Thursday, March 24, 2011

Spirits Dreams Inside

Son las ocho con cuarenta y cinco y Priotr observó azorado una persona exacta a él lanzársele encima. Apenas logró distinguir los ojos de un carmesí intenso y la piel ceniza, que marcaban las únicas diferencias, antes de que su doble terminó de obliterar su respiración apretando con furia salvaje su tráquea. Los retorcimientos de agonía le impidieron escuchar al ruso los diversos alaridos y chillidos de todas las personas aledañas. Cuando Priotr expiró, su doble se levantó, exhaló un largo suspiro y se fue pudriendo y desmoronando hasta que sólo quedó un rastro de polvo negro.

Seung miraba horrorizada la cuna de su hijo de dos meses. Se había colado otro bebé quien a pesar de su corta edad estaba sobre el pequeño, intentando asfixiarlo con su cuerpo. El pequeño Chou berreaba contra el peso de su doble oscuro quien pretendía robarle el aire que respiraba colocándosele encima. Seung, con el instinto de madre furiosa, agarró a la criatura salida de quién sabe dónde y la lanzó contra el suelo. Saltaron los goznes y se abrió la puerta que había logrado cerrar, luego que una persona exacta a ella, acompañada de un igual a su marido, pero con la piel y los ojos totalmente opuestos en color; salieron literalmente de las sombras y procedieron a atacarlos. Seung había logrado quitarse a su atacante y subió a buscar a su primogénito, aunque para Kim, su esposo, no hubo tanta suerte. La copia de ella la miraba centelleando sus ojos enrojecidos. Seung se interpuso entre su hijo y la copia armada con lo único que pudo hallar. Un soporte de lámpara de metal. No sabía qué o porqué, pero protegería a su hijo hasta la muerte. Miles de gritos vecinos le advertían que el mismo horror se producía en todos lados.

Un cetro ensangrentado sobresalía del pecho del Papa, en el Vaticano, luego que un sombrío atacante, exacto en rostro y cuerpo al pontífice se abalanzara sobre éste y usase su propio cetro papal para ensartarlo. Luego que el corazón se detuvo, el espectro soltó un largo suspiro y se convirtió en podredumbre ante los ojos espantados de la guardia suiza, quienes mantenían una lucha a muerte contra versiones exactas de ellos. Completamente carentes de piedad u honor, en más de uno introdujeron repetidamente sus versiones de espadas negras hasta arrebatarles la vida. Y frente a los cadáveres fueron suspirando y corrompiendose en segundos.

Adelaida, Juana y Carmela eran las únicas sobrevivientes de una masacre producida en su pueblito cerca de Veracruz. Corrían entre hipos y llantos, tras ver a sus padres, maridos y cercanos ser yugulados sin piedad por unos seres igualitos a ellos pero con ojos de diablo. Todos creyeron que se trataba de una manifestación del demonio, fue por eso que casi nadie pudo ofrecer resistencia. Machetes, trinces y hoces lucían clavados en varias partes de los cuerpos de los campesinos. De los atacantes, ni el polvo ya. Las mujeres lograron llegar a un galpón abandonado y se ocultaron bajo montañas de paja seca, esperando que los relinchos de los caballos disimularan sus llantos y rezos fervientes. Pero se dieron cuenta que sus propias copias se acercaban directamente hacia ellas, como si las pudieran oler sin importar la oscuridad. Cada una enarbolando una herramienta filosa, se acercaron a toda velocidad sin conmoverse por los pedidos de piedad de las mujeres y cortaron, cercenaron y picaron hasta que no hubo más resistencia.

Stephen y Kevin, ambos boinas verdes del ejército estadounidense, acostumbrados ya al combate cuerpo a cuerpo, decidieron dar cara y pelear por sus vidas, dado que con estas criaturas no se podía razonar. Sus copias atacaron con sus mismas réplicas de cuchillos, encontrando un sólido contraataque. Las fuerzas estaban perfectamente parejas. Todas sus ventajas y desventajas estaban presentes. Kevin recordó que su rodilla izquierda estaba en tratamiento por una lesión en un ejercicio, por lo que hizo una finta y pateó la rodilla izquierda de su adversario. Este se inmovilizó por el dolor, cosa que aprovechó Kevin para inmovilizarlo y degollarlo con su cuchillo. Salió un líquido negro y untuoso y la copia cayó finalmente muerta. Animado por la victoria de su compañero, Stephen arremetió contra su rival quien había clavado el puñal en su costado pero aún no lograba extraerlo. Con algo de intestino asomando a través de la herida, el hombre clavó con toda su fuerza los pulgares en los ojos de su espectro reventándolos. Y en el tiempo en que la copia se llevó las manos a sus ojos con un aullido de agonía, Stephen en dos movimientos rápidos partió la tráquea y empujó el vómer nasal hacia el cerebro dando fin a su atacante. Los camaradas miraron con ojos como platos cómo los cadáveres en vez de pudrirse y desvanecerse se volvían como un vapor oscuro que se fundía con sus cuerpos. La tremenda herida de Stephen sanó de inmediato y ambos sintieron que sus fuerzas, reflejos y capacidades se redoblaban.

El mismo descubrimiento lo realizó Hiro, en Japón, tras casi por accidente derrotar al oscuro ser que pretendía asesinarlo. Cuando sintió sus fuerzas incrementadas en gran manera, buscó al resto de su familia y saltó sobre las copias de ellos para acabarlos. Con cada uno de ellos derrotado, sintió que se volvía más y más fuerte. Tras dejar a su familia a salvo, Hiro fue a buscar otros sobrevivientes.

Ajani, Jabarl y Elangeni se criaron juntos y crecieron cazando, corriendo y fortaleciéndose hasta llegar a ser los guerreros más fuertes de su tribu. Los anciano de la tribu los honraban comparando su velocidad como la de una gacela, su fuerza como la de un leopardo y su agilidad como la de los babuinos. Nunca habían tenido problemas realmente graves, hasta esa noche fatídica, donde salieron de la tierra al parecer, montones de majini que se llevaron la vida de más de uno de sus amigos y familiares. Lograron la mayoría salir corriendo de sus chozas y aglomerarse todos frente a la gran fogata central. Los tres guerreros, tras sacudirse de encima a sus propios majini alcanzaron sus lanzas y escudos y se pusieron por delante de cosanguíneos y amigos. Su máxima prueba había llegado. Tras una feroz lucha sus oponentes cayeron atravesados por sus lanzas. Supieron que realmente eran majini tras ver cómo los cadáveres se volatilizaban y eran absorbidos por los cuerpos de los guerreros. Al ver que los guerreros ahora ostentaban las habilidades de los animales comparados, y que incluso las superaban, los ancianos leyeron los hechos como una prueba de los dioses.

Patricio, en Ecuador fue otro de los que derrotó a los dobles asesinos. Sabiendo que lo mismo estaba pasando en todo el mundo, mandó un escueto pero intenso mensaje en su cuenta de Twitter: "¡¡PELEEN!! ¡¡PELEEN POR SU VIDA!! ¡¡NO SE DEJEN DERROTAR!!"
El mismo se fue difundiendo en todos los medios de comunicación posibles. Si aún estaban vivos, tenían la única opción de pelear o morir. No había razón o diálogo posible. Era su vida o la de esos extraños dopplergangers salidos de las sombras, enviados a atacar y matar únicamente a sus originales, por el modo que fuese.

De entre todas las ciudades, fueron saliendo algunos a ver el nuevo día. Más fuertes y capaces, pero muchos con lágrimas por perder a seres queridos. Fe y creencias quebradas por completo. Miles de preguntas sin respuestas ni lógicas ni consoladoras. En montones de lugares, el leve hedor de los cientos de miles de cuerpos entrando en descomposición fue el único saludo de los sobrevivientes.
Era el amanecer del 13 de Diciembre del 2012.

Friday, March 04, 2011

Viene el Crecido...

- Pequeños míos, no cejéis. En poco tiempo llegaremos a un lugar de descanso. Apenas crucemos el Puente del Hiato, que es pasando este cerro.
Habían estado ya cuatro días caminando continuamente el grupo de los dos hermanos y la prima, todos ya adecuadamente armados y listos para el combate. Varias hordas menores del Crecido, el enemigo, habían caído ante los fulgurantes batazos de Nico, los ataques elementales de Nica y los papirotazos de Rachel, quien rápidamente se había adaptado al estilo de los hermanos usando su peluche Moogle como maza. Entre los diversos enemigos habían desfilado muchos combatientes menores, envueltos en pieles y empuñando palos pequeños, pasando por cachorros de lobo y potrillos amaestrados, los cuales intentaban morder o golpear con sus pezuñas a los pequeños. Hasta el momento ningún enemigo había logrado vencer a alguno de los niños, y la experiencia dada por las batallas iba incrementando las capacidades adquiridas.
- Ya mismo voy a poderle dar duro al Crecido – se ufanaba Nico, quien iba ondeando de lado a lado su arma.
- Lo voyaché llorá – continuaba Nica.
- Pues no creo que aún podamos, de pronto él es fuertísimo – razonaba más calmada Rachel. Sr Puño, quien flotaba siempre a su lado, asintió.
- Efectivamente mi pequeña princesa; os aconsejo que seáis cautos, mis pequeños, pues el Crecido no es para ser tomado a la ligera. Si con mis poderes bastase, ni me habría molestado en traeros desde vuestra casa. Es por eso que debéis seguir superándoos hasta que seáis dignos oponentes de este feroz enemigo. Así que no sucumbáis ante la soberbia. – Sermoneó muy formal. Los hermanitos un poco avergonzados, callaron un tiempo.

Así fue hasta que llegaron finalmente hasta un enorme puente que unía los bordes de un gigantesco abismo, tan profundo que apenas el fondo se podía ver. El puente mismo era majestuoso, pues tenía el equivalente a cincuenta pasos de ancho y estaba reforzado con murallas de piedra y cobertores de madera, para proteger a los viajeros cuando lloviese. Los niños ya cansados suspiraron de alivio al ver que habían llegado al final de una etapa de su viaje. Por su parte Rachel venía tarareando una canción que su papá le había enseñado hacía algún tiempo. Se sabía una parte, pero no lograba recordar el resto. Cuando estaba casi logrando acordarse del resto, oyó la exclamación tanto de los hermanos como de Sr. Puño. Vio lo que tenía al frente y quedó boquiabierta.

Frente a los niños y a su guardián, en pleno inicio del puente, se alzaba un enorme portal que cubría totalmente la entrada. Era como un gran marco de piedra azul que calzaba en la entrada justa del puente, y aunque no tenía obstáculos ni cerrojos, en el espacio del marco a veces ondeaba algo sutil, neblinoso. Apenas perceptible. Nico avanzó dispuesto a cruzar pero chocó contra algo elástico que lo lanzó para atrás. El niño molesto alzó a Batespada y lanzó un fuerte golpe. Fue como golpear una piscina de gelatina, pues el aire se espesó, se coloreó de gris metálico y rechazó el golpe. Nico contraatacó sin resultado pues no lograba ni hacer pasar la punta de su arma a través del portal y todo ataque era repelido. Rachel se unió con Moggle pero no lograron nada. Sr. Puño meditaba hasta que tuvo una idea.
- Pequeños, este portal es algo nuevo para mí, y me parece que fue colocado por el Crecido para justamente impedir el paso de personas de una región a otra. Los ataques físicos no funcionan contra este tipo de barrera, pero creo que los poderes de Nica nos serán útiles. Mi preciosa, os ruego que invoquéis a vuestros espíritus.
Así hizo la pequeña, trazando tres veces su pentagrama en el aire y pronunciando los nombres tergiversados de sus tres espíritus protectores. ¡Chamanda, Dime, Chifo! El ente del fuego Salamandra, el ente del hielo Undyne y el ente del viento y el rayo, Silpho; emergieron de entre sus pentagramas respectivos. Ante la orden de su ama, los espíritus se situaron frente al ondeante espectro del portal y lanzaron sus ataques. Salamandra lanzó chispas ardientes, Undyne aleteó agujas de hielo y Silpho envió su corriente de aire electrificado. Pero el muro mágico no caía. Enrojecía un poco con el fuego, se volvía azulado con el hielo o se hacía amarillo brillante con el viento eléctrico, pero al final ningún elemento terminaba de colorear por completo el espectro. Nica una y otra vez ordenó a sus espíritus hasta que terminaron agotándose. Cada uno de ellos se disolvió en un poco de su elemento primario y volvieron hasta Trivarita. Se escuchó un furibundo chillido:
- ¡¡¿¿POQUÉ NO FUNCHONA??!!
Nica, en pleno berrinche, tiró al suelo a Trivarita y empezó a patear el piso mientras lloraba de coraje. Tanto Nico como Rachel intentaron consolarla pero la niña seguía en plena rabieta. Nico fue ante Sr. Puño para pedirle un beso de mamá para consolarla, pero éste respondió:
- Mi pequeño, un beso de mamá no es la medicina adecuada para este caso. El motivo del llanto de vuestra hermana no es la añoranza ni la debilidad, sino el enojo y la frustación. Tengo lo indicado ante esta situación. Tomad este ítem y pegadlo en su frente. Aprisa!

