Monday, January 18, 2010

Terpsicore



Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, en una muy lejana comarca, un rey muy feliz, que observaba todos los días con singular beneplácito a sus leales y abnegados súbditos, ser devorados glotonamente por las voraces sombras que el feliz rey invocaba desde las negruras de su alma para mantener su menguante llama vital pulsante, y con cada noche que pasaba, él…

Arranco el papel de la máquina de escribir y el arrugado pergamino rebota contra la pared y aumenta el montoncito blanco que está en la esquina de mi cuarto. Voy rotando monótono por mi cuarto, en la parafernalia del que busca la musa, la idea feliz que ilumine el foco craneal pero no cuaja nada, mi cerebro está yermo de palabras y escenarios y lo que es peor, de tramas coherentes. Ni incoherentes para aunque sea justificar la locura plasmada en golpeteos de níquel contra una cinta embebida de tinta negra y roja sobre celulosa aplanada. Nada. Mientras prosigo el trote infructuoso, mueleo un poco el jugoso tentempié rojizo y tembloroso que reposaba ya hacia algunos minutos en mis labios. Dos minutos de fuego intenso por lado y quedaba tal cual deseaba. El crocante y doradito que encierra un núcleo sangrante y delicado, de intenso sabor realzado por la salvia, el tomillo, la pimienta recién molida y la sal marina que un dólar y medio me había costado en la delicatesen. Algo repta en mis entrañas, sube por mi encéfalo y me obliga a sentarme frente al teclado. Hablan mis dedos a tecleos cacófonos mientras insuflo tinta al papel.

¿Qué iba a hacer con él?
La chica, en la soledad de su estrecha alcoba, ahogaba los chillidos en una pepa de mango, humedecida por su saliva. Había decidido no pedir ayuda a nadie, y ya había perdido la cuenta de las veces que había perdido la cuenta de arrepentirse de tal decisión. Las manos que estrujaban el respaldar de la cama hubiera deseado que sobasen su sufrida humanidad, ese latir de dolor lacerante que pugnaba por deshacerse de la causa. La muchacha buscaba abrigo en la mínima tibieza de sus lágrimas y el vaho sui géneris mezclado con el hedor de sus heces. Rogaba que el mechón pase a oval arrugado, que el oval se esanche y muestre pecho y bracitos, y finalmente, en una última contracción, salgan piernitas y le siga la torta húmeda y rojiza de la placenta. Temblando por el cansancio y el dolor latente, la chica cogió una blusa medio rota, envolvió al neonato, chupó, escupió y surgió un llanto agudo y estremecido. Los dientes terminaron de separar a cría de madre.
¿Entonces qué haces este sábado, bonita? Le había susurrado su novio al oído mientras salía del colegio. Nada mijo, mis viejos se van a visitarle a mi abuelita, de pronto se hace algo, respondió coqueta y curiosa. Vagamente recordaba los chillidos y requiebros de Shakira entre la neblina espesa de Zhumir durazno que le manoseaba los senos y le apartaba la falda a tirones. Con doble chuchaqui despertó. Su cabeza y su sexo expresaban quejas en diversos idiomas y los gritos exasperados de sus padres no ayudaban mucho a calmar los síntomas.
Cómo le había costado levantarse, asear lo mejor posible su covacha y salir a buscar algo de comer. Los días libres del trabajo permitidos se habían agotado ya, así que ni molestarse en volver a la hamburguesería. La tirantez de sus senos le hicieron dudar entre quién debía ser alimentado primero e instintivamente eligió al más débil. Fastidioso parásito que succionaba a cada rato la vida de ella. ¿Por qué no podía simplemente enchufarlo al tomacorriente para que se le cargue la batería?
Dos reglas ausentes, la confesión a su mejor amiga eficazmente esparcida en la red de chismes y la expulsión del colegio fue un hecho. Qué le ardió más, la lluvia de bofetadas de su madre o la expresión de qué chucha me importa de su novio, aderezado con un ni ha de ser mío el guagua, ahí te jodes; no sabía bien.
Notaba cómo se desvanecía el peso ganado en el embarazo junto al poco dinero ganado, mientras el guagua pasaba todo el maldito rato llorando, chillando y gimiendo. Nunca se callaba, nunca. Ni cuando lo sacudía y le palmeaba la espalda buscando que se calme. Qué tanto llora ese bebe, escuchaba de cuando en cuando. Y ahora, el cuerpecito empezaba a calentarse más de la cuenta. Los orificios nasales se llenaban de espeso moco verde.
Los hijos son una bendición de Dios, decía el cura en su sermón dominical, y esos llamados preservativos son una aberración del hombre que ofendía al Señor. Tales palabras, leídas en su catecismo cuando fue a misa, dos semanas antes que la echaran de casa (en esta casa se respetan las buenas costumbres y la moral, carishina de mierda, buscarás ahora en el arroyo quién te mantenga a ti y a tu bastardo) ofrecieron cualquier cosa menos consuelo. Rasgó letras y rostros dulces de Cristo cuando se vio sola, con su gran barriga y su maleta, en medio de una ciudad tan llena de gente, y tan sola al mismo tiempo.
Ya tres días eran sin probar alimento, y sin una gota de leche que ofrecerle; el guagua iba por fin apagando su llanto incesante. Pero ella igual lo notaba estridente, incluso empezaba a oír roncas palabras brotar de la garganta del lactante y en sus convulsiones febriles, ella veía clarito, por entre sus brazos entrecruzados y sentada al otro extremo cómo los ojos negros se le clavaban. PUTA, OFRECIDA, CALLEJERA, MALDITA. Rugió un basta y de un codazo rompió el vidrio de su única ventana. PUTA, OFRECIDA, CALLEJERA, MALDITA. Con odio infinito observó al lloriqueante bulto que se movía en medio de su catre y aferró un trozo puntiagudo sin importar sus propios cortes…

