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Wednesday, June 29, 2011

Por el amor de Catherina

Anhelo que me estreches. Que me apretujes. Y que hagas de mis labios un pozo de llamas vivas. Alucino con hundirme en tus abrazos. Muero por sentir tus manos tocando toda mi superficie, volviéndome brasa de carne, vapor de gemidos. Ahhh, ahhh, ahhh…

Otro sueño húmedo.

Me empiezo paulatinamente a fastidiar de encontrar esa pegajosa humedad en mi pijama, justo en la entrepierna, y que suele también manchar mi sábana. Mi propia lavandera me mira entre consternada y suspicaz cada vez que le entrego esos cobertores con placas ya endurecidas de olor dulzón.
Fuera de ese detalle, lo que me come es el por qué de esos extraños sueños. Entre neblinas oscuras, algo de intención femenina me seduce, me calienta y excita. Tan real su voz, incluso perdura su aroma más allá de mi propia nariz, en el área cerebral de la memoria. Sutil perfume ninguna vez percibido antes, pero que cada vez se me hace más y más familiar. Familiar con esa mujer onírica.

- Estimados radioescuchas, tenemos una nueva llamada al aire. Hola, buenas tardes, ¿qué desea compartir?
- Hola, cómo le va, primero que nada, saludarle por su excelente programa radial, es uno de los más oídos en el país…
- Muchas gracias, señora; ahora bien, su tiempo al aire es corto. ¿Alguna experiencia que desee compartir?
- Bueno, quisiera decirle que últimamente ando viendo algo muy extraño. No es algo lógico, sonaría hasta ridículo si se lo contase…
- Señora, nuestro programa justamente es para la investigación de este tipo de casos. Así que nada es realmente ilógico o ridículo. Tendrá siempre cabida en nuestro espacio.
- Gracias, muchas gracias. La verdad, no es una ilusión ni nada, pero le juro que en estos días he estado viendo de cada lado del horizonte, algo como negro que se va alzando. Como si se estuviera corriendo un gran velo de manera gradual sobre nuestra ciudad. Lo extraño es que sólo yo logro verlo.
- Entendido. Una visión sobre un creciente velo o cortina que surge de los horizontes. Tendremos en cuenta este caso y haremos las investigaciones respectivas. Tenemos otra llamada al aire antes de nuestro bloque musical…

Las alucinaciones. Ya había recibido otras llamadas en el espacio que conduzco. Una emisión radial destinada a casos paranormales. Siempre he sido un apasionado de todo lo inusual e insólito. Mis cursos sobre parapsicología y ocultismo sólo añadían teoría tras teoría y aplastaban mi vocación. Tenía que estar donde las papas quemasen. Quería sacar a la luz los misterios. Ofrecer explicaciones, tal vez no con sustento científico, pero explicaciones al fin y al cabo. Trabajo arduo muchas veces. Cuántas ocasiones he tenido que perder tiempo y recursos en bromas, suposiciones tontas, y malas jugadas de los sentidos. Lo mismo que frentear a fanáticos religiosos que en más de una ocasión me tildaron de hereje, aliado de Satán y enemigo de Dios y la iglesia. La iglesia. Miserable institución que sólo sirve para estorbo y atraso de la sociedad. Muy pocas satisfacciones profesionales y un cúmulo de sinsabores es el resultado hasta ahora. Pero había algo que me impedía cejar. Un retorcimiento interno. Esa vaga premonición de que estaba a las puertas de algo enorme.

Ah, ese aroma que exhalas me enloquece. Me deja transida de placer cada vez que posas tus manos en mi cuerpo y lo vas recorriendo incansablemente. Tus manos, tu boca, tus ojos, soy capaz de sentir cada uno de ellos pulsando en mí, inspirando ondas más y más intensas. Querido mío, me estoy volviendo adicta a ti… mmmmhhhh….
Esa voz suave y voluptuosa no se termina de ir de mis oídos. Ya no son sólo la voz ni el aroma, lentamente voy notando que en mi piel van quedando percepciones demasiado tangibles como para haberlas únicamente soñado. Igual, la principal evidencia es el semen que empapa las telas que me cubren. Gozo como un animal. Termino deseando esa presencia, noto cómo van agolpándose en mi mente de forma paulatina más y más los recuerdos de la que me complace cuando abandono mi campo consciente. Debo estar volviéndome loco. Enamorándome de un simple sueño erótico recurrente.


- Concluyendo, señores, existen tantos secretos que muchos grupos encumbrados decidieron mantener alejada del conocimiento común. Ellos temían, y siguen temiendo de hecho, el progreso espiritual del ser humano a niveles que van más allá del simple hecho de aferrar poder y dinero. La mera ostentación material que ha sido el sustento de este tipo de personajes oscuros y maliciosos. Pues al ver que las consecuencias de tales talentos contribuiría a la formación de sociedades sumamente adelantadas, donde los factores anteriormente mencionados serían poco menos que inútiles; ellos prefirieron mantener al hombre sumiso, al hombre borrego, atado a edictos religiosos que encadenaron su alma hasta el día actual. Muchos aún toman como verdades absolutas lo que profieren tales esclavizadores de almas. Sí, tenemos otra llamada al aire…
- ¡Señor, señor! Tiene que escucharme, por favor, tiene que…
- A ver caballero, tranquilo, por favor. Estamos ante un programa donde todas las opiniones y anécdotas son bienvenidas. Exponga lo que desea, le escuchamos.
- Es que… es algo tan espantoso, tan aterrorizante, ¡estoy seguro que me estoy volviendo loco!
- Muchos de los grandes genios fueron considerados locos en su tiempo. Pero mi señor, le ruego mantener la calma; si no consigue exponer su hecho coherentemente tendré lastimosamente que cerrar su llamada. ¿Estamos?
- Entiendo… mil disculpas, era mi estupefacción la responsable. En fin, le diré a grosso modo lo que estoy en este momento viendo: ¡Algo como una enorme coraza oscura que sale de cada lado del horizonte va cubriendo más y más el lugar donde vivo! ¡Nadie parece darse cuenta salvo yo! Mi esposa casi me echa de la casa al considerarme demente o que he estado bebiendo demasiado. Por eso acudí a su programa, por lo menos para desahogar con alguien que sepa comprender este horror…! – La voz del hombre se quebró en estruendosos sollozos. Sabía que hablaba en serio, así que hice mi mejor esfuerzo por consolarlo.
- Mi señor, todos tenemos miedo a lo que desconocemos. Por eso estoy aquí. Para convertir el miedo en conocimiento, y el conocimiento en hecho público. Comprendo muy bien sus temores, pero déjeme tranquilizarlo con este hecho: No es usted el primero ni el único que me ha expuesto este fenómeno. Gracias por su aporte.
- Infinitas gracias. Mil gracias en verdad, ahora me siento mucho mejor… disculpe…

Un domo negro que empieza a cerrarse sobre el cielo que le cubre a uno… ya son varias las llamadas de este tipo. ¿Alucinaciones colectivas? ¿Histeria general? ¿Algún tipo de químico que produzca este tipo de visiones? ¿O algo más etéreo, más sutil, algo que no se pueda mostrar en bandeja? Tras salir de mi programa, elevo la vista al cénit. Azul límpido con unas cuantas manchas blancas. Como ha sido desde que tengo uso de memoria. De mi persona, mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo y de sus ancestros. El cielo azul celeste que sólo muta al ocaso o al amanecer.

Puedo sentir tu deseo…
Puedo sentir tu pasión…
Puedo sentir tu amor…
Cuánto me alegra… cuánto me llena ese dulce sentimiento que brota de tus entrañas hacia mí, es algo de lo que no puedo cansarme nunca, mi hermoso hombre… Tómame, poséeme, aférrame, no me dejes ir, sométeme, hazme tuya ahora, luego, después, a cada segundo, no te alejes de mí un momento… mmmmm…. Mmmm…


Extraños seres son avistados en diversos lugares de la capital.

Tal encabezado en el principal periódico, reconocido por su seriedad y objetividad me hace fruncir el ceño. ¿Será desesperación para obtener más lectores, un recurso barato propio de pasquines amarillistas; o es que realmente algo inusual está aconteciendo en este mundo?

Eran descritos como humanoides, seres bípedos, aunque algunos se movilizaban a cuatro patas o más bien, reptaban por el piso y a veces por las paredes. Casi todos desnudos pero cubiertos a su vez por una piel rugosa, gruesa, casi verrucosa o aflorada de venas. Deambulaban sin rumbo fijo, como si estuvieran reconociendo un nuevo terreno para instalarse. La mayor parte de los testigos huían presa del pavor ni bien los veían, siendo lugares solitarios y oscuros los principales. Aunque un caso destacaba. Uno de ellos fue visto en la terraza de un concurrido centro comercial en la noche, provocando histeria general. Descrito como “una especie de espectro pálido, con rostro desfigurado, o más bien, casi sin rostro, con un espeluznante meneo rápido de su cabeza conforme caminaba de un lado a otro”. Cuando el personal de seguridad logró llegar hasta donde estaba, ya había desaparecido.

Un posible recurso mental para satisfacer sus morbos internos a través del sueño, señor, me explica pacientemente el psiquiatra al cual acudí en busca de respuestas sólidas de base. Bueno, era verdad que mi vida social era poco menos que nula, al pasar tanto tiempo de mi vida entre libros y buscando lo no demostrable. ¿Pero que sea tan sensorial que pueda recordar al detalle todo lo ocurrido en el sueño? Este ansiolítico lo hará dormir mucho más profundamente y esas alucinaciones sexuales pasarán a ser un mal recuerdo. Vana es mi explicación de que ahora los sentimientos estaban involucrándose. Que me había enamorado de un ser onírico y que ansiaba meterme a la cama para volverla a sentir. Sólo una sonrisa irónica y escéptica (maldita sea) y la recomendación de volver en quince días si la medicación no surtía efecto.

Salgo del consultorio y arrojo las píldoras al primer tacho que veo. No iba a permitir que este amansalocos me arrebatase a ese ya querido ser que me llenaba de placer y amor cuando me desconectaba de lo material.

Nuestro amor es perfecto. Sin lugar a terceros, máculas ni dudas.
Disfruto el estar contigo. No me aburres, no me molestas, no me atosigas. Eres mi complemento ideal, con el que siempre deseé compartir mi ser, mi mundo, mi universo. Me alimento de tu deseo, de tu ansia de mi cuerpo; calmo mi sed con tus sobajeos ardorosos, tus dientes penetrando mis carnes, esa intensa mezcla de ardor, placer y algo de dolor para enriquecerlo. Soy de ti, mi amor. Te pertenezco completamente, y sé que tú también me perteneces ahora.
Algo que nunca me has dicho es tu nombre… - logré susurrar entre la miríada de sentimientos que me inspiraba esta persona.
Me llamo… Catherina.


Sucedió un día diáfano y claro, poco después de terminar mi almuerzo. Notaba que cada vez comía menos. Como un adicto a drogas que deja de lado el comer y otras necesidades por estar con su blanca, su ácido, su hongo, lo que sea. Sabía que mi centro cerebral del placer estaba desbocado. Tenía que ponerlo bajo control pero el ardor volcánico burbujeando en mi interior desvanecía todo intento de restricción. De súbito me llevo las manos a la cabeza, presa de una violenta explosión en el centro de mi cerebro. Me tengo que acuclillar y permanecer así varios minutos hasta que el dolor brutal comienza a aflojar. Abro nuevamente los ojos, viendo al principio una cascada de chispas multicolores. Aspiro profundo, elevo mi mirada y quedo paralizado.

