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Thursday, March 24, 2011

Spirits Dreams Inside

Son las ocho con cuarenta y cinco y Priotr observó azorado una persona exacta a él lanzársele encima. Apenas logró distinguir los ojos de un carmesí intenso y la piel ceniza, que marcaban las únicas diferencias, antes de que su doble terminó de obliterar su respiración apretando con furia salvaje su tráquea. Los retorcimientos de agonía le impidieron escuchar al ruso los diversos alaridos y chillidos de todas las personas aledañas. Cuando Priotr expiró, su doble se levantó, exhaló un largo suspiro y se fue pudriendo y desmoronando hasta que sólo quedó un rastro de polvo negro.

Seung miraba horrorizada la cuna de su hijo de dos meses. Se había colado otro bebé quien a pesar de su corta edad estaba sobre el pequeño, intentando asfixiarlo con su cuerpo. El pequeño Chou berreaba contra el peso de su doble oscuro quien pretendía robarle el aire que respiraba colocándosele encima. Seung, con el instinto de madre furiosa, agarró a la criatura salida de quién sabe dónde y la lanzó contra el suelo. Saltaron los goznes y se abrió la puerta que había logrado cerrar, luego que una persona exacta a ella, acompañada de un igual a su marido, pero con la piel y los ojos totalmente opuestos en color; salieron literalmente de las sombras y procedieron a atacarlos. Seung había logrado quitarse a su atacante y subió a buscar a su primogénito, aunque para Kim, su esposo, no hubo tanta suerte. La copia de ella la miraba centelleando sus ojos enrojecidos. Seung se interpuso entre su hijo y la copia armada con lo único que pudo hallar. Un soporte de lámpara de metal. No sabía qué o porqué, pero protegería a su hijo hasta la muerte. Miles de gritos vecinos le advertían que el mismo horror se producía en todos lados.

Un cetro ensangrentado sobresalía del pecho del Papa, en el Vaticano, luego que un sombrío atacante, exacto en rostro y cuerpo al pontífice se abalanzara sobre éste y usase su propio cetro papal para ensartarlo. Luego que el corazón se detuvo, el espectro soltó un largo suspiro y se convirtió en podredumbre ante los ojos espantados de la guardia suiza, quienes mantenían una lucha a muerte contra versiones exactas de ellos. Completamente carentes de piedad u honor, en más de uno introdujeron repetidamente sus versiones de espadas negras hasta arrebatarles la vida. Y frente a los cadáveres fueron suspirando y corrompiendose en segundos.

Adelaida, Juana y Carmela eran las únicas sobrevivientes de una masacre producida en su pueblito cerca de Veracruz. Corrían entre hipos y llantos, tras ver a sus padres, maridos y cercanos ser yugulados sin piedad por unos seres igualitos a ellos pero con ojos de diablo. Todos creyeron que se trataba de una manifestación del demonio, fue por eso que casi nadie pudo ofrecer resistencia. Machetes, trinces y hoces lucían clavados en varias partes de los cuerpos de los campesinos. De los atacantes, ni el polvo ya. Las mujeres lograron llegar a un galpón abandonado y se ocultaron bajo montañas de paja seca, esperando que los relinchos de los caballos disimularan sus llantos y rezos fervientes. Pero se dieron cuenta que sus propias copias se acercaban directamente hacia ellas, como si las pudieran oler sin importar la oscuridad. Cada una enarbolando una herramienta filosa, se acercaron a toda velocidad sin conmoverse por los pedidos de piedad de las mujeres y cortaron, cercenaron y picaron hasta que no hubo más resistencia.

Stephen y Kevin, ambos boinas verdes del ejército estadounidense, acostumbrados ya al combate cuerpo a cuerpo, decidieron dar cara y pelear por sus vidas, dado que con estas criaturas no se podía razonar. Sus copias atacaron con sus mismas réplicas de cuchillos, encontrando un sólido contraataque. Las fuerzas estaban perfectamente parejas. Todas sus ventajas y desventajas estaban presentes. Kevin recordó que su rodilla izquierda estaba en tratamiento por una lesión en un ejercicio, por lo que hizo una finta y pateó la rodilla izquierda de su adversario. Este se inmovilizó por el dolor, cosa que aprovechó Kevin para inmovilizarlo y degollarlo con su cuchillo. Salió un líquido negro y untuoso y la copia cayó finalmente muerta. Animado por la victoria de su compañero, Stephen arremetió contra su rival quien había clavado el puñal en su costado pero aún no lograba extraerlo. Con algo de intestino asomando a través de la herida, el hombre clavó con toda su fuerza los pulgares en los ojos de su espectro reventándolos. Y en el tiempo en que la copia se llevó las manos a sus ojos con un aullido de agonía, Stephen en dos movimientos rápidos partió la tráquea y empujó el vómer nasal hacia el cerebro dando fin a su atacante. Los camaradas miraron con ojos como platos cómo los cadáveres en vez de pudrirse y desvanecerse se volvían como un vapor oscuro que se fundía con sus cuerpos. La tremenda herida de Stephen sanó de inmediato y ambos sintieron que sus fuerzas, reflejos y capacidades se redoblaban.

El mismo descubrimiento lo realizó Hiro, en Japón, tras casi por accidente derrotar al oscuro ser que pretendía asesinarlo. Cuando sintió sus fuerzas incrementadas en gran manera, buscó al resto de su familia y saltó sobre las copias de ellos para acabarlos. Con cada uno de ellos derrotado, sintió que se volvía más y más fuerte. Tras dejar a su familia a salvo, Hiro fue a buscar otros sobrevivientes.

Ajani, Jabarl y Elangeni se criaron juntos y crecieron cazando, corriendo y fortaleciéndose hasta llegar a ser los guerreros más fuertes de su tribu. Los anciano de la tribu los honraban comparando su velocidad como la de una gacela, su fuerza como la de un leopardo y su agilidad como la de los babuinos. Nunca habían tenido problemas realmente graves, hasta esa noche fatídica, donde salieron de la tierra al parecer, montones de majini que se llevaron la vida de más de uno de sus amigos y familiares. Lograron la mayoría salir corriendo de sus chozas y aglomerarse todos frente a la gran fogata central. Los tres guerreros, tras sacudirse de encima a sus propios majini alcanzaron sus lanzas y escudos y se pusieron por delante de cosanguíneos y amigos. Su máxima prueba había llegado. Tras una feroz lucha sus oponentes cayeron atravesados por sus lanzas. Supieron que realmente eran majini tras ver cómo los cadáveres se volatilizaban y eran absorbidos por los cuerpos de los guerreros. Al ver que los guerreros ahora ostentaban las habilidades de los animales comparados, y que incluso las superaban, los ancianos leyeron los hechos como una prueba de los dioses.

Patricio, en Ecuador fue otro de los que derrotó a los dobles asesinos. Sabiendo que lo mismo estaba pasando en todo el mundo, mandó un escueto pero intenso mensaje en su cuenta de Twitter: "¡¡PELEEN!! ¡¡PELEEN POR SU VIDA!! ¡¡NO SE DEJEN DERROTAR!!"
El mismo se fue difundiendo en todos los medios de comunicación posibles. Si aún estaban vivos, tenían la única opción de pelear o morir. No había razón o diálogo posible. Era su vida o la de esos extraños dopplergangers salidos de las sombras, enviados a atacar y matar únicamente a sus originales, por el modo que fuese.

De entre todas las ciudades, fueron saliendo algunos a ver el nuevo día. Más fuertes y capaces, pero muchos con lágrimas por perder a seres queridos. Fe y creencias quebradas por completo. Miles de preguntas sin respuestas ni lógicas ni consoladoras. En montones de lugares, el leve hedor de los cientos de miles de cuerpos entrando en descomposición fue el único saludo de los sobrevivientes.
Era el amanecer del 13 de Diciembre del 2012.

Monday, August 02, 2010

TAMESHIGIRI

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Frente a este jueperra, no veo por dónde disculparlo. Lo tengo a tiro, no se me escapa, soy el dueño de su vida y su muerte. Pero el desgraciado no me muestra nada de miedo. Está ahí, tan tranquilo, tan sereno, como el estero en verano. Y los ojos suyos. Clavados en los míos. Pero yo llevo las de ganar aquí. Aquí te jodes, chuchetumae, resoplo apuntando a su pecho. La sonrisa burlona me termina de dar el motivo para apretar el gatillo y lanzarlo a dos metros.

Yo siempre me había considerado el más bacán del pueblo donde vivía. Veintitrés años de levantarme a las hembras que pasaran por mi lado, tirarme a las que pudiera y si salía niño de por medio, pues me hago el desentendío. Que no me jodieran, yo era el hijo mayor del hacendado y naidien me iba ver las guevas. El que bailaba primero y con la mejor pierna. El que chupaba mejor y aguantaba más tiempo jumo. El de la mejor puntería con la escopeta pa´ cazar un venao. El éxito estaba de mi parte.

Un día llegó una familia que se veía eran diotra parte. El don tenía una pinta de gringo, aunque la ñora era sí propia de estos lares. Que venían a alzar un restaurancito y pasar sus días. Los dos hijos mayores andaban en sus universidades quemando pestaña duro y feo, pero se trajeron a la última, de dieciséis, para que les ayude y termine aquí el colegio.

Nomás fue verla y ya la quería para mi mujer. Más que linda, más que rica, tenía que aprender otra palabra nueva para describirla. No quería ser candidata a reina del pueblo porque decía era recién venida y no era correcto eso. Así que el restaurante del gringo (que según daba a entender, venía de Suecia en verdad) se convirtió en mi lugar de siempre pegarme el pescado sudado o mi caldito de costilla con habichuelas que tan bien sabía hacer la suegra. Y de paso, le metía su palabreadita para calentar oreja a la moza. Ella se reía y me daba la vuelta. Ah, hecha la apretada. Quesque una déstas la veo sola y le hago mujer mía quera o no quera.

Pero un maldito día se instaló a hacer no se qué cosa, creo que a hacer sanación, un tipo medio raro. Les veía a los enfermos y no sé cómo le hacía pero siempre salían bien parados y mejor que sanos. Yo un día que me torcí el pies por montar mal mi caballo, me quisieron llevar al curador, pero no quise. Algún mal me ha de hacer el bandido ése, mejó me llevan con el dotó Cedeño, que viejo y todo desde tierno me ha sabido componer. Y lógico me caía mal el tipo, pues no soportaba que Hilda, que así se llamaba la muchacha de mis amores, le quede viendo con ojo dulce cada vez que venía a servirse el almuerzo. Así que un día lo fui a advertir. Verá señor esto sólo se lo digo una vez. Mejor se abre de Hilda o yo no respondo, es mujer mía y de naidie más. Eso le dije bien clarito para que se agueve y no se ponga a vacilar con mujer ajena. Pero su respuesta me dejó foco: ¿Tienes acaso título de propiedad sobre ella, para que la reclames como tuya? Ahí fue donde me cabrié y le fui dejando preciso que donde se atreva a molestarla se las vería conmigo y yo no miando con pendejadas si es de poner planazo se trata. No dijo nada así que me fui creyendo que ya tenía el asunto ganao.

Me equivoqué. Mierda, es que en plena fiesta del santo patrón fui y le vi hablándole quedito mientras echaban baile. Así que esperé a que el maldejido se regrese a su casa y me le presenté con machete en mano. Yo hablo serio carajo, le dije antes de cerrarlo a planazo. Por lo menos la cara le abría, pues no tenía fierro ni pistola, sólo un palo largo que siempre andaba con él aunque nunca cojeara. Pero es que mi machete le iba a tocar el cuerpo y le vi alzar el palo, una chispa y se partió mi fierro. Sólo miré el mango y un pedazo de metal y delante mío, mi rival muy sereno, mirándome como con burla. Ni siquiera atacó de vuelta. Cabrerísimo como nunca, me volví a mi sitio.

Estaba desesperao pues a pesar de toditos mis intentos, clarito estaba que Hilda le estaba dando la bola al sanador maldecío. No sabía cuándo bien agarrarlo, pues con los bienes que le hacia a la gente, le habían cogido enorme cariño todos. Me las jugué completas y le quise cuadrar a Hilda y si había chance, hacerla mía de una vez. Pero me trancó mi bofetada y vino el viejo y medio me amenazó que no volviera al restaurante. Esa mesma noche, la vi luego de cerrar, se dirigió atrás de la casa y el desgraciao la empezó a besar. Ahora sí que no lo iba a perdonar. Así que fui a buscar la recortáa de mi viejo, le cargué con dos cartuchos gordos y lo fui a buscar.

Ahora que toy mirando el cuerpo de mi odiado enemigo, el pecho hecho hueco del cartuchazo, su mano aferrando igual su palo largo; sonrío con la victoria de mi lado y volteo. Ya no habrá chance de llevarse a mi Hilda, ahora va a ser sólo de mi…

- Yo no he muerto… - dice una voz a mi espalda. Me hiela el espinazo, pues estaba segurísimo de haberle apuntado en la mitad del pecho. Hasta vi cómo le mojaba la sangre la tierra y ya no resollaba. Volteo de vuelta y horrorizado diviso cómo se empieza a querer levantar. Ya no tenía cartucho, así que me le lanzo encima, y le empiezo a dar con la cacha. Ahora sí te mueres chucha, le decía bajito tras cinco cachazos que lo volvieron a dejar quieto. Pero no, vuelve a decirme lo mismo y es ya con el cañón de la cartuchera que voy partiéndole la cabeza hasta que queda como caimito aplastao. Ahora bien seguro que no volvería a joder, me alejo del sitio.