Así lo hizo Nico. Y tan pronto colocó esa como boca sonriente en la frente de su hermanita, salieron un montón de burbujas rosadas, que al estallar una por una, dejaban escapar una aguda carcajada. Todo el coro de risas envolvió a Nica quien terminó por disolver su pataleta en una gran sonrisa. Se enjugó las últimas lágrimas y preguntó qué era.
- Cuando un niño lo rebosa el coraje, el resentimiento o la frustación, llora también por eso. Lo que di a vuestro hermano se llama Risolin, un extracto de bayas Jajaja, el remedio óptimo para olvidar el enojo. Cuando necesitéis uno, os proporcionaré lo necesario.
- Pero ahora estamos trancados aquí. Ni la magia de Nica ni mis ataques funcionaron contra esa puerta. – Dijo Rachel preocupada. Sr. Puño se dirigió hacia ella.
- En verdad los ataques físicos son infructuosos, pero me he dado cuenta del motivo del fracaso asimismo de vuestra compañera. Al haber invocado los nombres de una forma altisonante e imprecisa, los espíritus emergieron en su forma más básica. Nica por tanto, ha de mejorar su dicción para fortalecer las capacidades de sus espíritus.
- Entonces Nica, tienes que hablar mejor. A ver, repite conmigo: Sa-la-man-dra. – Empezó Nico sujetando de los hombros a la niña, quien se encogió un poco asustada. Sr. Puño se interpuso negando con el índice.
- No, mi pequeño. De esta manera perderemos mucho tiempo, que es lo que menos tenemos. Es menester acelerar el proceso de dicción de vuestra hermanita y sólo conozco un método. Tendremos que hallar la Pera Silábica. Esta mítica fruta concede la aceleración de la capacidad de hablar, aparte de mejorar mucho el estado general de quien la come. Ahora bien, que yo sepa, sólo unos cuantos árboles de esta fruta tan especial crecen reunidos en esta zona y en un solo sitio. La Villa Declamadora, habitada por los Discursos, es ese lugar. Son seres amistosos y amables aunque suelen abrumar un poco a sus invitados con su inacabable retórica. Ellos de buena gana nos ayudarán.

Los niños dieron entonces media vuelta y siguieron a Sr. Puño en busca de la susodicha villa. Tras dos días de avanzar al sureste, llegaron a una planicie cubierta de curiosas florecillas en forma de boca, y cada una emitía una tenue vocal. Aaaah, decían unas, oooh otras, iiiih otras, todas turnándose para hablar a su vez. Al final de la planicie observaron un pueblecito. Villa Declamadora. Echaron a correr entre las vocales emitidas hasta llegar a la puerta. Esperaban encontrar a seres parlanchines y amigables para que les dieran la bienvenida pero el panorama era otro.

De varios sitios del pueblo fueron surgiendo pigmeos de diversos atavíos, de piel rojiza y reluciente, cuya característica más notable eran sus enormes y carnosas bocas, sin duda desarrolladas así por las mencionadas frutas. Pero en vez de empezar a hablar fluida y torrencialmente, como les había anunciado Sr. Puño, silenciosamente se aproximaron hacia los niños y empezaron a empujarlos hacia las afueras. Los niños protestaron por tan extraño accionar hasta que intervino Sr. Puño.
- Algo siniestro ha ocurrido a estos buenos seres, para que se comporten de una manera tan huraña. Y la causa de su silencio es evidente. Mirad!
Sr. Puño señaló las grandes bocas de los Discursos y vieron que cada una de ellas estaba sellada con una gran X color negro. Cada vez que intentaban abrir la boca, este curioso sello se aferraba a sus labios impidiéndoselos. Ahora quedaba saber ¿quién había hecho tal travesura?

Luego de un poco de negociación y haciéndose malamente entender con señas, los Discursos señalaron hacia la plaza, el lugar donde crecían las Peras Silábicas. Era evidente que el causante de todo este entuerto se encontraba ahí. Los niños fueron avanzando hacia la plaza, empedrada toda de varias letras. En el centro justo habían tres frondosos árboles de los cuales colgaban unas lozanas frutas. Las peras silábicas. A punto ya de llegar, saltó una sombra de entre las ramas y golpeó el piso donde antes estaban los niños reunidos, quienes lograron con las justas esquivar el ataque. Frente a ellos estaba un niño con ropa impecable, quien sujetaba en cada mano un gran pincel.
- Hola, soy Juglar y vine a controlar esta fuente de peras silábicas. Me encanta recitar y cantar, y no permito que nadie intente superarme. Al que se atreve, le sello la boca con mi pincel y no hablará más. Me he enterado que ustedes están buscando al Crecido, no? Pues necesitan de esta fruta para poder pasar el portal del puente. Y yo no les daré ni una. Porque el Crecido es mi amigo y jefe y no voy a permitir por nada del mundo que nadie…
- ¡Calla, ochocho! – chilló Nica ya aburrida de tanto parloteo de Juglar. Se lanzó contra su adversario empezando a invocar sus espíritus mágicos y así vencerlo. Pero Juglar, con una velocidad pasmosa, hizo dos pinceladas y en la boquita de Nica se formó una X pegajosa que la selló por completo. Nica trataba de arrancarse ese sello sin remedio. El adversario reía triunfante.
- Nadie que tenga ese sello en la boca podrá emitir un solo sonido, así que a este paso sólo mi melodiosa voz podrá ser oída por todos! – fanfarroneaba el muchacho. Rachel empuñó a Moggle y se dispuso a dar batalla, pero el batespada la detuvo. Un muy ceñudo Nico se puso entre Juglar y su prima. No pensaba perdonarle lo que había hecho.
- Ahora si vas a ver.

Ambos se lanzaron y pelearon usando toda su fuerza. Juglar intentaba sellar una y otra vez los labios de Nico con sus pinceles pero éste contraatacaba con la misma velocidad. De repente Juglar intenta enmudecer a Nico y al éste poner guardia, voltea los pinceles y traza una cruz en una de las manos de su adversario. Nico está horrorizado al notar que no puede mover bien su mano.
- Mis sellos no sólo enmudecen al que los recibe, sino que cualquier parte del cuerpo que es sellada será también mermada de su movimiento. ¡No me podrás ganar! – gritó al tiempo que sellaba el pie izquierdo de Nico. Ahora medio inmóvil ve angustiado a su enemigo colocar sus pinceles en cruz, hacer varios trazos frenéticos y salir de las cerdas un montón de X voladoras. Su ataque final.

Y justo antes de que los trazos llenen el cuerpo de Nico, éste lanza un tremendo batazo y las devuelve hacia su creador. Tomado por sorpresa Juglar no es capaz de esquivarlas y sólo logra cubrirse la boca, quedando el resto de su cara y cuerpo cubierto por un montón de crucecitas negras. Quedó completamente inmóvil y soltó los pinceles, con lo cual quedó sin efecto los sellos anteriores. Nico ahora completamente libre da un salto y de un solo batazo hace rodar a Juglar por el suelo, quien queda llorando lastimeramente. Su hermana y su prima fueron a felicitar al niño por su combate. Finalmente habían ganado el poder obtener la codiciada pera silábica. Así que empezaron a trepar el árbol cuando se escuchó un alarido furioso.
- Pero voy a acusarlos con mi amigo! El los va a hacer llorar a todos! Voy a llamar AL CRECIDO!!
- ¡No! ¡Detenedlo pequeños, Juglar va a decir en voz alta el nombre del Crecido! No permitáis que lo pronuncie! – Todos dieron un salto hacia el derrotado muchacho para callarlo con sus propios pinceles, pero no llegaron a tiempo.
- ¡¡Me están molestando, HUÑAC HUILLI!! ¡¡HUÑAC HUILLIIII!!
Fue como si el mismo tiempo se espesara mientras el niño terminaba de pronunciar el nombre prohibido. Durante un rato no pasó nada, y los niños pensaron que lo de decir el nombre en voz alta era una exageración, cuando de súbito se formó un remolino negro a unos pasos de los niños. Liberados ya de sus sellos, los Discursos corrían de un lado a otro presa del pánico parloteando incesantes lamentos y declaraciones de desastre por la llegada del Crecido.

El torbellino se fue calmando y de sus brumas danzantes fue emergiendo un niño de sobrecogedora apariencia. Estaba vestido con un único traje de tela lanosa y negra como la noche. Una capa gris que más recordaba a una toalla amarrada en el cuello completaba su atuendo, pues iba descalzo. Su rostro era pálido y su apariencia derramaba seriedad y temor. Los ojos amarillentos y ojerosos terminaban de darle su aire demoníaco.

Era el Crecido. El Huñac Huilli.
- ¿Asi te llamas? ¿Huñac Huilli? – Dijo Nico, quien a pesar del temor respirable en el aire permanecía tranquilo frente al que había conquistado con miedo y fuerza esta tierra.
- Todo el que se atreve a pronunciar mi nombre a la ligera y sin respeto sufre las consecuencias – Atronó con voz grave y retumbante el Crecido. - ¿Y ustedes se hacen llamar los guerreros elegidos? No me hagan reír. Si sólo son un atado de sabandijas sin ningún talento, a quienes podría acabar con un soplo.
- ¡A ver si puedes contra los tres juntos! – Lo retó desafiante Nico. A cierta distancia, Sr. Puño observaba todo con espanto. Había ocurrido lo que menos deseaba. Que el mismísimo Crecido viniera a darles la cara a los niños y con sus talentos aún por desarrollar por completo. No sólo saldrían llorando de esta batalla, sino que algo mucho peor podía ocurrirles. ¿Qué haría ahora? Ni sus propios poderes eran rival para los del Crecido, quien ahora recibía los ataques combinados de los niños.
Nico atacó con una andanada de batazos, Nica lanzó simultáneamente a sus tres espíritus a que enviaran sus proyectiles contra el adversario y Rachel, montada sobre Moggle convertido en el tigre Byakko, cargó sobre su adversario. Pero todo el esfuerzo fue como intentar tumbar una casa con un petardo. Todos los batazos cayeron sobre un escudo invisible que protegía al Crecido en casi medio metro a la redonda. Las oleadas elementales fueron literalmente engullidas por la boca del niño sobrenatural. Y el zarpazo de Byakko sólo cortó el aire, pues el Crecido se desvaneció y reapareció al lado de la niña montada en el peluche.
- ¡DÉBILES! – Rugió el Crecido tres veces.
La primera, agarrando de la cola a Byakko y de un jalón lo lanzó al suelo, con Rachel incluida. La segunda desvaneciendo de un soplido a los tres espíritus y barriendo a la asombrada Nica. Y la tercera, dando un golpe de dedo a Nico, quien lo recibió como si lo hubiera golpeado un tronco de árbol. Si no fuera porque puso guardia con Batespada, hubiera quedado con varios huesos rotos. De todos modos, su arma quedó doblada e inservible. Los tres niños yacían aturdidos en el suelo, y su enemigo, quien sólo había mostrado una fracción de su terrible poder, se aprestaba a efectuar un brutal remate. Abrió desmesuradamente la boca, sacando a relucir una hilera de dientes agudos y curvos, y con esa horrenda pinta, pronunció su hechizo:
- ¡¡DIENTES TENGO, Y LOS VOY A DESINTEGRAR!!
De esa boca enorme se formó una como esfera negra, la cual apuntó a los niños y se las escupió. Sr. Puño no podía permitir que tal desgracia se diera y se lanzó presto. Se vio desde lo lejos una enorme explosión negra, y de la cual fue saliendo una figura envuelta en un torbellino. El Crecido, el Huñac Huilli, se alejaba con la victoria de su parte.

El humo negro se fue disipando, divisando los restos de la villa Declamadora. De entre las ruinas fueron saliendo varios Discursos, mudos nuevamente, pero de terror esta vez. Todas las miradas fueron apuntando al centro de la plaza, donde aún estaba un núcleo negro, que era en donde habían recibido los niños el ataque. Finalmente el aire se aclara y todos quedan asombrados.

Nico, Nica y Rachel están sin sentido en el suelo, y cubriéndolos completamente un muy malherido Sr. Puño. Ha perdido su sombrero y su lazo. Incluso su forma, pues ahora es sólo una mano gigante cubriendo a los pequeños. Rachel es la primera en recuperar el sentido e incorporarse. Emite un chillido al ver a su guía y amigo tan maltrecho e intenta reanimarlo. Los hermanos se levantan y miran angustiados a su protector. Los tres pares de manitos mueven desesperados la exánime mano. Muy trabajosamente, se escucha un susurro:
- Pe…queños… os pido encare…cidamente perdón por mi…yerro. No logré prevenir… este cataclismo. Pero… al menos… vosotros estáis a salvo. En el último momento… logré salvaros…

Señor Puño quedó quieto.

Los pequeños sintieron una mezcla de soledad, terror, tristeza y rabia en su interior. Todos ellos empezaron a soltar lágrimas por su amigo caído. Nico sacudía a su amigo sin poderlo revivir y Nica sollozaba abrazada a un dedo. En ese momento, casi involuntariamente y apoyada sobre la muñeca de su amigo, Rachel volvió a tararear la canción que siempre le cantaban cuando se lastimaba:
- ¡Sana sana, colita de rana! – Rachel, entre su llanto desesperado, trataba de recordar la última parte de la letra pero sólo lograba la primera parte.
- ¡Sana sana, colita de rana! ¡Sana sana, colita de rana! – El recuerdo no lograba llegar y los gemidos de sus primos se hacían más y más doloridos.
- ¡Sana sana, colita de rana! - ¡Ella sabia que la parte final era la más importante, la parte que lograba que dejara de doler! Y de repente, en un chispazo, la parte que faltaba finalmente se manifestó en la boca de la niña. Alzando la voz como nunca lo hizo, cantó con toda su fuerza:
- ¡¡SANA SANA, COLITA DE RANA!! ¡¡QUE SANES HOY Y NO ESPERES A MAÑANA!!!
En ese momento, de las manos de Rachel se desprendieron miles de lucecitas verdes brillantes que fueron cubriendo la gran mano que era Sr. Puño. Y no sólo a su amigo, sino que las chispitas verdes fueron envolviendo a los niños curando todas sus heridas, inclusive reconstruyendo las casas de los Discursos destruidas por el ataque del Crecido. Finalmente Sr. Puño volvió a flotar en el aire, estirando sus dedos y de un chasquido volvió a recuperar su anterior guisa. Se volvió hacia Rachel.
- Mi pequeña princesa. Veo con infinito orgullo que habéis conseguido un nuevo poder que ni yo mismo imaginaba que guardabais. Habéis despertado el poder de curar, el cual me ha devuelto mis fuerzas, cosa que nunca os podré agradecer lo suficiente. Estoy tan complacido por vos… - terminó posando su palma sobre la cabeza de Rachel. Tanto Nica como Nico y la primita se abrazaron con su guía, felices por haber salido con bien de semejante aventura.