No, no, no. ¡Demasiado fuerte, muy crudo para lo que en verdad quería plasmar! Otra colaboración al montoncito blanco arrugado y vuelvo a mis divagaciones. Mi hambre vuelve a ordenar a mi estómago que ronque, cosa que desenvuelvo otro pedazo del refrigerador y lo voy abriendo prolijo hasta que queda una lámina fina. Le unto una amalgama de champiñones, mantequilla, orégano, migas de pan, balsámico, mostaza de Dijon y ajo picadito. Enrollo y ato con hilo de bramante. Lo sello en la sartén a fuego alto y tras eso traslado el fiambre al horno precalentado. Mientras se cumplen los cuarenta minutos de espera, me echo sobre mi cama y me pregunto por qué me gusta tanto escribir. ¿Cuándo me nació la pasión, cuándo agarré ese gusto por las palabras? No hay respuesta. Sólo sé que me gusta porque me gusta y punto. Omito detalles, razones, explicaciones y pompas. Todo es cuestión de gusto y placer en lo que se hace. En cada cosa que adorna mi vida, en cada detalle que me cosquillea de placer cuando lo cometo. En fin, ya debe estar. Un suculento vaho me saluda al abrir el horno. Corto los hilos, divido la presa en medallones y los dispongo sobre una cama de rúcula fresca y achicoria. Descorcho un sirrah argentino y me entrego a este amor mientras anhelo florezca algo nuevo.

