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Wednesday, June 29, 2011

Por el amor de Catherina

Anhelo que me estreches. Que me apretujes. Y que hagas de mis labios un pozo de llamas vivas. Alucino con hundirme en tus abrazos. Muero por sentir tus manos tocando toda mi superficie, volviéndome brasa de carne, vapor de gemidos. Ahhh, ahhh, ahhh…

Otro sueño húmedo.

Me empiezo paulatinamente a fastidiar de encontrar esa pegajosa humedad en mi pijama, justo en la entrepierna, y que suele también manchar mi sábana. Mi propia lavandera me mira entre consternada y suspicaz cada vez que le entrego esos cobertores con placas ya endurecidas de olor dulzón.
Fuera de ese detalle, lo que me come es el por qué de esos extraños sueños. Entre neblinas oscuras, algo de intención femenina me seduce, me calienta y excita. Tan real su voz, incluso perdura su aroma más allá de mi propia nariz, en el área cerebral de la memoria. Sutil perfume ninguna vez percibido antes, pero que cada vez se me hace más y más familiar. Familiar con esa mujer onírica.

- Estimados radioescuchas, tenemos una nueva llamada al aire. Hola, buenas tardes, ¿qué desea compartir?
- Hola, cómo le va, primero que nada, saludarle por su excelente programa radial, es uno de los más oídos en el país…
- Muchas gracias, señora; ahora bien, su tiempo al aire es corto. ¿Alguna experiencia que desee compartir?
- Bueno, quisiera decirle que últimamente ando viendo algo muy extraño. No es algo lógico, sonaría hasta ridículo si se lo contase…
- Señora, nuestro programa justamente es para la investigación de este tipo de casos. Así que nada es realmente ilógico o ridículo. Tendrá siempre cabida en nuestro espacio.
- Gracias, muchas gracias. La verdad, no es una ilusión ni nada, pero le juro que en estos días he estado viendo de cada lado del horizonte, algo como negro que se va alzando. Como si se estuviera corriendo un gran velo de manera gradual sobre nuestra ciudad. Lo extraño es que sólo yo logro verlo.
- Entendido. Una visión sobre un creciente velo o cortina que surge de los horizontes. Tendremos en cuenta este caso y haremos las investigaciones respectivas. Tenemos otra llamada al aire antes de nuestro bloque musical…

Las alucinaciones. Ya había recibido otras llamadas en el espacio que conduzco. Una emisión radial destinada a casos paranormales. Siempre he sido un apasionado de todo lo inusual e insólito. Mis cursos sobre parapsicología y ocultismo sólo añadían teoría tras teoría y aplastaban mi vocación. Tenía que estar donde las papas quemasen. Quería sacar a la luz los misterios. Ofrecer explicaciones, tal vez no con sustento científico, pero explicaciones al fin y al cabo. Trabajo arduo muchas veces. Cuántas ocasiones he tenido que perder tiempo y recursos en bromas, suposiciones tontas, y malas jugadas de los sentidos. Lo mismo que frentear a fanáticos religiosos que en más de una ocasión me tildaron de hereje, aliado de Satán y enemigo de Dios y la iglesia. La iglesia. Miserable institución que sólo sirve para estorbo y atraso de la sociedad. Muy pocas satisfacciones profesionales y un cúmulo de sinsabores es el resultado hasta ahora. Pero había algo que me impedía cejar. Un retorcimiento interno. Esa vaga premonición de que estaba a las puertas de algo enorme.

Ah, ese aroma que exhalas me enloquece. Me deja transida de placer cada vez que posas tus manos en mi cuerpo y lo vas recorriendo incansablemente. Tus manos, tu boca, tus ojos, soy capaz de sentir cada uno de ellos pulsando en mí, inspirando ondas más y más intensas. Querido mío, me estoy volviendo adicta a ti… mmmmhhhh….
Esa voz suave y voluptuosa no se termina de ir de mis oídos. Ya no son sólo la voz ni el aroma, lentamente voy notando que en mi piel van quedando percepciones demasiado tangibles como para haberlas únicamente soñado. Igual, la principal evidencia es el semen que empapa las telas que me cubren. Gozo como un animal. Termino deseando esa presencia, noto cómo van agolpándose en mi mente de forma paulatina más y más los recuerdos de la que me complace cuando abandono mi campo consciente. Debo estar volviéndome loco. Enamorándome de un simple sueño erótico recurrente.


- Concluyendo, señores, existen tantos secretos que muchos grupos encumbrados decidieron mantener alejada del conocimiento común. Ellos temían, y siguen temiendo de hecho, el progreso espiritual del ser humano a niveles que van más allá del simple hecho de aferrar poder y dinero. La mera ostentación material que ha sido el sustento de este tipo de personajes oscuros y maliciosos. Pues al ver que las consecuencias de tales talentos contribuiría a la formación de sociedades sumamente adelantadas, donde los factores anteriormente mencionados serían poco menos que inútiles; ellos prefirieron mantener al hombre sumiso, al hombre borrego, atado a edictos religiosos que encadenaron su alma hasta el día actual. Muchos aún toman como verdades absolutas lo que profieren tales esclavizadores de almas. Sí, tenemos otra llamada al aire…
- ¡Señor, señor! Tiene que escucharme, por favor, tiene que…
- A ver caballero, tranquilo, por favor. Estamos ante un programa donde todas las opiniones y anécdotas son bienvenidas. Exponga lo que desea, le escuchamos.
- Es que… es algo tan espantoso, tan aterrorizante, ¡estoy seguro que me estoy volviendo loco!
- Muchos de los grandes genios fueron considerados locos en su tiempo. Pero mi señor, le ruego mantener la calma; si no consigue exponer su hecho coherentemente tendré lastimosamente que cerrar su llamada. ¿Estamos?
- Entiendo… mil disculpas, era mi estupefacción la responsable. En fin, le diré a grosso modo lo que estoy en este momento viendo: ¡Algo como una enorme coraza oscura que sale de cada lado del horizonte va cubriendo más y más el lugar donde vivo! ¡Nadie parece darse cuenta salvo yo! Mi esposa casi me echa de la casa al considerarme demente o que he estado bebiendo demasiado. Por eso acudí a su programa, por lo menos para desahogar con alguien que sepa comprender este horror…! – La voz del hombre se quebró en estruendosos sollozos. Sabía que hablaba en serio, así que hice mi mejor esfuerzo por consolarlo.
- Mi señor, todos tenemos miedo a lo que desconocemos. Por eso estoy aquí. Para convertir el miedo en conocimiento, y el conocimiento en hecho público. Comprendo muy bien sus temores, pero déjeme tranquilizarlo con este hecho: No es usted el primero ni el único que me ha expuesto este fenómeno. Gracias por su aporte.
- Infinitas gracias. Mil gracias en verdad, ahora me siento mucho mejor… disculpe…

Un domo negro que empieza a cerrarse sobre el cielo que le cubre a uno… ya son varias las llamadas de este tipo. ¿Alucinaciones colectivas? ¿Histeria general? ¿Algún tipo de químico que produzca este tipo de visiones? ¿O algo más etéreo, más sutil, algo que no se pueda mostrar en bandeja? Tras salir de mi programa, elevo la vista al cénit. Azul límpido con unas cuantas manchas blancas. Como ha sido desde que tengo uso de memoria. De mi persona, mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo y de sus ancestros. El cielo azul celeste que sólo muta al ocaso o al amanecer.

Puedo sentir tu deseo…
Puedo sentir tu pasión…
Puedo sentir tu amor…
Cuánto me alegra… cuánto me llena ese dulce sentimiento que brota de tus entrañas hacia mí, es algo de lo que no puedo cansarme nunca, mi hermoso hombre… Tómame, poséeme, aférrame, no me dejes ir, sométeme, hazme tuya ahora, luego, después, a cada segundo, no te alejes de mí un momento… mmmmm…. Mmmm…


Extraños seres son avistados en diversos lugares de la capital.

Tal encabezado en el principal periódico, reconocido por su seriedad y objetividad me hace fruncir el ceño. ¿Será desesperación para obtener más lectores, un recurso barato propio de pasquines amarillistas; o es que realmente algo inusual está aconteciendo en este mundo?

Eran descritos como humanoides, seres bípedos, aunque algunos se movilizaban a cuatro patas o más bien, reptaban por el piso y a veces por las paredes. Casi todos desnudos pero cubiertos a su vez por una piel rugosa, gruesa, casi verrucosa o aflorada de venas. Deambulaban sin rumbo fijo, como si estuvieran reconociendo un nuevo terreno para instalarse. La mayor parte de los testigos huían presa del pavor ni bien los veían, siendo lugares solitarios y oscuros los principales. Aunque un caso destacaba. Uno de ellos fue visto en la terraza de un concurrido centro comercial en la noche, provocando histeria general. Descrito como “una especie de espectro pálido, con rostro desfigurado, o más bien, casi sin rostro, con un espeluznante meneo rápido de su cabeza conforme caminaba de un lado a otro”. Cuando el personal de seguridad logró llegar hasta donde estaba, ya había desaparecido.

Un posible recurso mental para satisfacer sus morbos internos a través del sueño, señor, me explica pacientemente el psiquiatra al cual acudí en busca de respuestas sólidas de base. Bueno, era verdad que mi vida social era poco menos que nula, al pasar tanto tiempo de mi vida entre libros y buscando lo no demostrable. ¿Pero que sea tan sensorial que pueda recordar al detalle todo lo ocurrido en el sueño? Este ansiolítico lo hará dormir mucho más profundamente y esas alucinaciones sexuales pasarán a ser un mal recuerdo. Vana es mi explicación de que ahora los sentimientos estaban involucrándose. Que me había enamorado de un ser onírico y que ansiaba meterme a la cama para volverla a sentir. Sólo una sonrisa irónica y escéptica (maldita sea) y la recomendación de volver en quince días si la medicación no surtía efecto.

Salgo del consultorio y arrojo las píldoras al primer tacho que veo. No iba a permitir que este amansalocos me arrebatase a ese ya querido ser que me llenaba de placer y amor cuando me desconectaba de lo material.

Nuestro amor es perfecto. Sin lugar a terceros, máculas ni dudas.
Disfruto el estar contigo. No me aburres, no me molestas, no me atosigas. Eres mi complemento ideal, con el que siempre deseé compartir mi ser, mi mundo, mi universo. Me alimento de tu deseo, de tu ansia de mi cuerpo; calmo mi sed con tus sobajeos ardorosos, tus dientes penetrando mis carnes, esa intensa mezcla de ardor, placer y algo de dolor para enriquecerlo. Soy de ti, mi amor. Te pertenezco completamente, y sé que tú también me perteneces ahora.
Algo que nunca me has dicho es tu nombre… - logré susurrar entre la miríada de sentimientos que me inspiraba esta persona.
Me llamo… Catherina.


Sucedió un día diáfano y claro, poco después de terminar mi almuerzo. Notaba que cada vez comía menos. Como un adicto a drogas que deja de lado el comer y otras necesidades por estar con su blanca, su ácido, su hongo, lo que sea. Sabía que mi centro cerebral del placer estaba desbocado. Tenía que ponerlo bajo control pero el ardor volcánico burbujeando en mi interior desvanecía todo intento de restricción. De súbito me llevo las manos a la cabeza, presa de una violenta explosión en el centro de mi cerebro. Me tengo que acuclillar y permanecer así varios minutos hasta que el dolor brutal comienza a aflojar. Abro nuevamente los ojos, viendo al principio una cascada de chispas multicolores. Aspiro profundo, elevo mi mirada y quedo paralizado.