Luego se acercaron los Discursos y en una palabrería que demoró casi una hora, expresaron su agradecimiento a los niños por haberlos librado de Juglar, y que aunque los perales se habían perdido, ellos siempre guardaban una reserva en una bodega subterránea y que volverían a sembrar los árboles. Fue así que hicieron entrega de una Pera Silábica a cada niño, acompañado de su interminable monólogo. Los niños por un momento desearon volver a usar las X silenciadoras de Juglar.

En el momento que Nica comió toda la fruta, sintió que un montón de letras recorrían todo su cuerpo y que se aglomeraban en su lengua a punto de salir. Sr. Puño se puso ante ella y le pidió que volviera a invocar a cada uno de sus tres espíritus. Nica sacó a Trivarita, la agitó, formó tres pentagramas y empezó a recitar:
- ¡Chalamanda! ¡Undime! ¡Chilfo!
Esta vez, Salamandra adquirió la forma de un gran lagarto carmesí con la espalda erizada de flamas ardientes. Undyne tomó la forma de una larga morena azulada, con dos rosarios de hielo protegiéndola. Sylpho adquirió la apariencia de un águila metálica de cuyas alas se desprendían corrientes luminosas. Aún no era por completo correcta la dicción de la niña, pero los Discursos aclararon (requiriendo otra hora de palabrería) que en poco tiempo, y cuando ella adquiera la capacidad necesaria, podrá conjurar correctamente y con la mejor dicción a sus entes, y manifestarían todo su poder. Los efectos en Nico fueron un gran incremento en todas sus habilidades, pero éste se quejaba que su Batespada estaba inservible. Sr. Puño se acercó.
- Es verdad mi pequeño, que tan preciada arma ahora está lesionada, pero ha llegado el momento de revelaros un secreto de vuestra arma. Tiene la capacidad de fusionarse con otras obteniendo sus características y mejorando su eficacia. Y si mal no recuerdo, han de haber cercanas unas armas abandonadas, recordáis?
Efectivamente, los pinceles selladores de Juglar estaban tirados, al huir éste cuando vio el horrible rostro del Crecido. Nico los tomó y los apretó fuerte contra la retorcida Batespada. Las armas brillaron y se aglutinaron hasta formar un nuevo y sólido bate. Al blandirlo, Nico notó que a veces, se desprendían algunas X selladoras. Al ver esto, los Discursos prefirieron cerrarse ellos mismos sus bocotas.

- Vuestra arma ha cobrado nueva forma y bríos, mi pequeño Nico – anunció ufano Sr. Puño. – Ahora se llamará BATAFÓNICO, el bate silenciador! Os será muy útil en batallas futuras, pues algunos enemigos podrán usar asimismo algo de magia.
Finalmente, se voltearon hacia Rachel, quien decidió darle a Moogle la pera. Al engullirla, se transformó en un fornido oso marrón de gigantescas fauces, quien al emitir un rugido, parecía que todo se estremecía, dada la intensidad de su voz. URSUS, la nueva forma de Moogle, asimismo era más poderoso que su anterior encarnación.

Luego de descansar largamente, los niños se encaminaron hacia el Puente del Hiato. Esta vez, Nica solamente invocó a Salamandra, quien con un grueso chorro de fuego enrojeció por completo la pantalla y la desvaneció. Los niños gritaron de alegría.

- Mis pequeños – dijo Sr. Puño – habéis incrementado grandemente vuestros poderes, pero me temo que aún nos espera un largo camino para consideraros rivales dignos del Crecido, cuyo poder tan vasto habéis apreciado. Sin embargo, confío más que nunca que saldréis victoriosos al final. Así pues, seguidme, nos encaminaremos a esta nueva zona en busca de nuevas aventuras.

Los tres niños y Sr. Puño echaron a andar el puente que separaba las dos áreas. Nuevos desafíos los aguardaban.

Tuesday, January 18, 2011

LA BEMBA CAÍDA

Mi persona postrada en este lecho de yerba y lodo tibio, deseando no recibir este placer violento. Mi mirada desvariada, contornea una nalga tuca, una piel negrísima y una sonrisa blanca como nube que a paso chueco se me acerca más y más. Un sabor a encocao de minchilla sigue haciendo presencia en mi boca, en donde fue embutido con poca resistencia de mi parte la presa tan rica y repugnante al tiempo.

Maldigo silencioso una y otra vez, entre tanto escucho la voz rasposa de esta diabla, tan suculenta tu presa, mi negro, no la voy a dejar ir para ná… Maldigo el momento que se me ocurrió soltar esa frase de borracho, solo para quedar como arrecho con los yuntas en plena traguiza de fin de semana. Y vuelvo a maldecir el que ella moleste mi guevo con mano rasposa logrando que se ponga duro otra vez y proceda a tragárselo con esa boca chorreante que tiene en medio de las piernas…

Me llamo Pumper, hijo de Janner Corozo Medina, propietario de cuatro lanchas que alquila diario para llevar la gente río arriba abajo, aparte de las jabas de cerveza, racimo de verde, tanque gas, y lo que la gente necesita para el diario. Con eso se sacaba para darnos vida decente a la familia. Yo mismo conduzco una de las lanchas cosa que me da la oportunidad para buscar hembra rica y calentarle la oreja, es que aparte de ser bueno para la lancha, era mejor para sacarle la piedra a la mujer.

Es que nací bendecido según me cuenta mi papá, que mi santa madre tuvo que echar un pujo para botarme a mí, y otro pujo para terminar de botar a mi amigo, tremenda pieza me había tocao por gracia de Dios. Cosa que uno va brotando barba y ya le había hecho marchar a un par de primas que habían venido a visitar de allá arriba donde el río se hace estero y namás alcanza el canalete. Ay-ay-ay-ay Pumper tremendo toro has salío me decían entre gozando y sufriendo por el bejuco que les abría los fondos.

Cadenas de humo azul me tienen atado sin poderme mover ni pa cagar; esta maldita sólo me cocina, me da de comer y luego de eso me goza a su antojo. De cuando en cuando la oigo cantar mientras revuelve su caldero allá al fondo. Ahora va diciendo en canto “maní sancochao en raspadura pa`l caballero flojo, maní sancochao en raspadura pa que los ánimos vuelvan… maní sancochao en raspadura pa ese señor mal llevao, que mis cariños no quiere aceptar…”. Ese aroma justo va llenando la covacha y ya tengo un plato que me quema el pecho. Sale una cuchara grande, me la sopla hasta entibiarla y la mete de una en mi boca. Trato de escupir pero me aprieta la boca con la cuchara mientras me susurra “Toito se me come Pumper, que lo quiero bien durito pa más luego me jingue como se debe”. No puedo si siquiera meterle su recogida a esta mala señora, que solo me tiene para que le haga de marido postizo. No se como ni porque pero el dulce me tiene nuevamente parao cosa que apenas lo nota se vuelve a sentarme encima.

Y fue justo después de celebrar las fiestas del lugar, cuando les fui dando su tiriza a la mujer de un hacendado manaba viejo de más abajo, que según me contó, la había dentrado en su casa para que le cocinara el tapao de tatabra que sus mozos le iban a cazar cada semana. Porque lo que era labor de hombre, ni hablar, casi ochenta tenía el viejo, y solo era boca las hazañas y las mujeres que nos vacilaba cuando iba a comprarnos el chocolate maduro para irlo a vender a la ciudad. Pilo de niñas el viejo había hecho su mujer, contaba, para luego irlas a devolver con un par de gallinas o un chancho en pie donde los padres, para que no se de la discusión. Entre risa y biela la ñora me había dicho que en verdad una sola mujer aparte de ella había tenido el hablador, y que diez años antes de morirse ella de aburrimiento y necesidad al parecer, al don le había dejado de funcionar el amigo. Habia probao toda medicina y hechizo habido y por haber sin resultado, y era por eso, que esperaba que el servidor le viniera a poner al día. No se diga más.

Ya la doña de regreso con don saco de cachos, me había bebido mi dos buenas fronteras, asi que me envalentone y empece a alardear de mi insuperable hombría, que a ninguna hembra la dejaría mal sacada, y asi se me presente la misma Tunda, a ella misma la haría temblar.

Luego que se levanta y se va a dormir un rato la diabla, pido desesperado a todos los santos y los patrones que vengan en mi rescate. Cununo, toca fuerte y avisa a mis amigos que sigo cautivo; marimba de caña y guayacán, lanza tu canto al viento y diles a todos que Pumper está prisionero de esta insaciable. Ayyyy merecumbé, une al cununo, la marimba y la maraca, y llamen a mi diosito lindo y que con su mano santa me arranque de este infierno con olor a chiguile y a minchilla, la misma minchilla que tanta veces se ha metido por abajo aun moviéndose y la ha sacado cocinada, rosadita para parar en mi boca hambrienta a la fuerza.

No pasaron ni tres días cuando fui a revisar un potrero por la noche, cuando de entre la maleza voy oyendo una voz suavita suavita Pumper, vente mi Pumper; cometo el error de responderle, vente pues mujer que aquí tengo de sobra, y sale una hembra guapa completa, pero cuando le veo las piernas la una la tenía linda y gorda, pero la otra era como el palo del molinillo para sacar el jugo del chocolate. Es que alzo la cabeza y se me va encima de mí y despierto en esta cueva, oyendo a la Tunda cocinar. Ahí yo viringo, esperando simplemente que esta maldecida me use para sacarse la piedra, una y otra y otra vez.

Entonces se me levanta de encima, me baja las cejas y me dice en reclamo “ya estás afeado, negro, te me vas de aquí”; siento que vuelo un poco y estoy en el camino de regreso a mi pueblo. Viringo y todo salgo corriendo como loco hasta llegar a mi casa, meterme al baño y lavarme lo que más pude el olor de esta diabla.

Pero me dejó de yapa una maldición, señores.

Ahora el amigo, fiel y hacendoso lo que era antes, ahora peor que estorbo está. Ni para dar tolete sirve. Como bejuco fresco. Lo comprobé cuando llegó nuevamente la ñora del manaba y por más que me sobó me bailó y me lengueteo, nada de ná. Y así quedé pal resto de mi vida. Y todo el pueblo ahora me llaman con el nombre odioso que la ñora terminó gritándome tras salir frustrada.

- Ah, Bemba caída! Ah, Bemba caída!

Tuesday, December 21, 2010

Xzibit vs. Lelouch

Muy probablemente cierre el año con este Yo Dawg, que me he dado cuenta, que nadie se ha atrevido a hacerlos con cosas anime. En fin, vamos allá...

Friday, November 19, 2010

Xzibit vs. Tofu-sensei

Esto lo hice poco después del primer Yo dawg con la Zamora. Está dedicada a las fans de verguiyanki.

Thursday, November 04, 2010

Xzibit vs Jason Voorhees

Saludos a todos! No he posteado en eras, la plena que ando medio bloqueado, pero mientras vienen las nuevas partes de las aventuras de Nico Nica y Rachel, me puse a monear un chance con el siempre mentado Xzibit, que lo pueden encontrar con mi pana Berni y si no en este otro lugar.
No soy diseñador gráfico ni nada por el estilo, pero siempre con un poco de ingenio y buen humor, se pueden sacar cosas graciosas...

Wednesday, September 22, 2010

Sólo reflejos


Mi mano aprieta los dedos que hasta hace un momento, sujetaba delicadamente disfrutando de su sedosidad y tibieza. Fue el paño de franela roja que decidió resbalarse, desnudando el pulido espejo enmarcado en roble que transportaban dos jornaleros; el culpable que una verdad saltase a la luz, turbase mi mente, y arrancase un gemido dolorido por mi violento cimbrón.

Mentiría si dijera que hubo alguna premeditación o deseo previo al momento de conocerla. Tan súbita como un relámpago, violenta como un balazo, punzante como el gusto del tabasco. Casi luminosa, en contraste extremo con el gris cotidiano de los rostros en que el día a día les va secando la sonrisa, en el que los apuros cercenan la ternura y la desidia por el prójimo abren abismos entre cuerpos que se rozan. Sentí mi esencia sobrecogida por un río tibio que fue lamiendo cualquier cochambre sobre amores fermentados y que dejaron su regusto amargo. Cual Anquises ante Venus, la sentí inalcanzable, intangible, con la suposición miedosa de que si mis dedos la aferrasen, se desvanecería en bruma y volvería a su natal dimensión.

Sus ojos acertaron con un destello de asombro en mi rostro embelesado, y noté la sonrisa que me atrapó por completo. Se acercó a mí y me preguntó qué miras, señor? Veo un ángel frente a mis ojos, fue todo lo que logré barbotar en medio de mi trance. Rió con el sonido del arroyo virgen del deshielo. Antes que me diera cuenta había desaparecido.

En mis cabales nuevamente, traté de hallar razones lógicas a este hallazgo. Nada calzaba, ninguna idea lograba hacer girar engranajes en mi mente o movilizar juicios. Todo se estaba disolviendo en un estanque cuyas ondas dibujaban permanentemente su rostro. Tenía que hallarla nuevamente.