Me hice el loco un par de semanas, a pesar que hubo sospechas conmigo, pero mi apá se puso tieso a decirles a los policías que todo el rato anduvo conmigo. El sanador no tenía familia, pero casi todo el pueblo le lloró cuando le pusieron bajo tierra. Una alegría morbosa me dio verla a Hilda tumbada sobre el sepulcro hasta que la llevaron los papás. Tranquila mija, yo te quitaré todo este dolor, me dije para mí. Dicho y hecho, empecé nuevamente a meterle palabra y esta vez sí me dio bola, cosa que en menos de seis meses, ya estábamos arreglando lo del casamiento, a pesar que el viejo andaba medio trompúo por el asunto. Linda como la virgencita, la veía a mi Hilda poniéndose a mi lado y escuchando al cura ponernos el título de marido y mujer. Aunque una frase que dijo el cura me dejó un poco extrañado. Al despedir la misa, nos dijo a todos: Podéis ir en paz, pero recuerden hermanos míos. El no ha muerto.

Al rato me olvidé del asunto mientras instalaba a mi mujer al lao de la casa de mi pai para empezar nuestra feliz vida juntos. Pero fueron pasando los meses y me enteré de un asunto feísimo con mi pai. El viejo le ha sabido deber a un par de chulqueros como no se cuántos miles y hacía rato que no veían la plata de vuelta. Entonces vinieron con un abogao a plantearle mi pai que de no pagarles pronto, toíta la hacienda se apropiaban. Por un tiempo anduvo desesperao buscando el billete y prestando a cualquier compadre que le apoyara, pero naidie puso. Así que lo que hizo fue vender la mitad de sus vaquitas, para medio alivianar el asunto. Y mal hizo pues al ir llevando sus cabezas para entregarlas y recibir el dinero, lo agarraron unos cuatreros y le trancaron un balazo. Yo sólo llegué para ver a mi padre malherío y sangrante. Las vacas el puesto nomás.

Por suerte el dotor Cedeño logró sacarlo a mi pai, pero quedó muy malo y no podía caminar bien y nada de montar caballo. Así que llegaron los chulqueros y pese a todos los ruegos y disculpas nuestras, se alzaron nomás con la hacienda y la pusieron en remate para pagar nuestra deuda. Y cuando se fueron llevando las escrituras y todo eso, creí oir a uno de los chulqueros decir como para sí: El no ha muerto…

Por eso me lo llevé a vivir a mi pai conmigo ya que por suerte yo también criaba mis chanchos y de vender y vender, algo de platita pude obtener para hacerme una casita con unas tierras para seguir sembrando y criando. Hilda estaba esperando a mi primer hijo cosa que este trago amargo pronto se iba a superar. Así fueron pasando meses hasta que nació mi hijo. Grandote y bello como la madre. Y mi pai ahí mas que sea en alguna cosa colaboraba para que no le tengan como carga.

Un día que me fui a revisar los chanchos, dejé a mi ñora al cuidado de mi niño, que ya andaba para dos años. Al llegar me asustó ver que toítos los chanchos boqueaban feo y echaban una espuma como verde por la nariz. Salí corriendo a buscar al veterinario, y nos pusimos a revisar los animales. El dotor no estaba claro qué mismo era que les pasaba a los chanchos, pero a todos les puso una inyección y me dijo que alguna cosa avise de vuelta. Les puse comida y agua fresca y me volví a casa. Al amanecer siguiente, ni un chancho vivo. La trompa cubierta de esa espuma verde. Los veinte chanchos que estaban ya para ser vendidos. Me llevé las manos a la cabeza y grité de rabia. ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Y fue gritar y oír a mi mujer llamarme durísimo. Aún lelo por el dolor de perder mis animalitos, emprendí vuelta a casa. El peor escenario me esperaba. Mi querido niño, jugando en la casa vecina, se puso a dar vueltas cerca de un pozo viejo, se resbaló y cayó. Y no salía para nada. Loco de horror me tiré al pozo lleno de lodo a buscar a mi hijito. Mi mujer lloraba abrazada por sus vecinas. Dos amigos se lanzaron también a buscar a mi niño. Metía y metía mano, hasta que topé un mechón de pelo. Hale duro y el cuerpo blanquito con los ojos muy abiertos de mi amado hijo salió a la luz. No hubo forma. Le sacudimos boca abajo para que bote ese lodo maldito que le llenaba la boca, pero no respondía. Lo llamaba por su nombre y lo abrazaba duro, pero no respondía. Mi niñito, mi hijito, muerto estaba a mis pies. Sólo atinaba a menear la cabeza mientras Hilda gritaba abrazando el cadáver. Justo ahí llega rengueando mi pai. No soportó ver a su único nieto fallecido y antes de llorar o algo, se llevó las manos al pecho y se fue al piso. Me lancé sobre él y le rogaba tú no pai, tú no por favor… Mi pai me agarró los hombros y me miró fijo mientras también se le escapaba la vida. Hijo, hijo, me decía como pidiéndome que no permita que la huesuda también lo lleve.

Su último suspiro fue también un fierro que traspasó el pecho.

Mirándome con los ojos hecho pepa y apretándome durísimo los hombros, me habló con voz rotunda y fuerte: EL NO HA MUERTO. Y deuna viró los ojos, aflojó las manos y quedó quieto.

El velorio y las novenas que siguieron fueron un infierno. Se me fue casi toda la platita en los gastos de cementerio para las dos tumbas. Mal agüero, te han hecho un mal por algún lado, me decían algunos panas. Con Hilda no había cómo hablar, pues quedó como loca por ver a su hijo con la boca llena de lodo y luego siendo velado y enterrado. Pero la idea del daño sí me surcaba la cabeza. ¿Quién, quién habrá sido el hijueputa que me ha mandado el mal de esa manera? El único enemigo serio que tuve fue ese sanador hijueputa que bien mandé a la otra de un cartuchazo. Y me aseguré de que nunca volviera a levantarse, estaba seguro. Naidie podía salir sano de un cartuchazo en el pecho y la cabeza hecha pulpa a golpes. Así que por ese lado imposible. Pero…¿qué quería decir mi pai cuando me dijo que el no había muerto? Será que el finado vino a cobrárselas desde la otra? Ahora que recuerdo, esa frase también la había escuchado en otras bocas. Entonces capaz este pueblo estaba como maldito. Entre antes me largara de este recinto mejor.

Marché entonces con Hilda, quien había quedado como muda luego del trauma del niño y el suegro, hacia una ciudad lejana. Una capital. Ahí vivía un tío segundo que al principio no me quiso recibir. Pero el que llora mama cosa que logré instalarme en el patio, armando una chozita para Hilda y para mí. Los primeros meses iba de cachuelo en cachuelo, sea recogiendo botella, echando machete, y de aprendiz de mecánico. Ganaba lo justo para comer, y de paso darle un cariñito al tío por darme cobijo. Hilda mejoraba muy despacito, pero aún no hablaba una letra. Por lo menos ya sonreía de poquito cuando estábamos juntos, pero nunca una conversa.

Las cosas fueron mejorando gradualmente, cosa que al final, logré mudarme de esa choza y alquilar un departamentito en las afueras. Hilda aún no hablaba, pero su animo estaba mucho mejor ya, aunque a veces la descubría llorando abrazando una foto de nuestro niño muerto. Yo ahí la abrazaba de vuelta para consolarla. Ya con un poco más de platita, fui buscando un local porque deseaba abrir un restaurancito. Si la doña sabia cocinar pues entonces entre los dos nos alzaríamos un puesto igual que los suegros hicieron hace años ya.

Mi mujer seguía muda, pero el negocio despacito se fue haciendo famoso, hasta que gente de fuera de la ciudad quería conocer la sazón de Hilda. Para ese rato, estaba nuevamente embarazada y le tenía puesta toda mi ilusión. Este niño capaz le abría la voz de nuevo y terminaba de curarse. Para esos tiempos llegó un señor que me vino a ofrecer la posibilidad de unirme a el para ampliar bastante el negocio, y terminaríamos moviendo harta platita. Me gustó la idea así que fuimos almacenando todo lo que eran vigas, clavos, sillas y eso tras la cocina del restaurante para empezar a construir. Había tenido que prestar un buen billete para concretar el asunto, pero decía mi socio que en unos dos o tres meses máximo estaba el dinero de vuelta.

En la casa, estaba ya contándole a Hilda el gran éxito que ibamos a tener, hasta podíamos contratar cocineras que la ayuden y ella sólo tendría que ver que la comida estuviera bien hecha. Ella reía y aplaudía entusiasmada, mientras yo le sobaba la barriguita. Este niño crecería bien y fuerte. De pronto tocaron a mi puerta muy duro. Salgo a ver que pasa y me dicen que hay fuego. No salgas Hilda, logro gritarle antes de correr hasta mi local y ver que estaba ardiendo hasta la última viga. Mi puestito. Mi futuro. Todo. Convirtiéndose en cenizas frente a mis ojos. Ni siquiera puedo meterme a salvar algo pues alguien me sujeta con fuerza y me hace presenciar la muerte de mis esperanzas. Luego un empujón me lanza al suelo y veo a mi socio. Furioso. Gritándome entre insultos y puteadas que yo inicié el incendio. Pero que me jodí, porque habló con los del banco echandome la responsabilidad de la plata invertida, la de ambos. Ni siquera puedo responder. El hueco enorme dentro de mí me impide chillar, patear, responder, llorar. Vuelvo a casa arrastrando los pies.
Supongo, en lo lento que iba caminando, que alguien ya le habrá informado de la tragedia a mi Hilda. De seguro recaería en su mal. De seguro, pienso al abrir la puerta y encontrar a mi mujer riendo a carcajadas sentada en un charco de sangre. Intento levantarla, pero pesa demasiado. Empieza a brotar de entre sus piernas una cabeza deforme que va arrastrando un cuerpo malhecho y viscoso, que remueve un poco sus remedos de extremidades antes de quedarse quieto. No puedo más con tanta desgracia. Agarro por los hombros a Hilda y llorando como niño le grito por qué, por qué tanta miseria, por qué vivimos malditos todo el tiempo. De ley no me da respuesta, está muda como una piedra, sólo riéndose destempladamente; pero calla de súbito su carcajada, voltea a ver y me dice con voz muy firme y grave:
EL NO HA MUERTO.


Una ira como el mismo fuego que calcinó mi local me consume las tripas mientras le encajo un puñetazo. Los celos y la rabia me ciegan mientras cruzo su rostro hermoso una y otra vez, pero ella en vez de quejarse, sigue riendo y vuelve a repetir esa maldita frase. ¡Tú lo seguías amando, chucha, a pesar que yo lo maté! ¡Tú nunca dejaste de quererlo, a pesar que yo tenía que ser el hombre para ti! ¡Entonces tú fuiste la que me lanzó ese daño, tú mataste a mi hijo, a mi padre, nos arruinaste, hiciste de mi vida un infierno! Cada frase la acompañaba de un golpe que esperaba le callase esas risas convulsas y sobre todo, esa frase del diablo, que el no había muerto. ¡Si yo lo maté, yo lo vi morir con sus sesos saliendosele por los huecos que le abrí a punta de cartuchera!

Pero nada. Nada lograba salvo embadurnarla de su propia sangre el rostro y saltarle un par de dientes. Con todo eso, seguía riendo. Y en su propio rostro, bañado en rojo y escupiendo dientes y risotadas sin cesar, se fue originando una transformación. ¡El rostro de mi original enemigo! ¡El mismo hijueputa rostro que robó una vez besos y amor de la que es mi esposa! ¡Hijo de puta, una y mil veces!
Salí corriendo a mi cuarto y agarré la vieja cartuchera, la que ultimé hacía años a este hijo de puta, y ahora tendría que volver a usar. ¡Sólo esa arma podría volver a acabar con ese rostro de pesadilla! Me precipité a la sala, y vi que el rostro de mi mujer se peleaba con el del malparío para ocupar el mismo lugar. Caminaba hacia mí extendiendo los brazos como queriendo arrastrarme a los aposentos del diablo. Me lancé sobre ese monstruo y tal como hice hace tiempo, empecé a reventar el rostro a golpe limpio. ¡Borraría de una vez y para siempre esa sonrisa burlona, esa voz de carcajadas entre agudas y graves, la belleza de ese rostro amado y que al final nunca pude poseer por completo! ¡Ni siquiera me importaba que luego me cayese la policía, o que la criatura parida por mi mujer, ese horrendo aborto, se incorporara y se uniera a la canción diabólica agarrándome del cuello! ¡Seguiría golpeando y golpeando, una y mil veces, hasta que toda la carne se haya convertido en tierra!!

¿Tierra?

No está Hilda transformada, no hay sangre, no hay aborto danzante, no hay paredes ni casa. Estoy sentado sobre un camino de tierra, con la cartuchera hundida como cavando un pozo. El panorama me parece familiar, yo he estado aquí antes. Reconozco con horror este lugar. La casa del sanador. Mi recinto. Los olores del restaurante de los suegros a lo lejos. Y el corolario final: esa chucha voz, esa que pensé nunca más volvería a oírla, ahora desgarrando mis tímpanos, revolviendo mi cerebro y hundiéndome en la peor de las locuras.

- La vida del hombre, es sólo una ilusión. Ocurre en un suspiro…

Mi último intento de dar pelea, de impedir que ese diablo desgraciao me quite a mi Hilda nuevamente, se reduce a voltear mi cuerpo mientras de mi garganta surge un enorme alarido que encerraba todo el dolor y la ira que pasé por esos años. ¡No tenía un cartucho pero volvería a hacerle mierda la cabeza! Pasa un relámpago metálico y voy viendo todo girando, girando, mi cuerpo aún arrodillado en el suelo, con un surtidor rojo en donde debía estar mi cabeza. Y antes que se oscurezca todo y me hunda en la nada, veo a mi odiado enemigo meter un raro machete fino y largo dentro del palo que siempre lo acompañaba, susurrando estas palabras:
- Y la tuya, no es la excepción.


Sunday, March 28, 2010

13 hertzios por kilo de peso.




Sangre.
Formada de plasma y elementos formes, como los hematíes, que le dan su color rojo.
Hematíes.
Células anucleadas discoides repletas de hemoglobina, la responsable del intercambio gaseoso pulmonar-sanguíneo, mejor conocida como homeostasis.