El cielo azul celeste. Como siempre ha sido visto y percibido. Ahora menos del cincuenta por ciento está tapado por completo de lado y lado por una negrura entre la cual cabalgaban incontables penumbras. Como si hubieran roto la baldosa azul a martillazos y lo que quedaba de cúpula celeste se deshiciera lentamente a esquirlas. Necesito toda mi resolución para no chillar del pánico espantoso. Al ver jadeante alrededor, otros muchos rostros bajos, con las barbillas en un fino temblor. Con terror de mirar al cielo. Vieron lo mismo que yo. Y lo peor, avanzaba. Lo que fuera que oscurecía y acababa con el cielo diurno, estaba avanzando.

Luego de subir tropezadamente la escalera hasta mi estación, vuelvo a recibir iguales llamadas. Pero esta vez yo les replico con una pregunta clave: ¿Había sufrido de un dolor intenso de cabeza antes de empezar la visión? Nadie niega el síntoma. No era una ilusión colectiva. No eran locuras temporales y aisladas. Algo estaba invadiendo nuestro lugar natal. Algo que quería quedarse.

Me decido, impulsivamente, a intentar llegar al límite del domo. Parece que surgía del mismo horizonte. Aparentemente no mediría más de unas decenas de kilómetros, y si así fuera podría atravesarlo y estudiar por fuera tal fenómeno. Salto en mi moto y conduzco de manera desenfrenada, provocando frenazos, pitazos e insultos rabiosos que no logran alcanzar mi tremenda carrera.

No es hasta que mi moto expira entre toses y siseos por la falta de gasolina cuando me doy cuenta. Nunca terminaba de alcanzar el comienzo del domo. Ni siquiera lograba divisar en qué parte surgía del suelo. El domo no estaba en nuestro espacio. Era visible para pocos, sí, pero su presencia estaba más allá de las tres dimensiones de nuestra corporeidad. Mientras arrastro mi vehículo hasta la estación de gasolina más cercana, algo que me iba a tomar horas posiblemente, veo por doquier, donde la luz no llega, cabezas titilantes. Sea en lugares a campo abierto, en casas abandonadas, en poblados o donde sea, de las sombras surgen seres que caminan a paso errático y vacilante, pero que invariablemente voltean a donde yo estoy. Como si saludaran o reconocieran a un soberano.

Me duelen tus dudas, mi amor.
¿Quieres saber de dónde vengo? ¿Quién realmente soy? No te sometas a tus prejuicios. Sólo concéntrate en nuestro sentimiento, nuestro lazo que hemos creado, tan sólido y poderoso. ¿Qué importa si los otros lo pasan mal? ¿Qué importa si tu mundo empieza a fundirse con el mío, y comulgan la existencia los de mi clase con los de la tuya? ¡Somos tú y yo pioneros! ¡Nos hemos unido sin importar nuestras diferencias, amándonos como si todo fuera a ser destruido mañana! ¿Es que eso no te parece importante? ¿Es que no te pone feliz que toda esta pasión, este cariño, esta unión profunda ha dado finalmente un fruto que nos hará felices a ambos? Míralo, mi amor, ¿no es hermoso?… ya viene a saludarte…
…y de entre las sombras fue surgiendo algo gateante. Lo acompañaban gorjeos y voces guturales. Algo como un bebé. Sus manos y pies, arrugadas y escamosas, dejando entrever tejidos enrojecidos y palpitantes. Su cuerpo igual de enrojecido, casi transparentando venas y músculos. Y su enorme cabeza, a momentos meneándose de un lado a otro a velocidad tremenda, como si se fuera a desprender del cuerpo. Las facciones totalmente borradas por cientos de fideos de carne. Sólo un agujero en donde debía estar la boca, del cual salían todos esos sonidos que en condiciones normales calificaría como adorables. Y finalmente, en su coronilla, abriéndose todos esos pequeños gusanos de carne como los pétalos de una flor, fue emergiendo un enorme ojo. Un ojo de iris amarillento y escleras de bordes negros que penetraban casi hasta la pupila como raíces de árbol. Ese ojo, ese enorme y brillante ojo, posado completamente en mí…


Despierto en medio de un alarido. Mis sábanas empapadas, esta vez de sudor frío.
La histeria y el pavor se han apoderado de más de la mitad de la población. El caos impera entre las personas y todos ellos imploran a un dios que nunca vendrá a salvarlos y llevarlos al paraíso eterno. Llevo varias noches manteniéndome despierto con extractos de cafeína y anfetaminas, mientras voy inexorablemente destilando las conclusiones. El domo está casi completamente cerrado, pues sólo un resquicio azul logra despuntar lo que antes era todo brillo. Las criaturas simplemente entraron a ocupar los aposentos antes habitados por los de mi clase. Estos huyeron. Ahora son nómadas sin rumbo fijo. Siempre temiendo. Siempre llorando, gimiendo. El cambio fue demasiado brusco.

Estoy seguro que mi amada Catherina hará la propuesta formal de unirme a ella, su mundo al mío, para vivir todos en la armonía que ella describe como incomparable. Un nuevo mundo en que podremos criar a nuestro retoño, y que de él saldrán muchos otros. Un cambio tan necesario como importante para nuestro existir.
Finalmente, y casi obliterado por el obligado insomnio, me arrastro a la cama. Sin importarme ya los chillidos, los gruñidos y los siseos que se volvieron parte de esta noche continua, infinita. Sólo me desnudo, me cubro con las sábanas y colchas, y dejo que mis párpados se cierren pesadamente, igual que hizo el domo negro que cubrió nuestro mundo.

Voy a tomar la desición ahora.

Thursday, March 24, 2011

Spirits Dreams Inside

Son las ocho con cuarenta y cinco y Priotr observó azorado una persona exacta a él lanzársele encima. Apenas logró distinguir los ojos de un carmesí intenso y la piel ceniza, que marcaban las únicas diferencias, antes de que su doble terminó de obliterar su respiración apretando con furia salvaje su tráquea. Los retorcimientos de agonía le impidieron escuchar al ruso los diversos alaridos y chillidos de todas las personas aledañas. Cuando Priotr expiró, su doble se levantó, exhaló un largo suspiro y se fue pudriendo y desmoronando hasta que sólo quedó un rastro de polvo negro.

Seung miraba horrorizada la cuna de su hijo de dos meses. Se había colado otro bebé quien a pesar de su corta edad estaba sobre el pequeño, intentando asfixiarlo con su cuerpo. El pequeño Chou berreaba contra el peso de su doble oscuro quien pretendía robarle el aire que respiraba colocándosele encima. Seung, con el instinto de madre furiosa, agarró a la criatura salida de quién sabe dónde y la lanzó contra el suelo. Saltaron los goznes y se abrió la puerta que había logrado cerrar, luego que una persona exacta a ella, acompañada de un igual a su marido, pero con la piel y los ojos totalmente opuestos en color; salieron literalmente de las sombras y procedieron a atacarlos. Seung había logrado quitarse a su atacante y subió a buscar a su primogénito, aunque para Kim, su esposo, no hubo tanta suerte. La copia de ella la miraba centelleando sus ojos enrojecidos. Seung se interpuso entre su hijo y la copia armada con lo único que pudo hallar. Un soporte de lámpara de metal. No sabía qué o porqué, pero protegería a su hijo hasta la muerte. Miles de gritos vecinos le advertían que el mismo horror se producía en todos lados.

Un cetro ensangrentado sobresalía del pecho del Papa, en el Vaticano, luego que un sombrío atacante, exacto en rostro y cuerpo al pontífice se abalanzara sobre éste y usase su propio cetro papal para ensartarlo. Luego que el corazón se detuvo, el espectro soltó un largo suspiro y se convirtió en podredumbre ante los ojos espantados de la guardia suiza, quienes mantenían una lucha a muerte contra versiones exactas de ellos. Completamente carentes de piedad u honor, en más de uno introdujeron repetidamente sus versiones de espadas negras hasta arrebatarles la vida. Y frente a los cadáveres fueron suspirando y corrompiendose en segundos.

Adelaida, Juana y Carmela eran las únicas sobrevivientes de una masacre producida en su pueblito cerca de Veracruz. Corrían entre hipos y llantos, tras ver a sus padres, maridos y cercanos ser yugulados sin piedad por unos seres igualitos a ellos pero con ojos de diablo. Todos creyeron que se trataba de una manifestación del demonio, fue por eso que casi nadie pudo ofrecer resistencia. Machetes, trinces y hoces lucían clavados en varias partes de los cuerpos de los campesinos. De los atacantes, ni el polvo ya. Las mujeres lograron llegar a un galpón abandonado y se ocultaron bajo montañas de paja seca, esperando que los relinchos de los caballos disimularan sus llantos y rezos fervientes. Pero se dieron cuenta que sus propias copias se acercaban directamente hacia ellas, como si las pudieran oler sin importar la oscuridad. Cada una enarbolando una herramienta filosa, se acercaron a toda velocidad sin conmoverse por los pedidos de piedad de las mujeres y cortaron, cercenaron y picaron hasta que no hubo más resistencia.

Stephen y Kevin, ambos boinas verdes del ejército estadounidense, acostumbrados ya al combate cuerpo a cuerpo, decidieron dar cara y pelear por sus vidas, dado que con estas criaturas no se podía razonar. Sus copias atacaron con sus mismas réplicas de cuchillos, encontrando un sólido contraataque. Las fuerzas estaban perfectamente parejas. Todas sus ventajas y desventajas estaban presentes. Kevin recordó que su rodilla izquierda estaba en tratamiento por una lesión en un ejercicio, por lo que hizo una finta y pateó la rodilla izquierda de su adversario. Este se inmovilizó por el dolor, cosa que aprovechó Kevin para inmovilizarlo y degollarlo con su cuchillo. Salió un líquido negro y untuoso y la copia cayó finalmente muerta. Animado por la victoria de su compañero, Stephen arremetió contra su rival quien había clavado el puñal en su costado pero aún no lograba extraerlo. Con algo de intestino asomando a través de la herida, el hombre clavó con toda su fuerza los pulgares en los ojos de su espectro reventándolos. Y en el tiempo en que la copia se llevó las manos a sus ojos con un aullido de agonía, Stephen en dos movimientos rápidos partió la tráquea y empujó el vómer nasal hacia el cerebro dando fin a su atacante. Los camaradas miraron con ojos como platos cómo los cadáveres en vez de pudrirse y desvanecerse se volvían como un vapor oscuro que se fundía con sus cuerpos. La tremenda herida de Stephen sanó de inmediato y ambos sintieron que sus fuerzas, reflejos y capacidades se redoblaban.

El mismo descubrimiento lo realizó Hiro, en Japón, tras casi por accidente derrotar al oscuro ser que pretendía asesinarlo. Cuando sintió sus fuerzas incrementadas en gran manera, buscó al resto de su familia y saltó sobre las copias de ellos para acabarlos. Con cada uno de ellos derrotado, sintió que se volvía más y más fuerte. Tras dejar a su familia a salvo, Hiro fue a buscar otros sobrevivientes.

Ajani, Jabarl y Elangeni se criaron juntos y crecieron cazando, corriendo y fortaleciéndose hasta llegar a ser los guerreros más fuertes de su tribu. Los anciano de la tribu los honraban comparando su velocidad como la de una gacela, su fuerza como la de un leopardo y su agilidad como la de los babuinos. Nunca habían tenido problemas realmente graves, hasta esa noche fatídica, donde salieron de la tierra al parecer, montones de majini que se llevaron la vida de más de uno de sus amigos y familiares. Lograron la mayoría salir corriendo de sus chozas y aglomerarse todos frente a la gran fogata central. Los tres guerreros, tras sacudirse de encima a sus propios majini alcanzaron sus lanzas y escudos y se pusieron por delante de cosanguíneos y amigos. Su máxima prueba había llegado. Tras una feroz lucha sus oponentes cayeron atravesados por sus lanzas. Supieron que realmente eran majini tras ver cómo los cadáveres se volatilizaban y eran absorbidos por los cuerpos de los guerreros. Al ver que los guerreros ahora ostentaban las habilidades de los animales comparados, y que incluso las superaban, los ancianos leyeron los hechos como una prueba de los dioses.