Hice casi un ritual de dar cinco vueltas a la manzana en donde la vi por vez primera, con la esperanza quemante bullendo en mi cabeza. Nada. Los mismos rostros silentes y ceñudos, que desde antes de aproximarme a preguntar, colocaban muros invisibles. Necio, iluso, me recriminaba; fue sólo una visión, una quimera del calor de esta ciudad, una materialización de tus deseos más profundos. La realidad volvía a solidificarse en mis sentidos, y con resignación que pugnaba con dolor y rabia, apreté el paso rumbo a mi casa para chocar prácticamente con ella.

De la forma tartamuda en que intenté disculparme por el impacto, provocó en ella otra risa que silenció hasta los trompetazos de las busetas y furgorrutas junto a las puteadas de los choferes y los agudos silbatos de los gallinazos que buscaban su merienda a costa del primer incauto que ingnorase su arbitrario cambio de dirección en la bocacalle. Sigues mirando igual? Preguntó con el ánimo de por fin saliera alguna respuesta coherente de mi boca. Logré juntar algunas letras y conseguí inquirir su nombre. Eso sólo lo sabrás si vienes a mi casa; añadió junto a una dirección que repetí mentalmente. Olvidar el dato sería imperdonable. Al momento de haberla grabado ya, se había ido nuevamente.

De haber sido otra la situación, ni de loco habría osado comprometerme en tal viaje. El asfalto se había negado a continuar hacía rato ya, provocando que mis zapatos se fueran cubriendo de polvo cambiando su negro lustroso a un gris opaco, como las vidas de este lugar. Ni siquiera los oe primo, presta un billo, vociferados por varios jovenzuelos dedicados a la vida fácil me apartaba de mi búsqueda. Notaba cómo el cemento cambiaba a ladrillo deslucido y éste a caña; los medidores mutaban a cables montados en el principal, y basura apilada a parterres y vías. Olía el peligro en el aire, pero de peticiones vulgares no pasaban. Como si no les interesara mi presencia, incluso a pesar de tener la apariencia de ser alguien que ganaba lo suficiente como para volverme un punto más en las estadísticas de la inseguridad.


Atravesaba los callejones trazados sin orden alguno, sólo rompiendo la monotonía de las estructuras una camisa roja a cuadros que ondeaba a la brisa pegado a una de las míseras paredes. El muchacho envuelto en la camisa colaba su mirada por una rendija luminosa, de donde salía una voz que decía qué miras ojito, qué miras miramelindo; con un tono menos que coqueto y más maternal y arrullador. Algo cruje bajo mis pies y la cabeza voltea. Un ojo me mira aterrado mientras que el otro equivoca completamente su objetivo y se va hacia una comisura, como resistiéndose a abandonar la visión que le ofrecía el agujerito. El rapaz inmóvil me obliga a retroceder, más por lástima que por otra cosa, mientras oigo pasos frenéticos dentro de la covacha y una respiración ronca. El muchachito vuelve a acomodar su ojo torcido en busca, posiblemente, de algo que le dé material con qué excitarse en la noche, mas un estridente estás curado miramelindo objeta mis divagaciones. Alejándome un poco mi mirada llega al lugar que me había dicho ella, coincidiendo con un destemplado nooo, un batir de puerta y el trote salvaje que se fue perdiendo en la negrura de la noche.

Toqué tres veces como me lo había pedido y la puerta se abrió con voluntad propia. En una única habitación, rodeada por cacharros y ropas amontonadas, se encontraba descansando la mujer que me había enloquecido desde verla. Miraba mi rostro con una dulce expresión y susurró que a pesar de todo, había venido. ¿Cómo puedes vivir en un muladar así? Fue mi primera pregunta bien realizada. Es lo que todos dirían, pero yo prescindo de lo material. Me extrañó su respuesta. Pero de algo has de vivir, añadí; ella sólo movió la cabeza mientras decía que obtenía lo que necesitaba en el momento que lo deseara. Lo mundano y lo actual le eran estorbosos. Y tú, me dijo, tienes la capacidad de ver lo que los otros no pueden. Así que en ti haré el receptor de mis conocimientos.

Si me interesaba o no sus conocimientos era una cuestión que flotaba a kilómetros de mi mente. El sentimiento que estaba enraizándose en mi pecho engendraba fortísimo tronco que lanzaba a su vez ramas frondosas y cargadas de flores hasta el cielo. Sólo tomé su mano y más que caminar o correr, flotamos y volamos hasta llegar al centro de la ciudad, en donde henchido de amor danzaba junto a ella por vitrinas y escaparates, sin prestar atención a luces y ofertas, a transeúntes y vigilantes, al muchacho de camisa roja a cuadros, estampado contra el pavimento por un auto rata, en medio de un intento de linchamiento a tres jóvenes triqueados y un anónimo sollozo que se elevaba en medio de una carcajada cruel.

Fue ahí que me topé con el paño rojo que liberó sin aviso previo al gran espejo plateado haciéndome ver mi imagen que entrelazaba la mano a una enana pordiosera, sucia, fea y deforme, entre los cientos de muecas de asco y reprobación de los decentes ciudadanos que pasaban a mi lado. El gemido de dolor que había provocado mi apretón atrajo mi mirada, que fue aliviada ante la imagen original que había sucumbido mi ser. ¿Te das cuenta? Me volvió a susurrar con dulzura. Los ojos de tantos que van velados por ideas y errores, les impiden ver lo que realmente es, y lo que realmente importa. No eres parte de ellos, querido mío. Prescindamos entonces de ellos, quienes ya están con las horas contadas.

Es acabar ella de hablar y yo tomar sus labios por asalto, y comenzar a amarla con cada molécula de mi persona.

Tuesday, August 31, 2010

El reto de Rachel

Luego de una larga tarde de lluvia, que mantuvo dentro de casa a los hermanitos Nico y Nica, los negros y húmedos nubarrones fueron diluyéndose en el cielo ambarino hasta que se instaló la profunda negrura sólo iluminada con titilantes estrellas.
Los pequeños habían pasado una semana entera revisando cada hueco y rincón de la cisterna para encontrar por dónde estaba la dichosa puerta al mundo fantasioso y lleno de aventuras hasta que Mamá los llamaba a comer o les reñía por estar jugando cerca de un lugar peligroso, sobre todo cuando intentaban abrir la losa de cemento; labor imposible dado lo pesado de la tapa.

- Cheño Puño no vene… - se lamentaba Nica, recordando la promesa del insolito personaje en forma de mano cerrada que fue tanto guía como mentor.
- Y el dijo que nos iba a hacer volver adentro de la cisterna… pero no aparece. Yo no sé donde estará. – Alternaba Nico, tan decepcionado como su hermana.
- ¡Cheño Puño e ochocho! – concluyó la niña molesta por la indolencia del extraño pero amable y solicito amigo.

Unos toques a la puerta apartaron a los niños de la ventana y de sus cavilaciones, y acompañaron a Mamá a preguntar quién era. La puerta se abrió y apareció la Tía, que había viajado de la otra ciudad, la que estaba cerca de la playa, y no venía sola. Volteando un poco hacia atrás hizo una petición a una figurita que estaba detrás de ella:
- A ver Rachel, di buenas noches.
- Buenas noches…

El tímido saludo fue dicho por la prima Rachel. Prima paterna de Nico y Nica, vivía con sus papás en la ciudad cercana a la playa, pero solía visitar cada una o dos semanas a los abuelos y de paso, a los primos. Cuando todos estaban reunidos, la algarabía que se alzaba era ingobernable. Rachel era una niña de cuatro años, de cabello largo y negro, al igual que sus ojos. Generalmente mostraba una expresión seria y tranquila, aunque su carácter era alegre y amable. Proporcionalmente hablando, era la más alta de los tres, y con la mayor fuerza física, aunque no tan ágil como Nico o Nica. A sus cuatro años parecía una niña de siete. De todos modos su característica más sobresaliente era su gran inteligencia, pues ya sabía leer y dibujar muy correctamente. Era hija única y no tenía hermanos, aunque deseaba mucho tenerlos.

Tan pronto las Mamás se fueron a conversar, los niños aprovecharon para escabullirse al patio y le contaron a Rachel la aventura que habían tenido dentro de la cisterna. La niña al principio, se resistía a creerles.
- Yo no creo que hay un bosque dentro de la cisterna. Ustedes están diciendo mentiras.
- E cherto. Allá ta Cheño Puño – insistía Nica.
- Y el nos dijo que iba a volver en cualquier momento, así que estamos esperando eso. – Refutaba Nico. Pero su prima seguía sin dejarse convencer.
- A los niños que dicen mentiras viene el cuco y les pinta la boca de negro. Ustedes terminarán con la boca negra. Mejor voy con mi mami a decirle que ustedes sólo están
- POR FIN… - Se dejó escuchar una voz muy familiar. Rachel se quedó sin habla, pues era una voz como si sonara sobre sus cabezas, pero al mismo tiempo, sin tener un origen claro. Movió la cabeza de un lado a otro buscando una explicación y quedó extrañada al ver los rostros iluminados de sus primos.
- ¡Ya volvió! ¡Regresó el Señor Puño! – Exclamó alegremente Nico.
- ¡Quí tá Cheño Puño! – Repitió Nica, igual de feliz.
Los dos niños salieron corriendo del patio hacia donde estaba la cisterna. Ven Rachel, ven,fue lo único que logró decirle Nico a su primita antes de encarrerarse hacia donde había sido el principio de sus aventuras. Cuando llegaron, vieron que la tapa de la cisterna nuevamente había sido corrida. Sabiendo ya lo que les aguardaba, treparon por ella y estando a punto de asomarse al hueco, invitaron a su prima a hacer lo mismo. Esta se negó rotunda.

- No quiero. Ahí hay mucha agua y me voy a mojar la ropa. Y mi mami me va a retar.
- No Rachel, ahora no hay agua, lo que hay es una resbaladera que nos va a llevar a ese bosque donde está esperando Sr. Puño – explicó Nico.
- Eso es mentira. Ustedes quieren que yo me moje para que mi mami me rete…- dijo molesta la niña.
- Ven Raquel, e bonito. – Le pidió la pequeña. Pero la prima seguía negando con la cabeza. – Te peto mi bebé – dijo señalando a su muñeca. Pero nada.

Los niños estaban decididos, ante la continua negativa de su prima, meterse solos al mundo fantástico que visitaron hace una semana. Pero cuando se asomaron al agujero, sólo vieron agua. Un solo cuerpo oscuro de agua, que despedía brillos ante la luna pálida que había asomado su rostro entre las montañas. ¡Qué raro! Cuando fue destapada por primera vez, mostraba un enorme tobogán multicolor, que se perdía en las profundidades y que fue su vehículo para transportarse a donde moraba su amigo y donde estaba muchas otras aventuras esperando. ¿Entonces en verdad todo fue una mentira? ¿Todo fue acaso un sueño sin sentido? Con un amargo sabor de tristeza, los hermanos bajaron lentamente de la cisterna al suelo a reunirse con su prima, y pensando en entrar a casa. Qué triste que todo haya sido…

- ¿Os preocupáis por mojaros la ropa, mi preciosa Rachel? Si os asusta estar entre agua, puedo arreglar la situación. – Susurró nuevamente la voz familiar. La sonrisa se restauró en las caritas de Nico y Nica, mientras que nuevamente su prima quedaba estupefacta. Y este sentimiento se contagió a los tres, cuando vieron que la luna incrementaba su brillo y de súbito lanzó un rayo plateado que fue a dar directo al hueco de la cisterna. El rayo brilló por unos momentos y luego se extinguió. Cuando los niños quisieron acercarse a ver qué efecto había provocado el rayo de luna en el agua, surgió de un remolino de agua una góndola plateada, del cual se desprendió una escalerita. La escalera refulgía, como si invitase a los niños a subir. A Rachel se le había escapado un chillido, por lo cual oyó desde dentro de la casa:
- Raquel, no grites por gusto…

Los hermanos, ya acostumbrados a los inusuales hechos, empezaron a subir la escalera, llevando de la mano a Raquel, quien temblaba de miedo y curiosidad. Era algo nunca visto por ella, peor observar ese barco en forma de cisne coronado con una tiara llena de gemas, cuyas alas y cola formaban el cuerpo del barco y que en la espalda estaba un espacio redondeado forrado por varios cojines de diversos colores. Nica dejó puesto a su bebé en el aféizar de la ventana para que el perro no lo lastime luego. Se despidió de su juguete con un beso en la cabeza.
- Pótate ben.

Así, los tres niños, los hermanos y la prima, abordaron la góndola plateada, quien izó la escalera, abrió las alas y las fue batiendo lenta y rítmicamente. Con cada aleteo, ascendía más y más al cielo, hasta que llegó a una nube. Los pequeños veían su casa alejarse hasta que sólo se vio un punto luminoso en medio de tantas otras casas en la ciudad. Advirtieron que se metían a una nube particularmente grande y su campo de visión se redujo por el vapor frío. Paulatinamente, mucho más arriba, veían un brillo tembleque, ondeando sin parar, como si estuvieran viendo la superficie del agua, pero por debajo. El reflejo se fue agrandando hasta que llegaron a tocarlo, y con un último aleteo, surgieron en medio de un gran lago de forma triangular, rodeado por los mismos árboles de hojas globosas que ya habían visto con anterioridad. Habían vuelto.