Aún recuerdo tales enseñanzas en mis clases en la universidad. Palabras y frases que constituían conocimientos entrando tanto por mis oídos como por mis ojos, en las innumerables noches en vela masticando mentalmente cada página que enarbolaba ante mí sus datos.

Si ésa fue la causa que la miopía se manifestara unos meses antes de aplicar para la especialidad de neurocirujana, no lo resiento ni lo deploro. Mis lentes aumentaron mi débil popularidad en el sexo opuesto lo suficiente para darme el lujo de rechazar un par de ofertas. Y además me ofrecían el rescate de los pequeños detalles que tantos omitimos por prestar la atención a asuntos más trascendentales pero desprovistos de hermosura.
Una pasión que mantuve acorde a la neurocirugía era asimismo la botánica. Maravillada por esos diminutos milagros de florecimiento, prosperidad, colores y aromas, una maceta con orquídeas era suficiente para tenerme en beneplácito en esas largas horas de estudio.
Nastias. Trofismos. Fotosíntesis.
Quisiera tener más tiempo para poder profundizar en tales misterios, así como cada día por medio separo con mano firme ese flan rosado y tembloroso encargado de guardar todos y cada uno de nuestros datos. Incluso con los lentes de aumento colocados sobre mis gafas, cada movimiento debe ser hecho con una precisión de relojero, sea manejando el cauterio bipolar, sea con los separadores, sea con el succionador. Un mal movimiento y se perderán algo más que las tablas de multiplicar o el recuerdo de la graduación.
Y aun dentro de lo macroscópico, si cabe ese término al trabajar en una superficie de menos de un centímetro cuadrado, me fascina saber que manipulo una red infinitamente frágil de conexiones, de moléculas pasando de membrana a membrana en la sinapsis, de oleada de microcargas eléctricas volando entre los axones, dendritas, células gliales y demás, para convertirse en órdenes y respuestas.
Fue cuando, en medio de una tarde de meditación mientras contemplaba el blanco nacarado de una orquídea y aspiraba su tenue perfume, me vino una revelación.

Ya sabía de la nulidad de nervios de los vegetales. Que tales movimientos eran parte de una respuesta conjunta de todo el organismo, como el movimiento solar de un heliotropo, o el movimiento certero de la atrapamoscas sobre su presa. Movimientos fácilmente explicados y encasillados a meras respuestas biológicas. Pero ¿si hubiera algo más allá? Como la melodía en la mente de un compositor, se necesitaría un instrumento para poderlo plasmar y hacerlo tangible ante el mundo real...
Tales razonamientos se los fui comunicando a mi colega y superior en residencia, el encargado de que mis errores fueran los mínimos. Un hombre asimismo entusiasmado por el arte y las cosas bellas, lo cual había logrado ganarse más que mi respeto y admiración. Las teorías lo sonreían, lo dejaban pensando, mas de ahí no lograba pasar.
Fue por tanto que furtivamente sustraje un microscopio, varias cajitas de petri y solución salina y glucosada, y en mi casa empecé a experimentar por mi cuenta. Obviamente los primeros intentos fueron fracasos rotundos. Incluso yo misma, en ciertos momentos de malestar y con los pies momentáneamente puestos sobre la tierra, me recriminaba mi proceder, me reñía el afán embriagador de lograr encontrar un balance, una conexión, un enlace que consiguiera manifestar la vegetal belleza con toda su fuerza.
Sin embargo, no desistí.
En vista del fracaso con microfilamentos, pantallas, elementos de resonancia y demás aparatos de fabricación humana, un buen rato estuve razonando y uniendo cabos. Y no fue hasta que observé la alimentación de un herbívoro cuando una flecha luminosa me traspasó la cabeza. Hasta ahora todo había sido un ciclo. B come a A, B es comido por C, C muere y es alimento de A. Circulos, asimilación, respiración, nutrición. Hasta ahora todo había funcionado así. ¿Y si de pronto yo...?
Así fueron pasando semanas y meses en los cuales fui descuidando mi residencia y obteniendo sermones y esquelas de mis superiores, sobre todo de mi inmediato, quien ya había cambiado su actitud hacia mi persona. Su ultimátum de otro error y podía dar por terminado mi postgrado sacudió un poco mis quimeras y me obligó a concentrarme por lo que en un principio apuntaba. Era cierto. El poco éxito logrado en mi afán casi obsesivo no justificaba la pérdida de mi carrera y el terrible deshonor hacia mis padres, quienes pusieron toda su ilusion en que su primogénita se graduara de neurocirujana.
Resuelta a limpiar mi imagen, archivé tales sueños locos en lo más profundo de mi propia mente y retomé el rumbo.
No sólo lo recuperé, sino que los ojos de mi superior se habían vuelto a posar con interés en mí, dándome ocasionales escalofríos extasiados. Una relación entre residentes no era tan fuera de lo común, así que mientras la fecha del final de mi residencia y posterior obtención de título se acercaba; crecian los detalles de él hacia mi parte. Perfumes, salidas, cine y ocasionales bouquets de flores se sucedían con el pasar de los días.
Pero cada vez que observaba las rosas, los crisantemos y las violetas pasar de sus brazos a los míos envueltos en frases y palabras amorosas, una aguja amarga se me hundía en la cabeza. Desistí estando tan cerca de la respuesta. Era como si cada flor estuviera amordazada impidiendo elevar sus cánticos y sumergidas en brea para cortar sus colores y aromas. Las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, fruto de la tristeza por la impotencia mia, él lo interpretaba como mi conmovido agradecimiento. Volvía a mi departamento y colocaba cada ramo en la puerta de lo que había sido mi laboratorio clandestino, tal cual se ofrecían flores en los sepulcros. Lloraba por horas.
Y finalmente, se dio.
Mis padres hinchados de orgullo, mi cabeza orgullosa con el tocado de graduada y los diplomas tanto de postgrado como de mejor tesis (nada del otro mundo, si me lo preguntan, sólo un ensayo sobre el efecto de la música sobre la amígdala frontal) marcaron el día más trascendental de mi vida, claro, de acuerdo a lo que se esperaba. Mi prometido aplaudía ardoroso relamiéndose de antemano la cercanía de nuestros cuerpos, luego de la gran borrachera posterior a la ceremonia.
Y así se iba dando la cosa, cuando sujetaba mi tercer martini entre risas y comentarios miles; él extrae una bellísima orquídea alba y entre sus pétalos refulgió un diminuto diamante engarzado en un anillo, lo que provocó vítores estruendosos.
"Quiero que nuestros corazones y mentes estén unidos por siempre", me susurró mirándome a los ojos, y una nueva flecha luminosa me atravesó.
Eso era. ¡Eso era! ¡¡ESO ERA!! Rugí extasiada mientras caía de mis manos el anillo de oro y yo echaba a correr hacia mi carro y aceleraba rumbo a mi casa. Cerré la puerta tras ver la mirada extrañada y furiosa de mi amado que me exigía explicaciones a los gritos. Te mostraré, mi amor, te mostraré. Sólo ven , cruza la puerta, recuéstate, relájate y así calmadito sé testigo de la confirmación de todas mis teorías, de que lo que antes se pensaba imposible, se puede lograr.
No importa si me estuviste acompañando días o semanas, ¡he aquí los resultados de mi investigación! Y tú, tú mejor que nadie eras el indicado para ser el primero en palpar tal avance! ¡Lo conseguí, lo logré! La sinapsis perfecta entre lo vegetal y lo animal! ¡Por fin la flor podrá cantar su belleza a los cuatro vientos, enraizada tan perfectamente en tu cerebro prolijamente expuesto por mi técnica, y la fusión de tus células y la de esta orquídea trazarán una nueva línea entre lo hermoso y lo científico! ¡Me deleito de ver tu azulino ojo derecho despuntar estirando su tallo óptico y convertir el globo blanquecino en una corola única, sensible y mutante a su voluntad...!

Monday, January 18, 2010

Terpsicore



Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, en una muy lejana comarca, un rey muy feliz, que observaba todos los días con singular beneplácito a sus leales y abnegados súbditos, ser devorados glotonamente por las voraces sombras que el feliz rey invocaba desde las negruras de su alma para mantener su menguante llama vital pulsante, y con cada noche que pasaba, él…

Arranco el papel de la máquina de escribir y el arrugado pergamino rebota contra la pared y aumenta el montoncito blanco que está en la esquina de mi cuarto. Voy rotando monótono por mi cuarto, en la parafernalia del que busca la musa, la idea feliz que ilumine el foco craneal pero no cuaja nada, mi cerebro está yermo de palabras y escenarios y lo que es peor, de tramas coherentes. Ni incoherentes para aunque sea justificar la locura plasmada en golpeteos de níquel contra una cinta embebida de tinta negra y roja sobre celulosa aplanada. Nada. Mientras prosigo el trote infructuoso, mueleo un poco el jugoso tentempié rojizo y tembloroso que reposaba ya hacia algunos minutos en mis labios. Dos minutos de fuego intenso por lado y quedaba tal cual deseaba. El crocante y doradito que encierra un núcleo sangrante y delicado, de intenso sabor realzado por la salvia, el tomillo, la pimienta recién molida y la sal marina que un dólar y medio me había costado en la delicatesen. Algo repta en mis entrañas, sube por mi encéfalo y me obliga a sentarme frente al teclado. Hablan mis dedos a tecleos cacófonos mientras insuflo tinta al papel.

¿Qué iba a hacer con él?
La chica, en la soledad de su estrecha alcoba, ahogaba los chillidos en una pepa de mango, humedecida por su saliva. Había decidido no pedir ayuda a nadie, y ya había perdido la cuenta de las veces que había perdido la cuenta de arrepentirse de tal decisión. Las manos que estrujaban el respaldar de la cama hubiera deseado que sobasen su sufrida humanidad, ese latir de dolor lacerante que pugnaba por deshacerse de la causa. La muchacha buscaba abrigo en la mínima tibieza de sus lágrimas y el vaho sui géneris mezclado con el hedor de sus heces. Rogaba que el mechón pase a oval arrugado, que el oval se esanche y muestre pecho y bracitos, y finalmente, en una última contracción, salgan piernitas y le siga la torta húmeda y rojiza de la placenta. Temblando por el cansancio y el dolor latente, la chica cogió una blusa medio rota, envolvió al neonato, chupó, escupió y surgió un llanto agudo y estremecido. Los dientes terminaron de separar a cría de madre.
¿Entonces qué haces este sábado, bonita? Le había susurrado su novio al oído mientras salía del colegio. Nada mijo, mis viejos se van a visitarle a mi abuelita, de pronto se hace algo, respondió coqueta y curiosa. Vagamente recordaba los chillidos y requiebros de Shakira entre la neblina espesa de Zhumir durazno que le manoseaba los senos y le apartaba la falda a tirones. Con doble chuchaqui despertó. Su cabeza y su sexo expresaban quejas en diversos idiomas y los gritos exasperados de sus padres no ayudaban mucho a calmar los síntomas.
Cómo le había costado levantarse, asear lo mejor posible su covacha y salir a buscar algo de comer. Los días libres del trabajo permitidos se habían agotado ya, así que ni molestarse en volver a la hamburguesería. La tirantez de sus senos le hicieron dudar entre quién debía ser alimentado primero e instintivamente eligió al más débil. Fastidioso parásito que succionaba a cada rato la vida de ella. ¿Por qué no podía simplemente enchufarlo al tomacorriente para que se le cargue la batería?
Dos reglas ausentes, la confesión a su mejor amiga eficazmente esparcida en la red de chismes y la expulsión del colegio fue un hecho. Qué le ardió más, la lluvia de bofetadas de su madre o la expresión de qué chucha me importa de su novio, aderezado con un ni ha de ser mío el guagua, ahí te jodes; no sabía bien.
Notaba cómo se desvanecía el peso ganado en el embarazo junto al poco dinero ganado, mientras el guagua pasaba todo el maldito rato llorando, chillando y gimiendo. Nunca se callaba, nunca. Ni cuando lo sacudía y le palmeaba la espalda buscando que se calme. Qué tanto llora ese bebe, escuchaba de cuando en cuando. Y ahora, el cuerpecito empezaba a calentarse más de la cuenta. Los orificios nasales se llenaban de espeso moco verde.
Los hijos son una bendición de Dios, decía el cura en su sermón dominical, y esos llamados preservativos son una aberración del hombre que ofendía al Señor. Tales palabras, leídas en su catecismo cuando fue a misa, dos semanas antes que la echaran de casa (en esta casa se respetan las buenas costumbres y la moral, carishina de mierda, buscarás ahora en el arroyo quién te mantenga a ti y a tu bastardo) ofrecieron cualquier cosa menos consuelo. Rasgó letras y rostros dulces de Cristo cuando se vio sola, con su gran barriga y su maleta, en medio de una ciudad tan llena de gente, y tan sola al mismo tiempo.
Ya tres días eran sin probar alimento, y sin una gota de leche que ofrecerle; el guagua iba por fin apagando su llanto incesante. Pero ella igual lo notaba estridente, incluso empezaba a oír roncas palabras brotar de la garganta del lactante y en sus convulsiones febriles, ella veía clarito, por entre sus brazos entrecruzados y sentada al otro extremo cómo los ojos negros se le clavaban. PUTA, OFRECIDA, CALLEJERA, MALDITA. Rugió un basta y de un codazo rompió el vidrio de su única ventana. PUTA, OFRECIDA, CALLEJERA, MALDITA. Con odio infinito observó al lloriqueante bulto que se movía en medio de su catre y aferró un trozo puntiagudo sin importar sus propios cortes…

No, no, no. ¡Demasiado fuerte, muy crudo para lo que en verdad quería plasmar! Otra colaboración al montoncito blanco arrugado y vuelvo a mis divagaciones. Mi hambre vuelve a ordenar a mi estómago que ronque, cosa que desenvuelvo otro pedazo del refrigerador y lo voy abriendo prolijo hasta que queda una lámina fina. Le unto una amalgama de champiñones, mantequilla, orégano, migas de pan, balsámico, mostaza de Dijon y ajo picadito. Enrollo y ato con hilo de bramante. Lo sello en la sartén a fuego alto y tras eso traslado el fiambre al horno precalentado. Mientras se cumplen los cuarenta minutos de espera, me echo sobre mi cama y me pregunto por qué me gusta tanto escribir. ¿Cuándo me nació la pasión, cuándo agarré ese gusto por las palabras? No hay respuesta. Sólo sé que me gusta porque me gusta y punto. Omito detalles, razones, explicaciones y pompas. Todo es cuestión de gusto y placer en lo que se hace. En cada cosa que adorna mi vida, en cada detalle que me cosquillea de placer cuando lo cometo. En fin, ya debe estar. Un suculento vaho me saluda al abrir el horno. Corto los hilos, divido la presa en medallones y los dispongo sobre una cama de rúcula fresca y achicoria. Descorcho un sirrah argentino y me entrego a este amor mientras anhelo florezca algo nuevo.