Está súper que out la ropa de la Camila, qué chola se la veee…
Natalia comentaba burlona a su mejor amiga la Stephanie provocando un estallido de risotadas. La aludida sólo atinó a mirarlas, cinco metros detrás de ellas, tratando de especular sobre el motivo de esas risas. Finalmente, se alejó notando como pedradas cada jajajaja de las muchachas. Natalia y Stephanie habían sido ñañas desde la escuela, siempre acolitándose en travesuras, escapadas y vaciles cuando les llegó el momento de que gustaron de los chicos. Las discotecas de moda en Urdesa, la Kennedy y la Alborada eran sus guaridas predilectas, siempre buscando echar unos tragos al son de los más nice del momento, mientras ojeaban a todos los chicos disponibles presentes. Eran las reinas de esos lugares, libres para escoger con quién estar y a qué hora. Claro que a veces se pegaban sus buenos chascos como cuando a Stephie se le acercó ese cholazo feote que la quiso vacilar casi a la fuerza, o cuando un par de ángeles pinterísimos que habían estado casi dos horas calculando a qué hora caerles y entrarles, terminaron destrampándose ellos dos. La-fa-lla.
Sucedió que a mediados de primero de diversificado, la gente del curso buscaba costearse un paseo a Salinas para las fiestas del nueve de octubre, así que propusieron la idea de subastar una cita entre las dos más populares del aula, quizá del colegio entero. Naty y Stephie encantadas de la vida. Su popularidad se dispararía por encima de las nubes y de la plata recaudada tendrían para pagarse hasta el chocolate. Abrieron un foro en Facebook para ir registrando los avances. Dos semanas era el plazo para recoger las ofertas y tras eso se anunciaría las citas. Exitazo. Los primeros días, las dos bromeaban entre sí sobre los resultados. Capaz el horroroso de Reinoso te gana la cita, el viejo es ejecutivo de Ecuavisa, decía Naty; Ni gaver loca, y capaz que se la terminas mamando al cholazo de Centeno, el sólo pide y los viejos le mandan desde Portoviejo; contestaba Stephie.
Secretamente Natalia anhelaba que alguien sea su cita. El bombón de Maximiliano, que encima el viejo era ejecutivo duro de nosequé compañía en Alemania. Lo quería para ella sola, tenerlo en exclusiva, juguetear con su rubio cabello y dejar que esa carita divina retozara en cualquier parte de su cuerpo. Faltando ya dos días para terminar las ofertas de la cita, Naty vio bajando las escaleras a su adorado Max que se reía a carcajadas con un grupo de amigos. Por sobre el pasamanos vio que Max mostraba la pantalla de su I-phone a sus amigos. Curiosa estiró la cabeza para ver mejor y lamentó tener tan buena vista y la resolución del celular. El rostro de Stephie se mostraba con una mirada seductora mientras de su boca sobresalían dos tercios de pene erecto y la mano izquierda de su amiga acariciaba los testículos. Más carcajadas estruendosas. Max pasó un dedo por la pantalla y ahora Stephanie sonreía con los ojos cerrados encerrando entre sus senos el miebro y una mano sujetaba el hombro de la muchacha. Risotadas. Dedo, una boca masculina pegada a una vulva límpida y bien afeitada. Juajuajua. Dedo, cuatro nalgas acopladas en un vaivén violento. Dedo, un torso empalado encima de otro. Dedo, Max y Stephie desnudos, sonriendo y haciendo el signo de la paz. Un crujido metálico, callan las risas y el grupo de ojos asciende y divisa la lividez del rostro de Naty. Maximiliano sonríe , muestra sin vergüenza la pornografía de su amiga y suena el timbre para acudir a clases.
Naty pulsa y pulsa en su celular. El tono de respuesta no se hace esperar. Pulsa y pulsa nuevamente para recibir al rato la misma melodía. Están las dos en su cuarto y Naty pregunta inocente. Stephie, recostada boca abajo mientras navega en las ofertas del Facebook en su blackberry, responde. Y añade. Que lo más cague de risa es que Max le había contado que sabía que una mancita andaba loca por él, pero ni bola pensaba darle a esa zorra de cuarta. ¿En serio? Musita Naty con sus dedos tocando la base de marfil del trofeo a mejor ballerina recibido en séptimo de básica. No me dijo el nombre, loca, pero me leyó la carta de amor que esa cojuda le había escrito. ¡Qué cague de risa, Naty! Si hubieras visto la tracalada de cursilerías que había puesto, nunca vi una carta más CHO-LA… Stephie prorrumpe en una aguda risotada. Natalia se abalanza silente con el trofeo en alto.

Pésimo. Light y obtuso. Tan superficial y banal. No me importa la montañita blanca en continuo crecimiento, que de un momento a otro erupcionará letras en chorro stromboliano. Puedo pagarme más papel. El necesario hasta completar mi historia. Un momento de descarga fecal en los baños de cierto mall me aclaran las ideas un poco. Mi texto deberá tener piel burda pero no rasposa. Un espesor que no atosigue. Que las ideas se disparen en perfecto desorden y cada párrafo sea un vector contrario al siguiente, pero que deje una tenue insinuación de enlace. Que el que se atreva a leerme sienta la textura de mi trama, suave a ratos y crocante en otros, no una papilla sosa que se absorba como alimento de bebé. Quiero que mi lector se pause, tropiece y se retuerza en las enredaderas de mis frases. No como las porquerías que leo en las paredes del WC… oLa cHiCos mE GusTA la bERga bIeN dURa Y RIca yAmENme 0945634XX – MUERTE AL JUEPUTA DE CORREA – a Ramiro el de KFC le gusta que le den por detrás – HERMANO RECIBE A CRISTO EN TU CHUCHATUMADRE ANDATE A LA VERGA.
Qué hambre, carajo! Bueno, este pedazo con algo de grasa está perfecto para pasarlo por mi muelecarnes. La carne que ves tu mismo moler es la mejor. Sabes de dónde viene. Le casco dos huevos, pico cebollín y agrego, rallo queso cheddar y añado, y aumento con un poco de polenta en polvo. Amaso hasta formar una gran albóndiga que acomodo en un molde rectangular, dispongo tocino entreverado, rallo más queso por encima y echo al horno. Veremos.