- ¿Dónde estamos? – Preguntó muy intrigada Rachel, para quien sus ojos eran completamente novatos ante este mundo ajeno a su realidad.
- Aquí es donde vive Sr. Puño. Pronto lo encontraremos y nos seguirá guiando para pelear con El Crecido. – respondió Nico, recordando las palabras dichas por su amigo. La barca se dirigía hasta una isla situada en el centro mismo del lago donde ya podían vislumbrar la estatua de la mano apuntando al cielo. Desembarcaron y el cisne extendió sus alas y se fue. Llevando a su prima casi a empujones, pues aún seguía impactada por todo lo vivido, los hermanos se dirigieron a tocar la piedra, e invocar a su amigo. Pero al tocarla no pasó nada. Extrañados los hermanos volvieron a intentarlo, pero no aparecía el punto brillante en descenso que del cual saltaría el Sr. Puño. Se volvieron preocupados hacia Rachel.
- Ya debía venir… pero no aparece. Tal vez está enfermo. – Pensó Nico en voz alta.
- Tá con guipe. – Sugirió Nica.

Entonces la propia Rachel decidió tocar la roca. Tal cual había pasado con anterioridad, la halló cálida y disipadora de dudas. Y en ella se reveló el motivo de la demora del anfitrión.
- Es que tenemos que hacerlo los tres juntos. – Y así Nico, Nica y Rachel posaron sus manitas en la roca. Y se dio el efecto deseado. El globo de luz que bajó del cielo explotó dando cabida a la llegada del Sr. Puño.
- ¡Oh, los días de alegría han vuelto! Os doy la bienvenida de vuelta, mis pequeños. Y veo – dijo, dirigiéndose a Rachel – que no vinisteis solos. Y bien está, pues ante vosotros yace vuestra nueva compañera que os acompañará en la lucha sin cuartel contra el malvado Crecido. ¿Cuál es vuestra merced, si me permitís saberlo?
- Yo me llamo Rachel. Y tú eres Sr. Puño? – adivinó la pequeña. El aludido dio dos vueltas sobre sí antes de responder.
- En lo correcto estáis, mi pequeña princesa. De hinojos se encuentra Sr. Puño para serviros y guiaros en una futura lucha contra alguien que ha ocupado esta tierra con miedo y llanto. El Crecido.
- ¿Y quién es el Crecido? – quiso saber Rachel. Sr. Puño quedó dubitativo un momento antes de responder.
- Eso, pequeña mía, ni yo puedo contestarlo verazmente. Sólo sabemos que un día invadió esta alegre tierra proclamándose señor de todo, usando sus poderes para poner niños a su favor, habiéndolos previamente arrebatado de sus familias. Y así continuó sin que nadie pudiera hacer nada por detenerlo. Todos le tememos, sobre todo al mencionar su verdadero nombre.
- ¿Y cómo se llama el Crecido? – dijo curiosa la niña.
- Aún no puedo revelaros tal secreto, puesto que decirlo causará la inmediata invocación de este malvado. Y vosotros, aunque tenéis gran potencial, no estáis aún a la altura de veros las caras. Es por eso que tenéis que fortaleceros en vuestras técnicas.
- ¡Oye Sr. Puño! ¿Por qué aún no me devuelves a Batespada? – Cortó Nico ya molesto con tanta charla. Nica asimismo extendió las manos esperando a su Trivarita. Sr. Puño exhaló un suspiro.

- En verdad deseaba, mis pequeños, armaros al mismo tiempo a los tres. Pero como veréis, una de vosotros aún carece de armamento digno. – Puso forma de mano apuntadora y señaló a la recién llegada. – Aunque dada vuestra impaciencia, aquí os daré vuestro equipo. – Chasqueó los dedos y de la palma abierta saltaron dos cintas luminosas que envolvieron una a cada niño. Nico recuperó sus protectores y coraza que obtuvo tras la lucha con el Dragón Panza arriba. Nica por su parte, volvió a vestir la capa gruesa con el sombrero cónico. Finalmente, ambas cintas se condensaron en las manos, volviéndose en Batespada para Nico y Trivarita para Nica. Ya con los niños pertrechados, Sr. Puño le habló a Rachel. – Pequeña princesa, para poderos ofrecer un arma y ropaje dignos de vos, habréis de demostrarme que sois la indicada para tales dones. Claro está, sois del mismo linaje, y por tanto tenéis potencial. Pero sin embargo, quiero estar seguro que podré confiar plenamente en vuestras habilidades. Pequeños, seguidme al bosque. Ahí os guiaré hasta donde aguarda la prueba para Rachel. – Terminando de hablar, Sr. Puño flotó raudo por sobre el agua, hasta alcanzar la orilla del lago. Los niños intentaron seguirlo, pero se dieron cuenta que no podrían nadar y lo peor, el cisne había volado ya.

- ¿Y ahora qué hacemos? – Rezongó Nico. Aunque más ágil y fuerte por volver a poseer a Batespada, se dio cuenta que ni con su mejor salto podría alcanzar la orilla del lago. Y tampoco sabía nadar bien, ni qué decir de los otros. Entonces vio a su hermana agachada en el borde de la isla, sujetando a Trivarita. Nica tenía una idea y tenía que saber si daría resultado.
- ¡DIME! – Invocó con fuerza trazando un pentagrama en el aire. Del pentagrama en forma de portal, emergió el espíritu del agua y del hielo, Undyne. Ante un gesto de la niña, el espíritu obedeció. Fue saltando en la superficie del agua hacia la orilla, congelando lo que tocaba y creando un hielo tan duro, que terminó formando un suelo que podía soportar el peso de los niños. Entonces, tomados todos de la mano, cruzaron el lago sin problemas. Sr. Puño los recibió con alegría.

- Felicidades, pequeña Nica, por resolver exitosamente la pequeña prueba que os dejé. Me demostráis que vuestro potencial sigue siendo enorme. Ahora pequeños, acompañadme hasta la Loma Opípara, que es donde Raquel tendrá su prueba.
Así fueron los tres niños acompañando al Sr. Puño. Ocasionalmente se topaban con una que otra tropa del Crecido, pero no eran rivales para los hermanos. Además, trataban siempre de proteger a su prima, quien permanecía agachada para que no la lastimen. Así fueron escalando un cerro, en cuya cima había una gran mesa de piedra con muchas piedras redondas a su alrededor, a modo de sillas. Sr. Puño se ubicó en el centro y anunció:

- Preciosa Rachel, este es el lugar de vuestro reto. Debo advertiros, mis pequeños, que si osáis ayudar a vuestra prima, ella perderá y tendrá que ser devuelta a vuestro mundo real. Así que evitadle tal disgusto, os lo ruego. En primer lugar, voy a armaros con el ítem indicado para vos. Observad! – Sr. Puño dio dos vueltas sobre sí antes de chasquear sus dedos. Surgió una bola luminosa que fue a parar delante de la niña, y cuando ella la aferró, se mostró un animal de peluche. Este animal era un poco extraño, pues tenía la forma de cómo un gato rechoncho y blanco, de ojos cerrados y una gran nariz roja. De su cabeza salía un pompón escarlata y un par de alas pequeñas y negras adornaban su espalda. – Rachel, he aquí que os presento al que será vuestra arma para luchar contra el Crecido. ¡El peluche mutador, MOOGLE! Ahora, para demostrar que sois la elegida para ser su dueña, habréis de pasar esta prueba. Decidme, mi preciosa, ¿qué platillo es de vuestra predilección?
- A mí me gusta el pescado apanado… - Sonrió Rachel, pues no había merendado en casa y en su barriguita ya se escuchaban quejidos de hambre.
- ¡Ea pues! Pescado apanado será lo que se os servirá. – Sr. Puño pasó la mano extendida sobre la gran mesa de piedra tres veces, y tras una explosión de humo, la superficie estaba a reventar de deditos crujientes de pescado apanado. – Tal es vuestra prueba, mi princesa. No debe quedar la más pequeña brizna de alimento en esta mesa, para considerar vuestra prueba superada. ¡Comenzad ahora!

De esta manera, la niña se sentó en una de las sillas, puso a su nuevo peluche al lado y se dispuso a comer. Era un muy rico pescado, de carne blanca brillante y muy jugosa, cubierto por una crujiente masa frita de pan rallado y huevo. Rachel anduvo comiendo con buen apetito, pero pronto se dio cuenta que su apetito estaba a punto de terminarse y no había terminado ni con un cuarto de todas las piezas de pescado. ¡Ni siquiera había logrado despejar de comida el borde de la mesa! A pesar de lo sabroso de la comida, la niña empezó a asustarse. Ya estaba llena y aún veía montañas enteras de pescado apanado por comer. Pensó en pedir ayuda a sus primos pero Sr. Puño había hablado muy claro. Si les pedía ayuda, perdería la prueba. Sr. Puño flotaba a su alrededor, como ejerciendo presión. ¿Qué haría? ¿Qué haría?

Entonces miró a su peluche. Recordaba que en su casa, siempre que hacía comiditas de mentiras, iba y servía un gran plato y les daba de comer a todos sus peluches, sean grandes o chicos, un bocado en sus bocas. Y así de esta manera nadie se quedaba con hambre. Pero esto era comida real, que la estaba ya empachando. La desesperación de verse sin opciones la hizo colocar a Moogle sobre sus rodillas, tomar un dedito de pescado y colocarlo en la boca del peluche.
- Toma Moogle, comete el rico pescado.

Y para sorpresa de Rachel, Moogle efectivamente abrió la boca y engulló la comida. En ese momento el peluche empezó a transformarse y crecer hasta volverse un enorme tigre blanco. El animal saltó sobre la mesa y empezó a zampar glotonamente todo el pescado, hasta terminar lamiendo la mesa para chupar hasta la última gotita de aceite. Recuperó su forma y fue a posarse en el regazo de la niña. Sr. Puño lanzó una sonora carcajada.
- ¡Enhorabuena, mi querida Rachel! ¡Lo habéis conseguido! Despertasteis el poder especial de Moogle, el cual es alimentarlo con cualquier cosa del ambiente, con lo cual cambiará su forma para tomar una apariencia acorde al entorno y facilitaros la lucha. ¡En verdad sois digna de portar tan preciada arma!
- ¡Bravo Rachel, bravo! – Gritaba jubiloso Nico.
- ¡Mala! No dejate pecado! – Le recriminó Nica, pues ella también tenía hambre y quería aunque sea un poquito de tan rica comida.
De súbito, del centro de la mesa salió un cofre café que Sr. Puño se apresuró en abrir.
- Rachel, este cofre contiene vuestros ropajes. Ahora mismo os vestiré, pues habréis de protegeros ante los eventuales peligros. – Dicho y hecho, la niña ahora portaba un conjunto de blusa y pantalón blanco contorneados de negro y con vuelos en las mangas y las pantorrillas. Botitas albas complementaban el atuendo.
- Finalmente, mis pequeños. Finalmente. Los tres elegidos se han reunido para librar la batalla contra el malvado Crecido. Será una batalla larga y ardua, por lo cual tendréis que incrementar mucho vuestro poder. Así que , acompañadme, mis niños. Yo os iré guiando en esta mágica tierra e iremos descubriendo de qué sois capaces de hacer…

Monday, August 02, 2010

TAMESHIGIRI

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Frente a este jueperra, no veo por dónde disculparlo. Lo tengo a tiro, no se me escapa, soy el dueño de su vida y su muerte. Pero el desgraciado no me muestra nada de miedo. Está ahí, tan tranquilo, tan sereno, como el estero en verano. Y los ojos suyos. Clavados en los míos. Pero yo llevo las de ganar aquí. Aquí te jodes, chuchetumae, resoplo apuntando a su pecho. La sonrisa burlona me termina de dar el motivo para apretar el gatillo y lanzarlo a dos metros.

Yo siempre me había considerado el más bacán del pueblo donde vivía. Veintitrés años de levantarme a las hembras que pasaran por mi lado, tirarme a las que pudiera y si salía niño de por medio, pues me hago el desentendío. Que no me jodieran, yo era el hijo mayor del hacendado y naidien me iba ver las guevas. El que bailaba primero y con la mejor pierna. El que chupaba mejor y aguantaba más tiempo jumo. El de la mejor puntería con la escopeta pa´ cazar un venao. El éxito estaba de mi parte.

Un día llegó una familia que se veía eran diotra parte. El don tenía una pinta de gringo, aunque la ñora era sí propia de estos lares. Que venían a alzar un restaurancito y pasar sus días. Los dos hijos mayores andaban en sus universidades quemando pestaña duro y feo, pero se trajeron a la última, de dieciséis, para que les ayude y termine aquí el colegio.

Nomás fue verla y ya la quería para mi mujer. Más que linda, más que rica, tenía que aprender otra palabra nueva para describirla. No quería ser candidata a reina del pueblo porque decía era recién venida y no era correcto eso. Así que el restaurante del gringo (que según daba a entender, venía de Suecia en verdad) se convirtió en mi lugar de siempre pegarme el pescado sudado o mi caldito de costilla con habichuelas que tan bien sabía hacer la suegra. Y de paso, le metía su palabreadita para calentar oreja a la moza. Ella se reía y me daba la vuelta. Ah, hecha la apretada. Quesque una déstas la veo sola y le hago mujer mía quera o no quera.

Pero un maldito día se instaló a hacer no se qué cosa, creo que a hacer sanación, un tipo medio raro. Les veía a los enfermos y no sé cómo le hacía pero siempre salían bien parados y mejor que sanos. Yo un día que me torcí el pies por montar mal mi caballo, me quisieron llevar al curador, pero no quise. Algún mal me ha de hacer el bandido ése, mejó me llevan con el dotó Cedeño, que viejo y todo desde tierno me ha sabido componer. Y lógico me caía mal el tipo, pues no soportaba que Hilda, que así se llamaba la muchacha de mis amores, le quede viendo con ojo dulce cada vez que venía a servirse el almuerzo. Así que un día lo fui a advertir. Verá señor esto sólo se lo digo una vez. Mejor se abre de Hilda o yo no respondo, es mujer mía y de naidie más. Eso le dije bien clarito para que se agueve y no se ponga a vacilar con mujer ajena. Pero su respuesta me dejó foco: ¿Tienes acaso título de propiedad sobre ella, para que la reclames como tuya? Ahí fue donde me cabrié y le fui dejando preciso que donde se atreva a molestarla se las vería conmigo y yo no miando con pendejadas si es de poner planazo se trata. No dijo nada así que me fui creyendo que ya tenía el asunto ganao.