Patricio, en Ecuador fue otro de los que derrotó a los dobles asesinos. Sabiendo que lo mismo estaba pasando en todo el mundo, mandó un escueto pero intenso mensaje en su cuenta de Twitter: "¡¡PELEEN!! ¡¡PELEEN POR SU VIDA!! ¡¡NO SE DEJEN DERROTAR!!"
El mismo se fue difundiendo en todos los medios de comunicación posibles. Si aún estaban vivos, tenían la única opción de pelear o morir. No había razón o diálogo posible. Era su vida o la de esos extraños dopplergangers salidos de las sombras, enviados a atacar y matar únicamente a sus originales, por el modo que fuese.

De entre todas las ciudades, fueron saliendo algunos a ver el nuevo día. Más fuertes y capaces, pero muchos con lágrimas por perder a seres queridos. Fe y creencias quebradas por completo. Miles de preguntas sin respuestas ni lógicas ni consoladoras. En montones de lugares, el leve hedor de los cientos de miles de cuerpos entrando en descomposición fue el único saludo de los sobrevivientes.
Era el amanecer del 13 de Diciembre del 2012.

Monday, August 02, 2010

TAMESHIGIRI

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Frente a este jueperra, no veo por dónde disculparlo. Lo tengo a tiro, no se me escapa, soy el dueño de su vida y su muerte. Pero el desgraciado no me muestra nada de miedo. Está ahí, tan tranquilo, tan sereno, como el estero en verano. Y los ojos suyos. Clavados en los míos. Pero yo llevo las de ganar aquí. Aquí te jodes, chuchetumae, resoplo apuntando a su pecho. La sonrisa burlona me termina de dar el motivo para apretar el gatillo y lanzarlo a dos metros.

Yo siempre me había considerado el más bacán del pueblo donde vivía. Veintitrés años de levantarme a las hembras que pasaran por mi lado, tirarme a las que pudiera y si salía niño de por medio, pues me hago el desentendío. Que no me jodieran, yo era el hijo mayor del hacendado y naidien me iba ver las guevas. El que bailaba primero y con la mejor pierna. El que chupaba mejor y aguantaba más tiempo jumo. El de la mejor puntería con la escopeta pa´ cazar un venao. El éxito estaba de mi parte.

Un día llegó una familia que se veía eran diotra parte. El don tenía una pinta de gringo, aunque la ñora era sí propia de estos lares. Que venían a alzar un restaurancito y pasar sus días. Los dos hijos mayores andaban en sus universidades quemando pestaña duro y feo, pero se trajeron a la última, de dieciséis, para que les ayude y termine aquí el colegio.

Nomás fue verla y ya la quería para mi mujer. Más que linda, más que rica, tenía que aprender otra palabra nueva para describirla. No quería ser candidata a reina del pueblo porque decía era recién venida y no era correcto eso. Así que el restaurante del gringo (que según daba a entender, venía de Suecia en verdad) se convirtió en mi lugar de siempre pegarme el pescado sudado o mi caldito de costilla con habichuelas que tan bien sabía hacer la suegra. Y de paso, le metía su palabreadita para calentar oreja a la moza. Ella se reía y me daba la vuelta. Ah, hecha la apretada. Quesque una déstas la veo sola y le hago mujer mía quera o no quera.

Pero un maldito día se instaló a hacer no se qué cosa, creo que a hacer sanación, un tipo medio raro. Les veía a los enfermos y no sé cómo le hacía pero siempre salían bien parados y mejor que sanos. Yo un día que me torcí el pies por montar mal mi caballo, me quisieron llevar al curador, pero no quise. Algún mal me ha de hacer el bandido ése, mejó me llevan con el dotó Cedeño, que viejo y todo desde tierno me ha sabido componer. Y lógico me caía mal el tipo, pues no soportaba que Hilda, que así se llamaba la muchacha de mis amores, le quede viendo con ojo dulce cada vez que venía a servirse el almuerzo. Así que un día lo fui a advertir. Verá señor esto sólo se lo digo una vez. Mejor se abre de Hilda o yo no respondo, es mujer mía y de naidie más. Eso le dije bien clarito para que se agueve y no se ponga a vacilar con mujer ajena. Pero su respuesta me dejó foco: ¿Tienes acaso título de propiedad sobre ella, para que la reclames como tuya? Ahí fue donde me cabrié y le fui dejando preciso que donde se atreva a molestarla se las vería conmigo y yo no miando con pendejadas si es de poner planazo se trata. No dijo nada así que me fui creyendo que ya tenía el asunto ganao.

Me equivoqué. Mierda, es que en plena fiesta del santo patrón fui y le vi hablándole quedito mientras echaban baile. Así que esperé a que el maldejido se regrese a su casa y me le presenté con machete en mano. Yo hablo serio carajo, le dije antes de cerrarlo a planazo. Por lo menos la cara le abría, pues no tenía fierro ni pistola, sólo un palo largo que siempre andaba con él aunque nunca cojeara. Pero es que mi machete le iba a tocar el cuerpo y le vi alzar el palo, una chispa y se partió mi fierro. Sólo miré el mango y un pedazo de metal y delante mío, mi rival muy sereno, mirándome como con burla. Ni siquiera atacó de vuelta. Cabrerísimo como nunca, me volví a mi sitio.

Estaba desesperao pues a pesar de toditos mis intentos, clarito estaba que Hilda le estaba dando la bola al sanador maldecío. No sabía cuándo bien agarrarlo, pues con los bienes que le hacia a la gente, le habían cogido enorme cariño todos. Me las jugué completas y le quise cuadrar a Hilda y si había chance, hacerla mía de una vez. Pero me trancó mi bofetada y vino el viejo y medio me amenazó que no volviera al restaurante. Esa mesma noche, la vi luego de cerrar, se dirigió atrás de la casa y el desgraciao la empezó a besar. Ahora sí que no lo iba a perdonar. Así que fui a buscar la recortáa de mi viejo, le cargué con dos cartuchos gordos y lo fui a buscar.

Ahora que toy mirando el cuerpo de mi odiado enemigo, el pecho hecho hueco del cartuchazo, su mano aferrando igual su palo largo; sonrío con la victoria de mi lado y volteo. Ya no habrá chance de llevarse a mi Hilda, ahora va a ser sólo de mi…

- Yo no he muerto… - dice una voz a mi espalda. Me hiela el espinazo, pues estaba segurísimo de haberle apuntado en la mitad del pecho. Hasta vi cómo le mojaba la sangre la tierra y ya no resollaba. Volteo de vuelta y horrorizado diviso cómo se empieza a querer levantar. Ya no tenía cartucho, así que me le lanzo encima, y le empiezo a dar con la cacha. Ahora sí te mueres chucha, le decía bajito tras cinco cachazos que lo volvieron a dejar quieto. Pero no, vuelve a decirme lo mismo y es ya con el cañón de la cartuchera que voy partiéndole la cabeza hasta que queda como caimito aplastao. Ahora bien seguro que no volvería a joder, me alejo del sitio.

Me hice el loco un par de semanas, a pesar que hubo sospechas conmigo, pero mi apá se puso tieso a decirles a los policías que todo el rato anduvo conmigo. El sanador no tenía familia, pero casi todo el pueblo le lloró cuando le pusieron bajo tierra. Una alegría morbosa me dio verla a Hilda tumbada sobre el sepulcro hasta que la llevaron los papás. Tranquila mija, yo te quitaré todo este dolor, me dije para mí. Dicho y hecho, empecé nuevamente a meterle palabra y esta vez sí me dio bola, cosa que en menos de seis meses, ya estábamos arreglando lo del casamiento, a pesar que el viejo andaba medio trompúo por el asunto. Linda como la virgencita, la veía a mi Hilda poniéndose a mi lado y escuchando al cura ponernos el título de marido y mujer. Aunque una frase que dijo el cura me dejó un poco extrañado. Al despedir la misa, nos dijo a todos: Podéis ir en paz, pero recuerden hermanos míos. El no ha muerto.

Al rato me olvidé del asunto mientras instalaba a mi mujer al lao de la casa de mi pai para empezar nuestra feliz vida juntos. Pero fueron pasando los meses y me enteré de un asunto feísimo con mi pai. El viejo le ha sabido deber a un par de chulqueros como no se cuántos miles y hacía rato que no veían la plata de vuelta. Entonces vinieron con un abogao a plantearle mi pai que de no pagarles pronto, toíta la hacienda se apropiaban. Por un tiempo anduvo desesperao buscando el billete y prestando a cualquier compadre que le apoyara, pero naidie puso. Así que lo que hizo fue vender la mitad de sus vaquitas, para medio alivianar el asunto. Y mal hizo pues al ir llevando sus cabezas para entregarlas y recibir el dinero, lo agarraron unos cuatreros y le trancaron un balazo. Yo sólo llegué para ver a mi padre malherío y sangrante. Las vacas el puesto nomás.

Por suerte el dotor Cedeño logró sacarlo a mi pai, pero quedó muy malo y no podía caminar bien y nada de montar caballo. Así que llegaron los chulqueros y pese a todos los ruegos y disculpas nuestras, se alzaron nomás con la hacienda y la pusieron en remate para pagar nuestra deuda. Y cuando se fueron llevando las escrituras y todo eso, creí oir a uno de los chulqueros decir como para sí: El no ha muerto…

Por eso me lo llevé a vivir a mi pai conmigo ya que por suerte yo también criaba mis chanchos y de vender y vender, algo de platita pude obtener para hacerme una casita con unas tierras para seguir sembrando y criando. Hilda estaba esperando a mi primer hijo cosa que este trago amargo pronto se iba a superar. Así fueron pasando meses hasta que nació mi hijo. Grandote y bello como la madre. Y mi pai ahí mas que sea en alguna cosa colaboraba para que no le tengan como carga.

Un día que me fui a revisar los chanchos, dejé a mi ñora al cuidado de mi niño, que ya andaba para dos años. Al llegar me asustó ver que toítos los chanchos boqueaban feo y echaban una espuma como verde por la nariz. Salí corriendo a buscar al veterinario, y nos pusimos a revisar los animales. El dotor no estaba claro qué mismo era que les pasaba a los chanchos, pero a todos les puso una inyección y me dijo que alguna cosa avise de vuelta. Les puse comida y agua fresca y me volví a casa. Al amanecer siguiente, ni un chancho vivo. La trompa cubierta de esa espuma verde. Los veinte chanchos que estaban ya para ser vendidos. Me llevé las manos a la cabeza y grité de rabia. ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Y fue gritar y oír a mi mujer llamarme durísimo. Aún lelo por el dolor de perder mis animalitos, emprendí vuelta a casa. El peor escenario me esperaba. Mi querido niño, jugando en la casa vecina, se puso a dar vueltas cerca de un pozo viejo, se resbaló y cayó. Y no salía para nada. Loco de horror me tiré al pozo lleno de lodo a buscar a mi hijito. Mi mujer lloraba abrazada por sus vecinas. Dos amigos se lanzaron también a buscar a mi niño. Metía y metía mano, hasta que topé un mechón de pelo. Hale duro y el cuerpo blanquito con los ojos muy abiertos de mi amado hijo salió a la luz. No hubo forma. Le sacudimos boca abajo para que bote ese lodo maldito que le llenaba la boca, pero no respondía. Lo llamaba por su nombre y lo abrazaba duro, pero no respondía. Mi niñito, mi hijito, muerto estaba a mis pies. Sólo atinaba a menear la cabeza mientras Hilda gritaba abrazando el cadáver. Justo ahí llega rengueando mi pai. No soportó ver a su único nieto fallecido y antes de llorar o algo, se llevó las manos al pecho y se fue al piso. Me lancé sobre él y le rogaba tú no pai, tú no por favor… Mi pai me agarró los hombros y me miró fijo mientras también se le escapaba la vida. Hijo, hijo, me decía como pidiéndome que no permita que la huesuda también lo lleve.