Ole! Ole! Hostia, solicitad que el torero corte rabo y orejas, joder!
Bajo un sol abrasador doña Josefina del la Santísima Trinidad vitoreaba al español en lentejuelas el momento en que su recto florete atravesaba a través de la paletilla el corazón, la aorta y la tráquea de un aguerrido toro de lidia, la mejor selección de la hacienda Santa Elena para el deleite de la distinguida audiencia de la Feria Jesús del Gran Poder. Los últimos resuellos del toro fueron sustituidos por un chorro de sangre que lo fue matando lentamente por asfixia hasta que, estremecido en su agonía, dobló sus patas y cayó pesadamente de costado. ¡Pues qué faena, hombre! La multitud aclamó al gallardo torero y una lluvia de rosas bajó hacia el matador. Este hizo una ceremoniosa genuflexión. Mientras el toro aún lanzaba débiles movimientos, desenfundó su daga, cercenó las dos orejas y el rabo y los mostró victorioso ante los aplausos de todos.
El toro agonizante y mutilado fue arrastrado a las afueras de la plazoleta mientras doña Carmela, bajo su sombrero panamá, sentía ardor en sus palmas tras aplaudir fuertemente. La fiesta brava era un placer único en el año que sólo ella y otros miembros de la más selecta sociedad quiteña podían darse el lujo de saborear. Era un símbolo de su status. Tras intercambiar charlas con algunas compañeras de graderío, reforzando intencionadamente las zetas mientras algunas manos temblorosas exprimían botas cargadas de vino sin importar si el noble líquido salpicase mejillas y vestidos; decidió la dama retirarse a su mansión en Cumbayá. El calor y las emociones habían cobrado su factura y debía descansar. Su chofer ya la esperaba en las afueras de la plaza de toros. Tras sortear el pesado tráfico, enfiló por la Granados rumbo al valle.
Mientras el chofer dedicaba la tarde a abrillantar su Hyundai Santa Fe, su mucama la ayudó a despojarse de su ropa, su sombrero y a deshacer el apretado peinado sujeto con peineta metálica al más puro estilo español. Qué buena faena, Carmita, hubieras visto cómo cayó ese toro y la buena lid que brindó. Las dos anteriores, un poco flojas, si hasta un toro infame le agarra al pobre torero, el Javi creo que era y le manda a volar dos metros. Jesús, María, pobre hombre, breve le llevaron al hospital, hijita. Dios en su gloria infinita le ha de velar, un hombre bueno como él no ha de morir así como así… La mucama asentía sin responder. Era mejor escuchar todo lo que dijera la señora, porque ya a sus sesenta y tres sobre todo anhelaba ser atendida. Uf, pero me estremecía de emoción de verle al Manolito terminar con dos orejas y el rabo, qué elegancia, qué distinción, hijita, qué…
- MENTIRA….
¿Per..perdón? ¿Dijiste algo, Carmita? Preguntó extrañada la anciana. La criada frunció el ceño y negó. No, no podía haber sido la voz de la Carmita, sonaba seca y ronca. De mujer pero seca y ronca. Era extraño. Aparte de la Carmita y el Efraín, el chofer, nadie habitaba esta gran mansión que había adquirido su difunto marido hacía ya treinta años. Una hermosa fortaleza de piedra, madera y mármol. Surcado en sus techos por recios troncos y tragaluces de cristal opaco para darle suntuosa luminosidad. Y el jardín, en el que varias especies exóticas de orquídeas fueron cultivadas para dotar de una inusitada belleza, pero que con el pasar del tiempo, fueron marchitándose los setos y la vulgar hiedra y la maleza volvieron el parque en un escabroso espinar. Más que sea verdeaba y daba color a la soledad, pensaba a veces. La nostalgia llamó a los recuerdos de sus dos hijos. Grandes empresarios ellos, uno residente en la Argentina, el otro en Manhattan, USA. Las cartas y posteriores e-mails gradualmente se fueron espaciando hasta terminar en breves palabras de saludo para cumpleaños y navidad. Las promesas de visita con nueras y nietos se postergaban continuamente. Lo que siempre llegaba puntual, eran sus viáticos y depósitos que mes a mes depositaban sus hijos. Bastante para adquirir lujos, joyas, auto, servidumbre. Mas no alegría.
Luego de darse un largo baño, envuelta en su bata se dirigió a la habitación principal. Varios espejos enormes revestían las paredes. Es para que tu belleza adorne continuamente estas paredes, mi Finita, había dicho su marido hace treinta años cuando decoraban los aposentos. Agradecía de corazón a su Fabián por haberle dejado tanto lujo, por haberla convertido en una dama de alcurnia, abolengo y que pudiera regodearse entre
- MIENTES…
La voz enronquecida la hizo ahogar un grito mientras se volvía en busca del origen. ¿Quién anda ahí? Preguntó sabiendo ya que los sirvientes estarían ya durmiendo en el anexo destinado a la servidumbre, al otro lado del jardín. Pero ella con sonar el timbre los tendría a su lado en menos de
- ELLOS NO VENDRÁN
Nuevamente la voz tras ella. Se volvió violentamente, aterrorizada y sólo vio su imagen en uno de los espejos. Había en efecto numerosos rostros, idénticos al suyo, arrugados, envejecidos, marchitos. Pero nadie más. Contemplaba su imagen asustada en busca de una explicación lógica cuando la expresión de su reflejo cambió a un cruel sarcasmo y abrió la boca, teniéndola ella bien cerrada.
- ESTÁS SOLA. COMPLETAMENTE SOLA.
¡Déjame en paz! Por Dios, déjame en paz! Graznaba la anciana llevándose las manos a la cabeza. ¿Qué era todo esto? ¿Por qué su reflejo le hacía semejantes atrocidades? ¿Era su reflejo o el Demonio quien buscaba confundirla en su fe absoluta y perfecta? Hizo el signo de la cruz ante su reflejo esperando que la gracia divina borrase esa abominación para siempre. Pero con cada cruz trazada la imagen se hacía más y más hórrida. El cano cabello revoloteaba como movido por un torbellino, los ojos se tornaban blancos completamente y la boca se abría más y mas mostrando un interior negro como un portal al averno. Doña Josefina, horrorizada, sollozaba y llamaba a gritos a Efraín, a Carmita, a quien sea que viniera en su ayuda. Pero el reflejo endemoniado no paraba su letanía sin cesar de reírse.
- ¿DÓNDE ESTÁ TU CLASE? ¿DÓNDE, TU ABOLENGO? ¿DÓNDE, TU GLAMOUR?.
La mujer tomó una lámpara de pedestal y con un grito de furia lanzó el armatoste a su imagen, quien se fragmentó y desintegró. Sonrió al haberse deshecho por fin de semejante mostruosidad, ahora tenía que llamar a..
- NO PUEDES ACABAR CONMIGO, JOSEFINA, NO PUEDES ACABAR CONMIGO.
Giró helada de espanto y lanzó un alarido al ver que su deforme reflejo estaba en otro espejo. Volvió a coger la lámpara y volvió a hacer añicos el cristal. Pero con cada golpe volvía la voz cascada más violenta que antes, hasta que al final quedó sólo un espejo. El de su vestidor. A punto del colapso vio el brillante fondo oscurecerse y ser ocupado en su mayoría por el horrible rostro encrespado de boca negruzca.
- NO ME PUEDES EXTERMINAR, JOSEFINA. YO SOY TÚ Y TÚ ERES YO. NO PUEDES ACABARME…
Entonces la anciana se le iluminaron los ojos y le dijo con voz de triunfo a la aparición que sí podría eliminarla. Claro que podría. ¡Sólo tenía que acabar con el origen del reflejo y el monstruo se iría para siempre! La visión gritó destemplada al ver cómo Josefina tomaba uno de los fragmentos más agudos de uno de los espejos y con una risa más horrenda que el propio espectro, procedió a perforarse la carótida.