Me equivoqué. Mierda, es que en plena fiesta del santo patrón fui y le vi hablándole quedito mientras echaban baile. Así que esperé a que el maldejido se regrese a su casa y me le presenté con machete en mano. Yo hablo serio carajo, le dije antes de cerrarlo a planazo. Por lo menos la cara le abría, pues no tenía fierro ni pistola, sólo un palo largo que siempre andaba con él aunque nunca cojeara. Pero es que mi machete le iba a tocar el cuerpo y le vi alzar el palo, una chispa y se partió mi fierro. Sólo miré el mango y un pedazo de metal y delante mío, mi rival muy sereno, mirándome como con burla. Ni siquiera atacó de vuelta. Cabrerísimo como nunca, me volví a mi sitio.

Estaba desesperao pues a pesar de toditos mis intentos, clarito estaba que Hilda le estaba dando la bola al sanador maldecío. No sabía cuándo bien agarrarlo, pues con los bienes que le hacia a la gente, le habían cogido enorme cariño todos. Me las jugué completas y le quise cuadrar a Hilda y si había chance, hacerla mía de una vez. Pero me trancó mi bofetada y vino el viejo y medio me amenazó que no volviera al restaurante. Esa mesma noche, la vi luego de cerrar, se dirigió atrás de la casa y el desgraciao la empezó a besar. Ahora sí que no lo iba a perdonar. Así que fui a buscar la recortáa de mi viejo, le cargué con dos cartuchos gordos y lo fui a buscar.

Ahora que toy mirando el cuerpo de mi odiado enemigo, el pecho hecho hueco del cartuchazo, su mano aferrando igual su palo largo; sonrío con la victoria de mi lado y volteo. Ya no habrá chance de llevarse a mi Hilda, ahora va a ser sólo de mi…

- Yo no he muerto… - dice una voz a mi espalda. Me hiela el espinazo, pues estaba segurísimo de haberle apuntado en la mitad del pecho. Hasta vi cómo le mojaba la sangre la tierra y ya no resollaba. Volteo de vuelta y horrorizado diviso cómo se empieza a querer levantar. Ya no tenía cartucho, así que me le lanzo encima, y le empiezo a dar con la cacha. Ahora sí te mueres chucha, le decía bajito tras cinco cachazos que lo volvieron a dejar quieto. Pero no, vuelve a decirme lo mismo y es ya con el cañón de la cartuchera que voy partiéndole la cabeza hasta que queda como caimito aplastao. Ahora bien seguro que no volvería a joder, me alejo del sitio.

Me hice el loco un par de semanas, a pesar que hubo sospechas conmigo, pero mi apá se puso tieso a decirles a los policías que todo el rato anduvo conmigo. El sanador no tenía familia, pero casi todo el pueblo le lloró cuando le pusieron bajo tierra. Una alegría morbosa me dio verla a Hilda tumbada sobre el sepulcro hasta que la llevaron los papás. Tranquila mija, yo te quitaré todo este dolor, me dije para mí. Dicho y hecho, empecé nuevamente a meterle palabra y esta vez sí me dio bola, cosa que en menos de seis meses, ya estábamos arreglando lo del casamiento, a pesar que el viejo andaba medio trompúo por el asunto. Linda como la virgencita, la veía a mi Hilda poniéndose a mi lado y escuchando al cura ponernos el título de marido y mujer. Aunque una frase que dijo el cura me dejó un poco extrañado. Al despedir la misa, nos dijo a todos: Podéis ir en paz, pero recuerden hermanos míos. El no ha muerto.

Al rato me olvidé del asunto mientras instalaba a mi mujer al lao de la casa de mi pai para empezar nuestra feliz vida juntos. Pero fueron pasando los meses y me enteré de un asunto feísimo con mi pai. El viejo le ha sabido deber a un par de chulqueros como no se cuántos miles y hacía rato que no veían la plata de vuelta. Entonces vinieron con un abogao a plantearle mi pai que de no pagarles pronto, toíta la hacienda se apropiaban. Por un tiempo anduvo desesperao buscando el billete y prestando a cualquier compadre que le apoyara, pero naidie puso. Así que lo que hizo fue vender la mitad de sus vaquitas, para medio alivianar el asunto. Y mal hizo pues al ir llevando sus cabezas para entregarlas y recibir el dinero, lo agarraron unos cuatreros y le trancaron un balazo. Yo sólo llegué para ver a mi padre malherío y sangrante. Las vacas el puesto nomás.

Por suerte el dotor Cedeño logró sacarlo a mi pai, pero quedó muy malo y no podía caminar bien y nada de montar caballo. Así que llegaron los chulqueros y pese a todos los ruegos y disculpas nuestras, se alzaron nomás con la hacienda y la pusieron en remate para pagar nuestra deuda. Y cuando se fueron llevando las escrituras y todo eso, creí oir a uno de los chulqueros decir como para sí: El no ha muerto…

Por eso me lo llevé a vivir a mi pai conmigo ya que por suerte yo también criaba mis chanchos y de vender y vender, algo de platita pude obtener para hacerme una casita con unas tierras para seguir sembrando y criando. Hilda estaba esperando a mi primer hijo cosa que este trago amargo pronto se iba a superar. Así fueron pasando meses hasta que nació mi hijo. Grandote y bello como la madre. Y mi pai ahí mas que sea en alguna cosa colaboraba para que no le tengan como carga.

Un día que me fui a revisar los chanchos, dejé a mi ñora al cuidado de mi niño, que ya andaba para dos años. Al llegar me asustó ver que toítos los chanchos boqueaban feo y echaban una espuma como verde por la nariz. Salí corriendo a buscar al veterinario, y nos pusimos a revisar los animales. El dotor no estaba claro qué mismo era que les pasaba a los chanchos, pero a todos les puso una inyección y me dijo que alguna cosa avise de vuelta. Les puse comida y agua fresca y me volví a casa. Al amanecer siguiente, ni un chancho vivo. La trompa cubierta de esa espuma verde. Los veinte chanchos que estaban ya para ser vendidos. Me llevé las manos a la cabeza y grité de rabia. ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Y fue gritar y oír a mi mujer llamarme durísimo. Aún lelo por el dolor de perder mis animalitos, emprendí vuelta a casa. El peor escenario me esperaba. Mi querido niño, jugando en la casa vecina, se puso a dar vueltas cerca de un pozo viejo, se resbaló y cayó. Y no salía para nada. Loco de horror me tiré al pozo lleno de lodo a buscar a mi hijito. Mi mujer lloraba abrazada por sus vecinas. Dos amigos se lanzaron también a buscar a mi niño. Metía y metía mano, hasta que topé un mechón de pelo. Hale duro y el cuerpo blanquito con los ojos muy abiertos de mi amado hijo salió a la luz. No hubo forma. Le sacudimos boca abajo para que bote ese lodo maldito que le llenaba la boca, pero no respondía. Lo llamaba por su nombre y lo abrazaba duro, pero no respondía. Mi niñito, mi hijito, muerto estaba a mis pies. Sólo atinaba a menear la cabeza mientras Hilda gritaba abrazando el cadáver. Justo ahí llega rengueando mi pai. No soportó ver a su único nieto fallecido y antes de llorar o algo, se llevó las manos al pecho y se fue al piso. Me lancé sobre él y le rogaba tú no pai, tú no por favor… Mi pai me agarró los hombros y me miró fijo mientras también se le escapaba la vida. Hijo, hijo, me decía como pidiéndome que no permita que la huesuda también lo lleve.

Su último suspiro fue también un fierro que traspasó el pecho.

Mirándome con los ojos hecho pepa y apretándome durísimo los hombros, me habló con voz rotunda y fuerte: EL NO HA MUERTO. Y deuna viró los ojos, aflojó las manos y quedó quieto.

El velorio y las novenas que siguieron fueron un infierno. Se me fue casi toda la platita en los gastos de cementerio para las dos tumbas. Mal agüero, te han hecho un mal por algún lado, me decían algunos panas. Con Hilda no había cómo hablar, pues quedó como loca por ver a su hijo con la boca llena de lodo y luego siendo velado y enterrado. Pero la idea del daño sí me surcaba la cabeza. ¿Quién, quién habrá sido el hijueputa que me ha mandado el mal de esa manera? El único enemigo serio que tuve fue ese sanador hijueputa que bien mandé a la otra de un cartuchazo. Y me aseguré de que nunca volviera a levantarse, estaba seguro. Naidie podía salir sano de un cartuchazo en el pecho y la cabeza hecha pulpa a golpes. Así que por ese lado imposible. Pero…¿qué quería decir mi pai cuando me dijo que el no había muerto? Será que el finado vino a cobrárselas desde la otra? Ahora que recuerdo, esa frase también la había escuchado en otras bocas. Entonces capaz este pueblo estaba como maldito. Entre antes me largara de este recinto mejor.

Marché entonces con Hilda, quien había quedado como muda luego del trauma del niño y el suegro, hacia una ciudad lejana. Una capital. Ahí vivía un tío segundo que al principio no me quiso recibir. Pero el que llora mama cosa que logré instalarme en el patio, armando una chozita para Hilda y para mí. Los primeros meses iba de cachuelo en cachuelo, sea recogiendo botella, echando machete, y de aprendiz de mecánico. Ganaba lo justo para comer, y de paso darle un cariñito al tío por darme cobijo. Hilda mejoraba muy despacito, pero aún no hablaba una letra. Por lo menos ya sonreía de poquito cuando estábamos juntos, pero nunca una conversa.

Las cosas fueron mejorando gradualmente, cosa que al final, logré mudarme de esa choza y alquilar un departamentito en las afueras. Hilda aún no hablaba, pero su animo estaba mucho mejor ya, aunque a veces la descubría llorando abrazando una foto de nuestro niño muerto. Yo ahí la abrazaba de vuelta para consolarla. Ya con un poco más de platita, fui buscando un local porque deseaba abrir un restaurancito. Si la doña sabia cocinar pues entonces entre los dos nos alzaríamos un puesto igual que los suegros hicieron hace años ya.

Mi mujer seguía muda, pero el negocio despacito se fue haciendo famoso, hasta que gente de fuera de la ciudad quería conocer la sazón de Hilda. Para ese rato, estaba nuevamente embarazada y le tenía puesta toda mi ilusión. Este niño capaz le abría la voz de nuevo y terminaba de curarse. Para esos tiempos llegó un señor que me vino a ofrecer la posibilidad de unirme a el para ampliar bastante el negocio, y terminaríamos moviendo harta platita. Me gustó la idea así que fuimos almacenando todo lo que eran vigas, clavos, sillas y eso tras la cocina del restaurante para empezar a construir. Había tenido que prestar un buen billete para concretar el asunto, pero decía mi socio que en unos dos o tres meses máximo estaba el dinero de vuelta.

En la casa, estaba ya contándole a Hilda el gran éxito que ibamos a tener, hasta podíamos contratar cocineras que la ayuden y ella sólo tendría que ver que la comida estuviera bien hecha. Ella reía y aplaudía entusiasmada, mientras yo le sobaba la barriguita. Este niño crecería bien y fuerte. De pronto tocaron a mi puerta muy duro. Salgo a ver que pasa y me dicen que hay fuego. No salgas Hilda, logro gritarle antes de correr hasta mi local y ver que estaba ardiendo hasta la última viga. Mi puestito. Mi futuro. Todo. Convirtiéndose en cenizas frente a mis ojos. Ni siquiera puedo meterme a salvar algo pues alguien me sujeta con fuerza y me hace presenciar la muerte de mis esperanzas. Luego un empujón me lanza al suelo y veo a mi socio. Furioso. Gritándome entre insultos y puteadas que yo inicié el incendio. Pero que me jodí, porque habló con los del banco echandome la responsabilidad de la plata invertida, la de ambos. Ni siquera puedo responder. El hueco enorme dentro de mí me impide chillar, patear, responder, llorar. Vuelvo a casa arrastrando los pies.
Supongo, en lo lento que iba caminando, que alguien ya le habrá informado de la tragedia a mi Hilda. De seguro recaería en su mal. De seguro, pienso al abrir la puerta y encontrar a mi mujer riendo a carcajadas sentada en un charco de sangre. Intento levantarla, pero pesa demasiado. Empieza a brotar de entre sus piernas una cabeza deforme que va arrastrando un cuerpo malhecho y viscoso, que remueve un poco sus remedos de extremidades antes de quedarse quieto. No puedo más con tanta desgracia. Agarro por los hombros a Hilda y llorando como niño le grito por qué, por qué tanta miseria, por qué vivimos malditos todo el tiempo. De ley no me da respuesta, está muda como una piedra, sólo riéndose destempladamente; pero calla de súbito su carcajada, voltea a ver y me dice con voz muy firme y grave:
EL NO HA MUERTO.


Una ira como el mismo fuego que calcinó mi local me consume las tripas mientras le encajo un puñetazo. Los celos y la rabia me ciegan mientras cruzo su rostro hermoso una y otra vez, pero ella en vez de quejarse, sigue riendo y vuelve a repetir esa maldita frase. ¡Tú lo seguías amando, chucha, a pesar que yo lo maté! ¡Tú nunca dejaste de quererlo, a pesar que yo tenía que ser el hombre para ti! ¡Entonces tú fuiste la que me lanzó ese daño, tú mataste a mi hijo, a mi padre, nos arruinaste, hiciste de mi vida un infierno! Cada frase la acompañaba de un golpe que esperaba le callase esas risas convulsas y sobre todo, esa frase del diablo, que el no había muerto. ¡Si yo lo maté, yo lo vi morir con sus sesos saliendosele por los huecos que le abrí a punta de cartuchera!