El cielo azul celeste. Como siempre ha sido visto y percibido. Ahora menos del cincuenta por ciento está tapado por completo de lado y lado por una negrura entre la cual cabalgaban incontables penumbras. Como si hubieran roto la baldosa azul a martillazos y lo que quedaba de cúpula celeste se deshiciera lentamente a esquirlas. Necesito toda mi resolución para no chillar del pánico espantoso. Al ver jadeante alrededor, otros muchos rostros bajos, con las barbillas en un fino temblor. Con terror de mirar al cielo. Vieron lo mismo que yo. Y lo peor, avanzaba. Lo que fuera que oscurecía y acababa con el cielo diurno, estaba avanzando.

Luego de subir tropezadamente la escalera hasta mi estación, vuelvo a recibir iguales llamadas. Pero esta vez yo les replico con una pregunta clave: ¿Había sufrido de un dolor intenso de cabeza antes de empezar la visión? Nadie niega el síntoma. No era una ilusión colectiva. No eran locuras temporales y aisladas. Algo estaba invadiendo nuestro lugar natal. Algo que quería quedarse.

Me decido, impulsivamente, a intentar llegar al límite del domo. Parece que surgía del mismo horizonte. Aparentemente no mediría más de unas decenas de kilómetros, y si así fuera podría atravesarlo y estudiar por fuera tal fenómeno. Salto en mi moto y conduzco de manera desenfrenada, provocando frenazos, pitazos e insultos rabiosos que no logran alcanzar mi tremenda carrera.

No es hasta que mi moto expira entre toses y siseos por la falta de gasolina cuando me doy cuenta. Nunca terminaba de alcanzar el comienzo del domo. Ni siquiera lograba divisar en qué parte surgía del suelo. El domo no estaba en nuestro espacio. Era visible para pocos, sí, pero su presencia estaba más allá de las tres dimensiones de nuestra corporeidad. Mientras arrastro mi vehículo hasta la estación de gasolina más cercana, algo que me iba a tomar horas posiblemente, veo por doquier, donde la luz no llega, cabezas titilantes. Sea en lugares a campo abierto, en casas abandonadas, en poblados o donde sea, de las sombras surgen seres que caminan a paso errático y vacilante, pero que invariablemente voltean a donde yo estoy. Como si saludaran o reconocieran a un soberano.

Me duelen tus dudas, mi amor.
¿Quieres saber de dónde vengo? ¿Quién realmente soy? No te sometas a tus prejuicios. Sólo concéntrate en nuestro sentimiento, nuestro lazo que hemos creado, tan sólido y poderoso. ¿Qué importa si los otros lo pasan mal? ¿Qué importa si tu mundo empieza a fundirse con el mío, y comulgan la existencia los de mi clase con los de la tuya? ¡Somos tú y yo pioneros! ¡Nos hemos unido sin importar nuestras diferencias, amándonos como si todo fuera a ser destruido mañana! ¿Es que eso no te parece importante? ¿Es que no te pone feliz que toda esta pasión, este cariño, esta unión profunda ha dado finalmente un fruto que nos hará felices a ambos? Míralo, mi amor, ¿no es hermoso?… ya viene a saludarte…
…y de entre las sombras fue surgiendo algo gateante. Lo acompañaban gorjeos y voces guturales. Algo como un bebé. Sus manos y pies, arrugadas y escamosas, dejando entrever tejidos enrojecidos y palpitantes. Su cuerpo igual de enrojecido, casi transparentando venas y músculos. Y su enorme cabeza, a momentos meneándose de un lado a otro a velocidad tremenda, como si se fuera a desprender del cuerpo. Las facciones totalmente borradas por cientos de fideos de carne. Sólo un agujero en donde debía estar la boca, del cual salían todos esos sonidos que en condiciones normales calificaría como adorables. Y finalmente, en su coronilla, abriéndose todos esos pequeños gusanos de carne como los pétalos de una flor, fue emergiendo un enorme ojo. Un ojo de iris amarillento y escleras de bordes negros que penetraban casi hasta la pupila como raíces de árbol. Ese ojo, ese enorme y brillante ojo, posado completamente en mí…


Despierto en medio de un alarido. Mis sábanas empapadas, esta vez de sudor frío.
La histeria y el pavor se han apoderado de más de la mitad de la población. El caos impera entre las personas y todos ellos imploran a un dios que nunca vendrá a salvarlos y llevarlos al paraíso eterno. Llevo varias noches manteniéndome despierto con extractos de cafeína y anfetaminas, mientras voy inexorablemente destilando las conclusiones. El domo está casi completamente cerrado, pues sólo un resquicio azul logra despuntar lo que antes era todo brillo. Las criaturas simplemente entraron a ocupar los aposentos antes habitados por los de mi clase. Estos huyeron. Ahora son nómadas sin rumbo fijo. Siempre temiendo. Siempre llorando, gimiendo. El cambio fue demasiado brusco.

Estoy seguro que mi amada Catherina hará la propuesta formal de unirme a ella, su mundo al mío, para vivir todos en la armonía que ella describe como incomparable. Un nuevo mundo en que podremos criar a nuestro retoño, y que de él saldrán muchos otros. Un cambio tan necesario como importante para nuestro existir.
Finalmente, y casi obliterado por el obligado insomnio, me arrastro a la cama. Sin importarme ya los chillidos, los gruñidos y los siseos que se volvieron parte de esta noche continua, infinita. Sólo me desnudo, me cubro con las sábanas y colchas, y dejo que mis párpados se cierren pesadamente, igual que hizo el domo negro que cubrió nuestro mundo.

Voy a tomar la desición ahora.

Wednesday, September 22, 2010

Sólo reflejos


Mi mano aprieta los dedos que hasta hace un momento, sujetaba delicadamente disfrutando de su sedosidad y tibieza. Fue el paño de franela roja que decidió resbalarse, desnudando el pulido espejo enmarcado en roble que transportaban dos jornaleros; el culpable que una verdad saltase a la luz, turbase mi mente, y arrancase un gemido dolorido por mi violento cimbrón.

Mentiría si dijera que hubo alguna premeditación o deseo previo al momento de conocerla. Tan súbita como un relámpago, violenta como un balazo, punzante como el gusto del tabasco. Casi luminosa, en contraste extremo con el gris cotidiano de los rostros en que el día a día les va secando la sonrisa, en el que los apuros cercenan la ternura y la desidia por el prójimo abren abismos entre cuerpos que se rozan. Sentí mi esencia sobrecogida por un río tibio que fue lamiendo cualquier cochambre sobre amores fermentados y que dejaron su regusto amargo. Cual Anquises ante Venus, la sentí inalcanzable, intangible, con la suposición miedosa de que si mis dedos la aferrasen, se desvanecería en bruma y volvería a su natal dimensión.

Sus ojos acertaron con un destello de asombro en mi rostro embelesado, y noté la sonrisa que me atrapó por completo. Se acercó a mí y me preguntó qué miras, señor? Veo un ángel frente a mis ojos, fue todo lo que logré barbotar en medio de mi trance. Rió con el sonido del arroyo virgen del deshielo. Antes que me diera cuenta había desaparecido.

En mis cabales nuevamente, traté de hallar razones lógicas a este hallazgo. Nada calzaba, ninguna idea lograba hacer girar engranajes en mi mente o movilizar juicios. Todo se estaba disolviendo en un estanque cuyas ondas dibujaban permanentemente su rostro. Tenía que hallarla nuevamente.

Hice casi un ritual de dar cinco vueltas a la manzana en donde la vi por vez primera, con la esperanza quemante bullendo en mi cabeza. Nada. Los mismos rostros silentes y ceñudos, que desde antes de aproximarme a preguntar, colocaban muros invisibles. Necio, iluso, me recriminaba; fue sólo una visión, una quimera del calor de esta ciudad, una materialización de tus deseos más profundos. La realidad volvía a solidificarse en mis sentidos, y con resignación que pugnaba con dolor y rabia, apreté el paso rumbo a mi casa para chocar prácticamente con ella.

De la forma tartamuda en que intenté disculparme por el impacto, provocó en ella otra risa que silenció hasta los trompetazos de las busetas y furgorrutas junto a las puteadas de los choferes y los agudos silbatos de los gallinazos que buscaban su merienda a costa del primer incauto que ingnorase su arbitrario cambio de dirección en la bocacalle. Sigues mirando igual? Preguntó con el ánimo de por fin saliera alguna respuesta coherente de mi boca. Logré juntar algunas letras y conseguí inquirir su nombre. Eso sólo lo sabrás si vienes a mi casa; añadió junto a una dirección que repetí mentalmente. Olvidar el dato sería imperdonable. Al momento de haberla grabado ya, se había ido nuevamente.

De haber sido otra la situación, ni de loco habría osado comprometerme en tal viaje. El asfalto se había negado a continuar hacía rato ya, provocando que mis zapatos se fueran cubriendo de polvo cambiando su negro lustroso a un gris opaco, como las vidas de este lugar. Ni siquiera los oe primo, presta un billo, vociferados por varios jovenzuelos dedicados a la vida fácil me apartaba de mi búsqueda. Notaba cómo el cemento cambiaba a ladrillo deslucido y éste a caña; los medidores mutaban a cables montados en el principal, y basura apilada a parterres y vías. Olía el peligro en el aire, pero de peticiones vulgares no pasaban. Como si no les interesara mi presencia, incluso a pesar de tener la apariencia de ser alguien que ganaba lo suficiente como para volverme un punto más en las estadísticas de la inseguridad.


Atravesaba los callejones trazados sin orden alguno, sólo rompiendo la monotonía de las estructuras una camisa roja a cuadros que ondeaba a la brisa pegado a una de las míseras paredes. El muchacho envuelto en la camisa colaba su mirada por una rendija luminosa, de donde salía una voz que decía qué miras ojito, qué miras miramelindo; con un tono menos que coqueto y más maternal y arrullador. Algo cruje bajo mis pies y la cabeza voltea. Un ojo me mira aterrado mientras que el otro equivoca completamente su objetivo y se va hacia una comisura, como resistiéndose a abandonar la visión que le ofrecía el agujerito. El rapaz inmóvil me obliga a retroceder, más por lástima que por otra cosa, mientras oigo pasos frenéticos dentro de la covacha y una respiración ronca. El muchachito vuelve a acomodar su ojo torcido en busca, posiblemente, de algo que le dé material con qué excitarse en la noche, mas un estridente estás curado miramelindo objeta mis divagaciones. Alejándome un poco mi mirada llega al lugar que me había dicho ella, coincidiendo con un destemplado nooo, un batir de puerta y el trote salvaje que se fue perdiendo en la negrura de la noche.

Toqué tres veces como me lo había pedido y la puerta se abrió con voluntad propia. En una única habitación, rodeada por cacharros y ropas amontonadas, se encontraba descansando la mujer que me había enloquecido desde verla. Miraba mi rostro con una dulce expresión y susurró que a pesar de todo, había venido. ¿Cómo puedes vivir en un muladar así? Fue mi primera pregunta bien realizada. Es lo que todos dirían, pero yo prescindo de lo material. Me extrañó su respuesta. Pero de algo has de vivir, añadí; ella sólo movió la cabeza mientras decía que obtenía lo que necesitaba en el momento que lo deseara. Lo mundano y lo actual le eran estorbosos. Y tú, me dijo, tienes la capacidad de ver lo que los otros no pueden. Así que en ti haré el receptor de mis conocimientos.