Está mejorando, pero no me termina de convencer. Muy melancólico quizá? El choque de depresión y horror me sonaba poco elegante? ¿Caigo acaso, en truculencia innecesaria?
Veo las hojas de los eucaliptos, con su olorosa escarcha cubriéndole las hojas. Siempre y nunca, desmenuzando el presente, llorando por un pasado y temblando aterrorizado por un futuro. Es la vida de los que me rodean, en su gran mayoría. Como medusas vertebradas, por el mismo agujero degluten y excretan ilusiones. Se alegran de las promesas de vida eterna y dejan de lado las eternidades que esta vida les ofrece. Enceguecidos por santidad, el brillante reflejo de las ofertas celestiales disfraza podredumbre y decadencia que bulle viscoso bajo las máscaras sonrientes. El ruido de las panderetas acalla el alarido de dolor provocado por el falo hecho de billetes que es embutido en los frágiles anos del prójimo en desgracia.
En fin, todo se reduce a instintos y deseos, quiéranlo disfrazar como quieran. Así que selecciono el corte adecuado, lo separo del resto y procedo a picarlo en cubos pequeños. Lo guiso en una sartén gruesa con tomates troceados, previamente escaldados en agua hirviendo, cebolla y pimiento picado, sazonado con laurel, ajo y pimienta roja. Vacío luego el espeso estofado en una costra de tarta y cubro con más costra. Practico un agujero para que el vapor escape y lo encierro en el horno. Que se dore una hora menos cuarto. Hasta entonces, me calo los audífonos de mi i-pod y buceo entre las notas.