Su último suspiro fue también un fierro que traspasó el pecho.

Mirándome con los ojos hecho pepa y apretándome durísimo los hombros, me habló con voz rotunda y fuerte: EL NO HA MUERTO. Y deuna viró los ojos, aflojó las manos y quedó quieto.

El velorio y las novenas que siguieron fueron un infierno. Se me fue casi toda la platita en los gastos de cementerio para las dos tumbas. Mal agüero, te han hecho un mal por algún lado, me decían algunos panas. Con Hilda no había cómo hablar, pues quedó como loca por ver a su hijo con la boca llena de lodo y luego siendo velado y enterrado. Pero la idea del daño sí me surcaba la cabeza. ¿Quién, quién habrá sido el hijueputa que me ha mandado el mal de esa manera? El único enemigo serio que tuve fue ese sanador hijueputa que bien mandé a la otra de un cartuchazo. Y me aseguré de que nunca volviera a levantarse, estaba seguro. Naidie podía salir sano de un cartuchazo en el pecho y la cabeza hecha pulpa a golpes. Así que por ese lado imposible. Pero…¿qué quería decir mi pai cuando me dijo que el no había muerto? Será que el finado vino a cobrárselas desde la otra? Ahora que recuerdo, esa frase también la había escuchado en otras bocas. Entonces capaz este pueblo estaba como maldito. Entre antes me largara de este recinto mejor.

Marché entonces con Hilda, quien había quedado como muda luego del trauma del niño y el suegro, hacia una ciudad lejana. Una capital. Ahí vivía un tío segundo que al principio no me quiso recibir. Pero el que llora mama cosa que logré instalarme en el patio, armando una chozita para Hilda y para mí. Los primeros meses iba de cachuelo en cachuelo, sea recogiendo botella, echando machete, y de aprendiz de mecánico. Ganaba lo justo para comer, y de paso darle un cariñito al tío por darme cobijo. Hilda mejoraba muy despacito, pero aún no hablaba una letra. Por lo menos ya sonreía de poquito cuando estábamos juntos, pero nunca una conversa.

Las cosas fueron mejorando gradualmente, cosa que al final, logré mudarme de esa choza y alquilar un departamentito en las afueras. Hilda aún no hablaba, pero su animo estaba mucho mejor ya, aunque a veces la descubría llorando abrazando una foto de nuestro niño muerto. Yo ahí la abrazaba de vuelta para consolarla. Ya con un poco más de platita, fui buscando un local porque deseaba abrir un restaurancito. Si la doña sabia cocinar pues entonces entre los dos nos alzaríamos un puesto igual que los suegros hicieron hace años ya.

Mi mujer seguía muda, pero el negocio despacito se fue haciendo famoso, hasta que gente de fuera de la ciudad quería conocer la sazón de Hilda. Para ese rato, estaba nuevamente embarazada y le tenía puesta toda mi ilusión. Este niño capaz le abría la voz de nuevo y terminaba de curarse. Para esos tiempos llegó un señor que me vino a ofrecer la posibilidad de unirme a el para ampliar bastante el negocio, y terminaríamos moviendo harta platita. Me gustó la idea así que fuimos almacenando todo lo que eran vigas, clavos, sillas y eso tras la cocina del restaurante para empezar a construir. Había tenido que prestar un buen billete para concretar el asunto, pero decía mi socio que en unos dos o tres meses máximo estaba el dinero de vuelta.

En la casa, estaba ya contándole a Hilda el gran éxito que ibamos a tener, hasta podíamos contratar cocineras que la ayuden y ella sólo tendría que ver que la comida estuviera bien hecha. Ella reía y aplaudía entusiasmada, mientras yo le sobaba la barriguita. Este niño crecería bien y fuerte. De pronto tocaron a mi puerta muy duro. Salgo a ver que pasa y me dicen que hay fuego. No salgas Hilda, logro gritarle antes de correr hasta mi local y ver que estaba ardiendo hasta la última viga. Mi puestito. Mi futuro. Todo. Convirtiéndose en cenizas frente a mis ojos. Ni siquiera puedo meterme a salvar algo pues alguien me sujeta con fuerza y me hace presenciar la muerte de mis esperanzas. Luego un empujón me lanza al suelo y veo a mi socio. Furioso. Gritándome entre insultos y puteadas que yo inicié el incendio. Pero que me jodí, porque habló con los del banco echandome la responsabilidad de la plata invertida, la de ambos. Ni siquera puedo responder. El hueco enorme dentro de mí me impide chillar, patear, responder, llorar. Vuelvo a casa arrastrando los pies.
Supongo, en lo lento que iba caminando, que alguien ya le habrá informado de la tragedia a mi Hilda. De seguro recaería en su mal. De seguro, pienso al abrir la puerta y encontrar a mi mujer riendo a carcajadas sentada en un charco de sangre. Intento levantarla, pero pesa demasiado. Empieza a brotar de entre sus piernas una cabeza deforme que va arrastrando un cuerpo malhecho y viscoso, que remueve un poco sus remedos de extremidades antes de quedarse quieto. No puedo más con tanta desgracia. Agarro por los hombros a Hilda y llorando como niño le grito por qué, por qué tanta miseria, por qué vivimos malditos todo el tiempo. De ley no me da respuesta, está muda como una piedra, sólo riéndose destempladamente; pero calla de súbito su carcajada, voltea a ver y me dice con voz muy firme y grave:
EL NO HA MUERTO.


Una ira como el mismo fuego que calcinó mi local me consume las tripas mientras le encajo un puñetazo. Los celos y la rabia me ciegan mientras cruzo su rostro hermoso una y otra vez, pero ella en vez de quejarse, sigue riendo y vuelve a repetir esa maldita frase. ¡Tú lo seguías amando, chucha, a pesar que yo lo maté! ¡Tú nunca dejaste de quererlo, a pesar que yo tenía que ser el hombre para ti! ¡Entonces tú fuiste la que me lanzó ese daño, tú mataste a mi hijo, a mi padre, nos arruinaste, hiciste de mi vida un infierno! Cada frase la acompañaba de un golpe que esperaba le callase esas risas convulsas y sobre todo, esa frase del diablo, que el no había muerto. ¡Si yo lo maté, yo lo vi morir con sus sesos saliendosele por los huecos que le abrí a punta de cartuchera!

Pero nada. Nada lograba salvo embadurnarla de su propia sangre el rostro y saltarle un par de dientes. Con todo eso, seguía riendo. Y en su propio rostro, bañado en rojo y escupiendo dientes y risotadas sin cesar, se fue originando una transformación. ¡El rostro de mi original enemigo! ¡El mismo hijueputa rostro que robó una vez besos y amor de la que es mi esposa! ¡Hijo de puta, una y mil veces!
Salí corriendo a mi cuarto y agarré la vieja cartuchera, la que ultimé hacía años a este hijo de puta, y ahora tendría que volver a usar. ¡Sólo esa arma podría volver a acabar con ese rostro de pesadilla! Me precipité a la sala, y vi que el rostro de mi mujer se peleaba con el del malparío para ocupar el mismo lugar. Caminaba hacia mí extendiendo los brazos como queriendo arrastrarme a los aposentos del diablo. Me lancé sobre ese monstruo y tal como hice hace tiempo, empecé a reventar el rostro a golpe limpio. ¡Borraría de una vez y para siempre esa sonrisa burlona, esa voz de carcajadas entre agudas y graves, la belleza de ese rostro amado y que al final nunca pude poseer por completo! ¡Ni siquiera me importaba que luego me cayese la policía, o que la criatura parida por mi mujer, ese horrendo aborto, se incorporara y se uniera a la canción diabólica agarrándome del cuello! ¡Seguiría golpeando y golpeando, una y mil veces, hasta que toda la carne se haya convertido en tierra!!

¿Tierra?

No está Hilda transformada, no hay sangre, no hay aborto danzante, no hay paredes ni casa. Estoy sentado sobre un camino de tierra, con la cartuchera hundida como cavando un pozo. El panorama me parece familiar, yo he estado aquí antes. Reconozco con horror este lugar. La casa del sanador. Mi recinto. Los olores del restaurante de los suegros a lo lejos. Y el corolario final: esa chucha voz, esa que pensé nunca más volvería a oírla, ahora desgarrando mis tímpanos, revolviendo mi cerebro y hundiéndome en la peor de las locuras.

- La vida del hombre, es sólo una ilusión. Ocurre en un suspiro…

Mi último intento de dar pelea, de impedir que ese diablo desgraciao me quite a mi Hilda nuevamente, se reduce a voltear mi cuerpo mientras de mi garganta surge un enorme alarido que encerraba todo el dolor y la ira que pasé por esos años. ¡No tenía un cartucho pero volvería a hacerle mierda la cabeza! Pasa un relámpago metálico y voy viendo todo girando, girando, mi cuerpo aún arrodillado en el suelo, con un surtidor rojo en donde debía estar mi cabeza. Y antes que se oscurezca todo y me hunda en la nada, veo a mi odiado enemigo meter un raro machete fino y largo dentro del palo que siempre lo acompañaba, susurrando estas palabras:
- Y la tuya, no es la excepción.


Sunday, March 28, 2010

13 hertzios por kilo de peso.




Sangre.
Formada de plasma y elementos formes, como los hematíes, que le dan su color rojo.
Hematíes.
Células anucleadas discoides repletas de hemoglobina, la responsable del intercambio gaseoso pulmonar-sanguíneo, mejor conocida como homeostasis.

Aún recuerdo tales enseñanzas en mis clases en la universidad. Palabras y frases que constituían conocimientos entrando tanto por mis oídos como por mis ojos, en las innumerables noches en vela masticando mentalmente cada página que enarbolaba ante mí sus datos.

Si ésa fue la causa que la miopía se manifestara unos meses antes de aplicar para la especialidad de neurocirujana, no lo resiento ni lo deploro. Mis lentes aumentaron mi débil popularidad en el sexo opuesto lo suficiente para darme el lujo de rechazar un par de ofertas. Y además me ofrecían el rescate de los pequeños detalles que tantos omitimos por prestar la atención a asuntos más trascendentales pero desprovistos de hermosura.
Una pasión que mantuve acorde a la neurocirugía era asimismo la botánica. Maravillada por esos diminutos milagros de florecimiento, prosperidad, colores y aromas, una maceta con orquídeas era suficiente para tenerme en beneplácito en esas largas horas de estudio.
Nastias. Trofismos. Fotosíntesis.
Quisiera tener más tiempo para poder profundizar en tales misterios, así como cada día por medio separo con mano firme ese flan rosado y tembloroso encargado de guardar todos y cada uno de nuestros datos. Incluso con los lentes de aumento colocados sobre mis gafas, cada movimiento debe ser hecho con una precisión de relojero, sea manejando el cauterio bipolar, sea con los separadores, sea con el succionador. Un mal movimiento y se perderán algo más que las tablas de multiplicar o el recuerdo de la graduación.
Y aun dentro de lo macroscópico, si cabe ese término al trabajar en una superficie de menos de un centímetro cuadrado, me fascina saber que manipulo una red infinitamente frágil de conexiones, de moléculas pasando de membrana a membrana en la sinapsis, de oleada de microcargas eléctricas volando entre los axones, dendritas, células gliales y demás, para convertirse en órdenes y respuestas.
Fue cuando, en medio de una tarde de meditación mientras contemplaba el blanco nacarado de una orquídea y aspiraba su tenue perfume, me vino una revelación.

