estaba seguro. Naidie podía salir sano de un cartuchazo en el pecho y la cabeza hecha pulpa a golpes. Así que por ese lado imposible. Pero…¿qué quería decir mi pai cuando me dijo que el no había muerto? Será que el finado vino a cobrárselas desde la otra? Ahora que recuerdo, esa frase también la había escuchado en otras bocas. Entonces capaz este pueblo estaba como maldito. Entre antes me largara de este recinto mejor.

Marché entonces con Hilda, quien había quedado como muda luego del trauma del niño y el suegro, hacia una ciudad lejana. Una capital. Ahí vivía un tío segundo que al principio no me quiso recibir. Pero el que llora mama cosa que logré instalarme en el patio, armando una chozita para Hilda y para mí. Los primeros meses iba de cachuelo en cachuelo, sea recogiendo botella, echando machete, y de aprendiz de mecánico. Ganaba lo justo para comer, y de paso darle un cariñito al tío por darme cobijo. Hilda mejoraba muy despacito, pero aún no hablaba una letra. Por lo menos ya sonreía de poquito cuando estábamos juntos, pero nunca una conversa.

Las cosas fueron mejorando gradualmente, cosa que al final, logré mudarme de esa choza y alquilar un departamentito en las afueras. Hilda aún no hablaba, pero su animo estaba mucho mejor ya, aunque a veces la descubría llorando abrazando una foto de nuestro niño muerto. Yo ahí la abrazaba de vuelta para consolarla. Ya con un poco más de platita, fui buscando un local porque deseaba abrir un restaurancito. Si la doña sabia cocinar pues entonces entre los dos nos alzaríamos un puesto igual que los suegros hicieron hace años ya.

Mi mujer seguía muda, pero el negocio despacito se fue haciendo famoso, hasta que gente de fuera de la ciudad quería conocer la sazón de Hilda. Para ese rato, estaba nuevamente embarazada y le tenía puesta toda mi ilusión. Este niño capaz le abría la voz de nuevo y terminaba de curarse. Para esos tiempos llegó un señor que me vino a ofrecer la posibilidad de unirme a el para ampliar bastante el negocio, y terminaríamos moviendo harta platita. Me gustó la idea así que fuimos almacenando todo lo que eran vigas, clavos, sillas y eso tras la cocina del restaurante para empezar a construir. Había tenido que prestar un buen billete para concretar el asunto, pero decía mi socio que en unos dos o tres meses máximo estaba el dinero de vuelta.

En la casa, estaba ya contándole a Hilda el gran éxito que ibamos a tener, hasta podíamos contratar cocineras que la ayuden y ella sólo tendría que ver que la comida estuviera bien hecha. Ella reía y aplaudía entusiasmada, mientras yo le sobaba la barriguita. Este niño crecería bien y fuerte. De pronto tocaron a mi puerta muy duro. Salgo a ver que pasa y me dicen que hay fuego. No salgas Hilda, logro gritarle antes de correr hasta mi local y ver que estaba ardiendo hasta la última viga. Mi puestito. Mi futuro. Todo. Convirtiéndose en cenizas frente a mis ojos. Ni siquiera puedo meterme a salvar algo pues alguien me sujeta con fuerza y me hace presenciar la muerte de mis esperanzas. Luego un empujón me lanza al suelo y veo a mi socio. Furioso. Gritándome entre insultos y puteadas que yo inicié el incendio. Pero que me jodí, porque habló con los del banco echandome la responsabilidad de la plata invertida, la de ambos. Ni siquera puedo responder. El hueco enorme dentro de mí me impide chillar, patear, responder, llorar. Vuelvo a casa arrastrando los pies.
Supongo, en lo lento que iba caminando, que alguien ya le habrá informado de la tragedia a mi Hilda. De seguro recaería en su mal. De seguro, pienso al abrir la puerta y encontrar a mi mujer riendo a carcajadas sentada en un charco de sangre. Intento levantarla, pero pesa demasiado. Empieza a brotar de entre sus piernas una cabeza deforme que va arrastrando un cuerpo malhecho y viscoso, que remueve un poco sus remedos de extremidades antes de quedarse quieto. No puedo más con tanta desgracia. Agarro por los hombros a Hilda y llorando como niño le grito por qué, por qué tanta miseria, por qué vivimos malditos todo el tiempo. De ley no me da respuesta, está muda como una piedra, sólo riéndose destempladamente; pero calla de súbito su carcajada, voltea a ver y me dice con voz muy firme y grave:
EL NO HA MUERTO.