Está súper que out la ropa de la Camila, qué chola se la veee…
Natalia comentaba burlona a su mejor amiga la Stephanie provocando un estallido de risotadas. La aludida sólo atinó a mirarlas, cinco metros detrás de ellas, tratando de especular sobre el motivo de esas risas. Finalmente, se alejó notando como pedradas cada jajajaja de las muchachas. Natalia y Stephanie habían sido ñañas desde la escuela, siempre acolitándose en travesuras, escapadas y vaciles cuando les llegó el momento de que gustaron de los chicos. Las discotecas de moda en Urdesa, la Kennedy y la Alborada eran sus guaridas predilectas, siempre buscando echar unos tragos al son de los más nice del momento, mientras ojeaban a todos los chicos disponibles presentes. Eran las reinas de esos lugares, libres para escoger con quién estar y a qué hora. Claro que a veces se pegaban sus buenos chascos como cuando a Stephie se le acercó ese cholazo feote que la quiso vacilar casi a la fuerza, o cuando un par de ángeles pinterísimos que habían estado casi dos horas calculando a qué hora caerles y entrarles, terminaron destrampándose ellos dos. La-fa-lla.
Sucedió que a mediados de primero de diversificado, la gente del curso buscaba costearse un paseo a Salinas para las fiestas del nueve de octubre, así que propusieron la idea de subastar una cita entre las dos más populares del aula, quizá del colegio entero. Naty y Stephie encantadas de la vida. Su popularidad se dispararía por encima de las nubes y de la plata recaudada tendrían para pagarse hasta el chocolate. Abrieron un foro en Facebook para ir registrando los avances. Dos semanas era el plazo para recoger las ofertas y tras eso se anunciaría las citas. Exitazo. Los primeros días, las dos bromeaban entre sí sobre los resultados. Capaz el horroroso de Reinoso te gana la cita, el viejo es ejecutivo de Ecuavisa, decía Naty; Ni gaver loca, y capaz que se la terminas mamando al cholazo de Centeno, el sólo pide y los viejos le mandan desde Portoviejo; contestaba Stephie.
Secretamente Natalia anhelaba que alguien sea su cita. El bombón de Maximiliano, que encima el viejo era ejecutivo duro de nosequé compañía en Alemania. Lo quería para ella sola, tenerlo en exclusiva, juguetear con su rubio cabello y dejar que esa carita divina retozara en cualquier parte de su cuerpo. Faltando ya dos días para terminar las ofertas de la cita, Naty vio bajando las escaleras a su adorado Max que se reía a carcajadas con un grupo de amigos. Por sobre el pasamanos vio que Max mostraba la pantalla de su I-phone a sus amigos. Curiosa estiró la cabeza para ver mejor y lamentó tener tan buena vista y la resolución del celular. El rostro de Stephie se mostraba con una mirada seductora mientras de su boca sobresalían dos tercios de pene erecto y la mano izquierda de su amiga acariciaba los testículos. Más carcajadas estruendosas. Max pasó un dedo por la pantalla y ahora Stephanie sonreía con los ojos cerrados encerrando entre sus senos el miebro y una mano sujetaba el hombro de la muchacha. Risotadas. Dedo, una boca masculina pegada a una vulva límpida y bien afeitada. Juajuajua. Dedo, cuatro nalgas acopladas en un vaivén violento. Dedo, un torso empalado encima de otro. Dedo, Max y Stephie desnudos, sonriendo y haciendo el signo de la paz. Un crujido metálico, callan las risas y el grupo de ojos asciende y divisa la lividez del rostro de Naty. Maximiliano sonríe , muestra sin vergüenza la pornografía de su amiga y suena el timbre para acudir a clases.
Naty pulsa y pulsa en su celular. El tono de respuesta no se hace esperar. Pulsa y pulsa nuevamente para recibir al rato la misma melodía. Están las dos en su cuarto y Naty pregunta inocente. Stephie, recostada boca abajo mientras navega en las ofertas del Facebook en su blackberry, responde. Y añade. Que lo más cague de risa es que Max le había contado que sabía que una mancita andaba loca por él, pero ni bola pensaba darle a esa zorra de cuarta. ¿En serio? Musita Naty con sus dedos tocando la base de marfil del trofeo a mejor ballerina recibido en séptimo de básica. No me dijo el nombre, loca, pero me leyó la carta de amor que esa cojuda le había escrito. ¡Qué cague de risa, Naty! Si hubieras visto la tracalada de cursilerías que había puesto, nunca vi una carta más CHO-LA… Stephie prorrumpe en una aguda risotada. Natalia se abalanza silente con el trofeo en alto.

Pésimo. Light y obtuso. Tan superficial y banal. No me importa la montañita blanca en continuo crecimiento, que de un momento a otro erupcionará letras en chorro stromboliano. Puedo pagarme más papel. El necesario hasta completar mi historia. Un momento de descarga fecal en los baños de cierto mall me aclaran las ideas un poco. Mi texto deberá tener piel burda pero no rasposa. Un espesor que no atosigue. Que las ideas se disparen en perfecto desorden y cada párrafo sea un vector contrario al siguiente, pero que deje una tenue insinuación de enlace. Que el que se atreva a leerme sienta la textura de mi trama, suave a ratos y crocante en otros, no una papilla sosa que se absorba como alimento de bebé. Quiero que mi lector se pause, tropiece y se retuerza en las enredaderas de mis frases. No como las porquerías que leo en las paredes del WC… oLa cHiCos mE GusTA la bERga bIeN dURa Y RIca yAmENme 0945634XX – MUERTE AL JUEPUTA DE CORREA – a Ramiro el de KFC le gusta que le den por detrás – HERMANO RECIBE A CRISTO EN TU CHUCHATUMADRE ANDATE A LA VERGA.
Qué hambre, carajo! Bueno, este pedazo con algo de grasa está perfecto para pasarlo por mi muelecarnes. La carne que ves tu mismo moler es la mejor. Sabes de dónde viene. Le casco dos huevos, pico cebollín y agrego, rallo queso cheddar y añado, y aumento con un poco de polenta en polvo. Amaso hasta formar una gran albóndiga que acomodo en un molde rectangular, dispongo tocino entreverado, rallo más queso por encima y echo al horno. Veremos.

Ole! Ole! Hostia, solicitad que el torero corte rabo y orejas, joder!
Bajo un sol abrasador doña Josefina del la Santísima Trinidad vitoreaba al español en lentejuelas el momento en que su recto florete atravesaba a través de la paletilla el corazón, la aorta y la tráquea de un aguerrido toro de lidia, la mejor selección de la hacienda Santa Elena para el deleite de la distinguida audiencia de la Feria Jesús del Gran Poder. Los últimos resuellos del toro fueron sustituidos por un chorro de sangre que lo fue matando lentamente por asfixia hasta que, estremecido en su agonía, dobló sus patas y cayó pesadamente de costado. ¡Pues qué faena, hombre! La multitud aclamó al gallardo torero y una lluvia de rosas bajó hacia el matador. Este hizo una ceremoniosa genuflexión. Mientras el toro aún lanzaba débiles movimientos, desenfundó su daga, cercenó las dos orejas y el rabo y los mostró victorioso ante los aplausos de todos.
El toro agonizante y mutilado fue arrastrado a las afueras de la plazoleta mientras doña Carmela, bajo su sombrero panamá, sentía ardor en sus palmas tras aplaudir fuertemente. La fiesta brava era un placer único en el año que sólo ella y otros miembros de la más selecta sociedad quiteña podían darse el lujo de saborear. Era un símbolo de su status. Tras intercambiar charlas con algunas compañeras de graderío, reforzando intencionadamente las zetas mientras algunas manos temblorosas exprimían botas cargadas de vino sin importar si el noble líquido salpicase mejillas y vestidos; decidió la dama retirarse a su mansión en Cumbayá. El calor y las emociones habían cobrado su factura y debía descansar. Su chofer ya la esperaba en las afueras de la plaza de toros. Tras sortear el pesado tráfico, enfiló por la Granados rumbo al valle.
Mientras el chofer dedicaba la tarde a abrillantar su Hyundai Santa Fe, su mucama la ayudó a despojarse de su ropa, su sombrero y a deshacer el apretado peinado sujeto con peineta metálica al más puro estilo español. Qué buena faena, Carmita, hubieras visto cómo cayó ese toro y la buena lid que brindó. Las dos anteriores, un poco flojas, si hasta un toro infame le agarra al pobre torero, el Javi creo que era y le manda a volar dos metros. Jesús, María, pobre hombre, breve le llevaron al hospital, hijita. Dios en su gloria infinita le ha de velar, un hombre bueno como él no ha de morir así como así… La mucama asentía sin responder. Era mejor escuchar todo lo que dijera la señora, porque ya a sus sesenta y tres sobre todo anhelaba ser atendida. Uf, pero me estremecía de emoción de verle al Manolito terminar con dos orejas y el rabo, qué elegancia, qué distinción, hijita, qué…
- MENTIRA….
¿Per..perdón? ¿Dijiste algo, Carmita? Preguntó extrañada la anciana. La criada frunció el ceño y negó. No, no podía haber sido la voz de la Carmita, sonaba seca y ronca. De mujer pero seca y ronca. Era extraño. Aparte de la Carmita y el Efraín, el chofer, nadie habitaba esta gran mansión que había adquirido su difunto marido hacía ya treinta años. Una hermosa fortaleza de piedra, madera y mármol. Surcado en sus techos por recios troncos y tragaluces de cristal opaco para darle suntuosa luminosidad. Y el jardín, en el que varias especies exóticas de orquídeas fueron cultivadas para dotar de una inusitada belleza, pero que con el pasar del tiempo, fueron marchitándose los setos y la vulgar hiedra y la maleza volvieron el parque en un escabroso espinar. Más que sea verdeaba y daba color a la soledad, pensaba a veces. La nostalgia llamó a los recuerdos de sus dos hijos. Grandes empresarios ellos, uno residente en la Argentina, el otro en Manhattan, USA. Las cartas y posteriores e-mails gradualmente se fueron espaciando hasta terminar en breves palabras de saludo para cumpleaños y navidad. Las promesas de visita con nueras y nietos se postergaban continuamente. Lo que siempre llegaba puntual, eran sus viáticos y depósitos que mes a mes depositaban sus hijos. Bastante para adquirir lujos, joyas, auto, servidumbre. Mas no alegría.
Luego de darse un largo baño, envuelta en su bata se dirigió a la habitación principal. Varios espejos enormes revestían las paredes. Es para que tu belleza adorne continuamente estas paredes, mi Finita, había dicho su marido hace treinta años cuando decoraban los aposentos. Agradecía de corazón a su Fabián por haberle dejado tanto lujo, por haberla convertido en una dama de alcurnia, abolengo y que pudiera regodearse entre
- MIENTES…
La voz enronquecida la hizo ahogar un grito mientras se volvía en busca del origen. ¿Quién anda ahí? Preguntó sabiendo ya que los sirvientes estarían ya durmiendo en el anexo destinado a la servidumbre, al otro lado del jardín. Pero ella con sonar el timbre los tendría a su lado en menos de
- ELLOS NO VENDRÁN
Nuevamente la voz tras ella. Se volvió violentamente, aterrorizada y sólo vio su imagen en uno de los espejos. Había en efecto numerosos rostros, idénticos al suyo, arrugados, envejecidos, marchitos. Pero nadie más. Contemplaba su imagen asustada en busca de una explicación lógica cuando la expresión de su reflejo cambió a un cruel sarcasmo y abrió la boca, teniéndola ella bien cerrada.
- ESTÁS SOLA. COMPLETAMENTE SOLA.
¡Déjame en paz! Por Dios, déjame en paz! Graznaba la anciana llevándose las manos a la cabeza. ¿Qué era todo esto? ¿Por qué su reflejo le hacía semejantes atrocidades? ¿Era su reflejo o el Demonio quien buscaba confundirla en su fe absoluta y perfecta? Hizo el signo de la cruz ante su reflejo esperando que la gracia divina borrase esa abominación para siempre. Pero con cada cruz trazada la imagen se hacía más y más hórrida. El cano cabello revoloteaba como movido por un torbellino, los ojos se tornaban blancos completamente y la boca se abría más y mas mostrando un interior negro como un portal al averno. Doña Josefina, horrorizada, sollozaba y llamaba a gritos a Efraín, a Carmita, a quien sea que viniera en su ayuda. Pero el reflejo endemoniado no paraba su letanía sin cesar de reírse.
- ¿DÓNDE ESTÁ TU CLASE? ¿DÓNDE, TU ABOLENGO? ¿DÓNDE, TU GLAMOUR?.
La mujer tomó una lámpara de pedestal y con un grito de furia lanzó el armatoste a su imagen, quien se fragmentó y desintegró. Sonrió al haberse deshecho por fin de semejante mostruosidad, ahora tenía que llamar a..
- NO PUEDES ACABAR CONMIGO, JOSEFINA, NO PUEDES ACABAR CONMIGO.
Giró helada de espanto y lanzó un alarido al ver que su deforme reflejo estaba en otro espejo. Volvió a coger la lámpara y volvió a hacer añicos el cristal. Pero con cada golpe volvía la voz cascada más violenta que antes, hasta que al final quedó sólo un espejo. El de su vestidor. A punto del colapso vio el brillante fondo oscurecerse y ser ocupado en su mayoría por el horrible rostro encrespado de boca negruzca.
- NO ME PUEDES EXTERMINAR, JOSEFINA. YO SOY TÚ Y TÚ ERES YO. NO PUEDES ACABARME…
Entonces la anciana se le iluminaron los ojos y le dijo con voz de triunfo a la aparición que sí podría eliminarla. Claro que podría. ¡Sólo tenía que acabar con el origen del reflejo y el monstruo se iría para siempre! La visión gritó destemplada al ver cómo Josefina tomaba uno de los fragmentos más agudos de uno de los espejos y con una risa más horrenda que el propio espectro, procedió a perforarse la carótida.