¿Qué chucha me ve este hijueputa?
Voy pensando con rabia cada vez que veo ese rostro sonriente mirándome sin apartar la vista ni por un segundo, cada vez que tengo que tomar el trole para acudir a mi trabajo, en la unidad C-2 que sale puntualmente 6:15 de la mañana. Siempre está ahí, sin cambiar su maldita expresión burlona. Y es a mí a quien mira. ¿Busca puñete acaso? Me tiene podrido este maldecido.
¿Por qué qué tengo yo para que pueda burlarse el tipejo? Mis treinta y cinco encima me han ido podando de cabello la corona de mi cabeza, dejándome un halo como tonsura de monje. Ya podía oír la frase “calvito, calvito” de mis amigos o lo que era peor, de la secretaria que tanta hambre le tenía, y ahora que para ella no soy más que un motivo para reírse en vez de ver un macho dispuesto a satisfacerla en todas sus exigencias. Mierda. ¿Será que el mísero ése logró verme por encima, de pronto viéndome pasar por debajo del puente peatonal y desde ahí ha decidido perpetuar su mueca para torturarme?
¿O de pronto es mi bajo sueldo? Es posible, puesto que catorce años de romperme el lomo trabajando de mensajero en una empresa de negreros no han proporcionado mayores lujos a mi familia. Es como estar viendo el rostro avinagrado de mi mujer cuando extiende la mano para recibir cuatro o cinco lánguidos billetes producto de mis siete a siete. Comer y pagar gastos básicos, y pare de contar. Ni qué pensar en televisores de alta definición, ni el playesteyshon tres que me pide mi hijo mayor, peor pagar algún viaje a Cartagena o a Punta Cana que mi mujer me restriega en la cara cada vez que aparecen esas ofertas de 499 dólar por persona. ¿Cómo habrá averiguado este malparido? ¿Quién le habrá chismeado de la miseria que gano semanalmente? Quisiera tener al chismoso enfrente mío y romperle la jeta a patazos, para que sepa amarrarse la lengua.
A la final se ha enterado que mi otra hija, la de trece años, la ha preñado el desgraciado del novio. De pronto es eso, se está cebando en mi deshonra y mi vergüenza, al saber que tan joven voy a ser abuelo, que no he sabido criarle bien a mi muchacha, que he permitido que venga un reguetonero zarrapatroso a palabrearle a mi niña y con el cuento de la prueba de amor, le hace el niño y luego se larga sin más ni más. ¡Mi ira infinita, de saber que ese pedazo de mierda está riéndose también de la desgracia de mi hija! ¡Mi impotencia, de que cuando le fui a reclamar y a exigirle que asuma responsabilidades, sacó a su pandilla de fascinerosos y entre todos fui blanco de puntapiés y escupitajos! ¡Es de eso! ¡Es de eso que viene tu asquerosa sonrisita, pedazo de cojudo!
¿O es de casualidad que simplemente se ríe de mí, porque yo vengo de abajo, que tuve que venir dejando familia y amigos para poder sobrevivir en esta ciudad inmunda y gélida, que me han señalado a espaldas mías y diciéndome que soy un simio por venir de donde soy? ¿Que ellos en su arribismo y su soberbia, se toman el derecho de insultarme así incluso a la cara pero que luego tapan su insulto haciéndose que me “lo dicen cordialito, de cariñito nomás” para luego doblarse de risa a costa de mis barbas? ¿Quién? ¿Quién les otorgó el derecho a creerse superiores al resto de la gente? ¿Quién les dio carta blanca para juzgar de acuerdo a su propia doble moralidad? ¿Quién les autorizó a esgrimir argumentos estúpidos y arcaicos sobre si nosotros somos brutos pero ellos son elegantes?
Sí, creo que es eso. El muy miserable se ríe de esa cuestión. Y se seguirá riendo mientras le dé piola. Porque me tengo que hacer respetar. Me VOY a hacer respetar. Disfruta no más de tu sonrisa, chatumadre, que mañana te la borro. Y llega ese mañana. Ahora soy yo el que voy sonriendo. Mi gran sonrisa choca con la ancha sonrisa de mi enemigo. Ni siquiera parpadea mientras me voy acercando a él pero sí noto que acentúa más su sonrisa. La ira me invade el rostro mientras logro farfullar mucho te hago reír chucha tu madre? A ver si ahora te sigues riendo! Y pelo un fierro guardado en mi manga y mando directo a donde caiga.
¡Pescuezo, hombros, cara, no me importa, y el hijueputa sigue riendo! ¡Pero yo sigo! ¡Pecho, espalda, hombros, brazos y por fin se borra su mierda de sonrisa! ¡No me importan los gritos, los alaridos, no me importa saber qué significa autista, me estoy haciendo respetar! ¡Panza, piernas, pecho! ¡Quítenme los brazos de encima, chapas de mierda!¡Déjenme disfrutar de mi alegría, de verle sangrar al desgraciado por cada herida que le provoqué! ¡No, no me cieguen con gas picante, quiero verlo morir, quiero verlo morir…!