Si me interesaba o no sus conocimientos era una cuestión que flotaba a kilómetros de mi mente. El sentimiento que estaba enraizándose en mi pecho engendraba fortísimo tronco que lanzaba a su vez ramas frondosas y cargadas de flores hasta el cielo. Sólo tomé su mano y más que caminar o correr, flotamos y volamos hasta llegar al centro de la ciudad, en donde henchido de amor danzaba junto a ella por vitrinas y escaparates, sin prestar atención a luces y ofertas, a transeúntes y vigilantes, al muchacho de camisa roja a cuadros, estampado contra el pavimento por un auto rata, en medio de un intento de linchamiento a tres jóvenes triqueados y un anónimo sollozo que se elevaba en medio de una carcajada cruel.

Fue ahí que me topé con el paño rojo que liberó sin aviso previo al gran espejo plateado haciéndome ver mi imagen que entrelazaba la mano a una enana pordiosera, sucia, fea y deforme, entre los cientos de muecas de asco y reprobación de los decentes ciudadanos que pasaban a mi lado. El gemido de dolor que había provocado mi apretón atrajo mi mirada, que fue aliviada ante la imagen original que había sucumbido mi ser. ¿Te das cuenta? Me volvió a susurrar con dulzura. Los ojos de tantos que van velados por ideas y errores, les impiden ver lo que realmente es, y lo que realmente importa. No eres parte de ellos, querido mío. Prescindamos entonces de ellos, quienes ya están con las horas contadas.

Es acabar ella de hablar y yo tomar sus labios por asalto, y comenzar a amarla con cada molécula de mi persona.

Monday, August 02, 2010

TAMESHIGIRI

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Frente a este jueperra, no veo por dónde disculparlo. Lo tengo a tiro, no se me escapa, soy el dueño de su vida y su muerte. Pero el desgraciado no me muestra nada de miedo. Está ahí, tan tranquilo, tan sereno, como el estero en verano. Y los ojos suyos. Clavados en los míos. Pero yo llevo las de ganar aquí. Aquí te jodes, chuchetumae, resoplo apuntando a su pecho. La sonrisa burlona me termina de dar el motivo para apretar el gatillo y lanzarlo a dos metros.

Yo siempre me había considerado el más bacán del pueblo donde vivía. Veintitrés años de levantarme a las hembras que pasaran por mi lado, tirarme a las que pudiera y si salía niño de por medio, pues me hago el desentendío. Que no me jodieran, yo era el hijo mayor del hacendado y naidien me iba ver las guevas. El que bailaba primero y con la mejor pierna. El que chupaba mejor y aguantaba más tiempo jumo. El de la mejor puntería con la escopeta pa´ cazar un venao. El éxito estaba de mi parte.

Un día llegó una familia que se veía eran diotra parte. El don tenía una pinta de gringo, aunque la ñora era sí propia de estos lares. Que venían a alzar un restaurancito y pasar sus días. Los dos hijos mayores andaban en sus universidades quemando pestaña duro y feo, pero se trajeron a la última, de dieciséis, para que les ayude y termine aquí el colegio.

Nomás fue verla y ya la quería para mi mujer. Más que linda, más que rica, tenía que aprender otra palabra nueva para describirla. No quería ser candidata a reina del pueblo porque decía era recién venida y no era correcto eso. Así que el restaurante del gringo (que según daba a entender, venía de Suecia en verdad) se convirtió en mi lugar de siempre pegarme el pescado sudado o mi caldito de costilla con habichuelas que tan bien sabía hacer la suegra. Y de paso, le metía su palabreadita para calentar oreja a la moza. Ella se reía y me daba la vuelta. Ah, hecha la apretada. Quesque una déstas la veo sola y le hago mujer mía quera o no quera.

Pero un maldito día se instaló a hacer no se qué cosa, creo que a hacer sanación, un tipo medio raro. Les veía a los enfermos y no sé cómo le hacía pero siempre salían bien parados y mejor que sanos. Yo un día que me torcí el pies por montar mal mi caballo, me quisieron llevar al curador, pero no quise. Algún mal me ha de hacer el bandido ése, mejó me llevan con el dotó Cedeño, que viejo y todo desde tierno me ha sabido componer. Y lógico me caía mal el tipo, pues no soportaba que Hilda, que así se llamaba la muchacha de mis amores, le quede viendo con ojo dulce cada vez que venía a servirse el almuerzo. Así que un día lo fui a advertir. Verá señor esto sólo se lo digo una vez. Mejor se abre de Hilda o yo no respondo, es mujer mía y de naidie más. Eso le dije bien clarito para que se agueve y no se ponga a vacilar con mujer ajena. Pero su respuesta me dejó foco: ¿Tienes acaso título de propiedad sobre ella, para que la reclames como tuya? Ahí fue donde me cabrié y le fui dejando preciso que donde se atreva a molestarla se las vería conmigo y yo no miando con pendejadas si es de poner planazo se trata. No dijo nada así que me fui creyendo que ya tenía el asunto ganao.

Me equivoqué. Mierda, es que en plena fiesta del santo patrón fui y le vi hablándole quedito mientras echaban baile. Así que esperé a que el maldejido se regrese a su casa y me le presenté con machete en mano. Yo hablo serio carajo, le dije antes de cerrarlo a planazo. Por lo menos la cara le abría, pues no tenía fierro ni pistola, sólo un palo largo que siempre andaba con él aunque nunca cojeara. Pero es que mi machete le iba a tocar el cuerpo y le vi alzar el palo, una chispa y se partió mi fierro. Sólo miré el mango y un pedazo de metal y delante mío, mi rival muy sereno, mirándome como con burla. Ni siquiera atacó de vuelta. Cabrerísimo como nunca, me volví a mi sitio.

Estaba desesperao pues a pesar de toditos mis intentos, clarito estaba que Hilda le estaba dando la bola al sanador maldecío. No sabía cuándo bien agarrarlo, pues con los bienes que le hacia a la gente, le habían cogido enorme cariño todos. Me las jugué completas y le quise cuadrar a Hilda y si había chance, hacerla mía de una vez. Pero me trancó mi bofetada y vino el viejo y medio me amenazó que no volviera al restaurante. Esa mesma noche, la vi luego de cerrar, se dirigió atrás de la casa y el desgraciao la empezó a besar. Ahora sí que no lo iba a perdonar. Así que fui a buscar la recortáa de mi viejo, le cargué con dos cartuchos gordos y lo fui a buscar.

Ahora que toy mirando el cuerpo de mi odiado enemigo, el pecho hecho hueco del cartuchazo, su mano aferrando igual su palo largo; sonrío con la victoria de mi lado y volteo. Ya no habrá chance de llevarse a mi Hilda, ahora va a ser sólo de mi…

- Yo no he muerto… - dice una voz a mi espalda. Me hiela el espinazo, pues estaba segurísimo de haberle apuntado en la mitad del pecho. Hasta vi cómo le mojaba la sangre la tierra y ya no resollaba. Volteo de vuelta y horrorizado diviso cómo se empieza a querer levantar. Ya no tenía cartucho, así que me le lanzo encima, y le empiezo a dar con la cacha. Ahora sí te mueres chucha, le decía bajito tras cinco cachazos que lo volvieron a dejar quieto. Pero no, vuelve a decirme lo mismo y es ya con el cañón de la cartuchera que voy partiéndole la cabeza hasta que queda como caimito aplastao. Ahora bien seguro que no volvería a joder, me alejo del sitio.

Me hice el loco un par de semanas, a pesar que hubo sospechas conmigo, pero mi apá se puso tieso a decirles a los policías que todo el rato anduvo conmigo. El sanador no tenía familia, pero casi todo el pueblo le lloró cuando le pusieron bajo tierra. Una alegría morbosa me dio verla a Hilda tumbada sobre el sepulcro hasta que la llevaron los papás. Tranquila mija, yo te quitaré todo este dolor, me dije para mí. Dicho y hecho, empecé nuevamente a meterle palabra y esta vez sí me dio bola, cosa que en menos de seis meses, ya estábamos arreglando lo del casamiento, a pesar que el viejo andaba medio trompúo por el asunto. Linda como la virgencita, la veía a mi Hilda poniéndose a mi lado y escuchando al cura ponernos el título de marido y mujer. Aunque una frase que dijo el cura me dejó un poco extrañado. Al despedir la misa, nos dijo a todos: Podéis ir en paz, pero recuerden hermanos míos. El no ha muerto.

Al rato me olvidé del asunto mientras instalaba a mi mujer al lao de la casa de mi pai para empezar nuestra feliz vida juntos. Pero fueron pasando los meses y me enteré de un asunto feísimo con mi pai. El viejo le ha sabido deber a un par de chulqueros como no se cuántos miles y hacía rato que no veían la plata de vuelta. Entonces vinieron con un abogao a plantearle mi pai que de no pagarles pronto, toíta la hacienda se apropiaban. Por un tiempo anduvo desesperao buscando el billete y prestando a cualquier compadre que le apoyara, pero naidie puso. Así que lo que hizo fue vender la mitad de sus vaquitas, para medio alivianar el asunto. Y mal hizo pues al ir llevando sus cabezas para entregarlas y recibir el dinero, lo agarraron unos cuatreros y le trancaron un balazo. Yo sólo llegué para ver a mi padre malherío y sangrante. Las vacas el puesto nomás.

Por suerte el dotor Cedeño logró sacarlo a mi pai, pero quedó muy malo y no podía caminar bien y nada de montar caballo. Así que llegaron los chulqueros y pese a todos los ruegos y disculpas nuestras, se alzaron nomás con la hacienda y la pusieron en remate para pagar nuestra deuda. Y cuando se fueron llevando las escrituras y todo eso, creí oir a uno de los chulqueros decir como para sí: El no ha muerto…

Por eso me lo llevé a vivir a mi pai conmigo ya que por suerte yo también criaba mis chanchos y de vender y vender, algo de platita pude obtener para hacerme una casita con unas tierras para seguir sembrando y criando. Hilda estaba esperando a mi primer hijo cosa que este trago amargo pronto se iba a superar. Así fueron pasando meses hasta que nació mi hijo. Grandote y bello como la madre. Y mi pai ahí mas que sea en alguna cosa colaboraba para que no le tengan como carga.

Un día que me fui a revisar los chanchos, dejé a mi ñora al cuidado de mi niño, que ya andaba para dos años. Al llegar me asustó ver que toítos los chanchos boqueaban feo y echaban una espuma como verde por la nariz. Salí corriendo a buscar al veterinario, y nos pusimos a revisar los animales. El dotor no estaba claro qué mismo era que les pasaba a los chanchos, pero a todos les puso una inyección y me dijo que alguna cosa avise de vuelta. Les puse comida y agua fresca y me volví a casa. Al amanecer siguiente, ni un chancho vivo. La trompa cubierta de esa espuma verde. Los veinte chanchos que estaban ya para ser vendidos. Me llevé las manos a la cabeza y grité de rabia. ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Y fue gritar y oír a mi mujer llamarme durísimo. Aún lelo por el dolor de perder mis animalitos, emprendí vuelta a casa. El peor escenario me esperaba. Mi querido niño, jugando en la casa vecina, se puso a dar vueltas cerca de un pozo viejo, se resbaló y cayó. Y no salía para nada. Loco de horror me tiré al pozo lleno de lodo a buscar a mi hijito. Mi mujer lloraba abrazada por sus vecinas. Dos amigos se lanzaron también a buscar a mi niño. Metía y metía mano, hasta que topé un mechón de pelo. Hale duro y el cuerpo blanquito con los ojos muy abiertos de mi amado hijo salió a la luz. No hubo forma. Le sacudimos boca abajo para que bote ese lodo maldito que le llenaba la boca, pero no respondía. Lo llamaba por su nombre y lo abrazaba duro, pero no respondía. Mi niñito, mi hijito, muerto estaba a mis pies. Sólo atinaba a menear la cabeza mientras Hilda gritaba abrazando el cadáver. Justo ahí llega rengueando mi pai. No soportó ver a su único nieto fallecido y antes de llorar o algo, se llevó las manos al pecho y se fue al piso. Me lancé sobre él y le rogaba tú no pai, tú no por favor… Mi pai me agarró los hombros y me miró fijo mientras también se le escapaba la vida. Hijo, hijo, me decía como pidiéndome que no permita que la huesuda también lo lleve.