Está mejorando, pero no me termina de convencer. Muy melancólico quizá? El choque de depresión y horror me sonaba poco elegante? ¿Caigo acaso, en truculencia innecesaria?
Veo las hojas de los eucaliptos, con su olorosa escarcha cubriéndole las hojas. Siempre y nunca, desmenuzando el presente, llorando por un pasado y temblando aterrorizado por un futuro. Es la vida de los que me rodean, en su gran mayoría. Como medusas vertebradas, por el mismo agujero degluten y excretan ilusiones. Se alegran de las promesas de vida eterna y dejan de lado las eternidades que esta vida les ofrece. Enceguecidos por santidad, el brillante reflejo de las ofertas celestiales disfraza podredumbre y decadencia que bulle viscoso bajo las máscaras sonrientes. El ruido de las panderetas acalla el alarido de dolor provocado por el falo hecho de billetes que es embutido en los frágiles anos del prójimo en desgracia.
En fin, todo se reduce a instintos y deseos, quiéranlo disfrazar como quieran. Así que selecciono el corte adecuado, lo separo del resto y procedo a picarlo en cubos pequeños. Lo guiso en una sartén gruesa con tomates troceados, previamente escaldados en agua hirviendo, cebolla y pimiento picado, sazonado con laurel, ajo y pimienta roja. Vacío luego el espeso estofado en una costra de tarta y cubro con más costra. Practico un agujero para que el vapor escape y lo encierro en el horno. Que se dore una hora menos cuarto. Hasta entonces, me calo los audífonos de mi i-pod y buceo entre las notas.

¿Qué chucha me ve este hijueputa?
Voy pensando con rabia cada vez que veo ese rostro sonriente mirándome sin apartar la vista ni por un segundo, cada vez que tengo que tomar el trole para acudir a mi trabajo, en la unidad C-2 que sale puntualmente 6:15 de la mañana. Siempre está ahí, sin cambiar su maldita expresión burlona. Y es a mí a quien mira. ¿Busca puñete acaso? Me tiene podrido este maldecido.
¿Por qué qué tengo yo para que pueda burlarse el tipejo? Mis treinta y cinco encima me han ido podando de cabello la corona de mi cabeza, dejándome un halo como tonsura de monje. Ya podía oír la frase “calvito, calvito” de mis amigos o lo que era peor, de la secretaria que tanta hambre le tenía, y ahora que para ella no soy más que un motivo para reírse en vez de ver un macho dispuesto a satisfacerla en todas sus exigencias. Mierda. ¿Será que el mísero ése logró verme por encima, de pronto viéndome pasar por debajo del puente peatonal y desde ahí ha decidido perpetuar su mueca para torturarme?
¿O de pronto es mi bajo sueldo? Es posible, puesto que catorce años de romperme el lomo trabajando de mensajero en una empresa de negreros no han proporcionado mayores lujos a mi familia. Es como estar viendo el rostro avinagrado de mi mujer cuando extiende la mano para recibir cuatro o cinco lánguidos billetes producto de mis siete a siete. Comer y pagar gastos básicos, y pare de contar. Ni qué pensar en televisores de alta definición, ni el playesteyshon tres que me pide mi hijo mayor, peor pagar algún viaje a Cartagena o a Punta Cana que mi mujer me restriega en la cara cada vez que aparecen esas ofertas de 499 dólar por persona. ¿Cómo habrá averiguado este malparido? ¿Quién le habrá chismeado de la miseria que gano semanalmente? Quisiera tener al chismoso enfrente mío y romperle la jeta a patazos, para que sepa amarrarse la lengua.
A la final se ha enterado que mi otra hija, la de trece años, la ha preñado el desgraciado del novio. De pronto es eso, se está cebando en mi deshonra y mi vergüenza, al saber que tan joven voy a ser abuelo, que no he sabido criarle bien a mi muchacha, que he permitido que venga un reguetonero zarrapatroso a palabrearle a mi niña y con el cuento de la prueba de amor, le hace el niño y luego se larga sin más ni más. ¡Mi ira infinita, de saber que ese pedazo de mierda está riéndose también de la desgracia de mi hija! ¡Mi impotencia, de que cuando le fui a reclamar y a exigirle que asuma responsabilidades, sacó a su pandilla de fascinerosos y entre todos fui blanco de puntapiés y escupitajos! ¡Es de eso! ¡Es de eso que viene tu asquerosa sonrisita, pedazo de cojudo!
¿O es de casualidad que simplemente se ríe de mí, porque yo vengo de abajo, que tuve que venir dejando familia y amigos para poder sobrevivir en esta ciudad inmunda y gélida, que me han señalado a espaldas mías y diciéndome que soy un simio por venir de donde soy? ¿Que ellos en su arribismo y su soberbia, se toman el derecho de insultarme así incluso a la cara pero que luego tapan su insulto haciéndose que me “lo dicen cordialito, de cariñito nomás” para luego doblarse de risa a costa de mis barbas? ¿Quién? ¿Quién les otorgó el derecho a creerse superiores al resto de la gente? ¿Quién les dio carta blanca para juzgar de acuerdo a su propia doble moralidad? ¿Quién les autorizó a esgrimir argumentos estúpidos y arcaicos sobre si nosotros somos brutos pero ellos son elegantes?
Sí, creo que es eso. El muy miserable se ríe de esa cuestión. Y se seguirá riendo mientras le dé piola. Porque me tengo que hacer respetar. Me VOY a hacer respetar. Disfruta no más de tu sonrisa, chatumadre, que mañana te la borro. Y llega ese mañana. Ahora soy yo el que voy sonriendo. Mi gran sonrisa choca con la ancha sonrisa de mi enemigo. Ni siquiera parpadea mientras me voy acercando a él pero sí noto que acentúa más su sonrisa. La ira me invade el rostro mientras logro farfullar mucho te hago reír chucha tu madre? A ver si ahora te sigues riendo! Y pelo un fierro guardado en mi manga y mando directo a donde caiga.
¡Pescuezo, hombros, cara, no me importa, y el hijueputa sigue riendo! ¡Pero yo sigo! ¡Pecho, espalda, hombros, brazos y por fin se borra su mierda de sonrisa! ¡No me importan los gritos, los alaridos, no me importa saber qué significa autista, me estoy haciendo respetar! ¡Panza, piernas, pecho! ¡Quítenme los brazos de encima, chapas de mierda!¡Déjenme disfrutar de mi alegría, de verle sangrar al desgraciado por cada herida que le provoqué! ¡No, no me cieguen con gas picante, quiero verlo morir, quiero verlo morir…!

Hmmm…
Esta por fin me está agradando. Pienso en detalles posteriores mientras el último trozo de tasajo impregnado de tabasco desaparece por mis carrillos. Reflexiono sobre si puedo pulirlo un poco más, si puedo agrandar conceptos, si el hilo de la trama puede ser más o menos tortuoso cuando un tufo a podrido me fastidia las narices. Me dirijo a mi alacena, abro las puertas y suelto una maldición. Aún me quedan dos piernas y un brazo, y ya se está echando a perder.

Si no acabo este cuento pronto, tendré que ir a cazar más inspiración.

Wednesday, November 04, 2009

A dos centímetros de mi epiglotis




Todo depende de estampar una firma, ignorar ruegos y recomendaciones, y empezar a andar. Ya me harté de tanta mierda. Sé lo que va a ocurrir, sé a dónde se dirige este camino y los miguelitos que me aguardan. Nada de eso importa, nada ya puede mortificarme. Sólo quiero llegar.
Por lo menos las gradas hasta la calle, y el anterior proceso de cubrir mis ridículas desnudeces con ropa de hombre, no me quitó gran parte de mis reservas de fuerza. Igual, no debía confiarme. Cualquier cosa puede pasar. Como ante mí van pasando toda esta diversidad de vehículos. Y un montón de buses pedorros, cagando niebla negra y pegajosa, que tantos citadinos no tienen otro remedio que absorber. Asqueroso. Cubro boca y nariz con mi pañuelo más por asco a esa suspensión de partículas combustionadas, que por otra cosa.

Así empiezo a andar, al ritmo más pausado posible. Tranquilo. Retén dentro de ti esa convulsión brutal que pugna por salir. Te va a robar el poco aire que logras chupar casi de la atmósfera y podrá hacerte colapsar. Y ese lujo no te lo puedes dar. No debes soltar. No debes soltar. Eso, un carraspeo único y el motivo puede ser escupido. Una masa pegajosa, verdeoscura y de sabor acre que elijo cuidadosamente el lugar a pegotearla. Mi respiración se normaliza un poco. Alzo la cabeza y veo un chifa. Pequeño, pintoresco, recatado. Casi con timidez muestra los caracteres garabateados al público para que sepan identificar, amén de un grabado en bambú de ocho personas, santas aparentemente. Como sea, me muero de hambre. No había comido nada desde la noche anterior, habiendo rechazado ese mismo caldo de mierda, esos gusanos en suspensión salobre que querían hacer pasar por sopa de pollo. Ni qué hablar de ese caucho frito, sin un mínimo de condimento, con esas larvas de mosca cocidas. Arroz con pescado? Mis guevas.

Estoy que me muero por saborear algo que me llene la lengua, el paladar, los carrillos. Vamos, que puede ser gato, puede ser rata, los desperdicios del restaurante elegante cercano o los restos que algún comensal dejó con anterioridad en su plato y este chino cochino en su wok negro va a fundir y saltear con un montón de especias y aceite hasta hacerlos irreconocible. Pero lo deseo, prefiero comer mierda con buen sabor, a comer mierda insípida. A ver chino, le digo susurrando al sonriente oriental que aguarda la orden. Esto, señalo un plato con varios saquitos de masa al vapor que según el menú están "relleno de chancho y vegetal", y esto, señalando la "jarra té chino". Es lo que puedo pagar, tras haber entregado casi toda mi plata a estos matasanos de blanco para que sólo me dijeran que era muy poco lo que se podía hacer.

Logro ahogar más tos entretanto llega mi té. Volteo la infusión verdosa en una minúscula tacita y sorbo. Ah, un alivio. La tibieza húmeda hidrata mi garganta, mi tráquea y con eso ablanda un poco todo el cochambre semiseco que vuelve a algo continuo y casi imperceptible en una labor espartana. Voy por la mitad cuando un nuevo carraspeo me deposita en mi boca un nuevo regalito viscoso. Por respeto al chino que me está cocinando expulso en una servilleta el gargajo y lo tiro por una ventana. Maldigan todo lo que quieran, marchantes. Acuérdense de la vagina de mi mamita, a ella ya no le hace falta. Debió hacerse polvo hace tiempo ya.
Por fin las masitas rellenas. Shaomai, creo que decía el menú. Relleno de chancho y vegetal, supuestamente. Por lo menos aún conservo algo de sensibilidad en mis papilas para poder disfrutar de estos paquetitos de sabor y textura. A una la ribeteo de negro salado y a otra de rojo cáustico. Nada de condimentos, peor picantes, me recitaba el doctor, de seguro empeorarán su condición. Vea doctor, vea nomás, me atiborro justo de lo que usted tanto me había prohibido y me encuentro como muchacho en su cumpleaños! ¡Como niño chiquito disfrutando de su leche con miel y avena, tan avena como las de mis pulmones!!

Llega la cuenta con mi último shaomai desapareciendo por mi garganta. Parece que quiere cerrar ya el chino, supongo mientras espero mi vuelto y mi caramelo obligatorio. Desciendo a la calle y una cuchillada me desgarra el vientre. Siento la frente perlada de frío mientras intento controlar las náuseas. Malditas arcadas, déjenme en paz, no me estén jodiendo, que es la primera vez que como algo tan rico en tanto...
Los cuatro dólares con sesenta centavos forman un charco de papilla al lado del poste que usé para reclinarme. Esa plata, esa comida y una buena parte de mis fuerzas. Como si se me saliera el alma. Puta madre.
No tengo más remedio que tomar transporte.

Clavado en mi asiento, veo que montones de cuerpos se aglomeran y aglutinan. No tengo fuerza suficiente para abrir una ventana. Toca aguantar entonces ese hedor bochornoso, aire saturado a grajo, pedo y aliento a cloaca. Y de pronto, filamentos blancos y bailarines se introducen por mi nariz. La memoria da una voltereta. Encendieron un tabaco. Algún idiota encendió un tabaco. Ese maldito, fragante, insano, delicioso, tóxico, adictivo, cancerígeno, sublime, tabaco. Ese perfume asesino, como mujer con la chuchita untada de cianuro, tentador y evocador, me llena la nariz, percute mis mucosas, rastrilla los reflejos de la epiglotis y no puedo ya evitarlo.