Ya sabía de la nulidad de nervios de los vegetales. Que tales movimientos eran parte de una respuesta conjunta de todo el organismo, como el movimiento solar de un heliotropo, o el movimiento certero de la atrapamoscas sobre su presa. Movimientos fácilmente explicados y encasillados a meras respuestas biológicas. Pero ¿si hubiera algo más allá? Como la melodía en la mente de un compositor, se necesitaría un instrumento para poderlo plasmar y hacerlo tangible ante el mundo real...
Tales razonamientos se los fui comunicando a mi colega y superior en residencia, el encargado de que mis errores fueran los mínimos. Un hombre asimismo entusiasmado por el arte y las cosas bellas, lo cual había logrado ganarse más que mi respeto y admiración. Las teorías lo sonreían, lo dejaban pensando, mas de ahí no lograba pasar.
Fue por tanto que furtivamente sustraje un microscopio, varias cajitas de petri y solución salina y glucosada, y en mi casa empecé a experimentar por mi cuenta. Obviamente los primeros intentos fueron fracasos rotundos. Incluso yo misma, en ciertos momentos de malestar y con los pies momentáneamente puestos sobre la tierra, me recriminaba mi proceder, me reñía el afán embriagador de lograr encontrar un balance, una conexión, un enlace que consiguiera manifestar la vegetal belleza con toda su fuerza.
Sin embargo, no desistí.
En vista del fracaso con microfilamentos, pantallas, elementos de resonancia y demás aparatos de fabricación humana, un buen rato estuve razonando y uniendo cabos. Y no fue hasta que observé la alimentación de un herbívoro cuando una flecha luminosa me traspasó la cabeza. Hasta ahora todo había sido un ciclo. B come a A, B es comido por C, C muere y es alimento de A. Circulos, asimilación, respiración, nutrición. Hasta ahora todo había funcionado así. ¿Y si de pronto yo...?
Así fueron pasando semanas y meses en los cuales fui descuidando mi residencia y obteniendo sermones y esquelas de mis superiores, sobre todo de mi inmediato, quien ya había cambiado su actitud hacia mi persona. Su ultimátum de otro error y podía dar por terminado mi postgrado sacudió un poco mis quimeras y me obligó a concentrarme por lo que en un principio apuntaba. Era cierto. El poco éxito logrado en mi afán casi obsesivo no justificaba la pérdida de mi carrera y el terrible deshonor hacia mis padres, quienes pusieron toda su ilusion en que su primogénita se graduara de neurocirujana.
Resuelta a limpiar mi imagen, archivé tales sueños locos en lo más profundo de mi propia mente y retomé el rumbo.
No sólo lo recuperé, sino que los ojos de mi superior se habían vuelto a posar con interés en mí, dándome ocasionales escalofríos extasiados. Una relación entre residentes no era tan fuera de lo común, así que mientras la fecha del final de mi residencia y posterior obtención de título se acercaba; crecian los detalles de él hacia mi parte. Perfumes, salidas, cine y ocasionales bouquets de flores se sucedían con el pasar de los días.
Pero cada vez que observaba las rosas, los crisantemos y las violetas pasar de sus brazos a los míos envueltos en frases y palabras amorosas, una aguja amarga se me hundía en la cabeza. Desistí estando tan cerca de la respuesta. Era como si cada flor estuviera amordazada impidiendo elevar sus cánticos y sumergidas en brea para cortar sus colores y aromas. Las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, fruto de la tristeza por la impotencia mia, él lo interpretaba como mi conmovido agradecimiento. Volvía a mi departamento y colocaba cada ramo en la puerta de lo que había sido mi laboratorio clandestino, tal cual se ofrecían flores en los sepulcros. Lloraba por horas.
Y finalmente, se dio.
Mis padres hinchados de orgullo, mi cabeza orgullosa con el tocado de graduada y los diplomas tanto de postgrado como de mejor tesis (nada del otro mundo, si me lo preguntan, sólo un ensayo sobre el efecto de la música sobre la amígdala frontal) marcaron el día más trascendental de mi vida, claro, de acuerdo a lo que se esperaba. Mi prometido aplaudía ardoroso relamiéndose de antemano la cercanía de nuestros cuerpos, luego de la gran borrachera posterior a la ceremonia.
Y así se iba dando la cosa, cuando sujetaba mi tercer martini entre risas y comentarios miles; él extrae una bellísima orquídea alba y entre sus pétalos refulgió un diminuto diamante engarzado en un anillo, lo que provocó vítores estruendosos.
"Quiero que nuestros corazones y mentes estén unidos por siempre", me susurró mirándome a los ojos, y una nueva flecha luminosa me atravesó.
Eso era. ¡Eso era! ¡¡ESO ERA!! Rugí extasiada mientras caía de mis manos el anillo de oro y yo echaba a correr hacia mi carro y aceleraba rumbo a mi casa. Cerré la puerta tras ver la mirada extrañada y furiosa de mi amado que me exigía explicaciones a los gritos. Te mostraré, mi amor, te mostraré. Sólo ven , cruza la puerta, recuéstate, relájate y así calmadito sé testigo de la confirmación de todas mis teorías, de que lo que antes se pensaba imposible, se puede lograr.
No importa si me estuviste acompañando días o semanas, ¡he aquí los resultados de mi investigación! Y tú, tú mejor que nadie eras el indicado para ser el primero en palpar tal avance! ¡Lo conseguí, lo logré! La sinapsis perfecta entre lo vegetal y lo animal! ¡Por fin la flor podrá cantar su belleza a los cuatro vientos, enraizada tan perfectamente en tu cerebro prolijamente expuesto por mi técnica, y la fusión de tus células y la de esta orquídea trazarán una nueva línea entre lo hermoso y lo científico! ¡Me deleito de ver tu azulino ojo derecho despuntar estirando su tallo óptico y convertir el globo blanquecino en una corola única, sensible y mutante a su voluntad...!

Sunday, July 05, 2009

Lamento Blanco, Risa Negra (Conclusión)

Nota del autor: La verdad tenía planeado sacar una cuarta parte y la quinta para concluir, pero tanto en el taller como los ilustres lectores me han pedido que mejor la haga más corta. Así que si esta parte sale más larga, pues así toca. De todos modos, muchas gracias a todos por haber seguido esta oscura historia, basada en dos buenas amigas mías.



Sin descanso alguno, más que para echar un dormitar breve, había pasado María la última semana encerrada en su casa, intentando encontrar respuestas a la miríada de preguntas que bullían en su cabeza.

Luego de dejar un aviso de que padecía una grave pulmonía contraída aparentemente por haber pasado tanto rato en el sereno hacía algunas noches, y de rechazar amablemente la visita de una enfermera que a la tarde acudió a la mansión para examinarla, María se metió de lleno a observar cada detalle de los interiores. A pesar que la gran sala no ofrecía mayores puntos de interés, se dio medio día en buscar cualquier pista que le aclarara sus dudas. Ninguna.

Un poco molesta, ella se metió un rato a la cocina a prepararse un café para despejarse un poco. Y al salir de la cocina para sorber su bebida en la sala, lo que vio hizo que soltase su taza derramando el líquido caliente en el piso. Sobre el centro justo de la sala, se veía una formación nubosa blanquecina, del cual fue emergiendo una mata de cabello negro y del cual se formó el mismo rostro redondo y de ojos oscurísimos que hace algunas noches había permanecido a milímetros del rostro de María. El espectro que aterrorizó y casi provocó la huida de la ocupante de este caserón. Pero esta vez el espectro no se movía. Permanecía flotando, con un rostro expectante, como si esperase una respuesta de la paralizada María. Esta, agarrada del dintel de la puerta, sólo atinaba a observar con los ojos desorbitados aquella manifestación de ultratumba. Pero la falta de acción del espectro femenino fue otorgándole algo de seguridad y finalmente, venciendo su miedo, pudo articular palabra.

- ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? – Dijo con voz ronca por la sequedad de su boca. Vio que el fantasma abrió lentamente su boca y mientras una prolongación de su cuerpo señalaba una de las puertas cerradas con llave, María oyó en ese tono cavernoso y sombrío, pero ya habitual:
- … A LA BIBLIOTECA… - luego de decir esto, el espectro se disolvió en el aire. María buscó con sus ojos el lugar señalado por el brazo del espectro, el cual era una puerta que por sus múltiples candados nunca había podido abrir antes. Y más por pereza que por otra cosa. Pero esta vez, nada la iba a detener.

Luego de limpiar el café derramado y los pedazos de cerámica desperdigados en el suelo, María miró la vetusta pero sólida puerta de madera reforzada con barras metálicas y pernos gruesos. Tres oxidados candados impedían la apertura de la puerta. Logró encontrar una pesada barrena en una de las bodegas, el instrumento idóneo. Resoplando mientras cargaba la barra metálica se dirigió nuevamente a la puerta sellada. Levantó la barrena con toda la fuerza de sus brazos y descargó un violento golpe contra el candado más elevado, quien saltó por los aires partido en dos. María sonrió por su primera victoria. Asestó un nuevo golpe al segundo candado, pero éste resistió el ataque. Tuvo que propinar una docena de golpes hasta que por fin el metal lograse ceder y el candado cayera. Tras reponer aire un rato, atacó el último seguro. Esta vez tuvo que luchar casi una hora golpeando, forcejeando y tironeando, entre quejidos, maldiciones y algunas lágrimas al acalambrarse sus dedos por tanto aferrar la barra. Finalmente, luego de un golpe casi lánguido, el candado se partió en dos y la puerta estaba lista para ser abierta. María tuvo que soltar su arma y correr a la cocina para lavarse un poco. Ahogando gemidos de dolor, vio sus manos mientras las enjuagaba en agua fresca. Diversas escoriaciones y ampollas habían aparecido en sus palmas y sus dedos, mientras un espeso dolor le empezaba a subir por sus antebrazos y brazos hasta atenazarle los hombros. Agotada por completo, María se dirigió a su cuarto, logró bañarse dificultosamente y cayó rendida en su cama, durmiéndose inmediatamente.

Mientras María dormía profundamente, se escuchó un nuevo susurro, que ella ya no escuchó: ESTÁS TAN CERCA, TAN CERCA…

Al día siguiente, María se levantó con un tremendo ardor de sus brazos por el ejercicio de ayer. En verdad se sentía excitada por su aventura. Dejando aparte el temor que le producía esa pálida aparición, estaba más decidida que nunca a descubrir respuestas. Así que luego de comer algo, se dirigió a abrir la puerta. Nuevamente tuvo que emplear toda su fuerza para lograr mover los carcomidos goznes, quienes luego de un rechinar rasposo dio paso a María a un cuarto profundo que se llegaba por una escalinata de piedra. Este cuarto ni siquiera tenía iluminación eléctrica, cosa que tuvo que regresar por una linterna. Ya con la linterna encendida, descendió las escaleras.