Su último suspiro fue también un fierro que traspasó el pecho.

Mirándome con los ojos hecho pepa y apretándome durísimo los hombros, me habló con voz rotunda y fuerte: EL NO HA MUERTO. Y deuna viró los ojos, aflojó las manos y quedó quieto.

El velorio y las novenas que siguieron fueron un infierno. Se me fue casi toda la platita en los gastos de cementerio para las dos tumbas. Mal agüero, te han hecho un mal por algún lado, me decían algunos panas. Con Hilda no había cómo hablar, pues quedó como loca por ver a su hijo con la boca llena de lodo y luego siendo velado y enterrado. Pero la idea del daño sí me surcaba la cabeza. ¿Quién, quién habrá sido el hijueputa que me ha mandado el mal de esa manera? El único enemigo serio que tuve fue ese sanador hijueputa que bien mandé a la otra de un cartuchazo. Y me aseguré de que nunca volviera a levantarse, estaba seguro. Naidie podía salir sano de un cartuchazo en el pecho y la cabeza hecha pulpa a golpes. Así que por ese lado imposible. Pero…¿qué quería decir mi pai cuando me dijo que el no había muerto? Será que el finado vino a cobrárselas desde la otra? Ahora que recuerdo, esa frase también la había escuchado en otras bocas. Entonces capaz este pueblo estaba como maldito. Entre antes me largara de este recinto mejor.

Marché entonces con Hilda, quien había quedado como muda luego del trauma del niño y el suegro, hacia una ciudad lejana. Una capital. Ahí vivía un tío segundo que al principio no me quiso recibir. Pero el que llora mama cosa que logré instalarme en el patio, armando una chozita para Hilda y para mí. Los primeros meses iba de cachuelo en cachuelo, sea recogiendo botella, echando machete, y de aprendiz de mecánico. Ganaba lo justo para comer, y de paso darle un cariñito al tío por darme cobijo. Hilda mejoraba muy despacito, pero aún no hablaba una letra. Por lo menos ya sonreía de poquito cuando estábamos juntos, pero nunca una conversa.

Las cosas fueron mejorando gradualmente, cosa que al final, logré mudarme de esa choza y alquilar un departamentito en las afueras. Hilda aún no hablaba, pero su animo estaba mucho mejor ya, aunque a veces la descubría llorando abrazando una foto de nuestro niño muerto. Yo ahí la abrazaba de vuelta para consolarla. Ya con un poco más de platita, fui buscando un local porque deseaba abrir un restaurancito. Si la doña sabia cocinar pues entonces entre los dos nos alzaríamos un puesto igual que los suegros hicieron hace años ya.

Mi mujer seguía muda, pero el negocio despacito se fue haciendo famoso, hasta que gente de fuera de la ciudad quería conocer la sazón de Hilda. Para ese rato, estaba nuevamente embarazada y le tenía puesta toda mi ilusión. Este niño capaz le abría la voz de nuevo y terminaba de curarse. Para esos tiempos llegó un señor que me vino a ofrecer la posibilidad de unirme a el para ampliar bastante el negocio, y terminaríamos moviendo harta platita. Me gustó la idea así que fuimos almacenando todo lo que eran vigas, clavos, sillas y eso tras la cocina del restaurante para empezar a construir. Había tenido que prestar un buen billete para concretar el asunto, pero decía mi socio que en unos dos o tres meses máximo estaba el dinero de vuelta.

En la casa, estaba ya contándole a Hilda el gran éxito que ibamos a tener, hasta podíamos contratar cocineras que la ayuden y ella sólo tendría que ver que la comida estuviera bien hecha. Ella reía y aplaudía entusiasmada, mientras yo le sobaba la barriguita. Este niño crecería bien y fuerte. De pronto tocaron a mi puerta muy duro. Salgo a ver que pasa y me dicen que hay fuego. No salgas Hilda, logro gritarle antes de correr hasta mi local y ver que estaba ardiendo hasta la última viga. Mi puestito. Mi futuro. Todo. Convirtiéndose en cenizas frente a mis ojos. Ni siquiera puedo meterme a salvar algo pues alguien me sujeta con fuerza y me hace presenciar la muerte de mis esperanzas. Luego un empujón me lanza al suelo y veo a mi socio. Furioso. Gritándome entre insultos y puteadas que yo inicié el incendio. Pero que me jodí, porque habló con los del banco echandome la responsabilidad de la plata invertida, la de ambos. Ni siquera puedo responder. El hueco enorme dentro de mí me impide chillar, patear, responder, llorar. Vuelvo a casa arrastrando los pies.
Supongo, en lo lento que iba caminando, que alguien ya le habrá informado de la tragedia a mi Hilda. De seguro recaería en su mal. De seguro, pienso al abrir la puerta y encontrar a mi mujer riendo a carcajadas sentada en un charco de sangre. Intento levantarla, pero pesa demasiado. Empieza a brotar de entre sus piernas una cabeza deforme que va arrastrando un cuerpo malhecho y viscoso, que remueve un poco sus remedos de extremidades antes de quedarse quieto. No puedo más con tanta desgracia. Agarro por los hombros a Hilda y llorando como niño le grito por qué, por qué tanta miseria, por qué vivimos malditos todo el tiempo. De ley no me da respuesta, está muda como una piedra, sólo riéndose destempladamente; pero calla de súbito su carcajada, voltea a ver y me dice con voz muy firme y grave:
EL NO HA MUERTO.


Una ira como el mismo fuego que calcinó mi local me consume las tripas mientras le encajo un puñetazo. Los celos y la rabia me ciegan mientras cruzo su rostro hermoso una y otra vez, pero ella en vez de quejarse, sigue riendo y vuelve a repetir esa maldita frase. ¡Tú lo seguías amando, chucha, a pesar que yo lo maté! ¡Tú nunca dejaste de quererlo, a pesar que yo tenía que ser el hombre para ti! ¡Entonces tú fuiste la que me lanzó ese daño, tú mataste a mi hijo, a mi padre, nos arruinaste, hiciste de mi vida un infierno! Cada frase la acompañaba de un golpe que esperaba le callase esas risas convulsas y sobre todo, esa frase del diablo, que el no había muerto. ¡Si yo lo maté, yo lo vi morir con sus sesos saliendosele por los huecos que le abrí a punta de cartuchera!

Pero nada. Nada lograba salvo embadurnarla de su propia sangre el rostro y saltarle un par de dientes. Con todo eso, seguía riendo. Y en su propio rostro, bañado en rojo y escupiendo dientes y risotadas sin cesar, se fue originando una transformación. ¡El rostro de mi original enemigo! ¡El mismo hijueputa rostro que robó una vez besos y amor de la que es mi esposa! ¡Hijo de puta, una y mil veces!
Salí corriendo a mi cuarto y agarré la vieja cartuchera, la que ultimé hacía años a este hijo de puta, y ahora tendría que volver a usar. ¡Sólo esa arma podría volver a acabar con ese rostro de pesadilla! Me precipité a la sala, y vi que el rostro de mi mujer se peleaba con el del malparío para ocupar el mismo lugar. Caminaba hacia mí extendiendo los brazos como queriendo arrastrarme a los aposentos del diablo. Me lancé sobre ese monstruo y tal como hice hace tiempo, empecé a reventar el rostro a golpe limpio. ¡Borraría de una vez y para siempre esa sonrisa burlona, esa voz de carcajadas entre agudas y graves, la belleza de ese rostro amado y que al final nunca pude poseer por completo! ¡Ni siquiera me importaba que luego me cayese la policía, o que la criatura parida por mi mujer, ese horrendo aborto, se incorporara y se uniera a la canción diabólica agarrándome del cuello! ¡Seguiría golpeando y golpeando, una y mil veces, hasta que toda la carne se haya convertido en tierra!!

¿Tierra?

No está Hilda transformada, no hay sangre, no hay aborto danzante, no hay paredes ni casa. Estoy sentado sobre un camino de tierra, con la cartuchera hundida como cavando un pozo. El panorama me parece familiar, yo he estado aquí antes. Reconozco con horror este lugar. La casa del sanador. Mi recinto. Los olores del restaurante de los suegros a lo lejos. Y el corolario final: esa chucha voz, esa que pensé nunca más volvería a oírla, ahora desgarrando mis tímpanos, revolviendo mi cerebro y hundiéndome en la peor de las locuras.

- La vida del hombre, es sólo una ilusión. Ocurre en un suspiro…

Mi último intento de dar pelea, de impedir que ese diablo desgraciao me quite a mi Hilda nuevamente, se reduce a voltear mi cuerpo mientras de mi garganta surge un enorme alarido que encerraba todo el dolor y la ira que pasé por esos años. ¡No tenía un cartucho pero volvería a hacerle mierda la cabeza! Pasa un relámpago metálico y voy viendo todo girando, girando, mi cuerpo aún arrodillado en el suelo, con un surtidor rojo en donde debía estar mi cabeza. Y antes que se oscurezca todo y me hunda en la nada, veo a mi odiado enemigo meter un raro machete fino y largo dentro del palo que siempre lo acompañaba, susurrando estas palabras:
- Y la tuya, no es la excepción.


Sunday, March 28, 2010

13 hertzios por kilo de peso.




Sangre.
Formada de plasma y elementos formes, como los hematíes, que le dan su color rojo.
Hematíes.
Células anucleadas discoides repletas de hemoglobina, la responsable del intercambio gaseoso pulmonar-sanguíneo, mejor conocida como homeostasis.

Aún recuerdo tales enseñanzas en mis clases en la universidad. Palabras y frases que constituían conocimientos entrando tanto por mis oídos como por mis ojos, en las innumerables noches en vela masticando mentalmente cada página que enarbolaba ante mí sus datos.

Si ésa fue la causa que la miopía se manifestara unos meses antes de aplicar para la especialidad de neurocirujana, no lo resiento ni lo deploro. Mis lentes aumentaron mi débil popularidad en el sexo opuesto lo suficiente para darme el lujo de rechazar un par de ofertas. Y además me ofrecían el rescate de los pequeños detalles que tantos omitimos por prestar la atención a asuntos más trascendentales pero desprovistos de hermosura.
Una pasión que mantuve acorde a la neurocirugía era asimismo la botánica. Maravillada por esos diminutos milagros de florecimiento, prosperidad, colores y aromas, una maceta con orquídeas era suficiente para tenerme en beneplácito en esas largas horas de estudio.
Nastias. Trofismos. Fotosíntesis.
Quisiera tener más tiempo para poder profundizar en tales misterios, así como cada día por medio separo con mano firme ese flan rosado y tembloroso encargado de guardar todos y cada uno de nuestros datos. Incluso con los lentes de aumento colocados sobre mis gafas, cada movimiento debe ser hecho con una precisión de relojero, sea manejando el cauterio bipolar, sea con los separadores, sea con el succionador. Un mal movimiento y se perderán algo más que las tablas de multiplicar o el recuerdo de la graduación.
Y aun dentro de lo macroscópico, si cabe ese término al trabajar en una superficie de menos de un centímetro cuadrado, me fascina saber que manipulo una red infinitamente frágil de conexiones, de moléculas pasando de membrana a membrana en la sinapsis, de oleada de microcargas eléctricas volando entre los axones, dendritas, células gliales y demás, para convertirse en órdenes y respuestas.
Fue cuando, en medio de una tarde de meditación mientras contemplaba el blanco nacarado de una orquídea y aspiraba su tenue perfume, me vino una revelación.