Disparo una ráfaga de toses. A donde caiga, a quien le pegue. Toso, toso, toso. Una, dos, tres, cuatro, cinco, pauso y trato de inhalar. Y vuelvo a toser; me agarro el pecho del dolor que me provoca. No las veo pero las siento, miradas llenas de asco, horrorizadas, la compresión de los cuerpos alejándose de mí. Tosa contra su codo, carajo, hay gente decente aquí hijueputa, será la porcina, jesús maría ya nos contagiamos. Magnífico, piensen eso mientras me desgañito a toses, hijos de puta, piensen que entre hoy mismo y mañana pasarán por el mismo tormento que el mío, que les faltará el aire, que pasarán escupiendo pulmones a pedacitos mezclado con verdes espesos, ¡piensen eso, hijos de puta, mientras el bus se detiene en la última estación, ya a sólo unas cuadras de mi casa!

El viento helado se lleva los últimos insultos que recibo mientras voy arrastrando los pies, un paso luego del otro, mientras me aproximo a mi morada. Tengo que llegar. Tengo que llegar. Pero el camino se me alarga, se me estira, y cada quince pasos debo reclinarme para encontrar reservas de energía que aún puedan nutrir mis lánguidas extremidades. Y cada pesquisa es cada vez más infructuosa. Por fin. El portón de mi edificio. Vamos, pendejo, es sangre o tripa. Pon ese pie en el escalón. Usa los brazos, carajo, sube tu fofo cuerpo y termina de colocar el otro pie. Listo. Ya tienes un escalón. De los treinta hasta llegar al siguiente piso. Y mi departamento en el quinto piso. Ciento cincuenta procesos iguales. Ya hiciste uno. Te quedan ciento cuarenta y nueve. Ponle huevos, inútil. Te esperan allá arriba.

Veinte. Es como escalar un árbol.
Treinta y cinco. Es como escalar el palo encebado.
Sesenta. El taita Chimborazo. Al trote.
Ciento veinticinco. Estoy en el Aconcagua, en el K2, en el Everest. Sin oxígeno. Oxígeno. ¡¡Oxígeno, no tos violenta, maldita sea!! Sólo cinco escalones más, cuatro más, tos, tos, tos, tos, tos, tres más y es algo que se rompe dentro de mi pecho, lo noto clarito, y mi última gran inspiración se corta de golpe por una andanada líquida, por una marea espesa y muy salada, que empieza a correr en hilillos por mi boca, que mancha de rojo mi camiseta y borbotea hasta gotear el blanco mármol de la escalera. Sin duda algo erosionado no pudo más y reventó. Dos... uno... mi puerta... no, no te nubles, no te pongas borrosa, no te alejes tanto, alarido agudo y mi nombres varias veces repetido, ya apenas siento mi cabeza rebotando contra las duelas y las manos de alguien que yo solía amar sacudiendo mis hombros sin resultado.

Seis meses de vida a partir de mi diagnóstico. Odio que el matasanos fuera tan condenadamente exacto.

Have you ever been hurt?
Have you ever been abandoned?
Have you ever been truly scared?
Have you ever felt you don't belong here?
Have you ever felt like you don't have a home?
Have you ever felt you don't have a chance?
From the moment of birth, we are already dying
Death is the only true salvation
Through death, man is reborn
Like a butterfly is born out of a caterpillar
And after that, man is finally... free
-Back to madness - Stratovarius

Saturday, September 05, 2009

TRY AN DIFFERENT ANGLE

...Donde todos ven bravura, nobleza y fiereza taurina...

...Algunos vemos un pobre animal torturado, masacrado y muerto de forma sañuda e inmisericorde.


Soy carnívoro y a mucha honra, pero ver semejante atrocidad sólo para divertir a algunos cojudos... Es otra cosa.

...Donde todos ven gallardía, valentía y elegancia suprema, el duelo definitivo entre el hombre y la bestia...

...Algunos vemos un maricón de mierda en lentejuelas aprovechándose de un animal debilitado.

Aaaaayy que riiicooooo me diste donde más me gusta, toritooooh...

¡¡EL TORO, El TORO, RA, RA, RAAAHH!!!

...Donde todos ven glamour, abolengo, nobleza y alta sociedad...

...Algunos vemos un montón de viejas pedorras haciéndose las españolas y una caterva de zoquetes platudos hambrientos de morbo y sangre inocente.



...Donde todos ven alegría, fiesta, festejo, amistad y camaradería...

...Algunos vemos una caterva de cachorros cabeza hueca que se embrutecen a trago y drogas.

...entrarásleff... está chumadasafff...

¡¡¿¿Y vos que chucha me ves, pelaverga??!! (al mejor amigo)

...Donde todos ven una tradición centenaria, una estampa fina y representativa, un motivo para sentir orgullo criollo..

...Algunos vemos una puta blasfemia de mierda, al usar el nombre de Cristo para justificar matanza de animales indefensos, una masacre sin sentido para complacer a cuatro o cinco pelasables y principalmente, un motivo para sentir profunda verguenza ante los ojos del mundo.

Insisto, ¿Porqué CHUCHA seguís haciendo guevadas a mi nombre..? ¡Esto es para vosotras, viejas pedorras que a mi nombre tanta pendejada se mandan!!

TRY AN DIFFERENT ANGLE.
NO A LAS CORRIDAS DE TOROS.



...Y para probar un ángulo diferente...¿por qué no probar algo como esto? O simplemente nuestro buen rodeo montubio. Eso sí es lucha de animal-hombre.

Thursday, July 16, 2009

And I lovED her...




Lady, I WAS your knight in shining armor and I loveD you
You haD made me what I WAS and I WAS yours
My love, there`s so many ways I wantED to say I love you
Let me hold you in my arms forever more

You haD gone and made me such a fool
I WAS so lost in your love
And oh, we belongED together
YOU WON´T believe in my song.
Lady, for so many years I thought I`d never find you
You haD come into my life and made me whole
Forever I´D wake to see you each and every morning
D hear you whisper softly in my ear

In my eyes I SAW no one else but you
There WAS no other love like our love
And yes, oh yes, I always wantED you near me
I HAD waited for you for so long

Lady, your love WAS the only love I needED
And beside me WAS where I want you to be
cause, my love, there`s somethin` I wantED you to know
You WERE the love of my life, you WERE my lady!


...BUT NOT ANYMORE.
Este amor por la Neo-geek, oficialmente, está muerto.
Se aceptan carpetas.

Thursday, April 30, 2009

La promoción.



Valió la pena haber llegado a este hotel.

Era la quinceava celebración por motivo de la graduación del colegio de mi esposa, quien se había recibido de bachiller en uno de los más prestigiosos colegios de la ciudad. Liceo particular laico “Saint Jacques”, se llamaba. Mis suegros exprimieron hasta lo último de sus arcas para que su hija mayor se educara en tan prestigiosa institución, donde hijos de banqueros, celebridades y demás gente de alcurnia recibían instrucción secundaria.



El hotel era realmente fastuoso y repleto de lujos. Ubicado en una ensenada cercana a Salinas, tenía la particularidad de alzarse sobre un empinado acantilado, de cuya base serpenteaba una escalinata hasta el hotel, conectando un sistema de muelle para yates y otras embarcaciones privadas. Las playas no estaban lejos, como máximo a 500 metros del hotel. En la planta baja funcionaba un minimall donde los huéspedes y visitantes conseguían desde una botella hasta un cuadro artesanal hecho de conchas y caracolas espondylus. Claro que a precios muy superiores a lo normal. El servicio de comidas atendía tanto en sus propios locales (en la base y la cúspide) como en atención al cuarto. Era en el salón superior, justo en el centro de convenciones, donde se celebraría la fiesta de ex-alumnos. Un óvalo cristalino de transparencia casi perfecta permitía observar el cielo casi siempre despejado, pero que tenía una cubierta plegable para proteger del sol. En un extremo de la sala estaba el área donde una orquesta tocaba sin cesar melodías muy elegantes, mas no bailables. En ambos lados del salón estaban dispuestas las mesas del buffet, junto con los mozos, atentos al mínimo requerimiento de los comensales. Y algunas camareras se movían de un lado a otro de las mesas adjuntas llevando bandejas cargadas bien de vino, bien de bocadillos. Cosa que el espacio central quedaba presto para la tertulia y el baile, si se proponía. Mi mujer estaba encantada pero advirtió mi mirada golosa hacia las viandas de las mesas.

- Recuerda que estamos en un ambiente muy élite, no te quiero ver devorando como usualmente haces – me susurró en un tono de reproche.
- Tranquila, estoy con hambre pero no te voy a hacer quedar mal con tus…- empecé a responder pero un agudo chillido me interrumpió.
- ¡¡CHÉERIIIIII!! – gritó con aguda voz una dama sumamente enjoyada mientras se lanzaba a abrazar a mi esposa sin casi dejarla respirar. Para mi estupefacción otras tres señoras realizaron la misma gracia sepultando a mi pobre doña en abrazos, besos y manos entrelazadas. Saludos mezclando inglés, francés y español confundían nuestros oídos…
- ¿Cómo has estado todo este tiempo, darling?
- Nos hubieras llamado para salir de shopping y party, hija…
- Y nos enteramos que te habías casado, mon cheri, no será el que te acompaña, ¿nooo?
Finalmente mi señora, bastante amoscada y agobiada por la avalancha de mimos y preguntas pudo responder pausadamente.
- Chicas, tanto tiempo sin verlas, la verdad no sabía si me reconocerían o no. – pese al parloteo incesante en respuesta, ella siguió – es verdad, el que está a mi lado es mi esposo, llevamos ya cinco años de casados. Les presento, se llama…
- ¡Pero darling, hasta donde yo sabía tú estabas saliendo con el hijo del dueño de la cervecería Pulsener! ¿Cómo así lo dejaste?
- Y bueno hijita, sé que fuiste a estudiar a una universidad bien bien de populacho, capaz que fue ahí donde lo conociste – insinuó la otra haciéndome un gesto con la nariz. Ya estaba mentalmente preparado para este tipo de situaciones, pero igual me empezaba a molestar.
- Chicas, yo opino que no deberíamos juzgar así por así al marido de nuestra amiga. Si se casó con ella es por algo, no? Y, ¿me puedes decir qué haces, mon ami? – dijo mirándome con fijeza.
- Soy médico. Trabajo en la clínica que fundamos entre ella y yo. – Pude finalmente responder. A ver si con esa respuesta este trío de locas se quedaba…
- ¿Médico así a secas? No me irás a decir que no cuentas con alguna especialidad.
La frase última la dijo un tipo vestido de sport, quien portaba un vaso highball lleno hasta la mitad de escocés con hielo. Tras él vi acercarse dos hombres más de impecable vestimenta. Todos me escudriñaron con los ojos con una minuciosidad casi morbosa. Adiviné lo que buscaban. Cachorros de mierda… La mujer de los modismos franceses volteó y se prendió del brazo del que me hizo la pregunta.
- Fausto, sabes que no me gusta que te portes así frente a nuestra amiga. Ambos, que yo sepa, son médicos y ya con eso son bastante respetables. La medicina es una profesión trés bien, cheri… - susurró la mujer en tono apaciguador. Pero el rostro desdeñoso del tal Fausto no varió.
- ¡Bah! Si no tienes especialidad alguna, no eres nadie. Y ya te he dicho YO que me irrita muchísimo que mi propia esposa me contradiga frente a mis otros amigos, Alexandra. Me harta esa faceta tuya. – Ya mis ojos se habían clavado en Fausto, deseando demostrarle lo nadie que era. Pero mi mujer se había adelantado en mis intenciones, al sentir su mano apretando mi costado. Ya conocía lo que significaba ese gesto. Así que callé otro rato.

- ¡Bueno, bueno! No es momento de estar hablando de profesiones y eso, más bien centrémonos en que estamos juntos de nuevo, y podemos recordar esos días del colegio. Alexandra, Jessica, Kimberly, vamos a servirnos unos vinos y dejemos a los chicos para que se hagan amigos con mi esposo. No te me descontroles. – me terminó susurrando disimuladamente. Ni modo, tocaba actuar al ritmo de estos hijos de papi. Me serví un whisky mientras me acercaba al grupo de ex-compañeros de mi señora. Al regresar del bar, fui observando que empezaban a llegar personas ajenas al grupo de la promoción, incluyendo extranjeros. Algunos de apariencia nipona, otros de apariencia europea y un alto individuo que a todas luces parecía provenir de algún emirato árabe, con su pañuelo anudado y los ojos cubiertos con gruesas gafas oscuras. Las camareras ya estaban haciendo circular bandejas con aperitivos y bocaditos. Me llevé algunos a la boca para entretener la barriga. ¡Vaya, jamón serrano de primera! Antes de pensar en un detalle raro que vi, me llamaron al grupo de ex alumnos.