Pero nada. Nada lograba salvo embadurnarla de su propia sangre el rostro y saltarle un par de dientes. Con todo eso, seguía riendo. Y en su propio rostro, bañado en rojo y escupiendo dientes y risotadas sin cesar, se fue originando una transformación. ¡El rostro de mi original enemigo! ¡El mismo hijueputa rostro que robó una vez besos y amor de la que es mi esposa! ¡Hijo de puta, una y mil veces!
Salí corriendo a mi cuarto y agarré la vieja cartuchera, la que ultimé hacía años a este hijo de puta, y ahora tendría que volver a usar. ¡Sólo esa arma podría volver a acabar con ese rostro de pesadilla! Me precipité a la sala, y vi que el rostro de mi mujer se peleaba con el del malparío para ocupar el mismo lugar. Caminaba hacia mí extendiendo los brazos como queriendo arrastrarme a los aposentos del diablo. Me lancé sobre ese monstruo y tal como hice hace tiempo, empecé a reventar el rostro a golpe limpio. ¡Borraría de una vez y para siempre esa sonrisa burlona, esa voz de carcajadas entre agudas y graves, la belleza de ese rostro amado y que al final nunca pude poseer por completo! ¡Ni siquiera me importaba que luego me cayese la policía, o que la criatura parida por mi mujer, ese horrendo aborto, se incorporara y se uniera a la canción diabólica agarrándome del cuello! ¡Seguiría golpeando y golpeando, una y mil veces, hasta que toda la carne se haya convertido en tierra!!

¿Tierra?

No está Hilda transformada, no hay sangre, no hay aborto danzante, no hay paredes ni casa. Estoy sentado sobre un camino de tierra, con la cartuchera hundida como cavando un pozo. El panorama me parece familiar, yo he estado aquí antes. Reconozco con horror este lugar. La casa del sanador. Mi recinto. Los olores del restaurante de los suegros a lo lejos. Y el corolario final: esa chucha voz, esa que pensé nunca más volvería a oírla, ahora desgarrando mis tímpanos, revolviendo mi cerebro y hundiéndome en la peor de las locuras.

- La vida del hombre, es sólo una ilusión. Ocurre en un suspiro…

Mi último intento de dar pelea, de impedir que ese diablo desgraciao me quite a mi Hilda nuevamente, se reduce a voltear mi cuerpo mientras de mi garganta surge un enorme alarido que encerraba todo el dolor y la ira que pasé por esos años. ¡No tenía un cartucho pero volvería a hacerle mierda la cabeza! Pasa un relámpago metálico y voy viendo todo girando, girando, mi cuerpo aún arrodillado en el suelo, con un surtidor rojo en donde debía estar mi cabeza. Y antes que se oscurezca todo y me hunda en la nada, veo a mi odiado enemigo meter un raro machete fino y largo dentro del palo que siempre lo acompañaba, susurrando estas palabras:
- Y la tuya, no es la excepción.


Tuesday, July 13, 2010

Nico y Nica bajaron por la cisterna


Bajo un sol radiante, que a veces producía un leve escozor en la piel, dos niños jugaban en el jardín de su casa. Mamá hacía la comida, Papá estaba trabajando, y sólo un enorme perro mestizo vigilaba las piruetas de los pequeños.

Nico, el mayor. Cinco años. Curioso y aventurero, un poco más que otros niños de su edad, aunque con sus propios temores internos, sean innatos, sean adquiridos. Adora el fútbol, correr e imitar a espadachines y piratas.
Nica, de tres años. Diminuta y frágil, pero con una personalidad que a nadie permite réplica. Aún no habla muy bien, pero no necesita la lengua para hacerse entender. Una sola expresión de su carita suplía un discurso. Su juguete favorito, su muñeca de trapo y cabeza de plástico. Su bebé que siempre lo tenía al lado, para protegerlo de todo mal.
El sol poderoso, iluminador y caliente, sigue en ascenso haciendo perlar las pieles infantiles. Entran un momento a casa, mamá les provee de dulce jugo de guayaba, y siguen fuera en sus correteos.

Un gemido ventoso levanta hojas secas y aletea ropas. Los pequeños se cubren los ojos y al abrirlos ven con asombro que la pesada tapa de concreto de la cisterna del agua, situada como una gran caja gris, yace a un lado dejando abierto el hueco.
Nica y Nico se miran dudosos. Papá les tiene prohibido acercarse cuando la tapa está abierta. Los niños se caen al hueco y no salen más, tenían entendido. Nica no entiende porqué está abierta, pero obedece la orden paterna.
- Mamá – dice, en la necesidad de advertirle del suceso.
- No, espera aquí que yo voy a ver. – Responde el hermano. El hermano quiere ir a descubrir. Saber qué abrió. Nica mueve su cara horizontalmente.
- No. Mamá.
Nico ignora la negativa. Siempre le ha gustado contradecir a su hermanita, así termine ella berreando luego. Así que trepa, llega al hueco, mira y se asombra.
- ¡Ven Nica, ven a ver! – grita Nico. Nica vuelve a negar con la cabeza. Finalmente cede ante la insistencia de su hermano. Agarra bien a su bebé, toma la mano de Nico para subirse y también observa lo que debía ser un gran cuerpo de agua oscura, de húmedo olor, que abastecía las necesidades de agua de toda la familia. Nico, curioso por naturaleza, sabía que tal acción podría terminar con un soberano regañó no sólo de Mamá, sino de Papá. Pero lo que estaban viendo los hermanos impide que la obediencia aflorase.

Una gruesa cinta como una resbaladera, con muchos colores mezclados, como cuando Nico en el kínder mezclaba las acuarelas con los dedos para estamparlos en el papel periódico, se mostraba ante ellos. Sólo cinco gradas de escalinata separan la cúspide del tobogán del inicio del hueco. Los pequeños no logran alcanzar a ver el final de la cinta, pues serpenteaba y se perdía entre lo que parecían ser nubarrones blancuzcos pero que a ratos soltaban uno que otro relámpago azulino. Un paisaje que nunca hubieran creído dentro de un pozo encementado. Es ahí cuando ambos oyen un tenue susurro.

- Vengan, mis pequeños, vengan…

La mente inocente y limpia de prejuicios de Nica se deja seducir por esa invitación, pero ahora era Nico quien empieza a dudar. Ahora sí sería necesario que viniera Mamá a ver tal prodigio. Se voltea a llamarla cuando advierte por el rabillo del ojo que la niña estaba ya con medio cuerpo adentro de la escalinata y resbala de pronto. Presuroso se lanza a salvarla y ve que Nica está agarrada sólo con su manita de la última grada. Si se soltase se iría de largo por ese misterioso tobogán.

- ¡Dame la mano Nica! – Dice agarrado de la primera escalinata, pero Nica no quiere. No quiere soltar a su bebé. Nico se enoja por la tozudez de la hermana y empuña el brazo libre. Pero Nica al intentar subir sus piececitos se deslizan, cae sobre su barriga, y con el jalón Nico pierde pie. Ambos se empiezan a deslizar por el tobogán multicolor, muy muy hacia abajo, pasando las nubes chispeantes.
Allá arriba, en la casa de los niños, sin manos ni palancas, la losa silenciosamente va recuperando su postura original. Sella nuevamente la boca de la cisterna y nada ha pasado. Todo tal cual estaba antes, salvando la ausencia de los dos hermanitos.

Nico y Nica van deslizándose a cada vez más velocidad. Los gritos de terror de ambos, por el súbito descenso a lo desconocido, se van apagando hasta que sólo se oye el silbido del viento. Nica, abrazada con su bracito libre a su hermano y con la otra aferrando a su bebé. Nico, abrazando a su hermana fuertemente. Van viendo muchas cosas extrañas que no dejan de tener su atractivo. De entre las nubes que van atravesando, muchas huelen a chicle. Otras, a menta. Una que otra, a naranja. Se introducen en un banco nuboso oscuro, con aroma a hierbaluisa y pasan un buen rato sin ver más que vapor marrón fragante. Se despeja la neblina y los hermanos admiran un gigantesco bosque, de altísimos árboles y lagos límpidos, unos triangulares, otros estrellados, otros como racimos de uvas. Y a lo lejos, muy a lo lejos, distinguen una brillante construcción, pero que por sus puntas se enredan unas nubes negruzcas, como de aspecto siniestro.

Poco tiempo tienen para vislumbrar el paisaje pues entran en el espesor del bosque y la velocidad de los troncos al pasar asusta nuevamente a los niños, haciéndolos gritar de miedo. Dos lomas del tobogán que no provocan golpes frenan suavemente los cuerpecitos hasta que finalmente llegan sanos y salvos al otro extremo de la colorida cinta. En un claro del bosque.
Nico y Nica se incorporan y miran a su alrededor. Enormes troncos aquí y allá, de los cuales se desprenden ramificaciones que engendran amplias hojas acorazonadas, circulares, globulosas y en todos los tonos de verde que se puedan imaginar. Algunas rocas de venas cristalinas, por entre cuyos cristales van corriendo glóbulos de luz. Ahora sí está asustada Nica, que permanece abrazada a su hermano el cual trata de hallar algo o alguien que le sepa explicar dónde están y porqué llegaron a ese extraño lugar.

En el centro del claro se alza una forma muy singular. Una gran mano, en postura de señalar hacia el cielo, hecha únicamente de piedra. Nico duda si esa mano puede ofrecerle alguna aclaración, pero su espíritu curioso lo va dirigiendo hacia ella. Nica, bien resguardada tras la espalda de Nico, apretando fuertemente a su muñeca. La mano es mucho más grande ahora que están frente a ella. Como si tres Papás estuvieran montados uno sobre otro. No ven letras, no ven avisos, nada. De pronto, el susurro se hace escuchar de nuevo…

- No teman, mis niños. No teman…

Nica decide tomar la iniciativa y posa su mano en la roca. La nota cálida, y va sintiendo que su temor y su preocupación son como borradas de su cabecita. Ahora sonriente nuevamente, mira a Nico. Este capta el mensaje. La roca es segura y te ayudará. Así que también posa la mano sobre la piedra. La misma aliviante sensación recorre al niño. Y con ambas manos posadas, del índice apuntador se desprende un rayo de luz. Ya no hay miedo en los hermanos mientras miran el recorrido luminoso. De donde toca al máximo va descendiendo un punto luminoso, que se agranda y se agranda hasta cuando llega a nivel de la mano, es del tamaño del carro de la casa.

De pronto la burbuja estalla y de entre las miles de chispitas surge otra mano, pero de una forma muy peculiar. Siempre está situada de forma horizontal, y la muñeca está ceñída con un beige alzacuellos, la parte superior de un terno y un lazo de corbata rojo chillón. Sobre el canto de la mano, un largo y pomposo sombrero de copa. La mano está hecha un puño, menos el dedo medio, parcialmente flexionado para recordar una nariz. Y el pulgar, en movimiento para semejar una mandíbula. Sobre el índice, crecía un poblado mostacho. Lo único que faltaba en ese peculiar personaje eran los ojos. Pero al parecer no le hacía falta, pues levita directo en frente de los hermanos, el sombrero se alza solo como un saludo y al moverse el pulgar, brotaron estas alegres palabras.

- ¡Nico, Nica, bienvenidos! ¡Estoy exultante ante vuestra presencia!
- ¿Quién eres? – Le pregunta Nico, ya que sin miedo que los reprima, podían dirigirse a esa aparición como a un adulto cualquiera.
- Oh, mil disculpas por mi rudeza. Soy el guardián de esta tierra hermosa, y el que os ha traído hacia aquí. Pequeños míos, ante todos soy conocido y por tanto podréis llamarme: Señor Puño.
- ¿Qué ten-no? – Pregunta Nica a su vez.
- ¿Qué estoy haciendo, decís? – responde Sr. Puño, pues podía entender cualquier hablar infantil, por indescifrable que se oyera – Os he traído a este lugar porque sólo de vuestra ayuda me podré servir para poner en cintura a un adversario artero y bribón, ante cuyas mañas soy impotente. Pero vosotros, - dice revoloteando alrededor de ellos – podréis vencerle si realmente os lo proponéis.
- ¿Y quién es el malo? – Quiso saber Nico.
- Ahhh, tal nombre no debería ser dicho en voz alta. Pues sólo escucharle provoca el más helado y paralizante pavor, niño mío. Así que en estas parcelas es conocido como El Crecido.
- ¿Y nosotros vamos a pelear con El Crecido? – se inquieta un poco Nico.
- Pequeños, de vosotros únicamente depende la victoria sobre susodicho villano.
- ¿Poqué? – Pincha Nica.
- Porque vosotros solamente tenéis el poder necesario.
- ¿Poqué? – insiste.
- Porque en vosotros reside la fuerza que derrotará al Crecido.
- ¿POOQUÉ? – chilla ya molesta. - ¿Mamá? ¿Onetá Mamá? – añade, empezando a resoplar. Nica estaba irritada y lo más importante, se había acordado de su casa y su mamita. La empezaba a extrañar. Y el extrañar a la mamá significaba que tarde o temprano empezaría a llorar. Nico se acerca preocupado, pues cuando su hermanita se ponía así, sólo la presencia de Mamá podía calmarla. Pero tan alejados, ¿cómo podría hacerlo?