Ya sabía de la nulidad de nervios de los vegetales. Que tales movimientos eran parte de una respuesta conjunta de todo el organismo, como el movimiento solar de un heliotropo, o el movimiento certero de la atrapamoscas sobre su presa. Movimientos fácilmente explicados y encasillados a meras respuestas biológicas. Pero ¿si hubiera algo más allá? Como la melodía en la mente de un compositor, se necesitaría un instrumento para poderlo plasmar y hacerlo tangible ante el mundo real...
Tales razonamientos se los fui comunicando a mi colega y superior en residencia, el encargado de que mis errores fueran los mínimos. Un hombre asimismo entusiasmado por el arte y las cosas bellas, lo cual había logrado ganarse más que mi respeto y admiración. Las teorías lo sonreían, lo dejaban pensando, mas de ahí no lograba pasar.
Fue por tanto que furtivamente sustraje un microscopio, varias cajitas de petri y solución salina y glucosada, y en mi casa empecé a experimentar por mi cuenta. Obviamente los primeros intentos fueron fracasos rotundos. Incluso yo misma, en ciertos momentos de malestar y con los pies momentáneamente puestos sobre la tierra, me recriminaba mi proceder, me reñía el afán embriagador de lograr encontrar un balance, una conexión, un enlace que consiguiera manifestar la vegetal belleza con toda su fuerza.
Sin embargo, no desistí.
En vista del fracaso con microfilamentos, pantallas, elementos de resonancia y demás aparatos de fabricación humana, un buen rato estuve razonando y uniendo cabos. Y no fue hasta que observé la alimentación de un herbívoro cuando una flecha luminosa me traspasó la cabeza. Hasta ahora todo había sido un ciclo. B come a A, B es comido por C, C muere y es alimento de A. Circulos, asimilación, respiración, nutrición. Hasta ahora todo había funcionado así. ¿Y si de pronto yo...?
Así fueron pasando semanas y meses en los cuales fui descuidando mi residencia y obteniendo sermones y esquelas de mis superiores, sobre todo de mi inmediato, quien ya había cambiado su actitud hacia mi persona. Su ultimátum de otro error y podía dar por terminado mi postgrado sacudió un poco mis quimeras y me obligó a concentrarme por lo que en un principio apuntaba. Era cierto. El poco éxito logrado en mi afán casi obsesivo no justificaba la pérdida de mi carrera y el terrible deshonor hacia mis padres, quienes pusieron toda su ilusion en que su primogénita se graduara de neurocirujana.
Resuelta a limpiar mi imagen, archivé tales sueños locos en lo más profundo de mi propia mente y retomé el rumbo.
No sólo lo recuperé, sino que los ojos de mi superior se habían vuelto a posar con interés en mí, dándome ocasionales escalofríos extasiados. Una relación entre residentes no era tan fuera de lo común, así que mientras la fecha del final de mi residencia y posterior obtención de título se acercaba; crecian los detalles de él hacia mi parte. Perfumes, salidas, cine y ocasionales bouquets de flores se sucedían con el pasar de los días.
Pero cada vez que observaba las rosas, los crisantemos y las violetas pasar de sus brazos a los míos envueltos en frases y palabras amorosas, una aguja amarga se me hundía en la cabeza. Desistí estando tan cerca de la respuesta. Era como si cada flor estuviera amordazada impidiendo elevar sus cánticos y sumergidas en brea para cortar sus colores y aromas. Las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, fruto de la tristeza por la impotencia mia, él lo interpretaba como mi conmovido agradecimiento. Volvía a mi departamento y colocaba cada ramo en la puerta de lo que había sido mi laboratorio clandestino, tal cual se ofrecían flores en los sepulcros. Lloraba por horas.
Y finalmente, se dio.
Mis padres hinchados de orgullo, mi cabeza orgullosa con el tocado de graduada y los diplomas tanto de postgrado como de mejor tesis (nada del otro mundo, si me lo preguntan, sólo un ensayo sobre el efecto de la música sobre la amígdala frontal) marcaron el día más trascendental de mi vida, claro, de acuerdo a lo que se esperaba. Mi prometido aplaudía ardoroso relamiéndose de antemano la cercanía de nuestros cuerpos, luego de la gran borrachera posterior a la ceremonia.
Y así se iba dando la cosa, cuando sujetaba mi tercer martini entre risas y comentarios miles; él extrae una bellísima orquídea alba y entre sus pétalos refulgió un diminuto diamante engarzado en un anillo, lo que provocó vítores estruendosos.
"Quiero que nuestros corazones y mentes estén unidos por siempre", me susurró mirándome a los ojos, y una nueva flecha luminosa me atravesó.
Eso era. ¡Eso era! ¡¡ESO ERA!! Rugí extasiada mientras caía de mis manos el anillo de oro y yo echaba a correr hacia mi carro y aceleraba rumbo a mi casa. Cerré la puerta tras ver la mirada extrañada y furiosa de mi amado que me exigía explicaciones a los gritos. Te mostraré, mi amor, te mostraré. Sólo ven , cruza la puerta, recuéstate, relájate y así calmadito sé testigo de la confirmación de todas mis teorías, de que lo que antes se pensaba imposible, se puede lograr.
No importa si me estuviste acompañando días o semanas, ¡he aquí los resultados de mi investigación! Y tú, tú mejor que nadie eras el indicado para ser el primero en palpar tal avance! ¡Lo conseguí, lo logré! La sinapsis perfecta entre lo vegetal y lo animal! ¡Por fin la flor podrá cantar su belleza a los cuatro vientos, enraizada tan perfectamente en tu cerebro prolijamente expuesto por mi técnica, y la fusión de tus células y la de esta orquídea trazarán una nueva línea entre lo hermoso y lo científico! ¡Me deleito de ver tu azulino ojo derecho despuntar estirando su tallo óptico y convertir el globo blanquecino en una corola única, sensible y mutante a su voluntad...!

Saturday, February 13, 2010

FELIZ SAN VALENTIN!!

Aquí les pongo como homenaje al día del motelazo y del buen polvazo como Odín manda, aparte de pasar con los panas de toda la vida.
Un video que en lo personal, contiene la canción de amor más sincera de todos los tiempos.
Disfruten.

Friday, September 25, 2009

Diversos tipos de amor.


Bajo el cielo azul supremo, sin importar toneladas de partículas de carbono lanzadas al aire, sin importar rostros torvos, ceñudos, prejuiciosos, siempre hay un motivo para sentir amor, sin importar de qué tipo.
Se presenta de cualquier forma, de cualquier manera, bajo todo tipo de sabores, olores, vistas y sonidos. Es la forma en que se lo capta lo importante.
No se necesita realizar una gran inversión ni lanzar palabras inútiles para lograr sentir la esencia del sentimiento. Basta una salida, un motivo para verse, unas palabras cruzadas, y se da. La simple imagen de un rostro, anécdotas que sólo a ti se te pueden contar, reírse viendo las expresiones o reacciones, saberse que entre ambos hay algo especial, que no necesita expresarse con besos, caricias, palabras tan comunes y trilladas("te amo, mi amorcito, te adoro mi cielo"), sino más bien con un andar abrazados y que en cada contacto de ojos hables silenciosamente, es suficiente. El amor que sientes por un amig@, sea cual sea.
O que luego camines por una avenida cualquiera y palpes cada sensación, sea nueva o conocida, y que la sientas querida. El aire gélido por tus narices, el cielo nocturno tachonado de estrellas o las luces parpadeantes de la gran ciudad, cada olor y sonido que sale de cada puerta y negocio. El amor hacia cosas materiales.
Y cuando ves a una persona del sexo opuesto, sea las opulentas mamazotas que van trastabillando por tu camino, mostrando 3/4 de teta en su escote, o señoritas de aspecto calmado y responsable, con dos láminas de vidrio protegiendo sus ojos, tan pulcras, calmas, adorables, deseables. No las amas por el físico realmente, sino por lo que provocan en ti. Ternura, deseo, pasión, dulzura. Y claro, tambien es aplicable al sexo opuesto. Que ellas nos vean y se sobrecojan, seamos altos y greñudos y de buenas nalgas; patuchos, regordetes y de rostro severo; flacos, aguados y con cara de niño bueno; enormes, animalescos, trigueños y con ojos de fiera (lobo, tigre, halcón, cualquiera importa). El amor por la apariencia.
Cuántos de nosotr@s no hemos amado absoluta y estoicamente a iconos, seres ideales, dioses y diosas, actores, personajes, prototipos, lo que sea, sabiendo que un ser así nos dará una vida llena de dicha y alegría. El amor platónico.
Todos los que hemos caído irremisiblemente seducidos por las caritas nuevas en nuestra familia, nuestra carne y sangre, pequeños paquetes de travesuras, risas y inocencia, sean hijos o sobrinos. Lo mismo a los que estuvieron por encima o al lado nuestro, y solo con el pasar del tiempo aprendemos su verdadero valor. El amor por el clan.
Amores absolutos, completos, eternos en apariencia, felices, tristes, dolorosos, violentos, que nos dan motivos para vivir, y para morir en ciertos casos. Correspondidos unos, indiferentes otros (pero por lo menos inspiradores) y que entretejen estructuras dentro de nuestros espíritus. Amor hacia otra persona.
Y finalmente, esos amores que sin importar la relación que se tenga, te proveen de tranquilidad, delicadeza, armonía, paz. Esos amores que no necesitan de eufemismos ni pompas. Los que están porque sí. Los que florecen espontáneamente, que tal vez hagan dudar de lo que uno siente, pero que al verl@ uno sabe que es real. Uno sabe que viene de adentro.
Ese tipo de amor, que te llena, te vitaliza, te alimenta.
El mejor tipo de amor, el que con pequeños detalles y pormenores se alimenta y se mantiene fuerte.

Thursday, April 30, 2009

La promoción.



Valió la pena haber llegado a este hotel.

Era la quinceava celebración por motivo de la graduación del colegio de mi esposa, quien se había recibido de bachiller en uno de los más prestigiosos colegios de la ciudad. Liceo particular laico “Saint Jacques”, se llamaba. Mis suegros exprimieron hasta lo último de sus arcas para que su hija mayor se educara en tan prestigiosa institución, donde hijos de banqueros, celebridades y demás gente de alcurnia recibían instrucción secundaria.



El hotel era realmente fastuoso y repleto de lujos. Ubicado en una ensenada cercana a Salinas, tenía la particularidad de alzarse sobre un empinado acantilado, de cuya base serpenteaba una escalinata hasta el hotel, conectando un sistema de muelle para yates y otras embarcaciones privadas. Las playas no estaban lejos, como máximo a 500 metros del hotel. En la planta baja funcionaba un minimall donde los huéspedes y visitantes conseguían desde una botella hasta un cuadro artesanal hecho de conchas y caracolas espondylus. Claro que a precios muy superiores a lo normal. El servicio de comidas atendía tanto en sus propios locales (en la base y la cúspide) como en atención al cuarto. Era en el salón superior, justo en el centro de convenciones, donde se celebraría la fiesta de ex-alumnos. Un óvalo cristalino de transparencia casi perfecta permitía observar el cielo casi siempre despejado, pero que tenía una cubierta plegable para proteger del sol. En un extremo de la sala estaba el área donde una orquesta tocaba sin cesar melodías muy elegantes, mas no bailables. En ambos lados del salón estaban dispuestas las mesas del buffet, junto con los mozos, atentos al mínimo requerimiento de los comensales. Y algunas camareras se movían de un lado a otro de las mesas adjuntas llevando bandejas cargadas bien de vino, bien de bocadillos. Cosa que el espacio central quedaba presto para la tertulia y el baile, si se proponía. Mi mujer estaba encantada pero advirtió mi mirada golosa hacia las viandas de las mesas.