- Así que te lograste casar con nuestra compañera consentida. Nuestra linda bichita…- empezó a decir Fausto. ¿Bichita? Nunca había oído ese apodo antes…
- Claro, es que cuando yo se lo coloqué al principio, ella pasó llorando un buen tiempo, pero al rato se acostumbró y quedó de bichita. Siempre se tragaba nuestras bromas, esta pelada – continuó Fausto antes de prorrumpir en carcajadas estruendosas. Uno de sus compañeros al parecer vio mi cara encendiéndose de coraje por lo que intervino rápidamente.
- Fausto, yo opino que lo mejor es que nos vayamos presentando para conocernos mejor, ¿no te parece? – el aludido apenas resopló – Mucho gusto, me llamo Ricardo, él se llama Fausto, y el de aquí se llama Patricio Ignacio. Paig para los amigos – dijo Ricardo con una amplia sonrisa. Decidí devolvérsela. Ricardo continuó presentándonos. – Fausto es el dueño de la filial de Roxe en el país, heredado por su padre; como te habrás dado cuenta, está casado con Alexandra, quien trabaja de actriz de teatro y modelo. Yo me dedico a producción televisiva, tal vez habrás visto el programa Bastidores, yo soy el productor, aparte de un programa de opinión y denuncia. Y Paig, tiene una empresa de distribución farmacéutica muy…
- Basta Ricardo, vas a terminar diciéndole al doctor hasta de qué color cagamos… lo típico de un tinterillo de prensa. – Cortó groseramente Fausto. Ricardo enrojeció pero quedó callado. Paig iba a intervenir cuando llegaron las chicas, riéndose y bebiendo vino. Nos anunciaron que habían pedido a la orquesta que toque un par de piezas para bailar. Dicho y hecho, empezó a sonar música tropical, cosa que se armó cada pareja y bailamos un buen rato. En medio de la segunda melodía, oí la voz de Kimberly:
- Este hotel… es tan bello. Y pensar que fue el mismo donde hicimos nuestro paseo de sexto curso… y donde… donde…
Estas palabras detuvieron en seco a todos los integrantes de la promoción quienes voltearon a ver con mirada punzante a Kimberly, quien sólo miraba al resto con extrañeza.
- ¡Creí que habíamos acordado no volver a mencionar NUNCA MÁS ese incidente! – rugió Fausto visiblemente furioso. Alexandra intentó calmarlo pero no lo logró, mientras éste seguía vociferando – ¡Lo que sucedió hace quince años ya debería estar olvidado por todos nosotros, encuentro absurdo que todavía se aferren a esos recuerdos tan caducos! ¡Déjame tranquilo, maldita sea! – terminó apartándose bruscamente de su esposa y se dirigió al bar a echarse otro whisky. La orquesta calló. Todos los otros perdieron su rostro de fiesta, salvo mi esposa, quien se encontraba tan extrañada como yo. Se dirigió a Jimena.
- Jimena, ¿de qué asunto habla Kimberly que enojó tanto a Fausto?
- Déjalo hijita, déjalo nomás. No tiene importancia alguna.
- ¡Sí la tuvo! ¡Claro que la tuvo! – Respondió Alexandra muy alterada; pude ver incluso algunas lágrimas brillando en sus ojos. Todo esto parecía extremadamente raro…
- Ya, mucha pendejada, mejor coman algo para que se calmen, yo voy a hablar de un asunto que tenía pendiente con Fausto – dijo Paig mientras se alejaba del grupo rumbo al bar. Yo tomé de la mano a mi mujer y la llevé al balcón para conversar.
- Lo siento mijo, la verdad es que la velada no ha salido como yo lo esperaba…
- No te lo voy a negar, algunos de estos estirados me han caído como patada a las bolsas, pero me ha dejado bien intrigado esto último. ¿Sabes qué fue lo que pasó que tanto altera a esta gente?
- La verdad casi no me acuerdo de ese episodio, debido a que por falta de dinero no fui a este viaje de fin de curso. Medio recuerdo que cuando volvieron todos estaban silenciosos y huraños, sobre todo Alexandra. Pero nunca me dieron detalles de lo ocurrido. Además yo en sexto pasaba el tiempo sobre todo en pasantías y prácticas en hospitales y eso.
- Veremos si logramos obtener algún dato de ese problema. Ven, vamos a la mesa del buffet que con el baile y todo esto, ya no aguanto el hambre.
- Si no hay más remedio… recuerda por favor, no seas tan voraz.
- Ya mija, todo bien.
Mientras nos íbamos sirviendo noté que la orquesta volvía a ofrecer música. Mientras llenaba mi plato de camarones y presas de cordero, escuché una discusión en el bar, protagonizada por Paig y un ya borracho Fausto.
- ¡¿70/30?! ¿Ésa es la proporción que me estás ofertando Fausto? Sobre la sociedad que pensábamos realizar?
- Es lo máximo que te puedo ofrecer, Paig. No hay forma de bajar la proporción. Si así se hace, salgo perdiendo. Y no puedo salir perdiendo en estas negociaciones – farfulló Fausto.
- ¿Perdiendo? ¡Estás completamente demente si piensas que voy a aceptar esa mierda de utilidad! Teníamos el acuerdo que seria mitad y mitad! ¿O no te acuerdas de eso, Fausto?
- No firmé nada sobre eso. Aquí está para que firmes. Y lo quiero de una vez. Que mañana me reuno con mi grupo de ejecutivos y les quiero ya anunciar que tu empresa ya está unida a nosotros… - Piag perdió la paciencia y le gritó un par de cosas a Fausto. Éste respondió aún más furibundo. Parecía que se irían en poco a las manos, pero fue Ricardo quienes los separó. Fausto se soltó del agarre de Ricardo, apuró otro vaso de whisky. Y para vergüenza no sólo de los ex – compañeros, si no también de los otros turistas, empezó a gritar como salvaje:
- ¡¡Que lo sepan bien, hijos de puta!! Yo, Fausto Elizalde Oporto, tengo mucho más Poder, billete y clase que todos ustedes juntos!! ¡Yo manejo una de las empresas más lucrativas de este país! Y ustedes juntos no pueden siquiera igualar toda mi fortuna. ¡Son una tarea de mediocres, todos ustedes, indignos de haberse graduado en mi colegio!
- ¡Fausto, ya te has pasado de la raya! Te exijo una disculpa sobre todo a nuestros invitados – dijo Ricardo señalándonos a mi esposa y a mí.
- ¿Y desde cuándo tú me das órdenes, tinterillo de cuarta, cajón billeteado? Yo no me disculpo ante nadie… - ignorando la mirada furiosa de Ricardo, Fausto extrajo un objeto largo, metálico y puntiagudo de su pantalón y hizo el ademán de introducírselo en la oreja derecha. – mierda, qué picor…
Fue entonces cuando la avergonzada Alexandra decidió tomar acción. Frente a todos los testigos, incluyendo ya algunos de los extranjeros que se habían acercado, reintrodujo tal artefacto en el bolsillo de vuelta, vociferó algo como que ya esto en frente de todos no, y casi a empellones se lo llevó a su habitación. Ya calmada la situación, tratamos de volver al ambiente pero fue imposible.

- Juro que me las vas a pagar… - repetía con los puños apretados Ricardo. Entre Jimena y Kimberly le hablaron para calmarlo, pero el sólo volteó y se fue. Paig también había desaparecido. Mi mujer estaba consternada por lo ocurrido, así que le propuse mejor ir a conocer a otras personas, a lo cual accedió sin mucha convicción.
- Ah, en verdad ha sido un esbectáculo tan boco elegante, en mi baís no se ven estos exabruptos, loado sea Alá… - decía con sorna el alto árabe con quien habíamos ya iniciado una conversación.
- Definitivamente, deberíamos pedirles disculpas por darle tan mala impresión de nuestro país, señor… - respondí.
- Ussalam! Usted berdone, mi nombre es Hakim, Hakim Al-nadir. – dijo, haciendo una ceremoniosa genuflexión. – soy embresario betrolero y había venido a su baís a negociar sobre unos nuevos sitios de exblotación hidrocarburífera, brevia bendición de Alá.
- Me doy cuenta que ud. es muy creyente en su Islam… en fin, volviendo a lo de antes, por tristeza este Fausto siempre ha sido así. Un prepotente, mangajo y borracho, consentido y solapado desde joven. Si le contara las diabluras que hacía…
- ¡Mil berdones, señora! Estamos cercanos a las cinco de la tarde, y es la hora de mi rezo. Con su bermiso… - le interrumpió Hakim luego de mirar su reloj. Saludó ceremonioso y se fue, casi a la carrera.
Con todo el relajo y el ambiente festivo roto, preferí llenarme de comida junto a mi esposa. Al parecer no habían casi huéspedes en el hotel, tal vez era por la época del año.
- Por cierto, cuando nos íbamos conociendo, Fausto me dijo que solían llamarte bichita…¿cómo así nunca me lo..?
- No. NO. No me gusta en lo absoluto que me llamen así. No me hagas enojar contigo, por favor. – Me cortó de una mientras me apretaba con mucha fuerza el brazo. Por su mirada, entendí que dicho apodo debió hacerla sufrir mucho. Definitivamente este Faustillo era todo una joyita.
- Perdóname mi cielo. Te prometo que no volveré a…
- ¡¡AAAAHHHHHHHHH!! ¡¡FAAUSTOOOOO!!!
Ese agudísimo alarido provenía de las habitaciones de más abajo, donde estábamos hospedados la mayoría. Sintiendo un aire glacial en el estómago, bajamos la escalinata corriendo, y al llegar al pasillo, vimos a una horrorizada Alexandra apoyada en la puerta de su habitación, señalando temblorosa el interior. Un feo espectáculo se nos reveló. Fausto yacía sentado en el escritorio de su habitación, casi despatarrado, con el rostro desencajado, los ojos muy abiertos y de su oído derecho rezumaba una mezcla de sangre y pulpa cerebral. En su mano derecha aferraba el objeto agudo que había extraído con anterioridad de su pantalón, casi hasta la mitad embadurnado de sangre. Me dirigí raudo a Fausto y le palpé la carótida. Nada. No respiraba. Fausto estaba muerto. Fue ahí cuando divisé una mancha oscura en el canto de su mano derecha. Disimulado la toqué. Cremoso y marrón, con olor a cosmético…

Al llegar las otras mujeres y ver el cuadro, estallaron en alaridos de terror. Mi esposa las sujetó mientras yo forcejée con Alexandra quien quería deseperadamente abrazar a su marido. Le tuve que gritar que había que llamar a la policía y si movía el cadáver podría estropear la labor policial. Finalmente, llorando, accedió. En menos de diez minutos habían llegado los policías y acordonaron el sitio. Tras explicarles que yo le tomé el pulso por lo de las huellas dactilares, procedieron a levantar el cadáver. En eso se abrió la puerta de dos habitaciones más al fondo y salió con rostro contrariado el sr. Al-nadir.
- ¡Bero qué es todo este alboroto! ¡Un fiel a Alá no buede hacer su rezo en paz! ¡Ussalam!
Rápidamente le informé del asunto, mientras más y más curiosos se agolpaban dentro del pasillo, obligando a los policías a hacer circular a la muchedumbre. Entretanto, Hakim ofrecía sus disculpas a la viuda, visiblemente consternado.
- Que Alá se abiade del alma de su señor marido, rezaré por usted diariamente, mi señora…
- ¡Atención! Los conocidos y familiares del fallecido, por favor acercarse al cuarto. Hemos ya recogido las evidencias y cercado el perímetro del cadáver. El resto de huéspedes les solicitamos no abandonar el hotel hasta que se emita un comunicado oficial. – Gritó un policía. Todos los implicados obedecimos en el acto. Ya dentro, el forense a cargo nos explicó algunos pormenores:

- Primero que nada, expreso mis condolencias a la viuda. – Alexandra asintió levemente, aún sollozante. – De lo que se puede deducir, el motivo primario de la muerte del sr. Elizalde fue traumatismo encefálico severo provocado por la introducción violenta de este elemento metálico a través del canal auditivo derecho de la víctima; – mostró en una funda plástica el extractor de cerilla aún cubierto de sangre. – apenas se hallaron huellas de forcejeo, salvo las convulsiones propias de este tipo de trauma. Sólo se hallaron huellas de la víctima en el extractor. Así que tenemos dos hipótesis para esta muerte. La primera, el suicidio, a pesar que esta forma de matarse es por demás rebuscada y dolorosa.
- ¡Non! Rechazo esa posibilidad, oficial, yo estuve casada por casi 10 años con Fausto y nunca mostró señales de comportamiento suicida, y su empresa marchaba viento en popa – habló enérgicamente Alexandra.
- Muy bien, entonces tenemos la segunda hipótesis. El sr. Elizalde fue asesinado. Lo extraño del caso es que la viuda asegura haber abierto la puerta, que sólo se abre con tarjeta y se asegura desde dentro y halló el cadáver. Pero algo muy importante, cerca del cuerpo se hallaron estos objetos – el agente mostró dos fundas. La primera albergaba un celular Blueberry y la segunda unos papeles rasgados. - ¿Alguno de los presentes tenía motivos para asesinar a este hombre? Y además ¿pueden explicar de quién son estas pertenencias?
- ¿No es ése tu celular, Ricardo? – Preguntó sorprendida Kimberly. Este dio un respingo.
- ¡De ninguna manera! Yo mi celular lo tengo aquí mismo en… en… - empezó a rebuscarse febrilmente los bolsillos sin resultados - ¡Puedo jurar que lo tenía aquí mismo todo el tiempo! – El ceño del oficial se frunció. Todos volteamos a ver a Ricardo, ahora pálido y sudoroso.
- Que yo sepa, te la pasaste repitiendo “juro que me las vas a pagar” cuando te insultó Fausto. – insinuó mordazmente Paig. Ricardo se levantó de un salto y casi arrancó la segunda funda de la mano del oficial. Tras revisarlos un rato pese a las protestas del oficial, Ricardo aleteó los jirones frente al rostro de Paig.
- ¡Mira! Esto es un contrato de sociedad entre tú y Fausto! ¡Justamente el contrato en que le reclamabas la desigual repartición de las utilidades! ¡Entonces fuiste tú el que asesinaste a Fausto para poderte luego apoderar de su compañía, a la que ansiabas en secreto! ¡Me lo confesaste cuando estábamos bebiendo dos días atrás!
Paig soltó en ese momento un violento puñetazo hacia Ricardo, quien saltó sobre Paig y se enfrascaron en una pelea. Tardamos un rato en separarlos, mientras se gritaban mutuamente “asesino, matón, ambicioso, rata”. Una furibunda orden de silencio del oficial calló a la gente.
- Tengo la firme sospecha que no fue uno, sino dos, los que emboscaron y mataron al sr. Elizalde. Si hubiera sólo una de las evidencias en el piso, el culpable sería más que evidente. Pero creo yo que ustedes, con sus propios motivos para matarlo, y conocedores del hábito de limpiarse los oídos con tal aparato, forcejearon con él y lo obligaron por su propia mano a introducirse el extractor dentro del cráneo. Cerraron luego la habitación y ayudándose el uno al otro, saltaron al siguiente balcón, que casualmente es el de su habitación. Luego esperaron a que la viuda diera la alarma y hacerse los inocentes. Oficiales, arresten a estos hombres. Los mantendremos en custodia hasta elaborar el parte.
Vociferando insultos, amenazas y solicitudes de abogados, Ricardo y Paig fueron arrestados y llevados a una comisaría cercana. Sus amigas quedaron pasmadas por el asunto, pero convocaron a periodistas y dieron su versión de los hechos. Simultáneamente hicieron circular en internet a través de blogs y facebook el asesinato y los dos sospechosos. Prácticamente medio mundo se enteraría del hecho. Luego de una hora el resto del grupo conversábamos en el cuarto de Jimena, donde Alexandra había mudado sus cosas.