Ante sus ojos se mostraron varios anaqueles construidos en hierro colado, todos de hacía por lo menos dos siglos, a juzgar por el descascaramiento del esmalte, el estilo de su construcción y las bultosas telarañas agolpadas. Era un cuarto de aproximadamente cinco metros cuadrados, con cuatro libreros metálicos repletos de diversos volúmenes encuadernados en piel, que estaban tan escasamente separados los anaqueles, que María tenía que pasar de lado para darse cabida entre los espacios. Quedó pensando por un rato que demoraría años en leer todos los libros en aquel cuarto sellado, mientras la luz de su linterna iluminaba diversos lomos y títulos, algunos en castellano, otros en idiomas extraños.

Cuando pasó la luz por el último estante, vio repentinamente la conocida figura pálida. Curiosamente, el haz de luz al tocar el espectro, provocó el mismo sobresalto en ambas. Algo cayó al suelo mientras el espectro se desvanecía. María cada vez más acostumbrada a la bizarra visión, escudriñó el suelo donde se posaba el fantasma y vio una encuadernación muy polvorienta y gastada. Era como si el fantasma hubiera estado aferrando dicho documento antes de volatilizarse. Intuyendo una clave importante, María abrió el registro.

“A veces extraño aquellos días en que, en la soledad de mis aposentos, jugaba con cientos de muñecas a las que arrancaba el cabello con peines de despiojar mientras una niñera fantasmal, invisible para el resto, me cuidaba de los otros espectros que rondaban el palacio.
Mi madre, la Reina, gritaba mangoneando mi pequeña y delicada mano, escupiendo vituperios nada propios de la rosada boca de una elegante soberana como ella, insinuando que yo, su hija de ocho años, estaba loca; mientras corría a la juguetería real a adquirir otra muñeca igualita… o mejor.
¿Acaso no se daba cuenta que las detestaba?
En fin, otra cabellera que desmadejar, otra cabeza que cortar, otro rostro para perforar… más entretenimiento.
“Déjala que haga lo que quiera”, me decía mi niñera invisible, “así acalla las voces de su cabeza que le gritan sus carencias hacia ti por sus innúmeros compromisos en la corte”
….
¿De dónde vienes? ¿En tu reino hablan así de raro?
Ah sí, en mi reino.
¿Me enseñarías tu lenguaje?
¡Claro! Ven escucha esto.
….
¡¿Al calabozo real?! Señor, huya por favor.
Aun no se ha vuelto a saber de él. ¡Maldita profesora de ballet entrometida!
¡Ya no quiero ser princesa!
Pero un titulo debes tener.
¡Huiré del reino!
¿A dónde?
Mmm… mapa, mapa, mapa. Libros, libros, libros. ¡Moldova! Suena bonito
….
¡No soy una princesa, soy una Baronesa y puedo comer y puedo escuchar la música que yo quiera, y me puedo pintar los ojos de negro si me da la gana y me puedo vestir de negro si yo quiero!
¡Sí, pero no en mi palacio!
¡Maldita Reina!
¿Por qué lees mis cosas? ¡El diario de una Baronesa es prohibido a los ojos de los demás aunque seas una Reina!
La Reina grita y el Rey llora; el gato real se espanta y sale corriendo por la puerta de la calle y a mi hermanito no lo dejan acercarse a mí. Eso es lo que más me desespera.
Le dije a ella que no leyera mi diario ¿Todas las Reinas son así?
¡Yo no quiero ir a ese lugar!
Es un palacio nuevo.
¡No es un palacio, yo sé lo que es y no quiero ir. Padre, no quiero ir!
Es por tu bien, mi amor.
….
Mi principado sigue siendo un lugar oscuro y tenebroso, donde solo la luna alumbra, pero a mí me gusta así porque es tranquilo y no hay reinas locas gritando todo el día…Aquí en esta elevada torre, estoy segura de ellos, de sus realezas, sus estupideces, sus boberías…”


Lo que tenía ante sus ojos, era un diario. Un diario escrito a través de por lo menos diez años seguidos. De una princesa con el título nobiliario de baronesa. Una joven que en su tiempo tuvo en su escencia el perfume de la rebeldía, de la oposición a lo establecido. Una protestante a su destino. Que en pago recibió dolor, desprecio y sanciones diversas. Luego de leer por un largo rato, sintió la chica cómo corrían algunas lágrimas por sus mejillas. Una que se rebeló ante lo establecido, tal como ella solía hacer. Una amante de lo oscuro y lo sombrío, tal como ella. Es como si hubieran nacido bajo la misma estrella. El diario era su doloroso testimonio de su pasar en el mundo, sólo sazonado con la alegría de sus efímeros momentos de libertad, pero pese a todo, sin terminar de encajar por completo. Todavía conmovida, revisó hojeando las últimas notas del diario. Se dio cuenta que terminaba abruptamente, como si de repente le hubieran arrancado la pluma de las manos. Leyó con más atención los últimos párrafos.

“Mientras tenga este diario y algo de tinta, seguiré escribiendo. Por fin supe el motivo de tanto encierro y aislamiento. Soy parte de una viejísima tradición, que provocó la expulsión de mi estirpe de su lugar natal hace centurias, y tras haber pasado el tiempo, se ha logrado completar los componentes para cumplir ese rito, siendo yo uno de ellos. El rito de la reunión, según pude investigar, está destinado a revertir todo al origen primigenio. Todo volverá a lo amorfo, a lo vacuo, para ser creado nuevamente. Hoy es el día del ritual, pues, así que vaticino que serán mis últimas palabras escritas. Los guardias están ya subiendo por las escalinatas de mi torre, prestos a llevarme a donde será el encuentro con mi destino. Yo, la portadora de la esencia de NYX, habré de reunirme con mis contrapartes, EREBUS y PROTOGENOS para otorgar el renacimiento de…”

Esas fueron las últimas palabras leídas. María quedó pensando en dichos nombres. Erebus…¿dónde lo había escuchado? ¿No había sido usado tal nombre como una amenaza por aquella mujer? ¿Y porqué había provocado tal horror en ese niño? Apretando el diario contra su pecho se levantó la joven y nuevamente miró al espectro. Lucía agitada y esforzada. Antes de que María lograra formular una pregunta, de las miles que quería hacerle, el fantasma de la Baronesa señaló un grueso tomo, antes de desvanecerse de nuevo.

- Aquí… - Dijo, mientras se volvía a desmaterializar. María notó que era como si con cada materialización la baronesa forzara su energía más y más. Por consecuente, todas sus apariciones anteriores no fueron para correrla de la mansión, si no para enseñarle y advertirle de lo ocurrido. ¿Pero porqué ella? ¿Será por la coincidencia en sus gustos y personalidad? ¿O por otra razón?

Aliviada de que por lo menos no pasaría interminables días buscando entre todos los libros las respuestas apropiadas, la chica agarró el grueso tomo encuadernado en madera y metal, con diversas cinchas de alambre, como sellos colocados para impedir que su conocimiento fuera revelado a ojos inexpertos. Luego llevar el libro a la sala y hacer saltar los seguros, María escogió una página al azar y empezó a leer.
Κωμάσδω ποτὶ τὰν Ἀμαρυλλίδα, ταὶ δέ μοι αἶγες βόσκονται κατ᾽ ὄρος, καὶ ὁ Τίτυρος αὐτὰς ἐλαύνει…
- ¡Mierda, maldita sea! Esta pendejada está en griego! - gritó molesta al toparse con un obstáculo que ya no consistía en barreras físicas sino de idioma. – si por lo menos estuvieras en inglés.. – de cualquier modo, esperando lograr alguna comprensión aunque sea por las gráficas, ella siguió leyendo:
Τίτυρ᾽, ἐμὶν τὸ καλὸν πεφιλημένε, βόεσκ τὰς αἶγας, καὶ ποτὶ τὰν κράναν ἄγε, Τίτυρε, καὶ τὸν ἐνόρχαν, τὸν Λιβυκὸν con κνάκunωνiónα, tres deφυλdaάσσdesεο vμήan τaυ forκορύψῃmar al que fue el oriΛgen, el que de su intωνerior salió todo…

- ¡¡¿¿EEEHHH??!! ¡¡Puedo entender esto!! ¡Puedo entender el griego! ¿Pero cómo.. por qué..? – Balbuceó estupefacta mientras las letras, antes un galimatías incomprensible, formaban ahora frases perfectamente inteligibles, como si leyera un texto en inglés sin mayor dificultad. Un suspiro helado al lado suyo la sacó de su asombro. Y al voltear el rostro, vio el rostro de la baronesa. Envolviendo su ectoplasma en su cuello. Ahora ya no sintió miedo alguno. Así que empezó a replicarle cómo y porqué de muchas cosas, pero al momento, casi con un rictus de sufrimiento, la baronesa le ordenó.

- Sigue… por favor, sigue leyen…do…

Consciente que por la influencia de la baronesa era que lograba comprender todo lo escrito, y que dicha capacidad mermaba la capacidad de materializarse del espectro, María apuró lo más posible el texto mientras durase su habilidad prestada. Varios párrafos leídos, acompañados de imágenes de seres de panteón griego pasaban por sus ojos a toda la velocidad que se permitía.

“ Nosotros, los que finalmente nos hemos hartado del aparente orden y lógica del mundo actual, hemos sido expulsados de nuestra tierra de origen luego de haber cumplido rituales basados en procedimientos de eones de antigüedad, de cuando los dioses cohabitaban con sus hijos terrenales. Tales prácticas, por manejar poderes que la mayor parte de los mortales considerarían imposibles de controlar, fuimos declarados blasfemos, muchos fuimos ejecutados y el resto, condenados al exilio. Cruzamos mares y océanos y casi al costo de nuestra vida, llegamos hasta una tierra nunca antes vista. Sintiéndonos favorecidos por nuestro principal adorado, reconstruimos nuestra comunidad, y de los que conocíamos las palabras sagradas y los rituales, conformamos una familia de élite. Nosotros, los Eginios, sobrevivimos a pesar de los esfuerzos de los demás para borrarnos de nuestro mundo. “

“ El ritual es una combinación de muerte y vida, de separación y unión, de sacrificio y recompensa. Tres fracciones se volverán una y esa unidad reabsorberá todo dentro de sí, acabando con lo establecido y lo creado, para volverlo a crear nuevamente, esta vez impoluto, puro, sin errores pasados ni falsas expectativas. Tres formarán uno, reuniéndose más allá del lazo carnal…”

“Por la tozudez de nuestra Baronesa, quien hasta el último momento mostró rebeldía ante la tradición de su sangre y su destino, fue que el ritual fracasó. Tanto sacrificio para nada, tanto esfuerzo en balde. Mas sabemos que su alma no logrará encontrar reposo hasta que haya cumplido finalmente con su hado. Por tanto quedará atada a este terreno, a este castillo devastado por el ritual fallido, hasta que nuevamente se dé las condiciones propicias para rehacer el ritual. Mis hijos y los hijos de mis hijos, serán los responsables de aguardar tal momento, y llegada la hora, sabrán actuar, con las instrucciones pasadas verbalmente. En secreto.”

“Estoy en el borde de volver al vacío al cual pertenezco, viendo la construcción de la mansión que será el recuerdo principal de lo acaecido a nuestros descendientes. El castillo ha sido cubierto con tierra para simular un montículo y sobre su cima se alzará la mansión que para la persona indicada, será la llave que abra nuevamente la puerta al cambio final. La puerta de la habitación señorial, indicará el lugar que conecte lo nuevo con lo antiguo, y es median
εσκ ποτὶ τὰν Ἀμαρυλλίδα…”

- ¿Qu—qué pasó? Ya no entiendo nada nuevamente. ¿Baronesa? ¿Baronesa? – María buscó a su alrededor buscando el rostro pálido mas su ausencia completa fue lo único que logró encontrar. La baronesa había empleado toda su capacidad de materialización para lograr comprensión de lectura del griego en María, hasta agotarla. Por fortuna, había logrado captar gran parte del texto, y muchos misterios se estaban ya aclarando. Ahora sólo quedaba uno. El que escondía la puerta de la habitación señorial, como había leído.