- Recuerda que estamos en un ambiente muy élite, no te quiero ver devorando como usualmente haces – me susurró en un tono de reproche.
- Tranquila, estoy con hambre pero no te voy a hacer quedar mal con tus…- empecé a responder pero un agudo chillido me interrumpió.
- ¡¡CHÉERIIIIII!! – gritó con aguda voz una dama sumamente enjoyada mientras se lanzaba a abrazar a mi esposa sin casi dejarla respirar. Para mi estupefacción otras tres señoras realizaron la misma gracia sepultando a mi pobre doña en abrazos, besos y manos entrelazadas. Saludos mezclando inglés, francés y español confundían nuestros oídos…
- ¿Cómo has estado todo este tiempo, darling?
- Nos hubieras llamado para salir de shopping y party, hija…
- Y nos enteramos que te habías casado, mon cheri, no será el que te acompaña, ¿nooo?
Finalmente mi señora, bastante amoscada y agobiada por la avalancha de mimos y preguntas pudo responder pausadamente.
- Chicas, tanto tiempo sin verlas, la verdad no sabía si me reconocerían o no. – pese al parloteo incesante en respuesta, ella siguió – es verdad, el que está a mi lado es mi esposo, llevamos ya cinco años de casados. Les presento, se llama…
- ¡Pero darling, hasta donde yo sabía tú estabas saliendo con el hijo del dueño de la cervecería Pulsener! ¿Cómo así lo dejaste?
- Y bueno hijita, sé que fuiste a estudiar a una universidad bien bien de populacho, capaz que fue ahí donde lo conociste – insinuó la otra haciéndome un gesto con la nariz. Ya estaba mentalmente preparado para este tipo de situaciones, pero igual me empezaba a molestar.
- Chicas, yo opino que no deberíamos juzgar así por así al marido de nuestra amiga. Si se casó con ella es por algo, no? Y, ¿me puedes decir qué haces, mon ami? – dijo mirándome con fijeza.
- Soy médico. Trabajo en la clínica que fundamos entre ella y yo. – Pude finalmente responder. A ver si con esa respuesta este trío de locas se quedaba…
- ¿Médico así a secas? No me irás a decir que no cuentas con alguna especialidad.
La frase última la dijo un tipo vestido de sport, quien portaba un vaso highball lleno hasta la mitad de escocés con hielo. Tras él vi acercarse dos hombres más de impecable vestimenta. Todos me escudriñaron con los ojos con una minuciosidad casi morbosa. Adiviné lo que buscaban. Cachorros de mierda… La mujer de los modismos franceses volteó y se prendió del brazo del que me hizo la pregunta.
- Fausto, sabes que no me gusta que te portes así frente a nuestra amiga. Ambos, que yo sepa, son médicos y ya con eso son bastante respetables. La medicina es una profesión trés bien, cheri… - susurró la mujer en tono apaciguador. Pero el rostro desdeñoso del tal Fausto no varió.
- ¡Bah! Si no tienes especialidad alguna, no eres nadie. Y ya te he dicho YO que me irrita muchísimo que mi propia esposa me contradiga frente a mis otros amigos, Alexandra. Me harta esa faceta tuya. – Ya mis ojos se habían clavado en Fausto, deseando demostrarle lo nadie que era. Pero mi mujer se había adelantado en mis intenciones, al sentir su mano apretando mi costado. Ya conocía lo que significaba ese gesto. Así que callé otro rato.

- ¡Bueno, bueno! No es momento de estar hablando de profesiones y eso, más bien centrémonos en que estamos juntos de nuevo, y podemos recordar esos días del colegio. Alexandra, Jessica, Kimberly, vamos a servirnos unos vinos y dejemos a los chicos para que se hagan amigos con mi esposo. No te me descontroles. – me terminó susurrando disimuladamente. Ni modo, tocaba actuar al ritmo de estos hijos de papi. Me serví un whisky mientras me acercaba al grupo de ex-compañeros de mi señora. Al regresar del bar, fui observando que empezaban a llegar personas ajenas al grupo de la promoción, incluyendo extranjeros. Algunos de apariencia nipona, otros de apariencia europea y un alto individuo que a todas luces parecía provenir de algún emirato árabe, con su pañuelo anudado y los ojos cubiertos con gruesas gafas oscuras. Las camareras ya estaban haciendo circular bandejas con aperitivos y bocaditos. Me llevé algunos a la boca para entretener la barriga. ¡Vaya, jamón serrano de primera! Antes de pensar en un detalle raro que vi, me llamaron al grupo de ex alumnos.

- Así que te lograste casar con nuestra compañera consentida. Nuestra linda bichita…- empezó a decir Fausto. ¿Bichita? Nunca había oído ese apodo antes…
- Claro, es que cuando yo se lo coloqué al principio, ella pasó llorando un buen tiempo, pero al rato se acostumbró y quedó de bichita. Siempre se tragaba nuestras bromas, esta pelada – continuó Fausto antes de prorrumpir en carcajadas estruendosas. Uno de sus compañeros al parecer vio mi cara encendiéndose de coraje por lo que intervino rápidamente.
- Fausto, yo opino que lo mejor es que nos vayamos presentando para conocernos mejor, ¿no te parece? – el aludido apenas resopló – Mucho gusto, me llamo Ricardo, él se llama Fausto, y el de aquí se llama Patricio Ignacio. Paig para los amigos – dijo Ricardo con una amplia sonrisa. Decidí devolvérsela. Ricardo continuó presentándonos. – Fausto es el dueño de la filial de Roxe en el país, heredado por su padre; como te habrás dado cuenta, está casado con Alexandra, quien trabaja de actriz de teatro y modelo. Yo me dedico a producción televisiva, tal vez habrás visto el programa Bastidores, yo soy el productor, aparte de un programa de opinión y denuncia. Y Paig, tiene una empresa de distribución farmacéutica muy…
- Basta Ricardo, vas a terminar diciéndole al doctor hasta de qué color cagamos… lo típico de un tinterillo de prensa. – Cortó groseramente Fausto. Ricardo enrojeció pero quedó callado. Paig iba a intervenir cuando llegaron las chicas, riéndose y bebiendo vino. Nos anunciaron que habían pedido a la orquesta que toque un par de piezas para bailar. Dicho y hecho, empezó a sonar música tropical, cosa que se armó cada pareja y bailamos un buen rato. En medio de la segunda melodía, oí la voz de Kimberly:
- Este hotel… es tan bello. Y pensar que fue el mismo donde hicimos nuestro paseo de sexto curso… y donde… donde…
Estas palabras detuvieron en seco a todos los integrantes de la promoción quienes voltearon a ver con mirada punzante a Kimberly, quien sólo miraba al resto con extrañeza.
- ¡Creí que habíamos acordado no volver a mencionar NUNCA MÁS ese incidente! – rugió Fausto visiblemente furioso. Alexandra intentó calmarlo pero no lo logró, mientras éste seguía vociferando – ¡Lo que sucedió hace quince años ya debería estar olvidado por todos nosotros, encuentro absurdo que todavía se aferren a esos recuerdos tan caducos! ¡Déjame tranquilo, maldita sea! – terminó apartándose bruscamente de su esposa y se dirigió al bar a echarse otro whisky. La orquesta calló. Todos los otros perdieron su rostro de fiesta, salvo mi esposa, quien se encontraba tan extrañada como yo. Se dirigió a Jimena.
- Jimena, ¿de qué asunto habla Kimberly que enojó tanto a Fausto?
- Déjalo hijita, déjalo nomás. No tiene importancia alguna.
- ¡Sí la tuvo! ¡Claro que la tuvo! – Respondió Alexandra muy alterada; pude ver incluso algunas lágrimas brillando en sus ojos. Todo esto parecía extremadamente raro…
- Ya, mucha pendejada, mejor coman algo para que se calmen, yo voy a hablar de un asunto que tenía pendiente con Fausto – dijo Paig mientras se alejaba del grupo rumbo al bar. Yo tomé de la mano a mi mujer y la llevé al balcón para conversar.
- Lo siento mijo, la verdad es que la velada no ha salido como yo lo esperaba…
- No te lo voy a negar, algunos de estos estirados me han caído como patada a las bolsas, pero me ha dejado bien intrigado esto último. ¿Sabes qué fue lo que pasó que tanto altera a esta gente?
- La verdad casi no me acuerdo de ese episodio, debido a que por falta de dinero no fui a este viaje de fin de curso. Medio recuerdo que cuando volvieron todos estaban silenciosos y huraños, sobre todo Alexandra. Pero nunca me dieron detalles de lo ocurrido. Además yo en sexto pasaba el tiempo sobre todo en pasantías y prácticas en hospitales y eso.
- Veremos si logramos obtener algún dato de ese problema. Ven, vamos a la mesa del buffet que con el baile y todo esto, ya no aguanto el hambre.
- Si no hay más remedio… recuerda por favor, no seas tan voraz.
- Ya mija, todo bien.
Mientras nos íbamos sirviendo noté que la orquesta volvía a ofrecer música. Mientras llenaba mi plato de camarones y presas de cordero, escuché una discusión en el bar, protagonizada por Paig y un ya borracho Fausto.
- ¡¿70/30?! ¿Ésa es la proporción que me estás ofertando Fausto? Sobre la sociedad que pensábamos realizar?
- Es lo máximo que te puedo ofrecer, Paig. No hay forma de bajar la proporción. Si así se hace, salgo perdiendo. Y no puedo salir perdiendo en estas negociaciones – farfulló Fausto.
- ¿Perdiendo? ¡Estás completamente demente si piensas que voy a aceptar esa mierda de utilidad! Teníamos el acuerdo que seria mitad y mitad! ¿O no te acuerdas de eso, Fausto?
- No firmé nada sobre eso. Aquí está para que firmes. Y lo quiero de una vez. Que mañana me reuno con mi grupo de ejecutivos y les quiero ya anunciar que tu empresa ya está unida a nosotros… - Piag perdió la paciencia y le gritó un par de cosas a Fausto. Éste respondió aún más furibundo. Parecía que se irían en poco a las manos, pero fue Ricardo quienes los separó. Fausto se soltó del agarre de Ricardo, apuró otro vaso de whisky. Y para vergüenza no sólo de los ex – compañeros, si no también de los otros turistas, empezó a gritar como salvaje:
- ¡¡Que lo sepan bien, hijos de puta!! Yo, Fausto Elizalde Oporto, tengo mucho más Poder, billete y clase que todos ustedes juntos!! ¡Yo manejo una de las empresas más lucrativas de este país! Y ustedes juntos no pueden siquiera igualar toda mi fortuna. ¡Son una tarea de mediocres, todos ustedes, indignos de haberse graduado en mi colegio!
- ¡Fausto, ya te has pasado de la raya! Te exijo una disculpa sobre todo a nuestros invitados – dijo Ricardo señalándonos a mi esposa y a mí.
- ¿Y desde cuándo tú me das órdenes, tinterillo de cuarta, cajón billeteado? Yo no me disculpo ante nadie… - ignorando la mirada furiosa de Ricardo, Fausto extrajo un objeto largo, metálico y puntiagudo de su pantalón y hizo el ademán de introducírselo en la oreja derecha. – mierda, qué picor…
Fue entonces cuando la avergonzada Alexandra decidió tomar acción. Frente a todos los testigos, incluyendo ya algunos de los extranjeros que se habían acercado, reintrodujo tal artefacto en el bolsillo de vuelta, vociferó algo como que ya esto en frente de todos no, y casi a empellones se lo llevó a su habitación. Ya calmada la situación, tratamos de volver al ambiente pero fue imposible.