- Aún no puedo creer que Ricardo y Paig hayan sido capaces de cometer tal mostruosidad… -susurraba Alexandra.
- Pero ya tuvieron lo que merecían. Ahora todos se han enterado de lo que hicieron. Esos están jodidos, darling. – dijo con aire triunfal Kimberly.
- ¡Estúpida! ¡Más que estúpida! Ellos están en calidad de sospechosos, y mientras no se demuestren pruebas fehacientes o confesiones, ellos aún son inocentes. ¡Los has cagado, Kim! – la retó furiosa Jimena. Ella estuvo a punto de lanzar su contraataque cuando mi mujer les paró el carro.

Yo por mi parte, no dejaba de pensar en el crimen y en las evidencias. Cierto era, ambos tenían motivos sólidos para matar a Fausto. El de por sí era un tipo repelente, un pobre platudo, pero el modo del asesinato… deberías tener una puntería bestial para acertar de una en introducir el extractor en un canal tan estrecho. Y por lo menos hubiera requerido dos intentos. No había heridas que confirmaran tal teoría. Podría también ser que entre los dos obligasen a Fausto contra su voluntad a meterse el pincho, pero era un hombre bien alimentado, y a pesar de estar borracho, tendría que haber habido señales de lucha. Y éstas estaban ausentes. Mientras divagaba sobre estos problemas, mi mirada captó una foto en la maleta de Alexandra. La miré detenidamente y le pregunté a ella cuándo fue tomada la foto. Ella me arrebató presta la foto y la abrazó.
- ¡Perdóname, pero esto es un asunto muy personal! ¡Y Fausto me tenía prohibido mostrarla, por eso es que..!
- Alexandra… Fausto está muerto – le dije suavemente. Ella volvió a colocar la foto en su regazo, con lo cual se hizo visible. Eran siete adolescentes de unos diecisiete años aproximadamente. En el centro, se veía un risueño muchacho alto y rubio.
- Esta foto nos la tomamos en este hotel, hace quince años. – Empezó Alexandra. Kimberly trató de callarla pero mi mujer la retuvo. – Estábamos en sexto año, y era nuestro paseo de fin de curso. Entre todos lo organizamos. Teníamos planeado quedarnos una semana.
- ¿Quién era el rubio que estaba al lado tuyo? – Pregunté.
- …se llamaba Karl. Karl Lärsen. Había llegado de intercambio de Alemania hacía unos meses antes del viaje y se había integrado al grupo bastante bien. Tú no lo conociste casi – dijo mirando a mi esposa – pues en ese tiempo pasabas haciendo prácticas. Era un apasionado de las artes escénicas y circenses, y muchas veces nos sorprendía con una cabriola o una imitación de algún profesor que nos cayera mal. Yo me empecé a enamorar de él y al parecer Karl sí me correspondía. Tenía planeado declararme la última noche, en la farra de despedida, pero… - Alexandra calló por un rato. Se notaba su esfuerzo para que no se quebrase su voz – Esa noche, pasó algo espantoso. Fausto y los demás vinieron corriendo a avisarme que habían visto a Karl hacer equilibrios en su cuarto cerca del balcón cuando trastabilló y cayó al acantilado. Hicimos todos esfuerzos desesperados para hallar su cuerpo, pero con lo picado que estaba el mar nunca encontramos nada. Finalmente llegaron nuestros padres y tras las investigaciones no tuvimos más que declarar muerto a Karl y avisar a su familia en Alemania. Volvimos todos abatidos. Karl era nuestro amigo, nos quería muchísimo a todos…

Para ese momento, Jimena y Kimberly se mordían los labios conteniendo las lágrimas. Mi esposa también estaba muy consternada así que abrazó a Alexandra estrechamente quien volvió a romper en llanto. En eso, en el estande de Jimena vi un pomo y le pregunté qué era eso.
- Ah, eso es crema bronceadora. Para evitar pasarte mucho al sol. - ¿Crema bronceadora? ¡Un momento! Agarré el pomo y salí corriendo al baño del pasillo. Y al abrir la puerta escuché una como maldición ininteligible. Le había dado sin querer a alguien. Era Hakim. Me disculpé lo más cortésmente posible, mientras él se sacaba sus gafas para sobarse la nariz. Luego de alejarse, me puse frente al espejo a pensar rápidamente, añadiendo a mis datos dos nuevas dudas. Y llegué a la conclusión.

El asesino aún estaba dentro del hotel, ¡y ya sabía quién era! Volé de nuevo a la habitación de Jimena y casi grité que llamasen de nuevo al agente a cargo, que tenía que darle unas explicaciones. ¡Y para ayer! Cuando llegó de nuevo el agente, le solicité que reúna nuevamente a todos los huéspedes. Cuando todos estuvieron presentes empecé.

- Oficial, tengo suficiente evidencia para demostrar que Fausto Elizalde ha sido asesinado, pero no por Ricardo y Paig, como sospechábamos en un principio. – Mi declaración provocó una exclamación de asombro entre todos. Mi mujer me miró ansiosa, temerosa que me fuera a jugar algo más que mi prestigio, pero proseguí.
- Discúlpeme doctor, pero ambos sospechosos tenían móviles y se presentó evidencia que los incriminaban en el crimen. Además se acusaron mutuamente de haber asesinado al sr. Elizalde. ¿Cuál es su razonamiento para declararlos inocentes, por favor?
- Aquí está la principal evidencia, oficial. – Alcé el pomo de cosmético y lo mostré a la gente. – Jimena ahogó un grito mientras palidecía de la ira.
- ¡¡No irás a decir ahora que la culpable soy yo!! ¡¡De ninguna manera aceptaré este juicio tan estúpido y absurdo!! ¡¡Tienes que apoyarme en eso, bichita!! – gritó volviéndose furiosa a mi mujer, quien sólo atinó a mirarme expectante.
- No Jimena. No te estoy acusando de nada. Estoy indicando que este cosmético incriminará al verdadero asesino, quien está entre nosotros.
¡Y esa persona, el asesino de Fausto Elizalde, ERES TÚ, HAKIM AL-NADIR!
¡Tú entraste a la habitación, aprovechaste a que Fausto se escarbara el oído con su extractor, te pusiste tras él y de un solo manotazo golpeaste su mano derecha, provocando que el extractor destroce su cerebro! Luego cerraste la puerta con seguro y huiste hasta tu habitación para luego salir con la pantomima que te estaban interrumpiendo el rezo.
Al decir esto, Hakim enrojeció de furia y desenvainó una daga mascullando en una mezcla de árabe y español. El oficial hizo un gesto y dos policías retuvieron al debatiente musulmán.
- ¡Por el nombre de Alá y el brofeta! ¡Ni mil muertes tuyas podrán lavar esta ofensa cometida! ¡No tienes ninguna brueba para incriminarme, bastardo! ¡Juro que te demandaré ante un tribunal islámico para que recibas tu merecido! ¡Ussalam!
- Claro que nunca me arriesgaría a lanzar una hipótesis tan atrevida si no estuviera seguro de las pruebas que tengo. Primero que nada, Hakim Al-nadir…¿qué tan fiel eres al Islam?
- ¡Cómo te atreves, berro maldito! ¡He crecido bajo el cobijo del Islam y del brofeta Mahoma! ¡Sigo sus leyes a rajatabla y rezo a diario mirando hacia La Meca! – rugió furioso el árabe.
- Entonces quisiera hacerte dos preguntas. La primera: ¿Por qué razón en la recepción te atiborrabas de bocadillos, siendo elaborados de jamón serrano? ¿No es el cerdo animal impuro para el islámico? – Al oír esto, Hakim quedó boquiabierto – Segunda pregunta: Según he escuchado, tus interjecciones favoritas son ussalam, entre otras ¿cierto? En ese caso, cuando choqué contigo involuntariamente, ¿porqué soltaste un rasposo Scheiße?
Para ese momento, todos estaban mirando a Hakim, quien sólo atinaba a mirar al suelo mientras sudaba profusamente. Alexandra no apartaba la vista del hombre, tan intensamente que casi lo perforaba.

- Por tanto, nos has entregado una muy excelente actuación como un islámico, Hakim Al-nadir. O más bien debería decir… ¡KARL LÄRSEN!!
Para ese momento, las amigas de mi esposa se llevaron las manos a la boca, estupefactas. Alexandra no soportó la tensión y se desvaneció. Mi esposa corrió a socorrerla. Yo mientras tanto terminaba de exponer mi hipótesis.
- Sólo Karl Lärsen, además de los de la promoción podía conocer los hábitos de Fausto como era escarbarse los oídos con objetos duros. Así que te aprovechaste de cuando todos se aproximaron al momento de la pelea entre los tres hombres y disimuladamente extrajiste el celular del bolsillo de Ricardo. Luego, para incriminarlos, dejaste en el piso el celular, buscaste el contrato y lo rasgaste. Tras eso, saltaste de balcón en balcón hasta llegar al tuyo y culminar tu farsa. Es algo fácil para ti, si conservabas tus dotes de acróbata e histrionista. Y el detalle final fue en el mismo momento del tope accidental. Nunca te habías quitado las gafas hasta el momento, pero al momento del golpe no pudiste evitar quitártelas para sobarte la nariz lastimada. Y pude evidenciar esto.- Avancé hacia Karl y le quité las gafas. Sobre el puente nasal, se observaba una fina cicatriz que le otorgaba una forma aguileña. – Este tipo de cicatriz sólo pueden ser resultado de una cirugía. Y ahora… observen cómo el sudor de Karl está lavándole la crema bronceadora que se colocaba a diario para fingir su tono de piel… ¡la misma crema que hallé en el canto de la mano derecha de Fausto! – finalicé. Reinaba en ese momento un silencio absoluto.

- Ja, ja, ja, ja, ja… - era Karl quien de repente empezó a reír, mientras las gotas de sudor revelaban su pálida piel. – en verdad creí poder llevar a cabo mi venganza contra todos estos hijos de puta. – Alzó la cabeza y me miró – Supongo doctor, que te habrán contado de mi “accidente” en el cual nunca hallaron mi cadáver, ¿verdad? Pues nunca hubo un accidente, chicas – dijo dirigiéndose a las mujeres – Lo que en verdad ocurrió fue que esa noche, Fausto, Ricardo y Paig me invitaron a tomar y en media tertulia Fausto me inmovilizó de un puntapié en el estómago, y entre los tres me alzaron en peso, mientras Fausto me decía que nunca iba a permitir que un alemán de mierda le quitase a su preciosa Alexandra – la rabia empezó a encender el rostro de Karl. Alexandra ya había recuperado el conocimiento, y estaba escuchando asombrada la verdad oculta por quince años. – y fue entonces que ellos, personas a las que consideraba amigos del alma, hermanos de corazón, ¡me arrojaron sin piedad acantilado abajo! Cuando recuperé el conocimiento estaba en un pueblo de pescadores, y sufriendo de amnesia temporal. Pasó un año hasta que por fin recuperé la memoria y mi primer pensamiento fue alejarme de esta gente maldita, quienes sobreponen dinero y apariencias ante todo, y casi muriendo en el intento, regresé a Alemania para planear mi venganza contra estos miserables.
- Entonces el motivo para asesinar a Fausto e inculpar a Ricardo y Paig, fue el intento de asesinato que sufriste por parte de ellos, ¿no? – pregunté.
- Ahí estás equivocado por completo, doctor… - su respuesta me hizo fruncir el ceño, pero todos quedamos de una pieza con la declaración posterior. – No lo hice por mí, a pesar que intentaron matarme y perdí un año de mi vida. No. La verdadera razón fue…¡para vengar la muerte de mi liebe Mutter!! – Las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos - ¡Al recibir la noticia que su único hijo había muerto, mi amada madre, esa mujer que sola había criado un hijo contra todo pronóstico, y que en él había depositado sus esperanzas e ilusiones, sufrió un infarto! ¡¡TODO POR CULPA DE ESOS MALDITOS RICACHOS!! – Karl se dobló de rodillas, mientras los sollozos estremecían su cuerpo. Ahora Alexandra lo miraba con una mezcla de tristeza y compasión enorme. El agente a cargo tomó la palabra.
- En verdad, es un giro inesperado de los acontecimientos. Ordenaré de inmediato la libertad de los implicados. Doctor, gracias por sus razonamientos. Karl Lärsen, queda usted detenido por el asesinato de Fausto Elizalde. Tiene derecho a…

Mientras se llevaban a Karl, pude divisar un intercambio de miradas entre Alexandra y él. Curiosamente, no vi rencor ni odio en ninguna. Luego volteó a verme. Asimismo, sin rencor. Incluso me sonrió mientras me decía:
- Mi venganza está cumplida. Fausto está muerto y las reputaciones de Ricardo y Paig arruinadas por completo. Asimismo, he demostrado que estos “lazos” de amistad entre los ricachos son tan fáciles de romper… Doctor, lo felicito en verdad.
Le dedicó una última mirada a Alexandra, quien todo el tiempo permaneció sin decir palabra, antes de descender por el ascensor, hasta la patrulla que lo esperaba. Mi esposa se abrazó a mí consternada. Vaya celebración de promoción, me dije…

Tal como pronosticó Karl, quien fue deportado a Alemania; a pesar de ser puestos en libertad y la rueda de prensa posterior, el prestigio de Ricardo y Paig quedó por los suelos, sobre todo gracias a la información sobre el intento de asesinato de hace quince años regada eficazmente por Jimena y Kimberly. De Alexandra no volvimos a saber más, salvo que secretamente se embarcó en un vuelo a Europa…