Así que luego de lanzarse casi corriendo al portal de su habitación, enfocó toda su atención en todas las filigranas, los posibles resquicios, algún compartimento secreto, textos ocultos, cualquier cosa que le indicara el cómo terminar en el fondo de lo que había empezado desde la aparición en su computadora de ese ojo negro y desorbitado.

Dos horas. Nada. Nada que satisfaciera su sed de conocimientos. Se alejó un par de pasos de la puerta, la miró furibunda y presa de la ira, pateó con fuerza el suelo. Para sorpresa suya, en vez de sonar con el mate típico del mármol, oyó un retumbo hueco y sordo, como un vacío bajo sus pies. Nuevamente miró la puerta. Las figuras de los dos espectros torvos que apuntaban sus manos hacia abajo. Relación, comprensión y conclusión. ¡Pero claro! María empezó a tantear todo lo que pudo hasta que en la saliente del piso, empezando la escalera, halló una como abertura, cubierta por la espesa alfombra. Fueron varios minutos de tironear y forcejear hasta desnudar el mármol de su abrigo rojizo. El piso que estaba en el escalón final antes de la puerta se veía como una lápida. Así que aferró la lápida con ambas manos y jalando con las fuerzas que le otorgaba la excitación y su adrenalina, comenzó a aparecer un orificio cuadrilátero. Más y más grande. Luego de cambiar de posición para no caerse y lastimarse, María siguió pujando más y más hasta que la losa quedó despegada por completo y se precipitó escaleras abajo. Y en la hondonada apareció el inicio de una larga escalinata. La entrada al antiguo castillo. Ya esto era demasiado para afrontarlo sola. Se precipitó a su habitación y llamó a su novio. Tenía que enterarse de esto. Tras ponerlo al tanto en menos de diez minutos, el muchacho se comprometió a salir en su auto y volar hasta donde estaba ella. Si lograba revelar tal misterio, sería uno de los hallazgos arqueológicos de la centuria.

Tras colgar el teléfono, María decidió que necesitaría más ayuda. Salió presta de la mansión y fue directo a avisarle de la situación al teniente político.
- … así que luego de jalar la lápida que daba a la puerta de mi habitación, ¡surgió una escalinata, la misma que ha de terminar en el antiguo castillo! ¡Hay que avisar a las autoridades de este hallazgo! – decía presurosa María embriagada de ansiedad y gozo por haber resuelto el enigma.
- En verdad estoy sorprendido, profesora, nunca pensé que bajo esa loma se guardase un castillo de hace trescientos años. Yo opino que lo mejor es que vayamos no sólo yo, sino un grupo de vecinos, para protegerla. Quién sabe lo que podremos hallar ahí abajo. Ya he de notificar a las autoridades, quienes llegarán lo más pronto posible. ¡Vamos entonces! – respondió el teniente.

En poco rato, un casi la mitad de la población subía la cuesta rumbo a la mansión. María los lideraba. Todos con linternas y hachones apagados, para ir iluminando el camino. Mientras subían las escalinatas, María sintió un efluvio de cariño y alivio, hacia la fantasma que al principio tanto la había aterrorizado. Era lo que ella había querido, que se revelen estos misterios, y para que finalmente su alma descansara en paz. Hubiera querido ver su rostro, adivinando su expresión de felicidad antes de ascender a los cielos…

Ya con las linternas encendidas, empezaron a bajar por la escalinata que a pesar del tiempo aún lucía sólida y bien conservada. Se dio cuenta que la escalinata luego de bajar un par de metros, bajaba en una habitación pequeña pero aún conservando detalles que decían que ahí había vivido una mujer. Una baronesa. Restos de telas caras, algunos muebles muy elaborados y sobre todo muchas mariposas negras disecadas. La habitación donde la baronesa había sido recluida tanto tiempo. Un estremecimiento recorrió a María de arriba abajo. La puerta principal estaba carcomida así que fue sencillo apartarla. Una nueva escalinata, más profunda esta vez.

Siguieron bajando más y más, hasta que finalmente llegaron a lo que en su tiempo había sido un gigantesco balcón que daba a una explanada muy amplia, en cuyo suelo de piedra se mostraba claramente, aunque cubierta de hongos y líquenes, diversos bajo relieves en griego. Y en el centro se hallaba una enorme piedra negra cilíndrica en la que bien podían sentarse hasta cinco personas sin apretarse. Un lugar de rituales. El ritual del que se hablaba podía haberse celebrado ahí. Mientras veía a las personas, evidentemente tan excitadas como ella por el descubrimiento, dirigirse a diversos lugares de la explanada, por la luminosidad de las antorchas, observaba que las murallas del castillo, llegando incluso a los portones principales, estaban casi arrasados, y no por el tiempo, sino como si algo como una explosión lo hubiera barrido. Por primera vez extrañando al espectro de la baronesa, quien hubiera deseado tener a su lado, descendió hasta el lugar donde reposaba la piedra. Empezó a verla de cerca, observando atentamente la miríada de caracteres griegos cuando sintió una mano en su hombro. Era el teniente político, acompañado del alcalde. Ambos lucían una amplia sonrisa en sus rostros.

- Profesora, le estamos infinitamente agradecidos. Usted ha logrado descubrir lo que en tanto tiempo estuvo escondido. Ha traído usted una bendición a nuestro pueblo, a nuestra gente. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.
- Fue un placer – sonrió María visiblemente sonrojada – este misterio me intrigó profundamente, y decidí no descansar hasta dar con el fondo del mismo, y mire usted dónde acabamos. Ahora es cuestión de esperar a la prensa, a los centros de arqueología y este pueblo cobrará una fama espectacular. En verdad lo merece…
- Claro, habrá ya tiempo para eso. Hasta mientras, profesora, ¿quisiera por favor colocarse encima del pedestal? Estoy seguro que querrá inmortalizar este hecho con una foto… - dijo melosamente el alcalde. María accedió gustosa. Mientras se trepaba en el pedestal y ponía sus brazos en jarras, vio al alcalde alejarse con la cámara en la mano hasta salir del círculo encriptado. Ojalá no salga muy lejana y oscura la foto, pensaba María, cuando, para su extrañeza, el alcalde bajó la cámara y dijo con voz cavernosa.

- Profesora, no necesitaremos ni prensa, ni arqueólogos, ni nada proveniente de este mundo corrompido, vil y decadente. Hoy es el principio del fin, de volver a cumplir el objetivo que hemos estado peleando por tantas centurias. El mismo objetivo que fracasó hace trescientos años por la rebeldía de la encarnación de Erebus diosa del espacio infinito, pero que finalmente se cumplirá hoy, gracias a tu llegada. ¡La llegada de la deidad de la noche oscura, de NYX! - María miró estupefacta al alcalde y al teniente, y vio asimismo que las otras personas del pueblo se arremolinaban en el borde del círculo de piedra, cada uno con un hachón encendido mientras coreaban palabras en griego, de las cuales María sólo podía comprender dos: NYX, EREBUS, NYX, EREBUS.

Justo al momento de empezar a protestar y querer bajar del pedestal, éste se iluminó de rojo sangre y los destellos rojizos engarrotaron las piernas y progresivamente el resto del cuerpo de María hasta quedar ella parada, con ambos brazos extendidos y el rostro con la boca abierta mirando al cénit. Ella ahora presa de un terror inimaginable, encontró que toda orden para liberarse y luchar contra esta luz rojiza era simplemente inefectiva. Su vista sólo podía abarcar el cénit en penumbras de lo que fue el castillo hace siglos, y sus oídos no podían más que oír la interminable letanía en griego de los habitantes del pueblo. No podía gritar, ni siquiera suspirar. Sólo sentía cómo el aire, súbitamente helado secaba la mucosa de su boca al respirar ferozmente ella. Luego escuchó la voz del alcalde.

- ¡Nyx, señora de la noche, Erebus, dueña del espacio infinito! ¡Tomen nuestra fuerza vital como sacrificio de vuestra unión! ¡Que lo que estuvo roto, se otra vez! ¡Que regrese lo amorfo, sin cabeza ni pies! ¡Que de su unión surja la que a su vez se combine con la esencia de PROTOGENES y finalmente, se dé el advenimiento a este mundo de nuestro amo y señor! ¡Que finalmente renazca el reductor a la nada, el corregidor supremo! ¡¡QUE VUELVA A NUESTRO MUNDO KAOS, EL PRIMIGENIO, EL VACÍO INFINITO, EL DIOS DE LA NADA!!


Y sobre un par de metros de la paralizada María, se empezó a arremolinar un vapor blanco, que tomó la forma de la Baronesa. Y esta vez, con una expresión de alegría salvaje. La misma expresión que había anhelado María con anterioridad, pero no de esta manera… Pero simultáneamente, el terror que la gobernaba fue sucumbiendo ante una rara euforia, como si estuviera frente a un ser que había amado tanto tiempo (Yo soy la noche), alguien que había formado parte integral de ella hacía eras y que la habían separado (toda criatura nocturna me obedece. Servidme, seres alados de oscuridad) ahora volvía a ella, para volver a formar una unidad, eso sí incompleta aún (YO SOY NYX. YO SOY NYX. SOY PARTE DE KAOS, JUNTO A EREBUS Y PROTOGENES) .Y que cuando se reuniera con la última parte, con el principio creador, con Protogenes, renacería el señor del vacío, a terminar con este mundo y crear algo nuevo. A renovar el ciclo. Tales pensamientos formaron una sonrisa en su boca abierta mientras el espectro de la baronesa se embutía a través de su boca, mientras los habitantes del pueblo se sublimaban en millones de chispas multicolores y formaban un remolino luminoso para dar fuerza a tan increíble unión. El corolario final lo dio el alcalde, mientras era desintegrado para formar parte del sacrificio:

- ¡Nyx y Erebus se han convertido en una sola! ¡Y cuando encuentren al que albergue la escencia de Protogenes, de la fusión de los tres resurgirá el que cantará la obertura del final del mundo! ¡Todos volveremos a él, todos formaremos parte del infinito vacío, de la gran nada llamada Kaos, para que resurjamos como seres superiores! ¡Ha llegado el principio del fin de esta era…!

Finalmente, un estallido, un vendaval, y un profundo silencio.

María lentamente abrió los ojos. Estaba apoyada en el pedestal del ritual, aunque ahora podía ver claramente el bosque y el día que empezaba. El estallido había logrado barrer con todo, incluyendo el montículo y la mansión. Al ver a lo lejos, pudo ver asimismo el pueblo compeltamente arrasado, sin ningún signo de vida. Era como si todos los del pueblo hubieran sido sacrificados para dar lugar a la reunión. María no sintió pena ni remordimiento. Lo sabía todo ya. ¿Para qué lamentar el inicio de lo inevitable? Vio un trozo de espejo cerca de ella. Aún conservaba algo de vanidad femenina así que se echó un vistazo. Casi ningún cambio. Casi.
Su ojo izquierdo ahora mostraba una pupila completamente azabache, en contraste con el caoba claro de su ojo derecho. Prueba innegable de su unión. Ya no era María. Ya no era la Baronesa. Ni siquiera Nyx o Erebus. Ahora era dos tercios de la unidad. En búsqueda de la tercera. Escuchó un motor a lo lejos. Entre los recuerdos de María, pudo relacionarlo con algo como "novio". Mejor era ser cauta. Desgarró algo de su vestido y lo ciñó a su rostro para taparlo. Hasta mientras. Mientras encontrase a Protogenes.
- ¿Dónde estás, Protogenes…? – susurró mientras el carro frenaba a raya a unos metros de ella, y el novio de María se precipitaba a abrazarla.