- Juro que me las vas a pagar… - repetía con los puños apretados Ricardo. Entre Jimena y Kimberly le hablaron para calmarlo, pero el sólo volteó y se fue. Paig también había desaparecido. Mi mujer estaba consternada por lo ocurrido, así que le propuse mejor ir a conocer a otras personas, a lo cual accedió sin mucha convicción.
- Ah, en verdad ha sido un esbectáculo tan boco elegante, en mi baís no se ven estos exabruptos, loado sea Alá… - decía con sorna el alto árabe con quien habíamos ya iniciado una conversación.
- Definitivamente, deberíamos pedirles disculpas por darle tan mala impresión de nuestro país, señor… - respondí.
- Ussalam! Usted berdone, mi nombre es Hakim, Hakim Al-nadir. – dijo, haciendo una ceremoniosa genuflexión. – soy embresario betrolero y había venido a su baís a negociar sobre unos nuevos sitios de exblotación hidrocarburífera, brevia bendición de Alá.
- Me doy cuenta que ud. es muy creyente en su Islam… en fin, volviendo a lo de antes, por tristeza este Fausto siempre ha sido así. Un prepotente, mangajo y borracho, consentido y solapado desde joven. Si le contara las diabluras que hacía…
- ¡Mil berdones, señora! Estamos cercanos a las cinco de la tarde, y es la hora de mi rezo. Con su bermiso… - le interrumpió Hakim luego de mirar su reloj. Saludó ceremonioso y se fue, casi a la carrera.
Con todo el relajo y el ambiente festivo roto, preferí llenarme de comida junto a mi esposa. Al parecer no habían casi huéspedes en el hotel, tal vez era por la época del año.
- Por cierto, cuando nos íbamos conociendo, Fausto me dijo que solían llamarte bichita…¿cómo así nunca me lo..?
- No. NO. No me gusta en lo absoluto que me llamen así. No me hagas enojar contigo, por favor. – Me cortó de una mientras me apretaba con mucha fuerza el brazo. Por su mirada, entendí que dicho apodo debió hacerla sufrir mucho. Definitivamente este Faustillo era todo una joyita.
- Perdóname mi cielo. Te prometo que no volveré a…
- ¡¡AAAAHHHHHHHHH!! ¡¡FAAUSTOOOOO!!!
Ese agudísimo alarido provenía de las habitaciones de más abajo, donde estábamos hospedados la mayoría. Sintiendo un aire glacial en el estómago, bajamos la escalinata corriendo, y al llegar al pasillo, vimos a una horrorizada Alexandra apoyada en la puerta de su habitación, señalando temblorosa el interior. Un feo espectáculo se nos reveló. Fausto yacía sentado en el escritorio de su habitación, casi despatarrado, con el rostro desencajado, los ojos muy abiertos y de su oído derecho rezumaba una mezcla de sangre y pulpa cerebral. En su mano derecha aferraba el objeto agudo que había extraído con anterioridad de su pantalón, casi hasta la mitad embadurnado de sangre. Me dirigí raudo a Fausto y le palpé la carótida. Nada. No respiraba. Fausto estaba muerto. Fue ahí cuando divisé una mancha oscura en el canto de su mano derecha. Disimulado la toqué. Cremoso y marrón, con olor a cosmético…

Al llegar las otras mujeres y ver el cuadro, estallaron en alaridos de terror. Mi esposa las sujetó mientras yo forcejée con Alexandra quien quería deseperadamente abrazar a su marido. Le tuve que gritar que había que llamar a la policía y si movía el cadáver podría estropear la labor policial. Finalmente, llorando, accedió. En menos de diez minutos habían llegado los policías y acordonaron el sitio. Tras explicarles que yo le tomé el pulso por lo de las huellas dactilares, procedieron a levantar el cadáver. En eso se abrió la puerta de dos habitaciones más al fondo y salió con rostro contrariado el sr. Al-nadir.
- ¡Bero qué es todo este alboroto! ¡Un fiel a Alá no buede hacer su rezo en paz! ¡Ussalam!
Rápidamente le informé del asunto, mientras más y más curiosos se agolpaban dentro del pasillo, obligando a los policías a hacer circular a la muchedumbre. Entretanto, Hakim ofrecía sus disculpas a la viuda, visiblemente consternado.
- Que Alá se abiade del alma de su señor marido, rezaré por usted diariamente, mi señora…
- ¡Atención! Los conocidos y familiares del fallecido, por favor acercarse al cuarto. Hemos ya recogido las evidencias y cercado el perímetro del cadáver. El resto de huéspedes les solicitamos no abandonar el hotel hasta que se emita un comunicado oficial. – Gritó un policía. Todos los implicados obedecimos en el acto. Ya dentro, el forense a cargo nos explicó algunos pormenores:

- Primero que nada, expreso mis condolencias a la viuda. – Alexandra asintió levemente, aún sollozante. – De lo que se puede deducir, el motivo primario de la muerte del sr. Elizalde fue traumatismo encefálico severo provocado por la introducción violenta de este elemento metálico a través del canal auditivo derecho de la víctima; – mostró en una funda plástica el extractor de cerilla aún cubierto de sangre. – apenas se hallaron huellas de forcejeo, salvo las convulsiones propias de este tipo de trauma. Sólo se hallaron huellas de la víctima en el extractor. Así que tenemos dos hipótesis para esta muerte. La primera, el suicidio, a pesar que esta forma de matarse es por demás rebuscada y dolorosa.
- ¡Non! Rechazo esa posibilidad, oficial, yo estuve casada por casi 10 años con Fausto y nunca mostró señales de comportamiento suicida, y su empresa marchaba viento en popa – habló enérgicamente Alexandra.
- Muy bien, entonces tenemos la segunda hipótesis. El sr. Elizalde fue asesinado. Lo extraño del caso es que la viuda asegura haber abierto la puerta, que sólo se abre con tarjeta y se asegura desde dentro y halló el cadáver. Pero algo muy importante, cerca del cuerpo se hallaron estos objetos – el agente mostró dos fundas. La primera albergaba un celular Blueberry y la segunda unos papeles rasgados. - ¿Alguno de los presentes tenía motivos para asesinar a este hombre? Y además ¿pueden explicar de quién son estas pertenencias?
- ¿No es ése tu celular, Ricardo? – Preguntó sorprendida Kimberly. Este dio un respingo.
- ¡De ninguna manera! Yo mi celular lo tengo aquí mismo en… en… - empezó a rebuscarse febrilmente los bolsillos sin resultados - ¡Puedo jurar que lo tenía aquí mismo todo el tiempo! – El ceño del oficial se frunció. Todos volteamos a ver a Ricardo, ahora pálido y sudoroso.
- Que yo sepa, te la pasaste repitiendo “juro que me las vas a pagar” cuando te insultó Fausto. – insinuó mordazmente Paig. Ricardo se levantó de un salto y casi arrancó la segunda funda de la mano del oficial. Tras revisarlos un rato pese a las protestas del oficial, Ricardo aleteó los jirones frente al rostro de Paig.
- ¡Mira! Esto es un contrato de sociedad entre tú y Fausto! ¡Justamente el contrato en que le reclamabas la desigual repartición de las utilidades! ¡Entonces fuiste tú el que asesinaste a Fausto para poderte luego apoderar de su compañía, a la que ansiabas en secreto! ¡Me lo confesaste cuando estábamos bebiendo dos días atrás!
Paig soltó en ese momento un violento puñetazo hacia Ricardo, quien saltó sobre Paig y se enfrascaron en una pelea. Tardamos un rato en separarlos, mientras se gritaban mutuamente “asesino, matón, ambicioso, rata”. Una furibunda orden de silencio del oficial calló a la gente.
- Tengo la firme sospecha que no fue uno, sino dos, los que emboscaron y mataron al sr. Elizalde. Si hubiera sólo una de las evidencias en el piso, el culpable sería más que evidente. Pero creo yo que ustedes, con sus propios motivos para matarlo, y conocedores del hábito de limpiarse los oídos con tal aparato, forcejearon con él y lo obligaron por su propia mano a introducirse el extractor dentro del cráneo. Cerraron luego la habitación y ayudándose el uno al otro, saltaron al siguiente balcón, que casualmente es el de su habitación. Luego esperaron a que la viuda diera la alarma y hacerse los inocentes. Oficiales, arresten a estos hombres. Los mantendremos en custodia hasta elaborar el parte.
Vociferando insultos, amenazas y solicitudes de abogados, Ricardo y Paig fueron arrestados y llevados a una comisaría cercana. Sus amigas quedaron pasmadas por el asunto, pero convocaron a periodistas y dieron su versión de los hechos. Simultáneamente hicieron circular en internet a través de blogs y facebook el asesinato y los dos sospechosos. Prácticamente medio mundo se enteraría del hecho. Luego de una hora el resto del grupo conversábamos en el cuarto de Jimena, donde Alexandra había mudado sus cosas.

- Aún no puedo creer que Ricardo y Paig hayan sido capaces de cometer tal mostruosidad… -susurraba Alexandra.
- Pero ya tuvieron lo que merecían. Ahora todos se han enterado de lo que hicieron. Esos están jodidos, darling. – dijo con aire triunfal Kimberly.
- ¡Estúpida! ¡Más que estúpida! Ellos están en calidad de sospechosos, y mientras no se demuestren pruebas fehacientes o confesiones, ellos aún son inocentes. ¡Los has cagado, Kim! – la retó furiosa Jimena. Ella estuvo a punto de lanzar su contraataque cuando mi mujer les paró el carro.