Hmmm…
Esta por fin me está agradando. Pienso en detalles posteriores mientras el último trozo de tasajo impregnado de tabasco desaparece por mis carrillos. Reflexiono sobre si puedo pulirlo un poco más, si puedo agrandar conceptos, si el hilo de la trama puede ser más o menos tortuoso cuando un tufo a podrido me fastidia las narices. Me dirijo a mi alacena, abro las puertas y suelto una maldición. Aún me quedan dos piernas y un brazo, y ya se está echando a perder.

Si no acabo este cuento pronto, tendré que ir a cazar más inspiración.

9 comments:

Esteban dL said...

tremendo cuento! jajaja, lo matizaste con vídeos muy muy buenos. Sobre Shakira, que asco. Otro punto, qué tal es Cumbayá? parece una zona residencial, no?
4x4 que lamentablemente no me termina de cerrar es la Hyundai Santa Fe. Y eso que osaron ponerle el nombre de mi provincia.
MUERTE AL JUEPUTA DE CORREA (!!!) jajajaja! que sabia frase. Ojalá este año se lleven al mono de Venezuela de paso.
saludos

Majinga SXEtto said...

Noto unas ligeras trazas a Tarantino, jaja, lo de MUERTE AL JUEPUTA DE CORREA (!!!) jaja me hizo cagar de risa por lo menos 5 minutos, mientras todos en la office me veían con cara de "que chucha te pasa", muy bueno el texto lokuas y los videos estratégicamente ubicados, le aportan ese ambiente adecuado, cuál soundtrack de una movie, mis sinceras felicitaciones lokuas

Anonymous said...

saludos, Raul,
Espero que estés bien.

Te envío todo mi amor

Tofu - sensei said...

Esteban: La plena, fue un gran trabajo mental hermano.
Lokuas: Estoy seguro que lo de muerte a Correa hizo reír a carcajadas a más de uno, hermano.
Anonymous: Fuck off, spammer.
Anonymous: Estoy muy bien, gracias. Quisiera conocer tu nombre y aceptar tu amor.

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oakleyses said...

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oakleyses said...

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