Ella, simplemente sonrió.




Sunday, May 17, 2009

Lamento blanco, risa negra (Parte 3)



- En verdad estoy extrañado, señorita. No hay ninguna señal que la puerta o las ventanas fueran forzadas o rotas de algún modo. Es como si alguien que ya estuviera aquí de antemano encendiera las velas y simplemente se desvaneciese en el aire, sin necesidad de salir…- razonaba truculentamente el alguacil del pueblo, tras atender velozmente el desesperado llamado de María al teléfono.

Esta se hallaba de pie en la sala de la mansión, fumando su cuarto cigarrillo. Tras ver el extraño espectáculo de tres velas negras muy juntas, ardiendo en una sola llama, agarró presurosa su celular y llamó al único número convencional que tenía del pueblo. Luego, evitó poner un pie dentro hasta que otras personas no lo hicieran. Tras explicar a grandes rasgos la situación, el alguacil apagó y recogió las velas. Luego de razonar posibles teorías, y no llegar a ninguna concluyente, el alguacil volvió a explorar la mansión lo mejor posible en búsqueda de cualquier intruso y se despidió. María, sumamente consternada, desenfundó su gas pimienta que guardaba por cualquier cosa, y luego de verificar cuidadosamente todas las cerraduras y pasar doble seguro en todas y cada una de ellas, se preparó la cena que había postpuesto un par de horas mientras la música de su I-pod la iba alejando de esos pensamientos agobiantes. A pesar que el miedo le había robado el apetito, y de su poca experiencia culinaria, María terminó observando hambrienta el decente plato de espaguetis con queso que había cocinado, y que había añadido abundante cátsup.

Con la cena en la mano subió a su cuarto, y antes de entrar a la puerta volvió a observar la puerta de hierro negro. En verdad era una muy intrincada filigrana, donde relieves como ramas de árbol de las cuales se desprendían hojitas, nervaduras y diminutos frutos metálicos, daban contorno a un par de como espectros de torva mirada y sonrisa maliciosa. Y ambos tenían una mano apuntando hacia la base de la puerta, como si quisieran mostrar el contenido de algo oculto. María se comprometió a buscar todos los detalles de esta mansión, que con toda su elegancia y belleza ocultaba algo muy importante. La sola idea de investigar a fondo estos misterios le terminó de borrar el miedo sentido antes. Siempre había sentido una enorme pasión hacia lo oculto, y el que su nueva casa albergase secretos de esa forma, la excitaba sobremanera. De todos modos, se sentía cansada ya. Así que luego de comer y poner el plato vacío en una de las mesas de la habitación, se quitó la ropa con la seguridad que nadie la vería y se dirigió al baño. Luego de una prolongada ducha, se puso la pijama y encendió su lap. Mientras navegaba en sus páginas y en Twitter, se percató de un mensaje de su novio el cual decía que era posible hallar puestos como profesores de inglés para futuros estudiantes de intercambio, como un nuevo programa financiado por el gobierno. Saboreó un rato tal propuesta, mientras sopesaba las posibilidades. Al momento se hallaba en un pueblo bastante apartado con un sueldo aunque decente, podría ser mejor. Y sobre todo, el trabajar en la capital le aumentaría enormemente las posibilidades de conseguir mejores trabajos, status y quizá hasta salir del país. Podría ser que luego de darse unos meses en su trabajo se decidiera a…

- NO TE VAYAS…

Ese susurro. Igual, de mujer, como sombrío y melancólico pero muy distante. ¡¿Quién anda ahí?! Gritó, pero nuevamente los susurros del bosque le dieron la respuesta. Miró de un lado a otro ansiosamente pero ni un movimiento. Su rabillo del ojo captó un destello de su laptop y al observar la pantalla estupefacta María presenció cómo todas las ventanas de los programas minimizaban hasta dejar al descubierto el fondo de pantalla. Y en vez de los murciélagos previamente escogido por ella, estaba nuevamente ese ojo, enorme, negro, desorbitado, mirándola fijamente.

- Esto no es un virus. ¡Esto no es un virus! – Dijo aterrorizada María al tiempo que retrocedía unos pasos del escritorio. A pesar de sentirse en el fondo atraída hacia este misterioso hecho, de los susurros, los fondos cambiantes y el último acaecido hoy, el irracional miedo que se apoderaba de ella le chillaba febrilmente que saliera corriendo de esa mansión y fuera a refugiarse en cualquier lugar con gente. Por lo menos alguien vivo.
Y al voltearse para buscar el guardarropa para calzarse un vaquero que le proteja las piernas, tropezó con una masa blanca algodonosa. Helada. Alzó la vista para ver qué le obstruía el paso y se arrepintió profundamente de haberlo hecho.


Frente a ella, y flotando como a medio metro, se veía una silueta brumosa como millares de jirones blanquecinos que lentamente ondeaban sin viento que las impulsase. Todos esos jirones formaban una masa curvilínea que en su parte más elevada mostraba un rostro redondo, cenizo, palidísimo. Los labios carnosos tan negros como el color de sus ojos. Los mismos ojos desorbitados que estaban en su lap. Y asimismo como el protector de su pantalla, profundamente clavados en ella. Su cabello, igual de azabache que los ojos y los labios, formaba un océano sobre el cual el pálido rostro se dibujaba. Y de ambos lados de la cabeza, como una ameba de tela, salieron dos prolongaciones que empezaron a avanzar hacia la petrificada María. Aunque los labios del espectro no se movían, se podía oír claramente un susurro. Apremiante, violento, casi como un ruego.

- NO TE VAYAS… NO TE VAYAS… TIENES QUE ESTAR… CONMIGO…

María lanzaba con desesperación órdenes desde su cerebro hasta sus piernas, para que la llevasen lejos de esta espectral mujer que algo deseaba con ella, pero no estaba segura qué. El miedo era tan intenso que sentía náuseas y la sencilla comida la notaba como guijarros en su estómago. No podía moverse. Como una rana frente a una cobra, como un conejo frente a una manada de lobos hambrientos. Ni siquiera el hecho que esos como tentáculos fríos envolvieron sus hombros y vio ese rostro desencajado acercarse, con la boca muy abierta, como queriendo besarla, lograba alguna reacción en ella.
Finalmente, estando los dos rostros a milímetros de tocarse, María pudo reaccionar. Jadeando violentamente metió ambas manos en ese rostro inexpresivo y boquiabierto y sintió aferrar un moco helado. Empezó a retroceder mientras apartaba a manotazos ese fluido gélido de su rostro y hombros, pero no se percató que tras ella estaba el escritorio de su lap. Tropezó con el taburete y su cabeza chocó contra la saliente de madera. Quedó sentada en el piso delante del mueble, exánime. Ya sin que María lo notase, la masa blanca se reformó en el espectro, quien miraba ahora con un dejo de tristeza a la desmayada chica. Como una voluta de humo, se desvaneció en el aire.

María recuperó el conocimiento al sentir su rostro quemando por el sol matutino. Al principio sólo pensaba en el intenso dolor en la parte occipital de su cabeza y en el porqué de ese gran chichón que se frotaba ahí, cuando al cabo de un par de minutos recordó nuevamente. Se incorporó rápidamente buscando a ese fantasma que se había materializado ante ella. Era una mujer, estaba segura. Una mujer blanca, algo gruesa. Pensó por un momento en hacer inmediatamente sus maletas, poner algún tipo de excusa en la alcaldía y largarse de una vez. Pero algo dentro de ella le decía que lo mejor era llegar al fondo del asunto.
Así que se dirigió, luego de vestirse, desayunar y colocarse una bolsa de hielo en la cabeza, a su trabajo. Mientras avanzaba, vio en una de las casas vecinas una señora que amenazaba furibunda a un niño indisciplinado:
- ¡Con que no obedezcas, vas a ver que vendrá Erebus y te llevará! – Al decirle esto, el niño palideció y rompió a llorar. El nombre le dio vueltas en la cabeza a María mientras duraba su jornada. Ya en la tarde, recordó que hacía unos días la tendera le había informado sobre las historias antiguas sobre el pueblo que el padre del teniente político le podría informar. Así que se dirigió a la casa donde vivía el anciano.
Luego de presentarse y compartir un agua aromática, María inquirió al anciano, quien parecía bordear los noventa, de cuál era la historia más antigua sobre este pueblo que pudiera recordar. El viejo se rascó la cabeza un buen rato antes de responder. Y al empezar su historia, la voz del anciano sonó más ronca y grave, como si desenterrara un archivo que no se debía revelar…

- A ver, niña. Este relato me lo contó mi bisabuelo cuando yo era bien tierno. Y me dijo que lo había aprendido de su tatarabuelo, el cual era uno de los supervivientes de una desgracia que barrió con los habitantes del pueblo. Supuestamente, antes de ser fundado este pueblo, había un pequeño reino, tan chico y apartado del resto de pueblos, que su población nunca sobrepasó el millardo. Según me decía mi bisabuelo, estas gentes venían de un país bien lejos, lejísimos… que en Europa quedaba el lugar. A ver cómo llamaba… Griza, Gruesa, Grossa…
- ¿No será Grecia, de casualidad? – le interrumpió María.
- ¡Ese mismo, Grecia! Bueno, me decían que de ese país habían venido una familia real y sus súbditos, aparentemente expulsados del país hace muchisisísimos siglos, por haber intentado cometer un acto horrible, tan horrible que sólo en la biblioteca de la familia real se contaba de tal cuestión. La cosa niña, es que llegaron ellos acá y secretamente fundaron un reino chiquito, chiquito, para perpetuar no se qué tradición, ahí sí no recuerdo. Y el tatarabuelo de mi bisabuelo, como le había dicho, era uno de los supervivientes de esa desgracia.
- ¿Y cuál fue esa desgracia, si es que recuerda? – volvió a interrumpir María.
- La verdad no me recuerdo muy bien, pero tenía algo que ver con unir tres… tres… bueno, no me acuerdo, niña, pero dicen que fue como que se desató el mismísmo fin del mundo sobre ese reino, y sólo un puñado de personas sobrevivieron. Fue ahí que decidieron refundar un nuevo pueblo, y olvidarse por completo de ese pasado tan feo. Bautizaron al pueblo como Reunión, como un último recuerdo de lo acontecido, y la mansión en que usted vive justo, niña, fue una de las primeras construidas. Dicen que demoraron harto en construirla, no supe por qué. Y de eso pasaron trescientos años, y aquí estamos ahora…
- Una última pregunta, señor. ¿Cómo se llamaba el nombre de ese antiguo reino?
- Mi abuelo sí me había contado su nombre. Déjeme hacer memoria… - el viejo volvió a rascarse la cabeza, como queriendo extraer así sus recuerdos. Esta vez demoró varios minutos, hasta que se le iluminaron los ojos. – Ah, sí! Ya me recuerdo! Ya recuerdo! El viejo reino se llamaba…

Mientras María se dirigía nuevamente a su mansión, todo deseo de abandonar este remoto lugar se había desvanecido. Ahora le quemaba por dentro una inaguantable pasión. Un deseo poderoso de desvelar y sacar a la luz misterios silenciados hacía centurias. Era como si la propia mansión la llamara a escudriñar en sus intimidades.
- Voy a llegar al fondo de todo esto. Me lo prometo. Voy a desentrañar todo lo que ocurrió en el reino de MOLDOVA…