Yo por mi parte, no dejaba de pensar en el crimen y en las evidencias. Cierto era, ambos tenían motivos sólidos para matar a Fausto. El de por sí era un tipo repelente, un pobre platudo, pero el modo del asesinato… deberías tener una puntería bestial para acertar de una en introducir el extractor en un canal tan estrecho. Y por lo menos hubiera requerido dos intentos. No había heridas que confirmaran tal teoría. Podría también ser que entre los dos obligasen a Fausto contra su voluntad a meterse el pincho, pero era un hombre bien alimentado, y a pesar de estar borracho, tendría que haber habido señales de lucha. Y éstas estaban ausentes. Mientras divagaba sobre estos problemas, mi mirada captó una foto en la maleta de Alexandra. La miré detenidamente y le pregunté a ella cuándo fue tomada la foto. Ella me arrebató presta la foto y la abrazó.
- ¡Perdóname, pero esto es un asunto muy personal! ¡Y Fausto me tenía prohibido mostrarla, por eso es que..!
- Alexandra… Fausto está muerto – le dije suavemente. Ella volvió a colocar la foto en su regazo, con lo cual se hizo visible. Eran siete adolescentes de unos diecisiete años aproximadamente. En el centro, se veía un risueño muchacho alto y rubio.
- Esta foto nos la tomamos en este hotel, hace quince años. – Empezó Alexandra. Kimberly trató de callarla pero mi mujer la retuvo. – Estábamos en sexto año, y era nuestro paseo de fin de curso. Entre todos lo organizamos. Teníamos planeado quedarnos una semana.
- ¿Quién era el rubio que estaba al lado tuyo? – Pregunté.
- …se llamaba Karl. Karl Lärsen. Había llegado de intercambio de Alemania hacía unos meses antes del viaje y se había integrado al grupo bastante bien. Tú no lo conociste casi – dijo mirando a mi esposa – pues en ese tiempo pasabas haciendo prácticas. Era un apasionado de las artes escénicas y circenses, y muchas veces nos sorprendía con una cabriola o una imitación de algún profesor que nos cayera mal. Yo me empecé a enamorar de él y al parecer Karl sí me correspondía. Tenía planeado declararme la última noche, en la farra de despedida, pero… - Alexandra calló por un rato. Se notaba su esfuerzo para que no se quebrase su voz – Esa noche, pasó algo espantoso. Fausto y los demás vinieron corriendo a avisarme que habían visto a Karl hacer equilibrios en su cuarto cerca del balcón cuando trastabilló y cayó al acantilado. Hicimos todos esfuerzos desesperados para hallar su cuerpo, pero con lo picado que estaba el mar nunca encontramos nada. Finalmente llegaron nuestros padres y tras las investigaciones no tuvimos más que declarar muerto a Karl y avisar a su familia en Alemania. Volvimos todos abatidos. Karl era nuestro amigo, nos quería muchísimo a todos…

Para ese momento, Jimena y Kimberly se mordían los labios conteniendo las lágrimas. Mi esposa también estaba muy consternada así que abrazó a Alexandra estrechamente quien volvió a romper en llanto. En eso, en el estande de Jimena vi un pomo y le pregunté qué era eso.
- Ah, eso es crema bronceadora. Para evitar pasarte mucho al sol. - ¿Crema bronceadora? ¡Un momento! Agarré el pomo y salí corriendo al baño del pasillo. Y al abrir la puerta escuché una como maldición ininteligible. Le había dado sin querer a alguien. Era Hakim. Me disculpé lo más cortésmente posible, mientras él se sacaba sus gafas para sobarse la nariz. Luego de alejarse, me puse frente al espejo a pensar rápidamente, añadiendo a mis datos dos nuevas dudas. Y llegué a la conclusión.

El asesino aún estaba dentro del hotel, ¡y ya sabía quién era! Volé de nuevo a la habitación de Jimena y casi grité que llamasen de nuevo al agente a cargo, que tenía que darle unas explicaciones. ¡Y para ayer! Cuando llegó de nuevo el agente, le solicité que reúna nuevamente a todos los huéspedes. Cuando todos estuvieron presentes empecé.

- Oficial, tengo suficiente evidencia para demostrar que Fausto Elizalde ha sido asesinado, pero no por Ricardo y Paig, como sospechábamos en un principio. – Mi declaración provocó una exclamación de asombro entre todos. Mi mujer me miró ansiosa, temerosa que me fuera a jugar algo más que mi prestigio, pero proseguí.
- Discúlpeme doctor, pero ambos sospechosos tenían móviles y se presentó evidencia que los incriminaban en el crimen. Además se acusaron mutuamente de haber asesinado al sr. Elizalde. ¿Cuál es su razonamiento para declararlos inocentes, por favor?
- Aquí está la principal evidencia, oficial. – Alcé el pomo de cosmético y lo mostré a la gente. – Jimena ahogó un grito mientras palidecía de la ira.
- ¡¡No irás a decir ahora que la culpable soy yo!! ¡¡De ninguna manera aceptaré este juicio tan estúpido y absurdo!! ¡¡Tienes que apoyarme en eso, bichita!! – gritó volviéndose furiosa a mi mujer, quien sólo atinó a mirarme expectante.
- No Jimena. No te estoy acusando de nada. Estoy indicando que este cosmético incriminará al verdadero asesino, quien está entre nosotros.
¡Y esa persona, el asesino de Fausto Elizalde, ERES TÚ, HAKIM AL-NADIR!
¡Tú entraste a la habitación, aprovechaste a que Fausto se escarbara el oído con su extractor, te pusiste tras él y de un solo manotazo golpeaste su mano derecha, provocando que el extractor destroce su cerebro! Luego cerraste la puerta con seguro y huiste hasta tu habitación para luego salir con la pantomima que te estaban interrumpiendo el rezo.
Al decir esto, Hakim enrojeció de furia y desenvainó una daga mascullando en una mezcla de árabe y español. El oficial hizo un gesto y dos policías retuvieron al debatiente musulmán.
- ¡Por el nombre de Alá y el brofeta! ¡Ni mil muertes tuyas podrán lavar esta ofensa cometida! ¡No tienes ninguna brueba para incriminarme, bastardo! ¡Juro que te demandaré ante un tribunal islámico para que recibas tu merecido! ¡Ussalam!
- Claro que nunca me arriesgaría a lanzar una hipótesis tan atrevida si no estuviera seguro de las pruebas que tengo. Primero que nada, Hakim Al-nadir…¿qué tan fiel eres al Islam?
- ¡Cómo te atreves, berro maldito! ¡He crecido bajo el cobijo del Islam y del brofeta Mahoma! ¡Sigo sus leyes a rajatabla y rezo a diario mirando hacia La Meca! – rugió furioso el árabe.
- Entonces quisiera hacerte dos preguntas. La primera: ¿Por qué razón en la recepción te atiborrabas de bocadillos, siendo elaborados de jamón serrano? ¿No es el cerdo animal impuro para el islámico? – Al oír esto, Hakim quedó boquiabierto – Segunda pregunta: Según he escuchado, tus interjecciones favoritas son ussalam, entre otras ¿cierto? En ese caso, cuando choqué contigo involuntariamente, ¿porqué soltaste un rasposo Scheiße?
Para ese momento, todos estaban mirando a Hakim, quien sólo atinaba a mirar al suelo mientras sudaba profusamente. Alexandra no apartaba la vista del hombre, tan intensamente que casi lo perforaba.

- Por tanto, nos has entregado una muy excelente actuación como un islámico, Hakim Al-nadir. O más bien debería decir… ¡KARL LÄRSEN!!
Para ese momento, las amigas de mi esposa se llevaron las manos a la boca, estupefactas. Alexandra no soportó la tensión y se desvaneció. Mi esposa corrió a socorrerla. Yo mientras tanto terminaba de exponer mi hipótesis.
- Sólo Karl Lärsen, además de los de la promoción podía conocer los hábitos de Fausto como era escarbarse los oídos con objetos duros. Así que te aprovechaste de cuando todos se aproximaron al momento de la pelea entre los tres hombres y disimuladamente extrajiste el celular del bolsillo de Ricardo. Luego, para incriminarlos, dejaste en el piso el celular, buscaste el contrato y lo rasgaste. Tras eso, saltaste de balcón en balcón hasta llegar al tuyo y culminar tu farsa. Es algo fácil para ti, si conservabas tus dotes de acróbata e histrionista. Y el detalle final fue en el mismo momento del tope accidental. Nunca te habías quitado las gafas hasta el momento, pero al momento del golpe no pudiste evitar quitártelas para sobarte la nariz lastimada. Y pude evidenciar esto.- Avancé hacia Karl y le quité las gafas. Sobre el puente nasal, se observaba una fina cicatriz que le otorgaba una forma aguileña. – Este tipo de cicatriz sólo pueden ser resultado de una cirugía. Y ahora… observen cómo el sudor de Karl está lavándole la crema bronceadora que se colocaba a diario para fingir su tono de piel… ¡la misma crema que hallé en el canto de la mano derecha de Fausto! – finalicé. Reinaba en ese momento un silencio absoluto.

- Ja, ja, ja, ja, ja… - era Karl quien de repente empezó a reír, mientras las gotas de sudor revelaban su pálida piel. – en verdad creí poder llevar a cabo mi venganza contra todos estos hijos de puta. – Alzó la cabeza y me miró – Supongo doctor, que te habrán contado de mi “accidente” en el cual nunca hallaron mi cadáver, ¿verdad? Pues nunca hubo un accidente, chicas – dijo dirigiéndose a las mujeres – Lo que en verdad ocurrió fue que esa noche, Fausto, Ricardo y Paig me invitaron a tomar y en media tertulia Fausto me inmovilizó de un puntapié en el estómago, y entre los tres me alzaron en peso, mientras Fausto me decía que nunca iba a permitir que un alemán de mierda le quitase a su preciosa Alexandra – la rabia empezó a encender el rostro de Karl. Alexandra ya había recuperado el conocimiento, y estaba escuchando asombrada la verdad oculta por quince años. – y fue entonces que ellos, personas a las que consideraba amigos del alma, hermanos de corazón, ¡me arrojaron sin piedad acantilado abajo! Cuando recuperé el conocimiento estaba en un pueblo de pescadores, y sufriendo de amnesia temporal. Pasó un año hasta que por fin recuperé la memoria y mi primer pensamiento fue alejarme de esta gente maldita, quienes sobreponen dinero y apariencias ante todo, y casi muriendo en el intento, regresé a Alemania para planear mi venganza contra estos miserables.
- Entonces el motivo para asesinar a Fausto e inculpar a Ricardo y Paig, fue el intento de asesinato que sufriste por parte de ellos, ¿no? – pregunté.
- Ahí estás equivocado por completo, doctor… - su respuesta me hizo fruncir el ceño, pero todos quedamos de una pieza con la declaración posterior. – No lo hice por mí, a pesar que intentaron matarme y perdí un año de mi vida. No. La verdadera razón fue…¡para vengar la muerte de mi liebe Mutter!! – Las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos - ¡Al recibir la noticia que su único hijo había muerto, mi amada madre, esa mujer que sola había criado un hijo contra todo pronóstico, y que en él había depositado sus esperanzas e ilusiones, sufrió un infarto! ¡¡TODO POR CULPA DE ESOS MALDITOS RICACHOS!! – Karl se dobló de rodillas, mientras los sollozos estremecían su cuerpo. Ahora Alexandra lo miraba con una mezcla de tristeza y compasión enorme. El agente a cargo tomó la palabra.
- En verdad, es un giro inesperado de los acontecimientos. Ordenaré de inmediato la libertad de los implicados. Doctor, gracias por sus razonamientos. Karl Lärsen, queda usted detenido por el asesinato de Fausto Elizalde. Tiene derecho a…

Mientras se llevaban a Karl, pude divisar un intercambio de miradas entre Alexandra y él. Curiosamente, no vi rencor ni odio en ninguna. Luego volteó a verme. Asimismo, sin rencor. Incluso me sonrió mientras me decía:
- Mi venganza está cumplida. Fausto está muerto y las reputaciones de Ricardo y Paig arruinadas por completo. Asimismo, he demostrado que estos “lazos” de amistad entre los ricachos son tan fáciles de romper… Doctor, lo felicito en verdad.
Le dedicó una última mirada a Alexandra, quien todo el tiempo permaneció sin decir palabra, antes de descender por el ascensor, hasta la patrulla que lo esperaba. Mi esposa se abrazó a mí consternada. Vaya celebración de promoción, me dije…

Tal como pronosticó Karl, quien fue deportado a Alemania; a pesar de ser puestos en libertad y la rueda de prensa posterior, el prestigio de Ricardo y Paig quedó por los suelos, sobre todo gracias a la información sobre el intento de asesinato de hace quince años regada eficazmente por Jimena y Kimberly. De Alexandra no volvimos a saber más, salvo que secretamente se embarcó en un vuelo a Europa…