- Veo que añoráis a vuestra progenitora, mi pequeña, y lamentablemente no puedo devolveros de momento con ella. Mas, ¡observad! – Sr. Puño hace girar su “cara” tres veces sobre la muñeca, la mano se abre y chasquea sus dedos. Dos burbujas doradas saltan y van a posarse sobre las manos abiertas de Nico. Toman forma de un par de corazoncitos alados, el corazón de oro y las alas de plata. – Nico, colocad uno de aquéllos sobre la frente de vuestra hermanita. Luego, pegad el segundo sobre vuestra frente.

Nico obedece. Se aproxima a su hermanita, quien ya empezaba a nublar sus ojos almendrados con gruesas lágrimas, señal inminente de un gran llanto. Toma el corazoncito y lo pone sobre la frente de la niña. Instantáneamente miles de puntitos de luz saltan de las alas y envuelven a la pequeña. Nica siente que un gran alivio calma su molestia y su deseo de llorar. Era como si Mamá en persona la cargara, la abrazara y le depositase un dulce beso en la frente. Todo el cansancio que sentía se desvanece en un parpadeo. Cuando las luces se desvanecieron, la niña luce nuevamente feliz y deseosa de más aventura.

- ¿Quéchecho?
- Pequeña Nica, vuestro hermano os ha favorecido con un ítem que calmará cualquier padecimiento. Es el Beso de Mamá. Os daré otro para cuando os sintáis fatigada y añorante nuevamente. Nico, es vuestro chance.
- Aún no. No estoy cansado. – responde el niño guardándose su beso en el bolsillo.
- Que así sea, pues. Ahora oídme, pequeños. Ante El Crecido no podréis con vuestras manos únicamente. Así que poned las manos en alto. – Los niños obedecen, y luego de Sr. Puño diera tres vueltas sobre su eje, anuncia: - Pequeños, os armaré debidamente para que asumáis y superéis todo reto que os aguarda en estas tierras. ¡Recibid vuestro armamento!
La mano entera se abre y de la palma brota un manantial plateado, que hizo surgir a su vez dos instrumentos. Estos danzan, giran en el aire y se colocan mansamente, uno para cada hermano. Frente a Nico se halla un bate de baseball, pero con empuñadura y cruceta. Ante Nica gira un pequeño báculo, engarzado de gemas y cuya punta está rematada por una estrella dorada que encierra un corazón de color rojo.

Ambos empuñan sus armas, sintiendo ahora que cada instrumento se volvía algo como parte de su cuerpo, rápidamente comprendiendo sus secretos. Sr. Puño recupera su forma original y les instruye:
- Nico, en tus manos tenéis a BATESPADA, poderosa y contudente. Magnifica vuestra fuerza y agilidad y bloquea casi todo intento de agrediros. Blandidla con valentía y no habrá oponente que pueda con vos.
El niño decide probar su batespada. La balancea un par de veces para probar su peso, descubriendo que pesaba menos que un globo inflado. Pero cuando lanza un mandoble, el aire mismo se divide y muchas hojas vuelan en un remolino súbito. Al intentar hacer presa en un tronco de árbol cercano, se da cuenta que en sólo dos pasos ya estaba frente al tronco. Da un batazo y el árbol se estremece hasta la última copa. Exclama un guaauuu con su nueva arma.

Mientras el niño admira su nueva posesión, Sr. Puño se dirige a Nica.
- Nica, mi pequeña. Ante vos yace TRIVARITA, el caduceo de los tres espíritus. Tienes ahora el poder para invocarlos y comandarlos a vuestro arbitrio. Sólo habréis de trazar una estrella, y convocar el nombre del espíritu que deseéis. Probad entonces.
Así lo hace Nica. Igual que las estrellas de navidad que tanto le gustaban, va trazando con su trivarita el mismo patrón. Y maravillada ve que la punta deja un rastro vibrante, que al finalizar la estrella, se expande y gira rauda. Pero ¿qué espíritu podría invocar? Torna a ver con mirada interrogativa a Sr. Puño. Este da un sobresalto.
- Oh ¡mil perdones, mi niña! He olvidado por completo informaros los nombres de los espíritus a invocar. El portal está abierto y esperando así que raudo os enseño los nombres. El primero, el espíritu del fuego. Decid en alto su nombre: ¡La crujiente llama, SALAMANDRA!
- ¡CHAMANDA! – Chilla Nica.
- ….
- ¡Chamanda! - Repite la niña. Al parecer, el espíritu no entendía el nombre tergiversado. Era necesario que la niña…
De repente, del portal de cinco puntas, sale una bola de fuego, que girando girando, toma la forma de un rojo lagarto crestado y de vivos ojos escarlata. Al reptar sobre el piso, va dejando un rastro de llamas. Sr. Puño oculta su sorpresa al ver que aunque mal conjurado, la llamada resultó exitosa.
- Aquí tenéis a vuestra nueva ama, Salamandra. Obedecedla y protegedla con vuestras cálidas flamas. – Sentencia Sr. Puño. – Salamandra asiente y luego de volver a ver a Nica, quien mira con ojos maravillados semejante criatura; se introduce de nuevo al portal. – Ahora, os presento al segundo espíritu. ¡Nombradlo con fuerza, al siseante y gélido vapor: UNDINE!
- ¡DIME! – Y a pesar de la mala dicción, del portal sale salpicando gélida agua, que se congelaba apenas tocaba alguna superficie, un salmón de aletas tan grandes como alas. Un rosario de perlas de hielo están flotando continuamente a su alrededor. Tras contemplar a su nueva dueña, desaparece asimismo Undine en el portal.
- Finalmente, mi pequeña, he aquí al último espíritu que os ofrecerá vuestra ayuda. ¡Llamad a las alas de tormenta, SILPHO!
- ¡CHIFO! – y al igual que los otros, del pentagrama emerge una nube rodeada de finos relámpagos y vientos danzantes que lo rodeaban. El viento deshace las nubes liberando a un colibrí verde metálico que se mueve a gran velocidad. Tras zumbar alrededor de Nica, aireando sus vestidos, se introduce de vuelta en el portal.

Los niños ya pertrechados se plantan frente a Sr. Puño, quien los observa con regocijo.
- Oh pequeños príncipes, cómo me deleita veros en vuestras nuevas armas. En verdad, sois quienes las antiguas canciones describieron.
- ¿Y ahora peleamos con El Crecido? – pregunta Nico, envanecido de su poder.
- De ninguna manera, pequeños – niega rotundamente Sr. Puño. – Aún os falta la debida experiencia para poder haceros con tan terrible oponente. Pero si os esforzáis, el éxito se pondrá de vuestra parte. Primero que nada, una prueba os tengo guardada. Así que seguidme, por favor.
Y echando acción al verbo, Sr. Puño va volando seguido de los hermanitos. A medio camino en el bosque, justo rodeando un lago romboide, oyen un agudo silbido. Y de entre los árboles aparecen otros niños un poco mayores que Nico y Nica. Llevan ropas como pieles de animales y palos en sus manos. Ceñudos observan a la pareja. Sr. Puño da dos vueltas sobre sí antes de anunciar:
- Pequeños míos, estamos ante huestes del Crecido. Recluta niños de otras partes y aliena sus mentes para que luchen contra lo que no conocen. Y vosotros, justamente, estáis ante su mira. Defendeos pues, Nico y Nica. ¡Que conozcan a qué se están enfrentando!
No hizo falta repetir la orden, pues los niños del Crecido se precipitan sobre los dos hermanos dispuestos a lastimarlos y hacerlos llorar. Pero uno a uno van cayendo con los batazos sólidos que Nico les acomoda. Y Nica, invoca a Salamandra, que calcina las pieles dejando a los enemigos desnudos por completo. Doloridos y avergonzados, emprenden la retirada llorando. Y así van avanzando, con algunos otras escaramuzas, hasta que terminan de cruzar el bosque.

Ahora están en una gran pradera, de donde brotan miles de flores. Tanto a Nico como a Nica se les hace agua la boca, pues en cada corola de flor, aparecen bocaditos de flan, torta, chocolate y pan dulce.
- Quero ñam – pide la niña a Sr. Puño. Su hermano asiente ansioso. Ha pasado ya algún tiempo y el hambre va apretando la tripita.
- Permitidme agasajaros, pequeños míos. Ahora mismo os proporciono comida y descanso. – Sr. Puño vuelve a chasquear sus dedos, con lo que aparece una cabañita en medio del prado. Los niños se precipitan dentro y encuentran una mesa con varias fuentes, cada una con un tipo diferente de dulce. Así que empiezan a comer cada uno a su ritmo. Ya dados por satisfechos, ante ellos asciende un gran colchón de plumas. Las batallas anteriores los ha cansado, así que se acurrucan, se arropan y duermen la siesta. Fuera, Sr. Puño monta guardia.

Dos horas más tarde los niños despiertan y salen de la cabaña, bien descansados. Sr. Puño chasquea y la casita se esfuma. Avanzan un poco más hasta cuando llegan a una hondonada. Sr Puño se adelanta y explica:
- Niños, os advierto que aquí está la prueba que antes os anuncié. En el fondo de esta hondonada, yace el desgraciado Dragón Panza Arriba. Antes señorial y poderoso, ha caído en este agujero, y un espeso lodo impide que se libere. Así está ya aburrido y malgenio, y ataca a quien se le aproxima. Buscad entonces la forma de liberarle, aunque tengáis que hacer uso de la fuerza. Tal es la prueba, pequeños. Os deseo victoria!
Los dos empiezan a bajar cuando los paraliza un bramido tremendo. Era el Dragón Panza Arriba que ha notado intrusos y el coraje retenido lo hace desear atacarlos. Al verlo ya en el fondo, efectivamente se dan cuenta que es un enorme dragón de escamas color cobre, que yace sobre su espalda en una especie de pegote. Las alas están tan adheridas y pegajosas, que los violentos movimientos del dragón no logran zafarlo. El dragón abre el hocico y lanza un chorro de humo apestoso que los niños apenas logran esquivar, pero Nica no es tan ágil y el humo le hace toser y picar los ojos. Confundido por su rabia, la bestia va a rechazar todo intento de ayuda. Nico salta y con su batespada golpea las zarpas del animal para intentarlo liberar. Inefectivo, y el dragón contraataca con violentos manoteos, que Nico bloquea como mejor puede. Pero el adversario va ganando en fuerza y el niño se empieza a debilitar. Está a punto de quitarle de un zarpazo el batespada cuando se oye un agudo CHIFO!.

Nica logra invocar a Silpho quien va lanzando chispas eléctricas sobre la cabeza del dragón. Este contraataca con su humo apestoso pero es inútil contra la corriente de aire del espíritu. Pasa a descargar viento eléctrico sobre la panza cuando una ruidosa carcajada llama la atención de la niña. Lo ocasionó Silpho cuando pasó por el gordo y abultado ombligo del animal, provocándole cosquillas. Nica sabe que es su punto débil y envía a Silpho a revolotear sobre el ombligo. ¡El dragón se retuerce de risa más y más, hasta que involuntariamente se despega las alas del fango y nuevamente queda con los pies sobre la tierra!

Los hermanos saltan de júbilo, pues consiguieron liberar al dragón, quien ahora se sacude el lodo, salpicando involuntariamente a los niños embarrándolos por completo. Nico y Nica se quejan ante la bestia mal agradecida, pero ésta baja la cabeza y dice:
- Niños, estoy en eterna deuda con ustedes. Hacía tiempo, por engaño del Crecido, me precipité en esta hondonada y este fango inmovilizó mis alas. Tal fue mi frustración y coraje que simplemente atacaba a todo el que se me acerque. Pero fueron ustedes los que consiguieron darme la libertad. No renieguen, de este lodo. Mi esencia se ha fundido en él y le ha brindado parte de mis poderes. Así que el fango que impregna sus ropas, va a transformarlas en nuevas y más resistentes prendas. Es su regalo por haberme ayudado. Ahora volveré a mi tierra y mi familia. Han de añorarme mucho.
El Dragón que ya no estaría más panza arriba, extiende las enormes alas y vuela al cielo hasta que se pierde.

Nico y Nica advierten que el lodo brilla junto a sus ropas, solidificándose y formando en Nico protectores para los brazos, el pecho y las piernas. El vestido de Nica cambia volviéndose una manta gruesa y protectora y un sombrerito cónico para cubrir su cabeza. Los niños están muy cansados y a punto de llorar, pues extrañan a su madre nuevamente. Por suerte, Nico extrae los besos de Mamá de su bolsillo y ayuda a su hermana antes de curarse él. Ascienden la hondonada y Nico informa la victoria a Sr. Puño.
- Lo habéis hecho espléndidamente, mis pequeños. La prueba ha sido superada. Pero no podréis avanzar más, de momento. Así que tomaré de vuelta vuestras armas y estas nuevas armaduras con que el dragón os ha obsequiado. – Chasquea y los niños quedan como vinieron antes. – Ahora debéis volver con vuestra madre, antes que ella se preocupe. Os prometo que a su debido tiempo, regresaréis a esta tierra, para luchar contra el malvado Crecido. Nos encontraremos después, mis pequeños…

Sr. Puño pierde su forma nuevamente y la mano envuelve a los niños quienes sólo atinan a cerrar los ojos. Sopla un viento intenso, los hermanitos abren los ojos y se encuentran en el jardín de su casa. La cisterna, tan cerrada como en un principio; y Mamá llama a sus hijos a tomar la merienda. Es tarde y luego de una tarde de juegos y correteos, deben ir a la cama. Los niños intentarán explicar a sus padres lo ocurrido, pero ellos muy difícilmente creerán.

Ya todos dormidos, de las profundidades de la cisterna, se oye una suave voz:
- Sólo necesitamos a la tercera, que sea del mismo linaje, para asegurar la victoria…