Una ira como el mismo fuego que calcinó mi local me consume las tripas mientras le encajo un puñetazo. Los celos y la rabia me ciegan mientras cruzo su rostro hermoso una y otra vez, pero ella en vez de quejarse, sigue riendo y vuelve a repetir esa maldita frase. ¡Tú lo seguías amando, chucha, a pesar que yo lo maté! ¡Tú nunca dejaste de quererlo, a pesar que yo tenía que ser el hombre para ti! ¡Entonces tú fuiste la que me lanzó ese daño, tú mataste a mi hijo, a mi padre, nos arruinaste, hiciste de mi vida un infierno! Cada frase la acompañaba de un golpe que esperaba le callase esas risas convulsas y sobre todo, esa frase del diablo, que el no había muerto. ¡Si yo lo maté, yo lo vi morir con sus sesos saliendosele por los huecos que le abrí a punta de cartuchera!

Pero nada. Nada lograba salvo embadurnarla de su propia sangre el rostro y saltarle un par de dientes. Con todo eso, seguía riendo. Y en su propio rostro, bañado en rojo y escupiendo dientes y risotadas sin cesar, se fue originando una transformación. ¡El rostro de mi original enemigo! ¡El mismo hijueputa rostro que robó una vez besos y amor de la que es mi esposa! ¡Hijo de puta, una y mil veces!
Salí corriendo a mi cuarto y agarré la vieja cartuchera, la que ultimé hacía años a este hijo de puta, y ahora tendría que volver a usar. ¡Sólo esa arma podría volver a acabar con ese rostro de pesadilla! Me precipité a la sala, y vi que el rostro de mi mujer se peleaba con el del malparío para ocupar el mismo lugar. Caminaba hacia mí extendiendo los brazos como queriendo arrastrarme a los aposentos del diablo. Me lancé sobre ese monstruo y tal como hice hace tiempo, empecé a reventar el rostro a golpe limpio. ¡Borraría de una vez y para siempre esa sonrisa burlona, esa voz de carcajadas entre agudas y graves, la belleza de ese rostro amado y que al final nunca pude poseer por completo! ¡Ni siquiera me importaba que luego me cayese la policía, o que la criatura parida por mi mujer, ese horrendo aborto, se incorporara y se uniera a la canción diabólica agarrándome del cuello! ¡Seguiría golpeando y golpeando, una y mil veces, hasta que toda la carne se haya convertido en tierra!!

¿Tierra?

No está Hilda transformada, no hay sangre, no hay aborto danzante, no hay paredes ni casa. Estoy sentado sobre un camino de tierra, con la cartuchera hundida como cavando un pozo. El panorama me parece familiar, yo he estado aquí antes. Reconozco con horror este lugar. La casa del sanador. Mi recinto. Los olores del restaurante de los suegros a lo lejos. Y el corolario final: esa chucha voz, esa que pensé nunca más volvería a oírla, ahora desgarrando mis tímpanos, revolviendo mi cerebro y hundiéndome en la peor de las locuras.

- La vida del hombre, es sólo una ilusión. Ocurre en un suspiro…

Mi último intento de dar pelea, de impedir que ese diablo desgraciao me quite a mi Hilda nuevamente, se reduce a voltear mi cuerpo mientras de mi garganta surge un enorme alarido que encerraba todo el dolor y la ira que pasé por esos años. ¡No tenía un cartucho pero volvería a hacerle mierda la cabeza! Pasa un relámpago metálico y voy viendo todo girando, girando, mi cuerpo aún arrodillado en el suelo, con un surtidor rojo en donde debía estar mi cabeza. Y antes que se oscurezca todo y me hunda en la nada, veo a mi odiado enemigo meter un raro machete fino y largo dentro del palo que siempre lo acompañaba, susurrando estas palabras:
- Y la tuya, no es la excepción.